Parte IV · Documento 188
El tiempo de la tumba
188:0.1EL día y medio que el cuerpo mortal de Jesús yació en la tumba de José, el período entre su muerte en la cruz y su resurrección, es un capítulo de la carrera terrestre de Miguel que conocemos poco. Podemos narrar el entierro del Hijo del Hombre y poner en este relato los acontecimientos asociados con su resurrección, pero no podemos proporcionar mucha información de naturaleza auténtica sobre lo que realmente sucedió durante esta época de unas treinta y seis horas, desde las tres de la tarde del viernes hasta las tres de la madrugada del domingo. Este período de la carrera del Maestro comenzó poco antes de que los soldados romanos lo bajaran de la cruz. Estuvo colgado en la cruz alrededor de una hora después de su muerte. Lo habrían bajado antes de no ser por la demora en rematar a los dos bandidos.
188:0.2Los dirigentes de los judíos habían planeado que el cuerpo de Jesús fuera arrojado a las fosas abiertas de enterramiento de la Gehena, al sur de la ciudad; era costumbre deshacerse así de las víctimas de la crucifixión. Si se hubiera seguido este plan, el cuerpo del Maestro habría quedado expuesto a las fieras.
188:0.3Mientras tanto, José de Arimatea, acompañado de Nicodemo, había ido a ver a Pilato y le había pedido que les entregara el cuerpo de Jesús para darle una sepultura apropiada. No era raro que los amigos de las personas crucificadas ofrecieran sobornos a las autoridades romanas por el privilegio de obtener la posesión de esos cuerpos. José se presentó ante Pilato con una gran suma de dinero, por si fuera necesario pagar por el permiso de trasladar el cuerpo de Jesús a una tumba privada. Pero Pilato no quiso aceptar dinero por esto. Cuando oyó la petición, firmó rápidamente la orden que autorizaba a José a dirigirse al Gólgota y tomar posesión inmediata y completa del cuerpo del Maestro. Mientras tanto, como la tormenta de arena había amainado considerablemente, un grupo de judíos que representaba al Sanedrín había salido al Gólgota con el propósito de asegurarse de que el cuerpo de Jesús acompañara a los de los bandidos a las fosas públicas abiertas de enterramiento.
1. El entierro de Jesús
188:1.1Cuando José y Nicodemo llegaron al Gólgota, encontraron a los soldados bajando a Jesús de la cruz y a los representantes del Sanedrín presentes para vigilar que ninguno de los seguidores de Jesús impidiera que su cuerpo fuera a las fosas de enterramiento de los criminales. Cuando José presentó al centurión la orden de Pilato sobre el cuerpo del Maestro, los judíos armaron un tumulto y reclamaron a gritos su posesión. En su furor intentaron con violencia apoderarse del cuerpo, y cuando hicieron esto, el centurión llamó a cuatro de sus soldados a su lado, y con las espadas desenvainadas se plantaron a horcajadas sobre el cuerpo del Maestro, tal como yacía allí en el suelo. El centurión ordenó a los demás soldados que dejaran a los dos ladrones mientras hacían retroceder a esta turba enfurecida de judíos exasperados. Cuando se restableció el orden, el centurión leyó a los judíos el permiso de Pilato y, haciéndose a un lado, dijo a José: «Este cuerpo es tuyo para que hagas con él lo que te parezca conveniente. Mis soldados y yo nos quedaremos cerca para vigilar que nadie interfiera».
188:1.2Una persona crucificada no podía ser enterrada en un cementerio judío; había una ley estricta contra tal procedimiento. José y Nicodemo conocían esta ley, y de camino al Gólgota habían decidido enterrar a Jesús en la nueva tumba familiar de José, excavada en la roca sólida, situada a poca distancia al norte del Gólgota y al otro lado del camino que conducía a Samaria. Nadie había yacido nunca en esta tumba, y les pareció apropiado que el Maestro descansara allí. José creía realmente que Jesús resucitaría de entre los muertos, pero Nicodemo dudaba mucho. Estos antiguos miembros del Sanedrín habían mantenido su fe en Jesús más o menos en secreto, aunque sus colegas sanedritas sospechaban de ellos desde hacía mucho tiempo, incluso antes de que se retiraran del consejo. Desde ese momento fueron los discípulos más declarados de Jesús en todo Jerusalén.
188:1.3Hacia las cuatro y media, el cortejo fúnebre de Jesús de Nazaret partió del Gólgota hacia la tumba de José, al otro lado del camino. El cuerpo iba envuelto en una sábana de lino mientras los cuatro hombres lo llevaban, seguidos por las fieles mujeres de Galilea que observaban. Los mortales que llevaron el cuerpo material de Jesús a la tumba fueron: José, Nicodemo, Juan y el centurión romano.
188:1.4Llevaron el cuerpo al interior de la tumba, una cámara de unos diez pies por diez, donde lo prepararon apresuradamente para el entierro. Los judíos no enterraban realmente a sus muertos; en realidad los embalsamaban. José y Nicodemo habían traído consigo grandes cantidades de mirra y áloe, y entonces envolvieron el cuerpo con vendas empapadas en estas soluciones. Cuando terminaron el embalsamamiento, ataron un paño alrededor del rostro, envolvieron el cuerpo en una sábana de lino y lo colocaron con reverencia en una repisa de la tumba.
188:1.5Después de colocar el cuerpo en la tumba, el centurión hizo señas a sus soldados para que ayudaran a rodar la piedra de la puerta hasta delante de la entrada de la tumba. Los soldados partieron entonces hacia la Gehena con los cuerpos de los ladrones, mientras los demás regresaban a Jerusalén, con tristeza, para celebrar la fiesta de la Pascua según las leyes de Moisés.
188:1.6El entierro de Jesús se hizo con bastante prisa y apresuramiento porque era el día de la preparación y el sábado se acercaba rápidamente. Los hombres regresaron deprisa a la ciudad, pero las mujeres se quedaron cerca de la tumba hasta que oscureció del todo.
188:1.7Mientras sucedía todo esto, las mujeres estaban escondidas muy cerca, de modo que lo vieron todo y observaron dónde había sido puesto el Maestro. Se ocultaron así porque no estaba permitido que las mujeres estuvieran con los hombres en un momento así. Estas mujeres no creían que Jesús hubiera sido preparado debidamente para el entierro, y acordaron entre ellas volver a la casa de José, descansar durante el sábado, preparar especias y ungüentos, y regresar el domingo por la mañana para preparar debidamente el cuerpo del Maestro para el reposo de la muerte. Las mujeres que se quedaron así junto a la tumba este viernes por la noche fueron: María Magdalena, María la esposa de Clopás, Marta, otra hermana de la madre de Jesús, y Rebeca de Séforis.
188:1.8Aparte de David Zebedeo y José de Arimatea, muy pocos de los discípulos de Jesús creían o comprendían realmente que él había de levantarse de la tumba al tercer día.
2. La custodia de la tumba
188:2.1Si los seguidores de Jesús no tenían presente su promesa de levantarse de la sepultura al tercer día, sus enemigos sí la tenían presente. Los principales sacerdotes, los fariseos y los saduceos recordaron que habían recibido informes de que él decía que resucitaría de entre los muertos.
188:2.2Este viernes por la noche, después de la cena de Pascua, hacia la medianoche, un grupo de dirigentes judíos se reunió en la casa de Caifás, donde hablaron de sus temores acerca de las afirmaciones del Maestro de que resucitaría de entre los muertos al tercer día. Esta reunión terminó con el nombramiento de un comité de sanedritas que debían visitar a Pilato temprano al día siguiente, con la petición oficial del Sanedrín de que se apostara una guardia romana ante la tumba de Jesús para impedir que sus amigos la manipularan. El portavoz de este comité dijo a Pilato: «Señor, recordamos que este engañador, Jesús de Nazaret, dijo cuando aún vivía: “Después de tres días resucitaré”. Por eso hemos venido ante usted a pedirle que dé las órdenes necesarias para asegurar el sepulcro contra sus seguidores, por lo menos hasta después del tercer día. Tememos mucho que sus discípulos vengan y lo roben de noche y luego proclamen al pueblo que ha resucitado de entre los muertos. Si permitiéramos que esto sucediera, este error sería mucho peor que haberlo dejado vivir».
188:2.3Cuando Pilato oyó esta petición de los sanedritas, dijo: «Les daré una guardia de diez soldados. Vayan y aseguren la tumba». Ellos volvieron al templo, consiguieron diez de sus propios guardias y luego marcharon hacia la tumba de José con estos diez guardias judíos y diez soldados romanos, aun en esta mañana de sábado, para apostarlos como centinelas ante la tumba. Estos hombres rodaron otra piedra más delante de la tumba y pusieron el sello de Pilato sobre estas piedras y alrededor de ellas, para que no pudieran ser movidas sin que ellos lo supieran. Y estos veinte hombres permanecieron de guardia hasta la hora de la resurrección; los judíos les llevaban la comida y la bebida.
3. Durante el día de sábado
188:3.1Mientras todo Jerusalén comentaba la muerte de Jesús en la cruz, los discípulos y los apóstoles permanecieron escondidos a lo largo de aquel día de sábado. Se encontraban en Jerusalén por entonces casi un millón y medio de judíos, venidos de todas las regiones del Imperio romano y de Mesopotamia. Con ello empezaba la semana de la Pascua, y todos estos peregrinos se hallarían en la ciudad para enterarse de la resurrección de Jesús y llevar después la noticia de vuelta a sus hogares.
188:3.2Tarde en la noche del sábado, Juan Marcos convocó en secreto a los once apóstoles para que fueran a la casa de su padre, donde, poco antes de la medianoche, todos se reunieron en la misma sala de arriba en la que habían tomado la Última Cena con su Maestro dos noches antes.
188:3.3María, la madre de Jesús, con Rut y Judas, regresó a Betania para reunirse con su familia este sábado por la tarde, poco antes de la puesta del sol. David Zebedeo se quedó en la casa de Nicodemo, donde había dispuesto que sus mensajeros se reunieran temprano el domingo por la mañana. Las mujeres de Galilea, que prepararon especias para seguir embalsamando el cuerpo de Jesús, se quedaron en la casa de José de Arimatea.
188:3.4No podemos explicar plenamente qué le sucedió a Jesús de Nazaret durante este período de un día y medio en que se suponía que descansaba en la nueva tumba de José. Al parecer murió en la cruz la misma muerte natural que moriría cualquier otro mortal en las mismas circunstancias. Le oímos decir: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». No comprendemos del todo el significado de tal declaración, puesto que su Ajustador del Pensamiento había sido personalizado mucho tiempo antes y por eso mantenía una existencia aparte del ser mortal de Jesús. El Ajustador Personalizado del Maestro no podía en ningún sentido ser afectado por su muerte física en la cruz. Aquello que Jesús puso en las manos del Padre por el momento debe de haber sido la contraparte espiritual de la obra inicial del Ajustador al espiritizar la mente mortal para proveer al traslado de la transcripción de la experiencia humana a los mundos morada. Debe de haber habido alguna realidad espiritual en la experiencia de Jesús que era análoga a la naturaleza espiritual, o alma, de los mortales de las esferas que crecen por la fe. Pero esto es simplemente nuestra opinión —no sabemos realmente qué encomendó Jesús a su Padre.
188:3.5Sabemos que la forma física del Maestro reposó allí, en la tumba de José, hasta las tres de la madrugada del domingo aproximadamente, pero no tenemos ninguna certeza acerca de la condición de la personalidad de Jesús durante ese período de treinta y seis horas. A veces nos hemos atrevido a explicarnos estas cosas más o menos de la manera siguiente:
188:3.61. La conciencia de Creador de Miguel debe de haber estado libre y completamente desligada de su mente mortal asociada de la encarnación física.
188:3.72. Sabemos que, durante este período, el que antes había sido el Ajustador del Pensamiento de Jesús se hallaba presente en la tierra y tenía bajo su mando personal a las huestes celestiales allí congregadas.
188:3.83. La identidad espiritual adquirida del hombre de Nazaret, que se fue construyendo durante su vida en la carne, primero, mediante los esfuerzos directos de su Ajustador del Pensamiento y, más tarde, mediante su propio ajuste perfecto entre las necesidades físicas y las exigencias espirituales de la existencia mortal ideal, tal como lo efectuó su elección incesante de la voluntad del Padre, debe de haber sido confiada a la custodia del Padre del Paraíso. No sabemos si esta realidad espiritual volvió o no para formar parte de la personalidad resucitada, pero creemos que sí. Pero hay quienes en el universo sostienen que esta identidad del alma de Jesús reposa ahora en el «seno del Padre», para ser liberada más adelante a fin de dirigir al Cuerpo de los Finalitarios de Nebadon en su destino no revelado en relación con los universos increados de los reinos no organizados del espacio exterior.
188:3.94. Pensamos que la conciencia humana o mortal de Jesús durmió durante estas treinta y seis horas. Tenemos razones para creer que el Jesús humano no supo nada de lo que sucedió en el universo durante este período. Para la conciencia mortal no hubo ningún lapso de tiempo; la resurrección de la vida siguió al sueño de la muerte como en el mismo instante.
188:3.10Y esto es aproximadamente todo lo que podemos dejar registrado acerca de la condición de Jesús durante este período de la tumba. Hay varios hechos correlacionados a los que podemos aludir, aunque apenas somos competentes para emprender su interpretación.
188:3.11En el vasto patio de las salas de resurrección del primer mundo morada de Satania, puede observarse ahora una magnífica estructura material-morontial conocida como el «Memorial de Miguel», que ahora lleva el sello de Gabriel. Este memorial fue creado poco después de que Miguel partiera de este mundo, y lleva esta inscripción: «En conmemoración del tránsito mortal de Jesús de Nazaret por Urantia».
188:3.12Existen registros que muestran que durante este período el consejo supremo de Salvington, de cien miembros, celebró una reunión ejecutiva en Urantia bajo la presidencia de Gabriel. Hay también registros que muestran que los Ancianos de Días de Uversa se comunicaron con Miguel acerca de la condición del universo de Nebadon durante este tiempo.
188:3.13Sabemos que al menos un mensaje pasó entre Miguel y Emanuel en Salvington mientras el cuerpo del Maestro yacía en la tumba.
188:3.14Hay buenas razones para creer que alguna personalidad ocupó el asiento de Caligastia en el consejo del sistema de los Príncipes Planetarios en Jerusem, que se reunió mientras el cuerpo de Jesús reposaba en la tumba.
188:3.15Los registros de Edentia indican que el Padre de la Constelación de Norlatiadek estuvo en Urantia, y que recibió instrucciones de Miguel durante este tiempo de la tumba.
188:3.16Hay, asimismo, muchas otras pruebas que indican que, en este tiempo de aparente muerte física, no toda la personalidad de Jesús estaba dormida e inconsciente.
4. El significado de la muerte en la cruz
188:4.1Aunque Jesús no murió esta muerte en la cruz para expiar la culpa racial del hombre mortal ni para proporcionar algún tipo de acceso eficaz a un Dios que de otro modo estaría ofendido y no perdonaría; aun cuando el Hijo del Hombre no se ofreció como sacrificio para aplacar la ira de Dios y abrir el camino para que el hombre pecador obtuviera la salvación; a pesar de que estas ideas de expiación y propiciación son erróneas, hay sin embargo significados ligados a esta muerte de Jesús en la cruz que no deberían pasarse por alto. Es un hecho que Urantia ha llegado a ser conocida entre otros planetas habitados vecinos como el «Mundo de la Cruz».
188:4.2Jesús deseaba vivir una vida mortal plena en la carne en Urantia. La muerte es, por lo general, una parte de la vida. La muerte es el último acto del drama mortal. En sus esfuerzos bienintencionados por escapar de los errores supersticiosos de la falsa interpretación del significado de la muerte en la cruz, ustedes deberían tener cuidado de no cometer el gran error de no percibir el verdadero sentido y la genuina importancia de la muerte del Maestro.
188:4.3El hombre mortal nunca fue propiedad de los archiengañadores. Jesús no murió para rescatar al hombre de las garras de los gobernantes apóstatas y de los príncipes caídos de las esferas. El Padre que está en el cielo nunca concibió una injusticia tan burda como condenar un alma mortal por el mal obrar de sus antepasados. Tampoco fue la muerte del Maestro en la cruz un sacrificio que consistiera en un esfuerzo por pagar a Dios una deuda que la raza humana hubiera llegado a tener con él.
188:4.4Antes de que Jesús viviera en la tierra, quizás ustedes podrían haber estado justificados al creer en un Dios así, pero no desde que el Maestro vivió y murió entre sus semejantes mortales. Moisés enseñó la dignidad y la justicia de un Dios Creador; pero Jesús retrató el amor y la misericordia de un Padre celestial.
188:4.5La naturaleza animal —la tendencia al mal obrar— puede ser hereditaria, pero el pecado no se transmite de padres a hijos. El pecado es el acto de rebelión consciente y deliberada contra la voluntad del Padre y las leyes de los Hijos por parte de una criatura volitiva individual.
188:4.6Jesús vivió y murió por todo un universo, no solo por las razas de este único mundo. Aunque los mortales de los reinos tenían la salvación incluso antes de que Jesús viviera y muriera en Urantia, es sin embargo un hecho que su otorgamiento en este mundo iluminó en gran manera el camino de la salvación; su muerte hizo mucho por dejar claro para siempre la certeza de la supervivencia mortal después de la muerte en la carne.
188:4.7Aunque apenas es apropiado hablar de Jesús como un sacrificador, un rescatador o un redentor, es totalmente correcto referirse a él como un salvador. Él hizo para siempre más claro y seguro el camino de la salvación (supervivencia); mostró mejor y con más seguridad el camino de la salvación para todos los mortales de todos los mundos del universo de Nebadon.
188:4.8Una vez que comprendan la idea de Dios como un Padre verdadero y amoroso, el único concepto que Jesús enseñó jamás, deben inmediatamente, con toda coherencia, abandonar por completo todas esas nociones primitivas sobre Dios como un monarca ofendido, un gobernante severo y todopoderoso cuyo principal deleite es sorprender a sus súbditos en una mala acción y procurar que sean castigados adecuadamente, a menos que algún ser casi igual a él se ofrezca voluntariamente para sufrir por ellos, para morir como sustituto y en su lugar. Toda la idea del rescate y de la expiación es incompatible con el concepto de Dios tal como lo enseñó y lo ejemplificó Jesús de Nazaret. El amor infinito de Dios no es secundario a nada en la naturaleza divina.
188:4.9Todo este concepto de la expiación y de la salvación por sacrificio tiene su raíz y su fundamento en el egoísmo. Jesús enseñó que el servicio a los semejantes es el concepto más elevado de la fraternidad de los creyentes espirituales. La salvación deberían darla por sentada quienes creen en la paternidad de Dios. La principal preocupación del creyente no debería ser el deseo egoísta de la salvación personal, sino más bien el impulso altruista de amar y, por lo tanto, de servir a sus semejantes, así como Jesús amó y sirvió a los hombres mortales.
188:4.10Tampoco los creyentes genuinos se preocupan tanto por el castigo futuro del pecado. El verdadero creyente solo se preocupa por la separación presente de Dios. Es cierto que los padres sabios pueden disciplinar a sus hijos, pero hacen todo esto con amor y con fines correctivos. No castigan con ira, ni escarmientan como retribución.
188:4.11Aun si Dios fuera el monarca severo y legalista de un universo en el que la justicia reinara de manera suprema, ciertamente no quedaría satisfecho con el plan infantil de sustituir al ofensor culpable por un inocente que sufre.
188:4.12En lo que se refiere a enriquecer la experiencia humana y a ensanchar el camino de la salvación, lo grande de la muerte de Jesús no es el hecho de que muriera, sino más bien la forma magnífica y el espíritu incomparable con que hizo frente a la muerte.
188:4.13Toda esta idea del rescate de la expiación coloca la salvación en un plano de irrealidad; tal concepto es puramente filosófico. La salvación humana es real; se basa en dos realidades que pueden ser captadas por la fe de la criatura y quedar así incorporadas a la experiencia humana individual: el hecho de la paternidad de Dios y su verdad correlacionada, la fraternidad de los hombres. Es verdad, después de todo, que a ustedes se les han de «perdonar sus deudas, así como ustedes perdonan a sus deudores».
5. Lecciones de la cruz
188:5.1La cruz de Jesús retrata la medida plena de la devoción suprema del verdadero pastor incluso por los miembros indignos de su rebaño. Coloca para siempre todas las relaciones entre Dios y el hombre sobre la base familiar. Dios es el Padre; el hombre es su hijo. El amor, el amor de un padre por su hijo, se convierte en la verdad central de las relaciones del universo entre el Creador y la criatura —no la justicia de un rey que busca satisfacción en los sufrimientos y el castigo del súbdito que obra mal.
188:5.2La cruz muestra para siempre que la actitud de Jesús hacia los pecadores no fue ni de condena ni de tolerancia, sino más bien de salvación eterna y amorosa. Jesús es verdaderamente un salvador en el sentido de que su vida y su muerte sí ganan a los hombres para la bondad y para una supervivencia recta. Jesús ama tanto a los hombres que su amor despierta la respuesta del amor en el corazón humano. El amor es verdaderamente contagioso y eternamente creador. La muerte de Jesús en la cruz ejemplifica un amor que es lo bastante fuerte y divino para perdonar el pecado y absorber todo mal obrar. Jesús reveló a este mundo una calidad de rectitud más elevada que la justicia—lo correcto y lo incorrecto en un sentido meramente técnico. El amor divino no se limita a perdonar las faltas; las absorbe y realmente las destruye. El perdón del amor trasciende por completo el perdón de la misericordia. La misericordia deja a un lado la culpa del mal obrar; pero el amor destruye para siempre el pecado y toda la debilidad que resulta de él. Jesús trajo a Urantia un nuevo método de vivir. Nos enseñó a no resistir al mal, sino a encontrar por medio de él una bondad que destruye eficazmente el mal. El perdón de Jesús no es tolerancia; es salvación de la condena. La salvación no resta importancia a las faltas; las rectifica. El amor verdadero no transige con el odio ni lo tolera; lo destruye. El amor de Jesús nunca se contenta con el mero perdón. El amor del Maestro implica rehabilitación, supervivencia eterna. Es del todo apropiado hablar de la salvación como redención si se entiende por ella esta rehabilitación eterna.
188:5.3Jesús, por el poder de su amor personal por los hombres, podía romper el dominio del pecado y del mal. Con ello dejó a los hombres en libertad de escoger mejores formas de vivir. Jesús retrató una liberación del pasado que en sí misma prometía un triunfo para el futuro. El perdón proporcionó así la salvación. La belleza del amor divino, una vez admitida plenamente en el corazón humano, destruye para siempre el encanto del pecado y el poder del mal.
188:5.4Jesús no sufrió únicamente en la crucifixión. En realidad, Jesús de Nazaret pasó más de veinticinco años sobre la cruz de una existencia mortal real e intensa. Lo que da a la cruz su verdadero valor es que fue la expresión suprema y última de su amor, la revelación completa de su misericordia.
188:5.5En millones de mundos habitados, decenas de billones de criaturas evolutivas que quizás se sintieron tentadas a abandonar la lucha moral y dejar el buen combate de la fe, han echado una mirada más a Jesús en la cruz y luego han seguido avanzando con empeño, inspiradas por la visión de Dios que entrega su vida encarnada en devoción al servicio altruista del hombre.
188:5.6El triunfo de la muerte en la cruz se resume por completo en el espíritu de la actitud de Jesús hacia quienes lo atacaron. Hizo de la cruz un símbolo eterno del triunfo del amor sobre el odio y de la victoria de la verdad sobre el mal cuando oró: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Esa devoción del amor fue contagiosa en todo un vasto universo; los discípulos la contrajeron de su Maestro. El primerísimo maestro de su evangelio que fue llamado a dar su vida en este servicio dijo, mientras lo mataban a pedradas: «No les tengas en cuenta este pecado».
188:5.7La cruz hace una apelación suprema a lo mejor del hombre porque revela a uno que estuvo dispuesto a dar su vida al servicio de sus semejantes. Nadie puede tener un amor mayor que este: que esté dispuesto a dar su vida por sus amigos —y Jesús tuvo un amor tal que estuvo dispuesto a dar su vida por sus enemigos, un amor mayor que cualquiera que se hubiera conocido hasta entonces en la tierra.
188:5.8En otros mundos, igual que en Urantia, este sublime espectáculo de la muerte del Jesús humano en la cruz del Gólgota ha movido las emociones de los mortales, a la vez que ha despertado en los ángeles la más alta devoción.
188:5.9La cruz es ese alto símbolo del servicio sagrado, la devoción de la propia vida al bienestar y a la salvación de los semejantes. La cruz no es el símbolo del sacrificio del inocente Hijo de Dios en lugar de los pecadores culpables y con el fin de aplacar la ira de un Dios ofendido, sino que se alza para siempre, en la tierra y en todo un vasto universo, como un símbolo sagrado de los buenos que se otorgan a sí mismos a los malos y que así los salvan por esta misma devoción del amor. La cruz se alza como el signo de la forma más elevada de servicio altruista, la devoción suprema del otorgamiento pleno de una vida recta al servicio de un ministerio de todo corazón, incluso en la muerte, la muerte de la cruz. Y la sola visión de este gran símbolo de la vida de otorgamiento de Jesús nos inspira verdaderamente a todos a querer ir y hacer lo mismo.
188:5.10Cuando los hombres y las mujeres reflexivos contemplan a Jesús mientras ofrece su vida en la cruz, difícilmente se permitirán de nuevo quejarse aun de las más duras penalidades de la vida, y mucho menos de las pequeñas molestias y de sus muchos agravios puramente ficticios. Su vida fue tan gloriosa y su muerte tan triunfante que todos nos sentimos atraídos a estar dispuestos a compartir ambas. Hay un verdadero poder de atracción en todo el otorgamiento de Miguel, desde los días de su juventud hasta este sobrecogedor espectáculo de su muerte en la cruz.
188:5.11Asegúrense, pues, de que, cuando vean la cruz como una revelación de Dios, no miren con los ojos del hombre primitivo ni con el punto de vista del bárbaro posterior, que consideraban ambos a Dios como un Soberano implacable de justicia severa y de rígida aplicación de la ley. Más bien, asegúrense de ver en la cruz la manifestación final del amor y la devoción de Jesús a su misión de vida de otorgamiento a las razas mortales de su vasto universo. Vean en la muerte del Hijo del Hombre el punto culminante del despliegue del amor divino del Padre por sus hijos de las esferas mortales. La cruz retrata así la devoción de un afecto espontáneo y el otorgamiento de la salvación voluntaria a quienes están dispuestos a recibir tales dones y tal devoción. No había nada en la cruz que el Padre exigiera —solo aquello que Jesús dio tan de buen grado y que se negó a evitar.
188:5.12Si el hombre no puede de otro modo apreciar a Jesús y comprender el significado de su otorgamiento en la tierra, al menos puede comprender el compañerismo de sus sufrimientos mortales. Ningún hombre puede temer jamás que el Creador no conozca la naturaleza o el alcance de sus aflicciones temporales.
188:5.13Sabemos que la muerte en la cruz no fue para efectuar la reconciliación del hombre con Dios, sino para estimular en el hombre la toma de conciencia del amor eterno del Padre y de la misericordia sin fin de su Hijo, y para difundir estas verdades universales a todo un universo.