Parte IV · Documento 189
La resurrección
189:0.1POCO después del entierro de Jesús, el viernes por la tarde, el jefe de los arcángeles de Nebadon, entonces presente en Urantia, convocó a su consejo de la resurrección de las criaturas volitivas dormidas y comenzó a considerar una posible técnica para la restauración de Jesús. Estos hijos reunidos del universo local, las criaturas de Miguel, lo hicieron bajo su propia responsabilidad; Gabriel no los había reunido. Hacia la medianoche habían llegado a la conclusión de que la criatura no podía hacer nada para facilitar la resurrección del Creador. Estaban dispuestos a aceptar el consejo de Gabriel, quien les indicó que, puesto que Miguel había «entregado su vida por su propio libre albedrío, también tenía poder para volver a tomarla de acuerdo con su propia determinación». Poco después de que se levantara la sesión de este consejo de los arcángeles, los Portadores de Vida y sus diversos asociados en la obra de rehabilitación de las criaturas y de creación morontial, el Ajustador Personalizado de Jesús, que tenía el mando personal de las huestes celestiales reunidas entonces en Urantia, dirigió estas palabras a los ansiosos observadores que esperaban:
189:0.2«Ninguno de ustedes puede hacer nada para ayudar a su padre-Creador en el regreso a la vida. Como mortal del reino, él experimentó la muerte mortal; como Soberano de un universo, todavía vive. Lo que ustedes observan es el tránsito mortal de Jesús de Nazaret desde la vida en la carne a la vida en la morontia. El tránsito espiritual de este Jesús se completó en el momento en que me separé de su personalidad y me convertí en director temporal de ustedes. Su padre-Creador eligió pasar por la totalidad de la experiencia de sus criaturas mortales, desde el nacimiento en los mundos materiales, pasando por la muerte natural y la resurrección de la morontia, hasta el estado de verdadera existencia espiritual. Están a punto de observar cierta fase de esta experiencia, pero no pueden participar en ella. Aquello que ustedes hacen ordinariamente por la criatura no pueden hacerlo por el Creador. Un Hijo Creador tiene en sí mismo el poder de otorgarse a semejanza de cualquiera de sus hijos creados; tiene en sí mismo el poder de entregar su vida observable y de volver a tomarla; y tiene este poder por mandato directo del Padre del Paraíso, y sé de lo que hablo.»
189:0.3Cuando oyeron hablar así al Ajustador Personalizado, todos adoptaron una actitud de ansiosa expectación, desde Gabriel hasta el más humilde de los querubines. Vieron el cuerpo mortal de Jesús en la tumba; detectaron indicios de la actividad universal de su amado Soberano; y, como no comprendían tales fenómenos, esperaron con paciencia lo que fuera a suceder.
1. El tránsito morontial
189:1.1A las dos y cuarenta y cinco de la madrugada del domingo, la comisión de encarnación del Paraíso, formada por siete personalidades del Paraíso no identificadas, llegó al lugar y se desplegó de inmediato alrededor de la tumba. A las tres menos diez, intensas vibraciones de actividades materiales y morontiales entremezcladas comenzaron a salir de la tumba nueva de José, y a las tres y dos minutos de este domingo por la mañana, 9 de abril del año 30 d. C., la forma morontial y la personalidad resucitadas de Jesús de Nazaret salieron de la tumba.
189:1.2Después de que Jesús resucitado salió de su tumba, el cuerpo de carne en el que había vivido y obrado en la tierra durante casi treinta y seis años yacía aún allí, en el nicho del sepulcro, intacto y envuelto en la sábana de lino, tal como José y sus asociados lo habían depositado para su descanso el viernes por la tarde. Tampoco la piedra que estaba ante la entrada de la tumba fue movida en modo alguno; el sello de Pilato seguía sin romperse; los soldados seguían montando guardia. Los guardias del templo habían estado de servicio sin interrupción; la guardia romana había sido relevada a medianoche. Ninguno de estos vigilantes sospechó que el objeto de su vigilia había resucitado a una forma de existencia nueva y más elevada, y que el cuerpo que custodiaban era ahora una envoltura externa desechada que ya no tenía conexión alguna con la personalidad morontial liberada y resucitada de Jesús.
189:1.3La humanidad tarda en percibir que, en todo lo que es personal, la materia es el esqueleto de la morontia, y que ambas son la sombra reflejada de la realidad perdurable del espíritu. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que ustedes consideren el tiempo como la imagen móvil de la eternidad y el espacio como la sombra fugaz de las realidades del Paraíso?
189:1.4Hasta donde podemos juzgar, ninguna criatura de este universo ni ninguna personalidad de otro universo tuvo que ver con esta resurrección morontial de Jesús de Nazaret. El viernes entregó su vida como mortal del reino; el domingo por la mañana volvió a tomarla como ser morontial del sistema de Satania en Norlatiadek. Hay mucho acerca de la resurrección de Jesús que no comprendemos. Pero sabemos que ocurrió como lo hemos expuesto y hacia la hora indicada. También podemos dejar constancia de que todos los fenómenos conocidos asociados con este tránsito mortal, o resurrección morontial, ocurrieron allí mismo, en la tumba nueva de José, donde los restos materiales mortales de Jesús yacían envueltos en lienzos funerarios.
189:1.5Sabemos que ninguna criatura del universo local participó en este despertar morontial. Percibimos que las siete personalidades del Paraíso rodeaban la tumba, pero no las vimos hacer nada en relación con el despertar del Maestro. Tan pronto como Jesús apareció junto a Gabriel, justo encima de la tumba, las siete personalidades del Paraíso indicaron su intención de partir de inmediato hacia Uversa.
189:1.6Aclaremos para siempre el concepto de la resurrección de Jesús con las siguientes declaraciones:
189:1.71. Su cuerpo material o físico no formó parte de la personalidad resucitada. Cuando Jesús salió de la tumba, su cuerpo de carne permaneció intacto en el sepulcro. Salió de la tumba sin mover las piedras que estaban ante la entrada y sin alterar los sellos de Pilato.
189:1.82. No salió de la tumba como espíritu ni como Miguel de Nebadon; no apareció en la forma del Soberano Creador, tal como la había tenido antes de su encarnación a semejanza de la carne mortal en Urantia.
189:1.93. Sí salió de esta tumba de José con la semejanza misma de las personalidades morontiales de aquellos que, como seres ascendentes morontiales resucitados, salen de las salas de resurrección del primer mundo morada de este sistema local de Satania. Y la presencia del memorial de Miguel en el centro del vasto patio de las salas de resurrección de mansonia número uno nos lleva a conjeturar que la resurrección del Maestro en Urantia fue de algún modo propiciada en este, el primero de los mundos morada del sistema.
189:1.10El primer acto de Jesús al levantarse de la tumba fue saludar a Gabriel e indicarle que continuara a cargo de la dirección ejecutiva de los asuntos del universo bajo Emanuel, y luego encargó al jefe de los Melquisedecs que transmitiera a Emanuel sus saludos fraternales. A continuación pidió al Altísimo de Edentia la certificación de los Ancianos de Días respecto a su tránsito mortal; y, volviéndose hacia los grupos morontiales reunidos de los siete mundos morada, congregados aquí para saludar y dar la bienvenida a su Creador como criatura de su orden, Jesús pronunció las primeras palabras de la carrera posterior a la muerte. Dijo el Jesús morontial: «Habiendo terminado mi vida en la carne, quisiera permanecer aquí por un breve tiempo en forma de transición, para conocer más plenamente la vida de mis criaturas ascendentes y revelar más aún la voluntad de mi Padre en el Paraíso».
189:1.11Después de que Jesús hubo hablado, hizo una señal al Ajustador Personalizado, y todas las inteligencias del universo que se habían reunido en Urantia para presenciar la resurrección fueron enviadas de inmediato a sus respectivas asignaciones en el universo.
189:1.12Jesús comenzó entonces los contactos del nivel morontial, y fue introducido, como criatura, en los requisitos de la vida que había elegido vivir por un breve tiempo en Urantia. Esta iniciación en el mundo morontial requirió más de una hora del tiempo de la tierra y fue interrumpida dos veces por su deseo de comunicarse con sus antiguos asociados en la carne, cuando salían de Jerusalén llenos de asombro para mirar dentro de la tumba vacía y descubrir lo que consideraban una prueba de su resurrección.
189:1.13Ahora se ha completado el tránsito mortal de Jesús —la resurrección morontial del Hijo del Hombre—. Ha comenzado la experiencia transitoria del Maestro como personalidad intermedia entre lo material y lo espiritual. Y ha hecho todo esto mediante un poder inherente a él mismo; ninguna personalidad le ha prestado ayuda alguna. Ahora vive como Jesús de la morontia y, al comenzar esta vida morontial, el cuerpo material de su carne yace allí intacto en la tumba. Los soldados siguen montando guardia, y el sello del gobernador sobre las rocas aún no se ha roto.
2. El cuerpo material de Jesús
189:2.1A las tres y diez, mientras Jesús resucitado confraternizaba con las personalidades morontiales reunidas de los siete mundos morada de Satania, el jefe de los arcángeles —los ángeles de la resurrección— se acercó a Gabriel y le pidió el cuerpo mortal de Jesús. Dijo el jefe de los arcángeles: «No podemos participar en la resurrección morontial de la experiencia de otorgamiento de Miguel, nuestro soberano, pero quisiéramos que sus restos mortales quedaran bajo nuestra custodia para su disolución inmediata. No nos proponemos emplear nuestra técnica de desmaterialización; solo deseamos invocar el proceso del tiempo acelerado. Basta con que hayamos visto al Soberano vivir y morir en Urantia; las huestes del cielo quisieran ahorrarse el recuerdo de haber soportado la visión de la lenta descomposición de la forma humana del Creador y Sostenedor de un universo. En nombre de las inteligencias celestiales de todo Nebadon, pido un mandato que me conceda la custodia del cuerpo mortal de Jesús de Nazaret y que nos faculte para proceder a su disolución inmediata».
189:2.2Y cuando Gabriel hubo consultado con el Altísimo decano de Edentia, el arcángel portavoz de las huestes celestiales recibió permiso para disponer de los restos físicos de Jesús de la manera que él determinara.
189:2.3Después de que se le concedió esta petición, el jefe de los arcángeles convocó en su ayuda a muchos de sus compañeros, junto con una numerosa hueste de representantes de todas las órdenes de personalidades celestiales, y luego, con la ayuda de los seres intermedios de Urantia, procedió a tomar posesión del cuerpo físico de Jesús. Este cuerpo de muerte era una creación puramente material; era físico y literal; no podía ser sacado de la tumba del modo en que la forma morontial de la resurrección había podido escapar del sepulcro sellado. Con la ayuda de ciertas personalidades morontiales auxiliares, la forma morontial puede hacerse en un momento como del espíritu, de modo que puede volverse indiferente a la materia ordinaria, mientras que en otro momento puede volverse discernible y accesible al contacto para los seres materiales, como los mortales del reino.
189:2.4Mientras se preparaban para sacar de la tumba el cuerpo de Jesús, como paso previo a darle el destino digno y reverente de una disolución casi instantánea, se asignó a los seres intermedios secundarios de Urantia la tarea de hacer rodar las piedras para apartarlas de la entrada de la tumba. La mayor de estas dos piedras era una enorme pieza circular, muy parecida a una piedra de molino, y se movía en una ranura tallada en la roca, de modo que podía hacerse rodar hacia delante y hacia atrás para abrir o cerrar la tumba. Cuando los guardias judíos que vigilaban y los soldados romanos, en la penumbra de la mañana, vieron que esta enorme piedra empezaba a rodar alejándose de la entrada de la tumba, al parecer por sí sola —sin ningún medio visible que explicara tal movimiento—, se apoderaron de ellos el miedo y el pánico, y huyeron apresuradamente del lugar. Los judíos huyeron a sus casas, y después volvieron para informar de estos hechos a su capitán en el templo. Los romanos huyeron a la fortaleza de Antonia e informaron de lo que habían visto al centurión en cuanto este llegó a su servicio.
189:2.5Los dirigentes judíos comenzaron el sórdido asunto de deshacerse supuestamente de Jesús ofreciendo sobornos al traidor Judas, y ahora, al verse ante esta situación comprometida, en lugar de pensar en castigar a los guardias que habían abandonado su puesto, recurrieron a sobornar a estos guardias y a los soldados romanos. Pagaron a cada uno de estos veinte hombres una suma de dinero y les indicaron que dijeran a todos: «Mientras dormíamos durante la noche, sus discípulos llegaron donde estábamos y se llevaron el cuerpo». Y los dirigentes judíos hicieron a los soldados promesas solemnes de defenderlos ante Pilato en caso de que alguna vez llegara a oídos del gobernador que habían aceptado un soborno.
189:2.6La creencia cristiana en la resurrección de Jesús se ha basado en el hecho de la «tumba vacía». Fue en verdad un hecho que la tumba estaba vacía, pero esta no es la verdad de la resurrección. La tumba estaba realmente vacía cuando llegaron los primeros creyentes, y este hecho, asociado con el de la indudable resurrección del Maestro, condujo a la formulación de una creencia que no era verdadera: la enseñanza de que el cuerpo material y mortal de Jesús fue levantado de la sepultura. La verdad que tiene que ver con las realidades espirituales y los valores eternos no siempre puede construirse mediante una combinación de hechos aparentes. Aunque los hechos individuales puedan ser materialmente verdaderos, no se sigue que la asociación de un grupo de hechos deba conducir necesariamente a conclusiones espirituales verdaderas.
189:2.7La tumba de José estaba vacía, no porque el cuerpo de Jesús hubiera sido rehabilitado o resucitado, sino porque a las huestes celestiales se les había concedido su petición de darle una disolución especial y única, un retorno del «polvo al polvo», sin la intervención de las demoras del tiempo y sin la acción de los procesos ordinarios y visibles de la descomposición mortal y la corrupción material.
189:2.8Los restos mortales de Jesús pasaron por el mismo proceso natural de desintegración elemental que caracteriza a todos los cuerpos humanos en la tierra, salvo que, en cuanto al tiempo, este modo natural de disolución fue enormemente acelerado, apresurado hasta el punto en que llegó a ser casi instantáneo.
189:2.9Las verdaderas pruebas de la resurrección de Miguel son de naturaleza espiritual, aunque esta enseñanza está corroborada por el testimonio de muchos mortales del reino que se encontraron con el Maestro morontial resucitado, lo reconocieron y tuvieron comunión con él. Llegó a formar parte de la experiencia personal de casi mil seres humanos antes de despedirse finalmente de Urantia.
3. La resurrección dispensacional
189:3.1Poco después de las cuatro y media de este domingo por la mañana, Gabriel llamó a los arcángeles a su lado y se preparó para inaugurar la resurrección general de la terminación de la dispensación adánica en Urantia. Cuando la vasta hueste de los serafines y los querubines que intervenían en este gran acontecimiento estuvo dispuesta en la formación adecuada, el Miguel morontial apareció ante Gabriel, diciendo: «Así como mi Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Aunque todavía no he reanudado plenamente el ejercicio de la jurisdicción del universo, esta limitación que me he impuesto a mí mismo no restringe de ningún modo el otorgamiento de la vida a mis hijos dormidos; que comience el pase de lista de la resurrección planetaria».
189:3.2Entonces el circuito de los arcángeles funcionó por primera vez desde Urantia. Gabriel y las huestes de arcángeles se trasladaron al lugar de la polaridad espiritual del planeta; y cuando Gabriel dio la señal, llegó como un destello al primero de los mundos morada del sistema la voz de Gabriel, que decía: «¡Por mandato de Miguel, que se levanten los muertos de una dispensación de Urantia!». Entonces todos los supervivientes de las razas humanas de Urantia que se habían dormido desde los días de Adán, y que no habían pasado ya al juicio, aparecieron en las salas de resurrección de mansonia, preparados para la investidura morontial. Y en un instante los serafines y sus asociados se dispusieron a partir hacia los mundos morada. Ordinariamente, estos guardianes seráficos, asignados en otro tiempo a la custodia en grupo de estos mortales supervivientes, habrían estado presentes en el momento de su despertar en las salas de resurrección de mansonia, pero en ese momento se encontraban en este mismo mundo, debido a la necesidad de la presencia de Gabriel aquí en relación con la resurrección morontial de Jesús.
189:3.3Aunque innumerables individuos que tenían guardianes seráficos personales, y aquellos que lograban la consecución requerida de progreso de la personalidad espiritual, habían pasado a mansonia durante las eras posteriores a los tiempos de Adán y Eva, y aunque había habido muchas resurrecciones especiales y milenarias de hijos de Urantia, este fue el tercero de los pases de lista planetarios, o resurrecciones dispensacionales completas. El primero ocurrió en el momento de la llegada del Príncipe Planetario, el segundo durante el tiempo de Adán, y este, el tercero, señaló la resurrección morontial, el tránsito mortal, de Jesús de Nazaret.
189:3.4Cuando el jefe de los arcángeles recibió la señal de la resurrección planetaria, el Ajustador Personalizado del Hijo del Hombre renunció a su autoridad sobre las huestes celestiales reunidas en Urantia, y devolvió a todos estos hijos del universo local a la jurisdicción de sus respectivos comandantes. Y cuando hubo hecho esto, partió hacia Salvington para registrar ante Emanuel que el tránsito mortal de Miguel se había completado. E inmediatamente lo siguió toda la hueste celestial que no era necesaria para el servicio en Urantia. Pero Gabriel permaneció en Urantia con el Jesús morontial.
189:3.5Y este es el relato de los acontecimientos de la resurrección de Jesús tal como los vieron quienes los presenciaron tal como ocurrieron realmente, libres de las limitaciones de la visión humana parcial y restringida.
4. El descubrimiento de la tumba vacía
189:4.1Al acercarnos a la hora de la resurrección de Jesús en esta madrugada del domingo, conviene recordar que los diez apóstoles se alojaban en la casa de Elías y María Marcos, donde dormían en la sala de arriba, descansando en los mismos divanes en los que se habían reclinado durante la última cena con su Maestro. Este domingo por la mañana estaban todos allí reunidos excepto Tomás. Tomás estuvo con ellos unos minutos el sábado a última hora de la noche, cuando se reunieron por primera vez, pero la visión de los apóstoles, unida al pensamiento de lo que le había sucedido a Jesús, fue demasiado para él. Miró a sus compañeros y salió de inmediato de la habitación, y se fue a la casa de Simón en Betfagé, donde pensaba llorar sus penas en soledad. Todos los apóstoles sufrían, no tanto por la duda y la desesperación como por el miedo, la pena y la vergüenza.
189:4.2En la casa de Nicodemo se habían reunido, con David Zebedeo y José de Arimatea, unos doce o quince de los más destacados discípulos de Jesús en Jerusalén. En la casa de José de Arimatea había unas quince o veinte de las principales mujeres creyentes. Solo estas mujeres se alojaban en la casa de José, y habían permanecido recluidas en ella durante las horas del día de sábado y la noche siguiente al sábado, de modo que ignoraban que hubiera una guardia militar vigilando la tumba; tampoco sabían que se había hecho rodar una segunda piedra delante de la tumba, y que ambas piedras habían sido puestas bajo el sello de Pilato.
189:4.3Poco antes de las tres de este domingo por la mañana, cuando las primeras señales del día empezaban a aparecer en el oriente, cinco de las mujeres salieron hacia la tumba de Jesús. Habían preparado abundantes lociones especiales para embalsamar, y llevaban consigo muchas vendas de lino. Su propósito era dar más a fondo al cuerpo de Jesús su unción de muerte y envolverlo con más cuidado con las vendas nuevas.
189:4.4Las mujeres que fueron en esta misión de ungir el cuerpo de Jesús eran: María Magdalena; María, la madre de los gemelos Alfeo; Salomé, la madre de los hermanos Zebedeo; Juana, la esposa de Cusa; y Susana, la hija de Esdras de Alejandría.
189:4.5Eran alrededor de las tres y media cuando las cinco mujeres, cargadas con sus ungüentos, llegaron ante la tumba vacía. Al salir por la puerta de Damasco, se encontraron con varios soldados que huían hacia la ciudad más o menos presas del pánico, y esto las hizo detenerse unos minutos; pero como no ocurrió nada más, reanudaron su camino.
189:4.6Se sorprendieron mucho al ver la piedra apartada de la entrada de la tumba, ya que por el camino se habían dicho unas a otras: «¿Quién nos ayudará a hacer rodar la piedra?». Dejaron sus cargas en el suelo y empezaron a mirarse unas a otras con miedo y con gran asombro. Mientras estaban allí, temblando de miedo, María Magdalena se aventuró a rodear la piedra más pequeña y se atrevió a entrar en el sepulcro abierto. Esta tumba de José estaba en su jardín, en la ladera del lado oriental del camino, y también estaba orientada hacia el este. A esa hora había apenas la luz suficiente del alba de un nuevo día para permitir a María mirar hacia el lugar donde había yacido el cuerpo del Maestro y discernir que ya no estaba. En el hueco de piedra donde habían depositado a Jesús, María vio solo el paño doblado donde había reposado su cabeza y las vendas con que había sido envuelto, que yacían intactas y tal como habían reposado sobre la piedra antes de que las huestes celestiales retiraran el cuerpo. La sábana que lo cubría yacía al pie del nicho funerario.
189:4.7Después de que María se detuvo unos momentos en la entrada de la tumba (no veía con claridad cuando entró por primera vez en la tumba), vio que el cuerpo de Jesús ya no estaba y que en su lugar solo estaban estos lienzos funerarios, y lanzó un grito de alarma y angustia. Todas las mujeres estaban sumamente nerviosas; estaban en tensión desde que se encontraron con los soldados aterrados en la puerta de la ciudad, y cuando María lanzó este grito de angustia, se llenaron de terror y huyeron a toda prisa. Y no se detuvieron hasta llegar corriendo a la puerta de Damasco. Para entonces, Juana sentía remordimiento de conciencia por haber abandonado a María; reunió a sus compañeras, y emprendieron el regreso hacia la tumba.
189:4.8Al acercarse ellas al sepulcro, la asustada Magdalena, que estaba aún más aterrorizada porque no había encontrado a sus hermanas esperando cuando salió de la tumba, corrió entonces hacia ellas, exclamando con agitación: «¡No está allí, se lo han llevado!». Y las condujo de nuevo a la tumba, y todas entraron y vieron que estaba vacía.
189:4.9Entonces las cinco mujeres se sentaron en la piedra cerca de la entrada y hablaron de la situación. Todavía no se les había ocurrido que Jesús hubiera resucitado. Habían estado solas durante el sábado, y conjeturaron que el cuerpo había sido trasladado a otro lugar de reposo. Pero cuando consideraron tal solución a su dilema, no supieron explicar la disposición ordenada de los lienzos funerarios; ¿cómo podía haberse sacado el cuerpo, si las mismas vendas en que estaba envuelto se habían dejado en su lugar y aparentemente intactas sobre el estante funerario?
189:4.10Mientras estas mujeres estaban sentadas allí en las primeras horas del alba de este nuevo día, miraron a un lado y vieron a un desconocido silencioso e inmóvil. Por un momento volvieron a asustarse, pero María Magdalena, corriendo hacia él y dirigiéndose a él como si pensara que podría ser el cuidador del jardín, dijo: «¿Adónde has llevado al Maestro? ¿Dónde lo han puesto? Dinos, para que vayamos a buscarlo». Como el desconocido no respondía a María, ella se echó a llorar. Entonces Jesús les habló, diciendo: «¿A quién buscan?». María dijo: «Buscamos a Jesús, que fue depositado para su descanso en la tumba de José, pero ya no está. ¿Sabes adónde lo han llevado?». Entonces dijo Jesús: «¿No les dijo este Jesús, ya en Galilea, que moriría, pero que resucitaría?». Estas palabras sobresaltaron a las mujeres, pero el Maestro estaba tan cambiado que todavía no lo reconocían, de espaldas como estaba a la tenue luz. Y mientras ellas consideraban sus palabras, él se dirigió a la Magdalena con una voz familiar, diciendo: «María». Y cuando ella oyó aquella palabra de bien conocida compasión y afectuoso saludo, supo que era la voz del Maestro, y se apresuró a arrodillarse a sus pies mientras exclamaba: «¡Mi Señor y mi Maestro!». Y todas las demás mujeres reconocieron que era el Maestro quien estaba ante ellas en forma glorificada, y se arrodillaron rápidamente ante él.
189:4.11Estos ojos humanos pudieron ver la forma morontial de Jesús gracias al ministerio especial de los transformadores y los seres intermedios, en asociación con algunas de las personalidades morontiales que entonces acompañaban a Jesús.
189:4.12Cuando María intentó abrazar sus pies, Jesús dijo: «No me toques, María, porque no soy como me conociste en la carne. En esta forma permaneceré con ustedes por un tiempo antes de ascender al Padre. Pero vayan, todas ustedes, ahora, y digan a mis apóstoles —y a Pedro— que he resucitado y que han hablado conmigo».
189:4.13Después de que estas mujeres se recuperaron de la impresión de su asombro, volvieron apresuradamente a la ciudad y a la casa de Elías Marcos, donde contaron a los diez apóstoles todo lo que les había sucedido; pero los apóstoles no estaban dispuestos a creerles. Pensaron al principio que las mujeres habían tenido una visión, pero cuando María Magdalena repitió las palabras que Jesús les había dicho, y cuando Pedro oyó su nombre, salió corriendo de la sala de arriba, seguido de cerca por Juan, con gran prisa por llegar a la tumba y ver estas cosas por sí mismo.
189:4.14Las mujeres repitieron a los demás apóstoles el relato de cómo habían hablado con Jesús, pero ellos no quisieron creer; y no quisieron ir a comprobarlo por sí mismos, como habían hecho Pedro y Juan.
5. Pedro y Juan en la tumba
189:5.1Mientras los dos apóstoles corrían hacia el Gólgota y la tumba de José, los pensamientos de Pedro alternaban entre el miedo y la esperanza; temía encontrarse con el Maestro, pero su esperanza se había despertado con el relato de que Jesús le había enviado un mensaje especial. Estaba medio persuadido de que Jesús estaba realmente vivo; recordó la promesa de resucitar al tercer día. Por extraño que parezca, esta promesa no le había venido a la mente desde la crucifixión hasta este momento, mientras se apresuraba hacia el norte a través de Jerusalén. Mientras Juan salía apresuradamente de la ciudad, un extraño éxtasis de alegría y esperanza brotó en su alma. Estaba medio convencido de que las mujeres realmente habían visto al Maestro resucitado.
189:5.2Juan, que era más joven que Pedro, corrió más que él y llegó primero a la tumba. Juan se detuvo en la puerta, mirando la tumba, y estaba tal como María la había descrito. Muy pronto llegó corriendo Simón Pedro y, al entrar, vio la misma tumba vacía con los lienzos funerarios dispuestos de un modo tan peculiar. Y cuando Pedro hubo salido, Juan también entró y lo vio todo por sí mismo, y luego se sentaron en la piedra para considerar el significado de lo que habían visto y oído. Y mientras estaban allí sentados, repasaron en su mente todo lo que se les había dicho acerca de Jesús, pero no podían percibir con claridad lo que había sucedido.
189:5.3Pedro sugirió al principio que la sepultura había sido saqueada, que unos enemigos habían robado el cuerpo, que quizás habían sobornado a los guardias. Pero Juan razonó que difícilmente se habría dejado la sepultura tan ordenada si el cuerpo hubiera sido robado, y planteó también la cuestión de cómo era que las vendas se habían quedado allí, y tan aparentemente intactas. Y de nuevo ambos volvieron a entrar en la tumba para examinar más de cerca los lienzos funerarios. Al salir de la tumba por segunda vez, encontraron a María Magdalena, que había vuelto y lloraba ante la entrada. María había ido a ver a los apóstoles creyendo que Jesús había resucitado de la sepultura, pero cuando todos se negaron a creer su relato, se sintió abatida y desesperada. Anhelaba volver cerca de la tumba, donde creía haber oído la voz familiar de Jesús.
189:5.4Mientras María se quedaba allí después de que Pedro y Juan se hubieran ido, el Maestro se le apareció de nuevo, diciendo: «No dudes; ten el valor de creer lo que has visto y oído. Vuelve a mis apóstoles y diles otra vez que he resucitado, que me apareceré a ellos y que pronto iré delante de ellos a Galilea, como lo prometí».
189:5.5María volvió apresuradamente a la casa de Marcos y dijo a los apóstoles que había hablado de nuevo con Jesús, pero no quisieron creerle. Pero cuando Pedro y Juan regresaron, dejaron de burlarse y se llenaron de miedo y aprensión.