Parte IV · Documento 187

La crucifixión

187:0.1DESPUÉS de que los dos bandidos fueron preparados, los soldados, bajo la dirección de un centurión, partieron hacia el lugar de la crucifixión. El centurión al mando de estos doce soldados era el mismo capitán que la noche anterior había conducido a los soldados romanos para arrestar a Jesús en Getsemaní. Era costumbre romana asignar cuatro soldados a cada persona que iba a ser crucificada. Los dos bandidos fueron debidamente azotados antes de ser llevados a crucificar, pero a Jesús no se le dio ningún otro castigo físico; sin duda el capitán pensó que ya había sido suficientemente azotado, incluso antes de su condena.

187:0.2Los dos ladrones crucificados con Jesús eran asociados de Barrabás y más tarde habrían sido ejecutados con su jefe si este no hubiera sido liberado como el indulto de Pascua de Pilato. Así, Jesús fue crucificado en lugar de Barrabás.

187:0.3Lo que Jesús está ahora a punto de hacer, someterse a la muerte en la cruz, lo hace por su propio libre albedrío. Al predecir esta experiencia, dijo: «El Padre me ama y me sostiene porque estoy dispuesto a dar mi vida. Pero la volveré a tomar. Nadie me quita la vida —yo la doy por mí mismo. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para volver a tomarla. He recibido este mandamiento de mi Padre».

187:0.4Faltaba poco para las nueve de esta mañana cuando los soldados sacaron a Jesús del pretorio camino del Gólgota. Los seguían muchos que en secreto simpatizaban con Jesús, pero la mayor parte de este grupo de doscientas o más personas eran o bien sus enemigos o bien ociosos curiosos que solo deseaban gozar de la conmoción de presenciar las crucifixiones. Solo unos pocos de los dirigentes judíos salieron a ver morir a Jesús en la cruz. Como sabían que Pilato lo había entregado a los soldados romanos y que estaba condenado a morir, se ocuparon de su reunión en el templo, en la que discutieron qué debía hacerse con sus seguidores.

1. En el camino al Gólgota

187:1.1Antes de salir del patio del pretorio, los soldados pusieron el travesaño sobre los hombros de Jesús. Era costumbre obligar al condenado a llevar el travesaño hasta el lugar de la crucifixión. Tal condenado no llevaba la cruz entera, sino solo este madero más corto. Los maderos más largos y verticales de las tres cruces ya habían sido transportados al Gólgota y, para cuando llegaron los soldados con sus prisioneros, ya estaban firmemente hincados en el suelo.

187:1.2Según la costumbre, el capitán encabezaba la procesión, y llevaba unas pequeñas tablas blancas en las que se habían escrito con carbón los nombres de los criminales y la naturaleza de los crímenes por los que habían sido condenados. Para los dos ladrones el centurión llevaba unos letreros que daban sus nombres, debajo de los cuales estaba escrita una sola palabra: «Bandido». Era costumbre, después de que la víctima había sido clavada al travesaño e izada a su lugar en el madero vertical, clavar este letrero en lo alto de la cruz, justo encima de la cabeza del criminal, para que todos los testigos supieran por qué crimen se crucificaba al condenado. La inscripción que el centurión llevaba para poner en la cruz de Jesús la había escrito el propio Pilato en latín, griego y arameo, y decía: «Jesús de Nazaret —el Rey de los Judíos».

187:1.3Algunas de las autoridades judías que todavía estaban presentes cuando Pilato escribió esta inscripción protestaron con vigor contra que se llamara a Jesús «rey de los judíos». Pero Pilato les recordó que tal acusación formaba parte del cargo que había llevado a su condena. Cuando los judíos vieron que no podían persuadir a Pilato de que cambiara de parecer, suplicaron que al menos se modificara para que dijera: «Él dijo: “Yo soy el rey de los judíos”». Pero Pilato se mantuvo inflexible; no quiso alterar lo escrito. A toda súplica posterior solo respondía: «Lo que he escrito, lo he escrito».

187:1.4Ordinariamente, era costumbre ir al Gólgota por el camino más largo para que un gran número de personas pudiera ver al criminal condenado, pero este día fueron por la ruta más directa hasta la puerta de Damasco, que salía de la ciudad hacia el norte, y, siguiendo este camino, pronto llegaron al Gólgota, el lugar oficial de crucifixión de Jerusalén. Más allá del Gólgota estaban las villas de los ricos, y al otro lado del camino estaban las tumbas de muchos judíos acomodados.

187:1.5La crucifixión no era un modo de castigo judío. Tanto los griegos como los romanos aprendieron este método de ejecución de los fenicios. Ni siquiera Herodes, con toda su crueldad, recurrió a la crucifixión. Los romanos nunca crucificaban a un ciudadano romano; solo los esclavos y los pueblos sometidos sufrían este modo deshonroso de muerte. Durante el asedio de Jerusalén, justo cuarenta años después de la crucifixión de Jesús, todo el Gólgota quedó cubierto por miles y miles de cruces en las que, día tras día, pereció la flor de la raza judía. Terrible cosecha, en verdad, de la siembra de este día.

187:1.6Mientras la procesión de la muerte avanzaba por las estrechas calles de Jerusalén, muchas de las mujeres judías de corazón tierno que habían oído las palabras de aliento y compasión de Jesús, y que conocían su vida de ministerio amoroso, no pudieron contener el llanto cuando lo vieron conducido a una muerte tan innoble. Al pasar él, muchas de estas mujeres se lamentaban y gemían. Y cuando algunas de ellas incluso se atrevieron a seguir a su lado, el Maestro volvió la cabeza hacia ellas y dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos. Mi obra está casi terminada —pronto voy a mi Padre—, pero los tiempos de terrible tribulación para Jerusalén apenas comienzan. Miren, vienen días en que dirán: Dichosas las estériles y las que nunca amamantaron a sus pequeños. En esos días suplicarán a las rocas de las colinas que caigan sobre ustedes para ser libradas de los terrores de sus tribulaciones».

187:1.7Estas mujeres de Jerusalén fueron en verdad valientes al manifestar compasión por Jesús, pues la ley prohibía estrictamente mostrar sentimientos amistosos hacia alguien a quien se conducía a la crucifixión. A la chusma se le permitía burlarse, mofarse y ridiculizar al condenado, pero no se permitía expresar ninguna compasión. Aunque Jesús apreció esta manifestación de compasión en la hora oscura en que sus amigos estaban escondidos, no quería que estas mujeres de buen corazón se ganaran el desagrado de las autoridades por atreverse a mostrar compasión en su favor. Aun en un momento como este Jesús pensaba poco en sí mismo, solo en los terribles días de tragedia que esperaban a Jerusalén y a toda la nación judía.

187:1.8Mientras el Maestro avanzaba penosamente camino de la crucifixión, estaba muy cansado; estaba casi exhausto. No había tomado ni alimento ni agua desde la Última Cena en casa de Elías Marcos; tampoco se le había permitido disfrutar de un solo momento de sueño. Además, había habido una audiencia tras otra hasta la hora de su condena, por no mencionar los abusivos azotes con el sufrimiento físico y la pérdida de sangre que los acompañaron. Sobre todo esto pesaban su extrema angustia mental, su aguda tensión espiritual y un terrible sentimiento de soledad humana.

187:1.9Poco después de cruzar la puerta al salir de la ciudad, mientras Jesús avanzaba tambaleándose con el travesaño a cuestas, su fuerza física cedió por un momento, y cayó bajo el peso de su pesada carga. Los soldados le gritaron y le dieron patadas, pero no pudo levantarse. Cuando el capitán vio esto, como sabía lo que Jesús ya había soportado, ordenó a los soldados que se detuvieran. Luego ordenó a un transeúnte, un tal Simón de Cirene, que quitara el travesaño de los hombros de Jesús, y lo obligó a llevarlo el resto del camino hasta el Gólgota.

187:1.10Este hombre, Simón, había venido desde Cirene, en el norte de África, para asistir a la Pascua. Se alojaba con otros cireneos justo fuera de las murallas de la ciudad e iba de camino a los servicios del templo en la ciudad cuando el capitán romano le ordenó llevar el travesaño de Jesús. Simón se quedó allí durante todas las horas de la muerte del Maestro en la cruz, y habló con muchos de sus amigos y con sus enemigos. Después de la resurrección y antes de salir de Jerusalén, se hizo un valiente creyente en el evangelio del reino, y cuando volvió a casa, llevó a su familia al reino celestial. Sus dos hijos, Alejandro y Rufo, llegaron a ser maestros muy eficaces del nuevo evangelio en África. Pero Simón nunca supo que Jesús, cuya carga él llevó, y el tutor judío que una vez trató con amistad a su hijo herido eran la misma persona.

187:1.11Pasaban pocos minutos de las nueve cuando esta comitiva de muerte alcanzó el Gólgota, y los soldados romanos emprendieron la tarea de clavar a los dos bandidos y al Hijo del Hombre, cada uno en su propia cruz.

2. La crucifixión

187:2.1Los soldados primero ataron con cuerdas los brazos del Maestro al travesaño, y luego le clavaron las manos al madero. Cuando izaron este travesaño sobre el poste, y después de clavarlo firmemente al madero vertical de la cruz, le ataron y clavaron los pies al madero, con un solo clavo largo que atravesaba ambos pies. El madero vertical tenía una gran clavija, colocada a la altura adecuada, que servía como una especie de silla para sostener el peso del cuerpo. La cruz no era alta, pues los pies del Maestro quedaban a solo unos tres pies del suelo. Por eso podía oír todo lo que se decía de él en son de burla y podía ver claramente la expresión en los rostros de todos los que tan irreflexivamente se burlaban de él. Y también los presentes podían oír con facilidad todo lo que Jesús dijo durante estas horas de tortura prolongada y muerte lenta.

187:2.2Era costumbre quitar toda la ropa a los que iban a ser crucificados, pero como los judíos se oponían mucho a la exposición pública de la forma humana desnuda, los romanos siempre proporcionaban un taparrabos adecuado a todas las personas crucificadas en Jerusalén. Por consiguiente, después de que le quitaron la ropa a Jesús, lo vistieron así antes de ponerlo en la cruz.

187:2.3Se recurría a la crucifixión para dar un castigo cruel y prolongado, y la víctima a veces tardaba varios días en morir. Había en Jerusalén un sentimiento considerable contra la crucifixión, y existía una sociedad de mujeres judías que siempre enviaba una representante a las crucifixiones con el fin de ofrecer vino drogado a la víctima para aliviar su sufrimiento. Pero cuando Jesús probó este vino narcotizado, aun con la sed que tenía, se negó a beberlo. El Maestro eligió conservar su conciencia humana hasta el mismo final. Deseaba enfrentarse a la muerte, incluso en esta forma cruel e inhumana, y vencerla mediante el sometimiento voluntario a la plena experiencia humana.

187:2.4Antes de que pusieran a Jesús en su cruz, los dos bandidos ya habían sido colocados en las suyas, y no dejaban de maldecir y escupir a sus verdugos. Las únicas palabras de Jesús, mientras lo clavaban al travesaño, fueron: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». No habría podido interceder de manera tan misericordiosa y amorosa por sus verdugos si tales pensamientos de afectuosa devoción no hubieran sido la fuerza motriz de toda su vida de servicio desinteresado. Las ideas, los motivos y los anhelos de toda una vida se revelan abiertamente en una crisis.

187:2.5Después de que el Maestro fue izado en la cruz, el capitán clavó el título encima de su cabeza, y decía en tres lenguas: «Jesús de Nazaret —el Rey de los Judíos». Los judíos se enfurecieron por lo que tenían por un insulto. Pero Pilato estaba irritado por la manera irrespetuosa de ellos; sentía que lo habían intimidado y humillado, y recurrió a este medio para obtener una mezquina venganza. Podría haber escrito «Jesús, un rebelde». Pero sabía bien cuánto detestaban estos judíos de Jerusalén el mismo nombre de Nazaret, y estaba decidido a humillarlos así. Sabía que también los heriría en lo más vivo ver a este galileo ejecutado llamado «El Rey de los Judíos».

187:2.6Muchos de los dirigentes judíos, cuando supieron cómo Pilato había tratado de burlarse de ellos al poner esta inscripción en la cruz de Jesús, se apresuraron a salir al Gólgota, pero no se atrevieron a intentar quitarla, ya que los soldados romanos estaban de guardia. Como no podían quitar el título, estos dirigentes se mezclaron con la multitud e hicieron todo lo posible por incitar a la burla y al escarnio, para que nadie tomara en serio la inscripción.

187:2.7El apóstol Juan, con María la madre de Jesús, Rut y Judas, llegó al lugar justo después de que Jesús fue izado a su posición en la cruz, y justo cuando el capitán clavaba el título encima de la cabeza del Maestro. Juan fue el único de los once apóstoles que presenció la crucifixión, y ni siquiera él estuvo presente todo el tiempo, pues corrió a Jerusalén para traer a su madre y a las amigas de ella poco después de llevar a la madre de Jesús al lugar.

187:2.8Cuando Jesús vio a su madre, con Juan y su hermano y su hermana, sonrió pero no dijo nada. Mientras tanto, los cuatro soldados asignados a la crucifixión del Maestro, como era costumbre, se habían repartido su ropa: uno tomó las sandalias, otro el turbante, otro el cinto y el cuarto el manto. Quedaba la túnica, o vestidura sin costura que llegaba hasta cerca de las rodillas, que debía cortarse en cuatro pedazos, pero cuando los soldados vieron qué prenda tan poco común era, decidieron echarla a suertes. Jesús los miraba desde arriba mientras se repartían sus vestidos, y la multitud irreflexiva se burlaba de él.

187:2.9Fue bueno que los soldados romanos se quedaran con la ropa del Maestro. De otro modo, si sus seguidores hubieran obtenido estas prendas, se habrían sentido tentados a recurrir a un culto supersticioso a las reliquias. El Maestro deseaba que sus seguidores no tuvieran nada material que asociar con su vida en la tierra. Quería dejar a la humanidad solo el recuerdo de una vida humana dedicada al alto ideal espiritual de estar consagrada a hacer la voluntad del Padre.

3. Los que vieron la crucifixión

187:3.1Hacia las nueve y media de esta mañana de viernes, Jesús fue colgado en la cruz. Antes de las once, más de mil personas se habían reunido para presenciar este espectáculo de la crucifixión del Hijo del Hombre. Durante estas horas terribles las huestes invisibles de un universo permanecieron en silencio mientras contemplaban este fenómeno extraordinario del Creador que sufría la muerte de la criatura, incluso la muerte más innoble de un criminal condenado.

187:3.2De pie cerca de la cruz, en un momento u otro durante la crucifixión, estuvieron María, Rut, Judas, Juan, Salomé (la madre de Juan) y un grupo de fervientes mujeres creyentes, entre ellas María, la esposa de Clopás y hermana de la madre de Jesús, María Magdalena y Rebeca, en otro tiempo de Séforis. Estos y otros amigos de Jesús guardaron silencio mientras presenciaban su gran paciencia y fortaleza y contemplaban sus intensos sufrimientos.

187:3.3Muchos de los que pasaban meneaban la cabeza y, injuriándolo, decían: «Tú que ibas a destruir el templo y reconstruirlo en tres días, sálvate a ti mismo. Si eres el Hijo de Dios, ¿por qué no bajas de tu cruz?». De igual manera algunos de los gobernantes de los judíos se burlaban de él, diciendo: «Salvó a otros, pero a sí mismo no puede salvarse». Otros decían: «Si eres el rey de los judíos, baja de la cruz, y creeremos en ti». Y más tarde se burlaron de él todavía más, diciendo: «Confió en Dios para que lo librara. Hasta afirmaba ser el Hijo de Dios —mírenlo ahora—, crucificado entre dos ladrones». Incluso los dos ladrones también lo injuriaban y lo llenaban de reproches.

187:3.4Puesto que Jesús no respondía a sus burlas, y como se acercaba el mediodía de este día especial de preparación, hacia las once y media la mayor parte de la multitud que bromeaba y se mofaba se había marchado; quedaban en el lugar menos de cincuenta personas. Los soldados se dispusieron entonces a comer y a beber su vino barato y agrio mientras se acomodaban para la larga vigilia de la muerte. Mientras tomaban su vino, ofrecieron con burla un brindis a Jesús, diciendo: «¡Salud y buena fortuna!, al rey de los judíos». Y se asombraron de la actitud tolerante del Maestro ante sus burlas y escarnios.

187:3.5Cuando Jesús los vio comer y beber, los miró desde arriba y dijo: «Tengo sed». Cuando el capitán de la guardia oyó a Jesús decir «Tengo sed», tomó un poco de vino de su botella y, tras poner el tapón de esponja empapado en la punta de una jabalina, lo alzó hasta Jesús para que pudiera humedecer sus labios resecos.

187:3.6Jesús se había propuesto vivir sin recurrir a su poder sobrenatural, y del mismo modo eligió morir como un mortal común en la cruz. Había vivido como hombre, y moriría como hombre —haciendo la voluntad del Padre.

4. El ladrón en la cruz

187:4.1Uno de los bandidos injurió a Jesús, diciendo: «Si eres el Hijo de Dios, ¿por qué no te salvas a ti mismo y a nosotros?». Pero cuando este reprochó a Jesús, el otro ladrón, que muchas veces había oído enseñar al Maestro, dijo: «¿No tienes ni siquiera temor de Dios? ¿No ves que nosotros sufrimos con justicia por nuestros actos, pero que este hombre sufre injustamente? Más nos vale buscar el perdón de nuestros pecados y la salvación de nuestras almas». Cuando Jesús oyó al ladrón decir esto, volvió el rostro hacia él y sonrió con aprobación. Cuando el malhechor vio el rostro de Jesús vuelto hacia él, cobró valor, avivó la llama vacilante de su fe y dijo: «Señor, acuérdate de mí cuando vengas a tu reino». Y entonces Jesús dijo: «En verdad, en verdad te digo hoy, algún día estarás conmigo en el Paraíso».

187:4.2El Maestro tuvo tiempo, en medio de los dolores de la muerte mortal, para escuchar la confesión de fe del bandido creyente. Cuando este ladrón buscó la salvación, encontró la liberación. Muchas veces antes de esto se había sentido movido a creer en Jesús, pero solo en estas últimas horas de conciencia se volvió de todo corazón hacia la enseñanza del Maestro. Cuando vio la manera en que Jesús afrontaba la muerte en la cruz, este ladrón ya no pudo resistirse a la convicción de que este Hijo del Hombre era en verdad el Hijo de Dios.

187:4.3Durante este episodio de la conversión del ladrón y de su recepción en el reino por Jesús, el apóstol Juan estaba ausente, pues había ido a la ciudad para traer a su madre y a las amigas de ella al lugar de la crucifixión. Lucas oyó más tarde este relato del capitán romano de la guardia, ya convertido.

187:4.4El apóstol Juan relató la crucifixión tal como recordaba el acontecimiento dos tercios de siglo después de que ocurrió. Los otros relatos se basaron en la narración del centurión romano de servicio que, por lo que vio y oyó, creyó después en Jesús y entró en el pleno compañerismo del reino de los cielos en la tierra.

187:4.5Este joven, el bandido arrepentido, había sido llevado a una vida de violencia y maldad por quienes exaltaban esa carrera de robo como una protesta patriótica eficaz contra la opresión política y la injusticia social. Y esta clase de enseñanza, junto con el ansia de aventura, llevó a muchos jóvenes, por lo demás bien intencionados, a alistarse en estas audaces expediciones de robo. Este joven había considerado a Barrabás un héroe. Ahora veía que se había equivocado. Aquí, en la cruz a su lado, veía a un hombre verdaderamente grande, un verdadero héroe. Aquí había un héroe que encendía su celo, inspiraba sus más altas ideas de respeto moral por sí mismo y avivaba todos sus ideales de valor, hombría y valentía. Al contemplar a Jesús, brotó en su corazón un sentimiento abrumador de amor, lealtad y auténtica grandeza.

187:4.6Y si cualquier otra persona de entre la multitud burlona hubiera experimentado el nacimiento de la fe en su alma y hubiera apelado a la misericordia de Jesús, habría sido recibida con la misma consideración amorosa que se mostró hacia el bandido creyente.

187:4.7Justo después de que el ladrón arrepentido oyó la promesa del Maestro de que algún día se encontrarían en el Paraíso, Juan volvió de la ciudad, y trajo consigo a su madre y a un grupo de casi una docena de mujeres creyentes. Juan se colocó cerca de María la madre de Jesús, y la sostenía. Su hijo Judas estaba al otro lado. Cuando Jesús miró desde arriba esta escena, era el mediodía, y dijo a su madre: «Mujer, ¡mira a tu hijo!». Y hablando a Juan, dijo: «Hijo mío, ¡mira a tu madre!». Y luego se dirigió a los dos, diciendo: «Deseo que se vayan de este lugar». Y así Juan y Judas se llevaron a María lejos del Gólgota. Juan llevó a la madre de Jesús al lugar donde se alojaba en Jerusalén y luego volvió de prisa al lugar de la crucifixión. Después de la Pascua María volvió a Betsaida, donde vivió en casa de Juan el resto de su vida natural. María no llegó a vivir un año entero después de la muerte de Jesús.

187:4.8Después de que María se fue, las otras mujeres se retiraron a corta distancia y permanecieron atentas a Jesús hasta que expiró en la cruz, y todavía estaban allí cuando bajaron el cuerpo del Maestro para darle sepultura.

5. La última hora en la cruz

187:5.1Aunque era temprano en la estación para tal fenómeno, poco después de las doce el cielo se oscureció a causa de la arena fina en el aire. La gente de Jerusalén sabía que esto significaba la llegada de una de esas tormentas de arena de viento cálido del desierto de Arabia. Antes de la una el cielo estaba tan oscuro que el sol quedó oculto, y el resto de la multitud se apresuró a volver a la ciudad. Cuando el Maestro entregó su vida poco después de esta hora, había presentes menos de treinta personas, solo los trece soldados romanos y un grupo de unos quince creyentes. Estos creyentes eran todos mujeres excepto dos, Judas, el hermano de Jesús, y Juan Zebedeo, que volvió al lugar justo antes de que el Maestro expirara.

187:5.2Poco después de la una, en medio de la oscuridad creciente de la feroz tormenta de arena, Jesús empezó a perder la conciencia humana. Sus últimas palabras de misericordia, perdón y exhortación ya habían sido pronunciadas. Su último deseo —acerca del cuidado de su madre— ya había sido expresado. Durante esta hora de muerte cercana la mente humana de Jesús recurrió a la repetición de muchos pasajes de las escrituras hebreas, en particular de los Salmos. El último pensamiento consciente del Jesús humano se ocupó de la repetición en su mente de una parte del Libro de los Salmos conocida ahora como los salmos vigésimo, vigésimo primero y vigésimo segundo. Aunque sus labios a menudo se movían, estaba demasiado débil para pronunciar las palabras mientras estos pasajes, que tan bien sabía de memoria, pasaban por su mente. Solo unas pocas veces captaron los que estaban cerca alguna expresión, como: «Sé que el Señor salvará a su ungido», «Tu mano alcanzará a todos mis enemigos» y «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Jesús no tuvo ni por un momento la menor duda de que había vivido conforme a la voluntad del Padre; y nunca dudó de que ahora entregaba su vida en la carne conforme a la voluntad de su Padre. No sentía que el Padre lo hubiera abandonado; solo recitaba en su conciencia que se desvanecía muchas Escrituras, entre ellas este salmo vigésimo segundo, que comienza con «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Y resultó que este fue uno de los tres pasajes que se pronunciaron con claridad suficiente para que los oyeran los que estaban cerca.

187:5.3La última petición que el Jesús mortal hizo a sus semejantes fue hacia la una y media, cuando, por segunda vez, dijo: «Tengo sed», y el mismo capitán de la guardia volvió a humedecerle los labios con la misma esponja mojada en el vino agrio, que en aquellos días se llamaba comúnmente vinagre.

187:5.4La tormenta de arena creció en intensidad y los cielos se oscurecieron cada vez más. Aun así los soldados y el pequeño grupo de creyentes permanecieron allí. Los soldados se agacharon cerca de la cruz, apiñados para protegerse de la arena cortante. La madre de Juan y otros miraban desde lejos, en un lugar donde una roca saliente les daba algo de abrigo. Cuando el Maestro exhaló por fin su último aliento, estaban presentes al pie de su cruz Juan Zebedeo, su hermano Judas, su hermana Rut, María Magdalena y Rebeca, en otro tiempo de Séforis.

187:5.5Era poco antes de las tres cuando Jesús, con fuerte voz, gritó: «¡Está terminado! Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dicho esto, inclinó la cabeza y abandonó la lucha por la vida. Cuando el centurión romano vio cómo murió Jesús, se golpeó el pecho y dijo: «Este era en verdad un hombre justo; verdaderamente debe de haber sido un Hijo de Dios». Y desde aquella hora empezó a creer en Jesús.

187:5.6Jesús murió como un rey —como había vivido. Reconoció libremente su realeza y siguió siendo dueño de la situación durante todo el trágico día. Fue de buen grado a su muerte ignominiosa, después de haber provisto a la seguridad de sus apóstoles escogidos. Contuvo sabiamente la violencia alborotadora de Pedro y dispuso que Juan pudiera estar cerca de él hasta el mismo final de su existencia mortal. Reveló su verdadera naturaleza al Sanedrín asesino y recordó a Pilato la fuente de su autoridad soberana como Hijo de Dios. Salió hacia el Gólgota cargando su propio travesaño y concluyó su amoroso otorgamiento al entregar su espíritu de adquisición mortal al Padre del Paraíso. Después de una vida así —y con una muerte así—, el Maestro podía decir con verdad: «Está terminado».

187:5.7Puesto que este era el día de la preparación tanto de la Pascua como del sábado, los judíos no querían que estos cuerpos quedaran expuestos en el Gólgota. Por eso se presentaron ante Pilato para pedir que se les quebraran las piernas a estos tres hombres, para rematarlos, de modo que pudieran bajarlos de sus cruces y arrojarlos a las fosas de sepultura de los criminales antes de la puesta del sol. Cuando Pilato oyó esta petición, envió de inmediato a tres soldados a quebrar las piernas y rematar a Jesús y a los dos bandidos.

187:5.8Cuando estos soldados llegaron al Gólgota, así lo hicieron con los dos ladrones, pero, para su gran sorpresa, encontraron a Jesús ya muerto. Sin embargo, para asegurarse de su muerte, uno de los soldados le atravesó el costado izquierdo con su lanza. Aunque era común que las víctimas de la crucifixión siguieran vivas en la cruz incluso dos o tres días, la abrumadora agonía emocional y la aguda angustia espiritual de Jesús pusieron fin a su vida mortal en la carne en poco menos de cinco horas y media.

6. Después de la crucifixión

187:6.1En medio de la oscuridad de la tormenta de arena, hacia las tres y media, David Zebedeo envió al último de los mensajeros que llevaban la noticia de la muerte del Maestro. Al último de sus corredores lo envió a la casa de Marta y María en Betania, donde suponía que se alojaba la madre de Jesús con el resto de su familia.

187:6.2Después de la muerte del Maestro, Juan envió a las mujeres, a cargo de Judas, a la casa de Elías Marcos, donde se quedaron durante el sábado. Juan mismo, que para entonces era bien conocido del centurión romano, permaneció en el Gólgota hasta que José y Nicodemo llegaron al lugar con una orden de Pilato que los autorizaba a tomar posesión del cuerpo de Jesús.

187:6.3Así terminó un día de tragedia y dolor para un vasto universo cuyas miríadas de inteligencias se habían estremecido ante el impactante espectáculo de la crucifixión de la encarnación humana de su amado Soberano; quedaron atónitas ante esta muestra de insensibilidad mortal y perversidad humana.

Documento 187

La crucifixión