Parte IV · Documento 190

Apariciones morontiales de Jesús

190:0.1EL Jesús resucitado se prepara ahora para pasar un breve período en Urantia con el fin de experimentar la carrera morontial ascendente de un mortal de los reinos. Aunque este tiempo de la vida morontial ha de pasarse en el mundo de su encarnación mortal, será, sin embargo, en todos los aspectos la contraparte de la experiencia de los mortales de Satania que pasan por la vida morontial progresiva de los siete mundos morada de Jerusem.

190:0.2Todo este poder que es inherente a Jesús —la dotación de vida— y que le permitió resucitar de entre los muertos, es el mismo don de la vida eterna que él otorga a los creyentes del reino, y que ya ahora hace segura su resurrección de las ataduras de la muerte natural.

190:0.3Los mortales de los reinos se levantarán en la mañana de la resurrección con el mismo tipo de cuerpo de transición, o cuerpo morontial, que Jesús tenía cuando se levantó de la tumba en este domingo por la mañana. Estos cuerpos no tienen sangre circulante, y tales seres no toman alimento material ordinario; sin embargo, estas formas morontiales son reales. Cuando los diversos creyentes vieron a Jesús después de su resurrección, realmente lo vieron; no fueron víctimas de su propio engaño, de visiones o de alucinaciones.

190:0.4La fe perdurable en la resurrección de Jesús fue el rasgo cardinal de la fe de todas las ramas de la primera enseñanza del evangelio. En Jerusalén, Alejandría, Antioquía y Filadelfia, todos los maestros del evangelio se unieron en esta fe implícita en la resurrección del Maestro.

190:0.5Al considerar el papel destacado que tuvo María Magdalena en la proclamación de la resurrección del Maestro, debe registrarse que María era la principal portavoz del cuerpo de mujeres, como lo era Pedro de los apóstoles. María no era la jefa de las trabajadoras, pero sí su principal maestra y su portavoz pública. María se había vuelto una mujer de gran circunspección, de modo que su audacia al hablar a un hombre a quien consideraba el cuidador del jardín de José solo indica cuán horrorizada estaba al encontrar vacía la tumba. Fue la profundidad y la agonía de su amor, la plenitud de su devoción, lo que la hizo olvidar, por un momento, las restricciones convencionales que regían el acercamiento de una mujer judía a un hombre desconocido.

1. Los heraldos de la resurrección

190:1.1Los apóstoles no querían que Jesús los dejara; por eso habían pasado por alto todas sus declaraciones sobre su muerte, junto con sus promesas de resucitar. No esperaban la resurrección tal como llegó, y se negaron a creer hasta que se vieron ante la fuerza obligatoria de una evidencia irrefutable y ante la prueba absoluta de sus propias experiencias.

190:1.2Cuando los apóstoles se negaron a creer el relato de las cinco mujeres que afirmaban haber visto a Jesús y haber hablado con él, María Magdalena volvió a la tumba, y las demás regresaron a la casa de José, donde contaron sus experiencias a la hija de él y a las otras mujeres. Y las mujeres creyeron su relato. Poco después de las seis, la hija de José de Arimatea y las cuatro mujeres que habían visto a Jesús fueron a la casa de Nicodemo, donde contaron todos estos sucesos a José, a Nicodemo, a David Zebedeo y a los demás hombres allí reunidos. Nicodemo y los demás dudaron de su relato, dudaron de que Jesús hubiera resucitado de entre los muertos; conjeturaron que los judíos se habían llevado el cuerpo. José y David estaban dispuestos a creer el relato, tanto que salieron a toda prisa para inspeccionar la tumba, y lo encontraron todo tal como las mujeres lo habían descrito. Y fueron los últimos en ver así el sepulcro, porque el sumo sacerdote envió al capitán de los guardias del templo a la tumba a las siete y media para retirar los lienzos funerarios. El capitán los envolvió todos en la sábana de lino y los arrojó por un barranco cercano.

190:1.3Desde la tumba, David y José fueron inmediatamente a la casa de Elías Marcos, donde tuvieron una reunión con los diez apóstoles en la sala de arriba. Solo Juan Zebedeo estaba dispuesto a creer, aunque fuera débilmente, que Jesús había resucitado de entre los muertos. Pedro había creído al principio, pero cuando no encontró al Maestro, cayó en una grave duda. Todos estaban dispuestos a creer que los judíos se habían llevado el cuerpo. David no quiso discutir con ellos, pero al marcharse dijo: «Ustedes son los apóstoles, y deberían entender estas cosas. No voy a disputar con ustedes; sin embargo, ahora vuelvo a la casa de Nicodemo, donde he citado a los mensajeros para que se reúnan esta mañana, y cuando se hayan juntado, los enviaré a su última misión, como heraldos de la resurrección del Maestro. Oí decir al Maestro que, después de morir, resucitaría al tercer día, y yo le creo». Y hablando así a los abatidos y desamparados embajadores del reino, este jefe de comunicaciones e información, que se había nombrado a sí mismo, se despidió de los apóstoles. Al salir de la sala de arriba, dejó caer la bolsa de Judas, que contenía todos los fondos apostólicos, en el regazo de Mateo Leví.

190:1.4Hacia las nueve y media, el último de los veintiséis mensajeros de David llegó a la casa de Nicodemo. En el espacioso patio los reunió David sin demora, y les dirigió la palabra:

190:1.5«Hombres y hermanos, todo este tiempo me han servido conforme a su juramento hacia mí y de unos con otros, y los pongo por testigos de que nunca he enviado información falsa por medio de ustedes. Estoy a punto de enviarlos a su última misión como mensajeros voluntarios del reino, y al hacerlo los libero de sus juramentos y disuelvo así el cuerpo de mensajeros. Hombres, les declaro que hemos terminado nuestra obra. El Maestro ya no tiene necesidad de mensajeros mortales; ha resucitado de entre los muertos. Nos dijo, antes de que lo arrestaran, que moriría y resucitaría al tercer día. He visto la tumba: está vacía. He hablado con María Magdalena y con otras cuatro mujeres, que han hablado con Jesús. Ahora los despido, les digo adiós y los envío a sus respectivas asignaciones, y el mensaje que llevarán a los creyentes es: “Jesús ha resucitado de entre los muertos; la tumba está vacía”».

190:1.6La mayoría de los presentes se esforzó por persuadir a David de que no hiciera esto. Pero no pudieron influir en él. Luego intentaron disuadir a los mensajeros, pero estos no hicieron caso de las palabras de duda. Y así, poco antes de las diez de este domingo por la mañana, estos veintiséis corredores partieron como los primeros heraldos de la poderosa verdad-hecho de Jesús resucitado. Y emprendieron esta misión como lo habían hecho con tantas otras, en cumplimiento de su juramento a David Zebedeo y de unos con otros. Estos hombres tenían gran confianza en David. Partieron a esta asignación sin detenerse siquiera a hablar con los que habían visto a Jesús; se fiaron de la palabra de David. La mayoría de ellos creyó lo que David les había dicho, e incluso los que dudaban un poco llevaron el mensaje con la misma seguridad y la misma rapidez.

190:1.7Los apóstoles, el cuerpo espiritual del reino, están reunidos este día en la sala de arriba, donde muestran temor y expresan dudas, mientras que estos laicos, que representan el primer intento de socialización del evangelio del Maestro, el de la fraternidad de los hombres, bajo las órdenes de su intrépido y eficaz jefe, salen a proclamar al Salvador resucitado de un mundo y de un universo. Y se entregan a este servicio lleno de acontecimientos antes de que los representantes que él escogió estén dispuestos a creer su palabra o a aceptar el testimonio de testigos oculares.

190:1.8Hacia la casa de Lázaro, en Betania, y hacia todos los centros de creyentes se despachó a estos veintiséis: entre Beerseba por el sur y Damasco y Sidón por el norte; y entre Filadelfia por el este y Alejandría por el oeste.

190:1.9Cuando David se despidió de sus hermanos, fue a la casa de José a buscar a su madre, y luego salieron hacia Betania para unirse a la familia de Jesús, que los esperaba. David se quedó allí en Betania con Marta y María hasta después de que se deshicieran de sus posesiones terrenales, y las acompañó en su viaje para reunirse con su hermano, Lázaro, en Filadelfia.

190:1.10Alrededor de una semana después de este momento, Juan Zebedeo llevó a María, la madre de Jesús, a su casa de Betsaida. Santiago, el hermano mayor de Jesús, se quedó con su familia en Jerusalén. Rut se quedó en Betania con las hermanas de Lázaro. El resto de la familia de Jesús regresó a Galilea. David Zebedeo salió de Betania con Marta y María hacia Filadelfia a principios de junio, el día siguiente a su boda con Rut, la hermana menor de Jesús.

2. La aparición de Jesús en Betania

190:2.1Desde el momento de la resurrección morontial hasta la hora de su ascensión espiritual a lo alto, Jesús hizo diecinueve apariciones distintas en forma visible a sus creyentes en la tierra. No se apareció a sus enemigos ni a quienes no podían hacer un uso espiritual de su manifestación en forma visible. Su primera aparición fue a las cinco mujeres en la tumba; la segunda, a María Magdalena, también en la tumba.

190:2.2La tercera aparición tuvo lugar hacia el mediodía de este domingo en Betania. Poco después del mediodía, el hermano mayor de Jesús, Santiago, estaba de pie en el jardín de Lázaro ante la tumba vacía del hermano resucitado de Marta y María, y daba vueltas en su mente a la noticia que les había traído, alrededor de una hora antes, el mensajero de David. Santiago siempre se había inclinado a creer en la misión de su hermano mayor en la tierra, pero hacía mucho tiempo que había perdido el contacto con la obra de Jesús y había caído poco a poco en graves dudas acerca de las afirmaciones posteriores de los apóstoles de que Jesús era el Mesías. Toda la familia quedó sobresaltada y casi desconcertada por la noticia que trajo el mensajero. Mientras Santiago estaba ante la tumba vacía de Lázaro, María Magdalena llegó al lugar y relataba con emoción a la familia sus experiencias de las primeras horas de la mañana en la tumba de José. Antes de que terminara, llegaron David Zebedeo y su madre. Rut, por supuesto, creyó el relato, y también Judas, después de haber hablado con David y Salomé.

190:2.3Entretanto, mientras lo buscaban y antes de encontrarlo, cuando Santiago estaba allí de pie en el jardín cerca de la tumba, se dio cuenta de una presencia cercana, como si alguien le hubiera tocado el hombro; y cuando se volvió para mirar, contempló la aparición gradual de una forma extraña a su lado. Estaba demasiado asombrado para hablar y demasiado asustado para huir. Y entonces la forma extraña habló, y dijo: «Santiago, vengo a llamarte al servicio del reino. Une tus manos con fervor a las de tus hermanos y sígueme». Cuando Santiago oyó pronunciar su nombre, supo que era su hermano mayor, Jesús, quien le había hablado. Todos tuvieron más o menos dificultad para reconocer la forma morontial del Maestro, pero pocos tuvieron problema alguno para reconocer su voz o para identificar de otro modo su encantadora personalidad una vez que él empezaba a comunicarse con ellos.

190:2.4Cuando Santiago percibió que Jesús le hablaba, empezó a caer de rodillas y exclamó: «Padre mío y hermano mío», pero Jesús le indicó que se mantuviera de pie mientras hablaba con él. Y caminaron por el jardín y conversaron durante casi tres minutos; hablaron de experiencias de días pasados y anticiparon los acontecimientos del futuro cercano. Al acercarse a la casa, Jesús dijo: «Adiós, Santiago, hasta que los salude a todos juntos».

190:2.5Santiago entró corriendo en la casa, aun mientras lo buscaban en Betfagé, y exclamó: «Acabo de ver a Jesús y he hablado con él, he estado con él. No está muerto; ¡ha resucitado! Desapareció ante mí, y dijo: “Adiós hasta que los salude a todos juntos”». Apenas había terminado de hablar cuando regresó Judas, y Santiago volvió a contar la experiencia de su encuentro con Jesús en el jardín para que Judas la oyera. Y todos empezaron a creer en la resurrección de Jesús. Santiago anunció entonces que no regresaría a Galilea, y David exclamó: «No solo lo ven mujeres emocionadas; incluso hombres de corazón firme han empezado a verlo. Espero verlo yo mismo».

190:2.6Y David no esperó mucho, porque la cuarta aparición de Jesús que reconocieron los mortales tuvo lugar poco antes de las dos en esta misma casa de Marta y María, cuando se apareció visiblemente ante su familia terrenal y los amigos de ella, veinte en total. El Maestro apareció en la puerta trasera abierta, y dijo: «La paz sea con ustedes. Saludos a los que una vez estuvieron cerca de mí en la carne, y compañerismo para mis hermanos y hermanas en el reino de los cielos. ¿Cómo pudieron dudar? ¿Por qué han tardado tanto antes de elegir seguir la luz de la verdad con todo el corazón? Vengan, pues, todos ustedes al compañerismo del Espíritu de la Verdad en el reino del Padre». Cuando empezaron a reponerse de la primera impresión de su asombro y a moverse hacia él como para abrazarlo, desapareció de su vista.

190:2.7Todos querían ir corriendo a la ciudad para contar a los apóstoles, que dudaban, lo que había sucedido, pero Santiago los detuvo. Solo a María Magdalena se le permitió regresar a la casa de José. Santiago les prohibió divulgar el hecho de esta visita morontial a causa de ciertas cosas que Jesús le había dicho mientras conversaban en el jardín. Pero Santiago nunca reveló nada más de su encuentro con el Maestro resucitado en este día en la casa de Lázaro en Betania.

3. En la casa de José

190:3.1La quinta manifestación morontial de Jesús que pudieron reconocer ojos mortales tuvo lugar en presencia de unas veinticinco mujeres creyentes reunidas en la casa de José de Arimatea, hacia las cuatro y cuarto de este mismo domingo por la tarde. María Magdalena había regresado a la casa de José solo unos minutos antes de esta aparición. Santiago, el hermano de Jesús, había pedido que no se dijera nada a los apóstoles acerca de la aparición del Maestro en Betania. No le había pedido a María que se abstuviera de contar lo ocurrido a sus hermanas creyentes. Así pues, después de que María hizo prometer secreto a todas las mujeres, empezó a relatar lo que había sucedido tan recientemente mientras estaba con la familia de Jesús en Betania. Y estaba en plena mitad de este emocionante relato cuando se hizo entre ellas un silencio repentino y solemne; contemplaron en medio de ellas la forma plenamente visible de Jesús resucitado. Él las saludó, y dijo: «La paz sea con ustedes. En el compañerismo del reino no habrá judío ni gentil, rico ni pobre, libre ni esclavo, hombre ni mujer. Ustedes también están llamadas a publicar la buena nueva de la libertad de la humanidad por medio del evangelio de la filiación con Dios en el reino de los cielos. Vayan por todo el mundo, proclamen este evangelio y confirmen a los creyentes en la fe de este evangelio. Y mientras hacen esto, no olviden ministrar a los enfermos y fortalecer a los que son débiles de corazón y están dominados por el miedo. Y yo estaré con ustedes siempre, hasta los confines de la tierra». Y cuando hubo hablado así, desapareció de su vista, mientras las mujeres caían sobre sus rostros y adoraban en silencio.

190:3.2De las cinco apariciones morontiales de Jesús ocurridas hasta este momento, María Magdalena había presenciado cuatro.

190:3.3Como resultado del envío de los mensajeros a media mañana y de la filtración inconsciente de indicios acerca de esta aparición de Jesús en la casa de José, empezó a llegar a los dirigentes de los judíos, en las primeras horas de la noche, la noticia de que se decía por la ciudad que Jesús había resucitado y que muchas personas afirmaban haberlo visto. Los sanedritas se alarmaron profundamente por estos rumores. Tras una consulta apresurada con Anás, Caifás convocó una reunión del Sanedrín para las ocho de esa noche. Fue en esta reunión donde se tomó la decisión de expulsar de las sinagogas a toda persona que mencionara la resurrección de Jesús. Incluso se sugirió que se diera muerte a cualquiera que afirmara haberlo visto; sin embargo, esta propuesta no llegó a votarse, porque la reunión se disolvió en una confusión que rozaba un pánico declarado. Se habían atrevido a pensar que habían terminado con Jesús. Estaban a punto de descubrir que su verdadero problema con el hombre de Nazaret acababa de empezar.

4. Aparición a los griegos

190:4.1Hacia las cuatro y media, en la casa de un tal Flavio, el Maestro hizo su sexta aparición morontial a unos cuarenta creyentes griegos allí reunidos. Mientras discutían los informes de la resurrección del Maestro, él se manifestó en medio de ellos, a pesar de que las puertas estaban firmemente cerradas, y les habló así: «La paz sea con ustedes. Aunque el Hijo del Hombre apareció en la tierra entre los judíos, vino a ministrar a todos los hombres. En el reino de mi Padre no habrá judío ni gentil; todos ustedes serán hermanos, los hijos de Dios. Vayan, pues, por todo el mundo, proclamen este evangelio de salvación tal como lo han recibido de los embajadores del reino, y yo los uniré en compañerismo en la fraternidad de los hijos de fe y de verdad del Padre». Y cuando les hubo encomendado esto, se despidió, y no lo vieron más. Permanecieron dentro de la casa toda la velada; estaban demasiado sobrecogidos de reverencia y temor para atreverse a salir. Tampoco durmió ninguno de estos griegos aquella noche; se quedaron despiertos, discutían estas cosas y esperaban que el Maestro volviera a visitarlos. En este grupo había muchos de los griegos que estaban en Getsemaní cuando los soldados arrestaron a Jesús y Judas lo traicionó con un beso.

190:4.2Los rumores de la resurrección de Jesús y los informes acerca de las numerosas apariciones a sus seguidores se extienden con rapidez, y toda la ciudad se agita hasta un alto grado de excitación. El Maestro ya se ha aparecido a su familia, a las mujeres y a los griegos, y en breve se manifiesta en medio de los apóstoles. El Sanedrín va a empezar pronto a considerar estos nuevos problemas que se les han impuesto tan de repente a los dirigentes judíos. Jesús piensa mucho en sus apóstoles, pero desea que los dejen solos unas horas más de reflexión solemne y de consideración atenta antes de visitarlos.

5. La caminata con dos hermanos

190:5.1En Emaús, a unas siete millas al oeste de Jerusalén, vivían dos hermanos, pastores, que habían pasado la semana de la Pascua en Jerusalén, donde asistieron a los sacrificios, las ceremonias y las fiestas. Cleofás, el mayor, era un creyente parcial en Jesús; al menos lo habían expulsado de la sinagoga. Su hermano, Jacob, no era creyente, aunque le intrigaba mucho lo que había oído acerca de las enseñanzas y las obras del Maestro.

190:5.2En este domingo por la tarde, a unas tres millas de Jerusalén y pocos minutos antes de las cinco, mientras estos dos hermanos caminaban con esfuerzo por el camino de Emaús, hablaban con gran seriedad de Jesús, de sus enseñanzas, de su obra y, más especialmente, de los rumores de que su tumba estaba vacía y de que algunas de las mujeres habían hablado con él. Cleofás estaba medio dispuesto a creer estos informes, pero Jacob insistía en que todo el asunto era probablemente un fraude. Mientras así discutían y debatían de camino a casa, la manifestación morontial de Jesús, su séptima aparición, se puso a su lado mientras proseguían su viaje. Cleofás había oído enseñar a Jesús a menudo y había comido con él en las casas de creyentes de Jerusalén en varias ocasiones. Pero no reconoció al Maestro ni siquiera cuando él habló libremente con ellos.

190:5.3Después de caminar un corto trecho con ellos, Jesús dijo: «¿Qué palabras intercambiaban con tanta seriedad cuando los alcancé?». Y cuando Jesús hubo hablado, se detuvieron y lo miraron con triste sorpresa. Dijo Cleofás: «¿Es posible que estés de paso en Jerusalén y no sepas las cosas que han sucedido recientemente?». Entonces preguntó el Maestro: «¿Qué cosas?». Cleofás respondió: «Si no sabes de estos asuntos, eres el único en Jerusalén que no ha oído estos rumores acerca de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en palabra y en obra delante de Dios y de todo el pueblo. Los principales sacerdotes y nuestros dirigentes lo entregaron a los romanos y exigieron que lo crucificaran. Ahora bien, muchos de nosotros habíamos esperado que fuera él quien librara a Israel del yugo de los gentiles. Pero eso no es todo. Ya es el tercer día desde que fue crucificado, y hoy algunas mujeres nos han asombrado al declarar que muy temprano esta mañana fueron a su tumba y la encontraron vacía. Y estas mismas mujeres insisten en que hablaron con este hombre; sostienen que ha resucitado de entre los muertos. Y cuando las mujeres contaron esto a los hombres, dos de sus apóstoles corrieron a la tumba y también la encontraron vacía»—y aquí Jacob interrumpió a su hermano para decir: «pero no vieron a Jesús».

190:5.4Mientras caminaban, Jesús les dijo: «¡Qué lentos son ustedes para comprender la verdad! Cuando me dicen que sus conversaciones tratan de las enseñanzas y la obra de este hombre, entonces permítanme iluminarlos, ya que conozco más que bien estas enseñanzas. ¿No recuerdan que este Jesús enseñó siempre que su reino no era de este mundo, y que todos los hombres, por ser hijos de Dios, debían encontrar libertad y liberación en el gozo espiritual del compañerismo de la fraternidad del servicio amoroso en este nuevo reino de la verdad del amor del Padre celestial? ¿No recuerdan cómo este Hijo del Hombre proclamó la salvación de Dios para todos los hombres, cuando ministraba a los enfermos y afligidos y liberaba a los que estaban atados por el miedo y esclavizados por el mal? ¿No saben que este hombre de Nazaret dijo a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y ser entregado a sus enemigos, que le darían muerte, y que resucitaría al tercer día? ¿No les han contado todo esto? ¿Y nunca han leído en las Escrituras acerca de este día de salvación para judíos y gentiles, donde dice que en él serán benditas todas las familias de la tierra; que él oirá el clamor de los necesitados y salvará las almas de los pobres que lo buscan; que todas las naciones lo llamarán bienaventurado? Que tal Libertador será como la sombra de una gran roca en una tierra cansada. Que apacentará el rebaño como un verdadero pastor, recogerá los corderos en sus brazos y los llevará con ternura en su seno. Que abrirá los ojos de los ciegos espirituales y sacará a los prisioneros de la desesperación a la plena libertad y a la luz; que todos los que están sentados en tinieblas verán la gran luz de la salvación eterna. Que vendará a los quebrantados de corazón, proclamará libertad a los cautivos del pecado y abrirá la prisión a los que están esclavizados por el miedo y atados por el mal. Que consolará a los que lloran y les otorgará el gozo de la salvación en lugar de la tristeza y la pesadumbre. Que será el anhelo de todas las naciones y el gozo eterno de los que buscan la rectitud. Que este Hijo de la verdad y de la rectitud se levantará sobre el mundo con luz sanadora y poder salvador; incluso que salvará a su pueblo de sus pecados; que realmente buscará y salvará a los que están perdidos. Que no destruirá a los débiles, sino que ministrará la salvación a todos los que tienen hambre y sed de rectitud. Que los que creen en él tendrán vida eterna. Que derramará su espíritu sobre toda carne, y que este Espíritu de la Verdad será en cada creyente un pozo de agua que brota para vida sempiterna. ¿No comprendieron cuán grande era el evangelio del reino que este hombre les entregó? ¿No perciben cuán grande salvación ha venido sobre ustedes?».

190:5.5Para entonces se habían acercado a la aldea donde vivían estos hermanos. Estos dos hombres no habían dicho ni una palabra desde que Jesús empezó a enseñarles mientras iban de camino. Pronto se detuvieron frente a su humilde morada, y Jesús estaba a punto de despedirse de ellos y seguir camino adelante, pero ellos lo apremiaron a que entrara y se quedara con ellos. Insistieron en que ya casi anochecía y en que se quedara con ellos. Finalmente Jesús accedió, y muy poco después de entrar en la casa, se sentaron a comer. Le dieron el pan para que lo bendijera, y cuando él empezó a partirlo y a dárselo, se les abrieron los ojos, y Cleofás reconoció que su huésped era el Maestro mismo. Y cuando dijo: «Es el Maestro—», el Jesús morontial desapareció de su vista.

190:5.6Y entonces se dijeron el uno al otro: «¡Con razón ardían nuestros corazones dentro de nosotros cuando nos hablaba mientras íbamos por el camino, y mientras abría a nuestro entendimiento las enseñanzas de las Escrituras!».

190:5.7No quisieron detenerse a comer. Habían visto al Maestro morontial, y salieron corriendo de la casa y se apresuraron a volver a Jerusalén para difundir la buena nueva del Salvador resucitado.

190:5.8Hacia las nueve de esa noche, y justo antes de que el Maestro se apareciera a los diez, estos dos hermanos emocionados irrumpieron ante los apóstoles en la sala de arriba y declararon que habían visto a Jesús y habían hablado con él. Y contaron todo lo que Jesús les había dicho y cómo no habían reconocido quién era hasta el momento de partir el pan.

Documento 190

Apariciones morontiales de Jesús