Parte IV · Documento 186
Poco antes de la crucifixión
186:0.1MIENTRAS Jesús y quienes lo acusaban emprendían el camino hacia Herodes, el Maestro se dirigió al apóstol Juan y le dijo: «Juan, tú ya no puedes hacer nada más por mí. Ve a buscar a mi madre y tráela para que me vea antes de que yo muera». Aunque no quería dejarlo solo en medio de sus enemigos, Juan, al oír lo que su Maestro le pedía, partió de prisa hacia Betania, donde toda la familia de Jesús se encontraba reunida, a la espera, en casa de Marta y María, las hermanas de Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos.
186:0.2Varias veces durante la mañana, unos mensajeros habían traído a Marta y a María noticias sobre la marcha del juicio de Jesús. Pero la familia de Jesús no llegó a Betania sino pocos minutos antes de que llegara Juan con la petición de Jesús de ver a su madre antes de que le dieran muerte. Después de que Juan Zebedeo les contara todo lo que había sucedido desde el arresto de Jesús a medianoche, María, su madre, partió enseguida en compañía de Juan para ver a su hijo mayor. Para cuando María y Juan llegaron a la ciudad, Jesús, acompañado por los soldados romanos que iban a crucificarlo, ya había llegado al Gólgota.
186:0.3Cuando María, la madre de Jesús, salió con Juan para ir a ver a su hijo, la hermana de él, Rut, se negó a quedarse atrás con el resto de la familia. Como estaba decidida a acompañar a su madre, su hermano Judas fue con ella. El resto de la familia del Maestro se quedó en Betania bajo la dirección de Santiago, y casi cada hora los mensajeros de David Zebedeo les llevaban informes sobre la marcha de aquel terrible asunto de dar muerte a su hermano mayor, Jesús de Nazaret.
1. El fin de Judas Iscariote
186:1.1Eran alrededor de las ocho y media de este viernes por la mañana cuando terminó la audiencia de Jesús ante Pilato y el Maestro quedó bajo la custodia de los soldados romanos que iban a crucificarlo. Tan pronto como los romanos tomaron posesión de Jesús, el capitán de los guardias judíos marchó con sus hombres de regreso a su cuartel del templo. El sumo sacerdote y sus asociados sanedritas siguieron muy de cerca a los guardias y fueron directamente a su lugar habitual de reunión, la sala de piedra labrada del templo. Allí encontraron a muchos otros miembros del Sanedrín que esperaban saber qué se había hecho con Jesús. Mientras Caifás se ocupaba de dar su informe al Sanedrín sobre el juicio y la condena de Jesús, Judas se presentó ante ellos para reclamar su recompensa por el papel que había desempeñado en el arresto de su Maestro y en su sentencia de muerte.
186:1.2Todos estos judíos detestaban a Judas; miraban al traidor con nada más que un desprecio absoluto. A lo largo del juicio de Jesús ante Caifás y durante su comparecencia ante Pilato, a Judas le remordía la conciencia por su conducta traicionera. Y también empezaba a sentirse algo desilusionado respecto a la recompensa que iba a recibir como pago por sus servicios como traidor de Jesús. No le gustaban la frialdad y la distancia de las autoridades judías; aun así, esperaba ser recompensado con generosidad por su conducta cobarde. Esperaba que lo llamaran ante la sesión plena del Sanedrín y oír allí cómo lo elogiaban mientras le conferían los honores apropiados en señal del gran servicio que, según se halagaba a sí mismo, había prestado a su nación. Imaginen, por tanto, la gran sorpresa de este traidor egoísta cuando un siervo del sumo sacerdote, tocándole el hombro, lo llamó justo fuera de la sala y le dijo: «Judas, me han encargado que te pague por la traición a Jesús. Aquí está tu recompensa». Y, hablando así, el siervo de Caifás entregó a Judas una bolsa que contenía treinta monedas de plata: el precio corriente de un esclavo bueno y sano.
186:1.3Judas quedó aturdido, estupefacto. Corrió de vuelta para entrar en la sala, pero el portero le cerró el paso. Quería apelar al Sanedrín, pero no lo dejaron entrar. Judas no podía creer que estos dirigentes de los judíos le permitieran traicionar a sus amigos y a su Maestro y luego le ofrecieran como recompensa treinta monedas de plata. Se sentía humillado, desilusionado y completamente abatido. Se alejó del templo, por así decirlo, como en trance. Dejó caer mecánicamente la bolsa del dinero en su profundo bolsillo, aquel mismo bolsillo en el que durante tanto tiempo había llevado la bolsa con los fondos apostólicos. Y vagó por la ciudad detrás de las multitudes que iban de camino a presenciar las crucifixiones.
186:1.4Desde lejos, Judas los vio levantar el travesaño con Jesús clavado en él y, al ver esto, corrió de vuelta al templo y, abriéndose paso a la fuerza más allá del portero, se encontró de pie en presencia del Sanedrín, que todavía estaba en sesión. El traidor estaba casi sin aliento y muy trastornado, pero consiguió balbucear estas palabras: «He pecado al traicionar sangre inocente. Ustedes me han insultado. Me han ofrecido como recompensa por mi servicio un dinero que es el precio de un esclavo. Me arrepiento de haber hecho esto; aquí está su dinero. Quiero librarme de la culpa de este acto».
186:1.5Cuando los dirigentes de los judíos oyeron a Judas, se burlaron de él. Uno de ellos, que estaba sentado cerca de donde se hallaba Judas, le hizo señas de que saliera de la sala y le dijo: «Tu Maestro ya ha sido ejecutado por los romanos, y en cuanto a tu culpa, ¿qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú con eso, y vete!».
186:1.6Al salir Judas de la sala del Sanedrín, sacó de la bolsa las treinta monedas de plata y las arrojó esparcidas por el suelo del templo. Cuando el traidor salió del templo, estaba casi fuera de sí. Judas pasaba ahora por la experiencia de comprender la verdadera naturaleza del pecado. Todo el encanto, la fascinación y la embriaguez del mal obrar se habían desvanecido. Ahora el malhechor estaba solo, cara a cara con el veredicto de juicio de su alma desilusionada y decepcionada. El pecado fue seductor y aventurado mientras se cometía, pero ahora había que afrontar la cosecha de los hechos desnudos y sin romanticismo.
186:1.7Este que en otro tiempo fue embajador del reino de los cielos en la tierra caminaba ahora por las calles de Jerusalén, abandonado y solo. Su desesperación era desesperada y casi absoluta. Siguió su camino a través de la ciudad y fuera de las murallas, y bajó hasta la terrible soledad del valle de Hinom, donde trepó por las rocas escarpadas y, tomando el cinto de su manto, ató un extremo a un pequeño árbol, se ató el otro alrededor del cuello y se arrojó por el precipicio. Antes de que muriera, el nudo que sus manos nerviosas habían atado cedió, y el cuerpo del traidor se hizo pedazos al caer sobre las rocas afiladas de abajo.
2. La actitud del Maestro
186:2.1Cuando arrestaron a Jesús, él sabía que su obra en la tierra, en semejanza de carne mortal, había terminado. Comprendía plenamente la clase de muerte que iba a morir, y le preocupaban poco los detalles de sus llamados juicios.
186:2.2Ante el tribunal sanedrita, Jesús se negó a responder al testimonio de los testigos perjuros. Había solo una pregunta que siempre obtenía una respuesta, ya la hiciera un amigo o un enemigo, y era la que se refería a la naturaleza y a la divinidad de su misión en la tierra. Cuando le preguntaban si él era el Hijo de Dios, respondía sin falta. Se negó con firmeza a hablar cuando estuvo en presencia del curioso y malvado Herodes. Ante Pilato habló solo cuando pensó que Pilato o alguna otra persona sincera podría recibir ayuda, por lo que él decía, hacia un mejor conocimiento de la verdad. Jesús había enseñado a sus apóstoles la inutilidad de echar sus perlas a los cerdos, y ahora se atrevió a practicar lo que había enseñado. Su conducta en este tiempo fue un ejemplo de la paciente sumisión de la naturaleza humana unida al majestuoso silencio y a la solemne dignidad de la naturaleza divina. Estaba del todo dispuesto a tratar con Pilato cualquier cuestión relacionada con las acusaciones políticas que se habían presentado contra él, cualquier cuestión que él reconocía como perteneciente a la jurisdicción del gobernador.
186:2.3Jesús estaba convencido de que era la voluntad del Padre que él se sometiera al curso natural y ordinario de los acontecimientos humanos, tal como debe hacerlo cualquier otra criatura mortal, y por eso se negó a emplear siquiera sus poderes puramente humanos de elocuencia persuasiva para influir en el resultado de las maquinaciones de sus semejantes mortales, socialmente cortos de vista y espiritualmente cegados. Aunque Jesús vivió y murió en Urantia, toda su carrera humana, de principio a fin, fue un espectáculo concebido para influir e instruir a todo el universo de su creación y de su sostenimiento incesante.
186:2.4Estos judíos cortos de vista clamaban de forma indecorosa por la muerte del Maestro mientras él estaba allí de pie, en un silencio sobrecogedor, contemplando la escena de muerte de una nación: el pueblo mismo de su padre terrenal.
186:2.5Jesús había adquirido ese tipo de carácter humano que podía conservar la serenidad y afirmar su dignidad frente al insulto continuo y gratuito. No se le podía intimidar. Cuando el siervo de Anás lo agredió por primera vez, él solo había sugerido que sería apropiado llamar a testigos que pudieran testificar debidamente contra él.
186:2.6De principio a fin, en su llamado juicio ante Pilato, las huestes celestiales que observaban no pudieron abstenerse de transmitir al universo la representación de la escena de «Pilato juzgado ante Jesús».
186:2.7Cuando estaba ante Caifás, y cuando todo el testimonio perjuro se había venido abajo, Jesús no dudó en responder a la pregunta del sumo sacerdote, y con ello proporcionó en su propio testimonio lo que ellos deseaban como base para condenarlo por blasfemia.
186:2.8El Maestro nunca mostró el menor interés en los esfuerzos bienintencionados pero tibios de Pilato para lograr su liberación. Él sentía verdadera compasión por Pilato y se esforzó sinceramente por iluminar su mente entenebrecida. Permaneció del todo pasivo ante todas las súplicas del gobernador romano a los judíos para que retiraran sus acusaciones criminales contra él. Durante toda la dolorosa prueba se comportó con sencilla dignidad y con una majestad sin ostentación. Ni siquiera quiso insinuar falta de sinceridad en los que pretendían ser sus asesinos cuando le preguntaron si él era el «rey de los judíos». Con muy poca explicación que la matizara, aceptó la designación, sabiendo que, aunque ellos habían elegido rechazarlo, él sería el último en ofrecerles un liderazgo nacional real, incluso en un sentido espiritual.
186:2.9Jesús dijo poco durante estos juicios, pero dijo lo suficiente para mostrar a todos los mortales la clase de carácter humano que el hombre puede perfeccionar en asociación con Dios, y para revelar a todo el universo la manera en que Dios puede manifestarse en la vida de la criatura cuando esa criatura elige de verdad hacer la voluntad del Padre, y así llega a ser un hijo activo del Dios vivo.
186:2.10Su amor por los mortales ignorantes se revela por completo en su paciencia y en su gran dominio de sí mismo frente a las burlas, los golpes y los puñetazos de los soldados groseros y de los siervos irreflexivos. Ni siquiera se enojó cuando le vendaron los ojos y, golpeándolo en la cara con burla, exclamaron: «Profetízanos quién fue el que te golpeó».
186:2.11Pilato habló con más verdad de la que sabía cuando, después de que azotaran a Jesús, lo presentó ante la multitud y exclamó: «¡He aquí el hombre!». En verdad, el gobernador romano, dominado por el miedo, ni soñaba que justo en ese momento el universo estaba atento, contemplando esta escena única de su amado Soberano sometido así, en humillación, a las burlas y a los golpes de sus súbditos mortales, entenebrecidos y degradados. Y mientras Pilato hablaba, resonó por todo Nebadon: «¡He aquí a Dios y al hombre!». Por todo un universo, incontables millones han seguido contemplando a ese hombre desde aquel día, mientras el Dios de Havona, el gobernante supremo del universo de universos, acepta al hombre de Nazaret como la satisfacción del ideal de las criaturas mortales de este universo local del tiempo y del espacio. En su vida sin igual nunca dejó de revelar Dios al hombre. Ahora, en estos episodios finales de su carrera mortal y en su muerte posterior, hizo una nueva y conmovedora revelación del hombre a Dios.
3. El fiable David Zebedeo
186:3.1Poco después de que entregaran a Jesús a los soldados romanos al término de la audiencia ante Pilato, un destacamento de los guardias del templo salió a toda prisa hacia Getsemaní para dispersar o arrestar a los seguidores del Maestro. Pero mucho antes de que llegaran, estos seguidores se habían dispersado. Los apóstoles se habían retirado a escondites designados; los griegos se habían separado y habían ido a diversas casas de Jerusalén; los demás discípulos también habían desaparecido. David Zebedeo creía que los enemigos de Jesús volverían; por eso trasladó temprano unas cinco o seis tiendas barranco arriba, cerca del lugar adonde el Maestro se retiraba tan a menudo a orar y a adorar. Allí se proponía esconderse y, al mismo tiempo, mantener un centro, o estación de coordinación, para su servicio de mensajeros. Apenas había dejado David el campamento cuando llegaron los guardias del templo. Al no encontrar a nadie allí, se contentaron con quemar el campamento y luego volvieron a toda prisa al templo. Al oír su informe, el Sanedrín quedó convencido de que los seguidores de Jesús estaban tan completamente asustados y sometidos que no habría peligro de un levantamiento ni de ningún intento de rescatar a Jesús de las manos de sus verdugos. Por fin pudieron respirar tranquilos, y así levantaron la sesión, y cada uno se fue por su camino a prepararse para la Pascua.
186:3.2Tan pronto como Pilato entregó a Jesús a los soldados romanos para que lo crucificaran, un mensajero salió a toda prisa hacia Getsemaní para informar a David, y en cinco minutos había corredores en camino hacia Betsaida, Pella, Filadelfia, Sidón, Siquem, Hebrón, Damasco y Alejandría. Y estos mensajeros llevaban la noticia de que los romanos estaban a punto de crucificar a Jesús por la insistente exigencia de los dirigentes de los judíos.
186:3.3Durante todo este día trágico, hasta que finalmente salió el mensaje de que el Maestro había sido puesto en el sepulcro, David envió mensajeros aproximadamente cada media hora con informes para los apóstoles, para los griegos y para la familia terrenal de Jesús, reunida en la casa de Lázaro en Betania. Cuando los mensajeros partieron con la noticia de que Jesús había sido sepultado, David despidió a su cuerpo de corredores locales para la celebración de la Pascua y para el sábado de descanso que venía, y les dio instrucciones de presentarse ante él discretamente el domingo por la mañana en la casa de Nicodemo, donde él se proponía esconderse unos días con Andrés y Simón Pedro.
186:3.4Este David Zebedeo, de mente singular, fue el único de los discípulos principales de Jesús que se inclinaba a entender de manera literal y llanamente práctica la afirmación del Maestro de que moriría y «resucitaría al tercer día». David le había oído una vez hacer esta predicción y, como era de carácter literal, se proponía ahora reunir a sus mensajeros temprano el domingo por la mañana en la casa de Nicodemo, para que estuvieran a mano y difundieran la noticia en caso de que Jesús resucitara de entre los muertos. David descubrió pronto que ninguno de los seguidores de Jesús esperaba que volviera tan pronto del sepulcro; por eso dijo poco sobre su creencia y nada sobre la movilización de toda su fuerza de mensajeros para el domingo temprano, salvo a los corredores que habían sido enviados el viernes por la mañana a ciudades lejanas y a centros de creyentes.
186:3.5Y así estos seguidores de Jesús, dispersos por Jerusalén y sus alrededores, tomaron aquella noche la cena de Pascua y al día siguiente permanecieron retirados.
4. Preparación para la crucifixión
186:4.1Después de que Pilato se hubiera lavado las manos ante la multitud, tratando así de librarse de la culpa de entregar a un hombre inocente para que lo crucificaran solo porque temía resistir al clamor de los dirigentes de los judíos, ordenó que el Maestro fuera entregado a los soldados romanos y dio a su capitán la orden de que fuera crucificado de inmediato. Al hacerse cargo de Jesús, los soldados lo llevaron de nuevo al patio del pretorio y, después de quitarle el manto que Herodes le había puesto, lo vistieron con sus propias ropas. Estos soldados se burlaron de él y lo escarnecieron, pero no le infligieron más castigo físico. Jesús estaba ahora solo con estos soldados romanos. Sus amigos estaban escondidos; sus enemigos se habían ido por su camino; ni siquiera Juan Zebedeo estaba ya a su lado.
186:4.2Eran poco más de las ocho cuando Pilato entregó a Jesús a los soldados, y poco antes de las nueve cuando partieron hacia el lugar de la crucifixión. Durante este período de más de media hora, Jesús no dijo ni una palabra. Los asuntos ejecutivos de un gran universo estaban prácticamente detenidos. Gabriel y los principales gobernantes de Nebadon o bien estaban reunidos aquí en Urantia, o bien seguían de cerca los informes del espacio de los arcángeles, en un esfuerzo por mantenerse informados de lo que le sucedía al Hijo del Hombre en Urantia.
186:4.3Para cuando los soldados estuvieron listos para partir con Jesús hacia el Gólgota, ya habían empezado a sentirse impresionados por su serenidad poco común y su dignidad extraordinaria, por su silencio sin queja.
186:4.4Gran parte de la demora en salir con Jesús hacia el lugar de la crucifixión se debió a la decisión de última hora del capitán de llevar también a dos ladrones que habían sido condenados a muerte; puesto que Jesús iba a ser crucificado aquella mañana, el capitán romano pensó que bien podían morir estos dos con él en lugar de esperar al final de las fiestas de la Pascua.
186:4.5Tan pronto como los ladrones estuvieron listos, los llevaron al patio, donde miraron a Jesús: uno de ellos por primera vez, pero el otro lo había oído hablar a menudo, tanto en el templo como muchos meses antes en el campamento de Pella.
5. La muerte de Jesús en relación con la Pascua
186:5.1No hay ninguna relación directa entre la muerte de Jesús y la Pascua judía. Es cierto que el Maestro entregó su vida en la carne en este día, el día de la preparación de la Pascua judía, y hacia la hora en que se sacrificaban los corderos pascuales en el templo. Pero esta coincidencia no indica de ninguna manera que la muerte del Hijo del Hombre en la tierra tenga alguna conexión con el sistema sacrificial judío. Jesús era judío, pero como Hijo del Hombre era un mortal de los reinos. Los acontecimientos ya narrados que conducen a esta hora de la inminente crucifixión del Maestro bastan para indicar que su muerte en torno a este tiempo fue un asunto puramente natural y dirigido por los hombres.
186:5.2Fue el hombre y no Dios quien planeó y ejecutó la muerte de Jesús en la cruz. Es cierto que el Padre se negó a intervenir en la marcha de los acontecimientos humanos en Urantia, pero el Padre en el Paraíso no decretó, ni exigió, ni requirió la muerte de su Hijo tal como se llevó a cabo en la tierra. Es un hecho que de alguna manera, tarde o temprano, Jesús habría tenido que despojarse de su cuerpo mortal, de su encarnación en la carne, pero habría podido llevar a cabo esa tarea de innumerables maneras sin morir en una cruz entre dos ladrones. Todo esto fue obra del hombre, no de Dios.
186:5.3En el momento del bautismo del Maestro, él ya había completado la técnica de la experiencia requerida en la tierra y en la carne, que era necesaria para completar su séptimo y último otorgamiento en el universo. En ese mismo momento, el deber de Jesús en la tierra estaba cumplido. Toda la vida que vivió después, e incluso la manera de su muerte, fue un ministerio puramente personal de su parte para el bienestar y la elevación de sus criaturas mortales en este mundo y en otros mundos.
186:5.4El evangelio de la buena nueva de que el hombre mortal puede, por la fe, llegar a ser consciente en el espíritu de que es un hijo de Dios no depende de la muerte de Jesús. Es verdad, ciertamente, que todo este evangelio del reino ha sido iluminado de manera inmensa por la muerte del Maestro, pero aún más por su vida.
186:5.5Todo lo que el Hijo del Hombre dijo o hizo en la tierra embelleció en gran medida las doctrinas de la filiación con Dios y de la fraternidad de los hombres, pero estas relaciones esenciales entre Dios y los hombres son inherentes a los hechos del universo del amor de Dios por sus criaturas y de la misericordia innata de los Hijos divinos. Estas relaciones conmovedoras y divinamente hermosas entre el hombre y su Hacedor, en este mundo y en todos los demás por todo el universo de universos, han existido desde la eternidad; y no dependen en ningún sentido de estas representaciones periódicas de otorgamiento de los Hijos Creadores de Dios, que asumen así la naturaleza y la semejanza de sus inteligencias creadas como parte del precio que deben pagar por la adquisición final de una soberanía ilimitada sobre sus respectivos universos locales.
186:5.6El Padre que está en el cielo amaba al hombre mortal en la tierra exactamente tanto antes de la vida y la muerte de Jesús en Urantia como después de esta manifestación trascendente de la coasociación del hombre y Dios. Esta poderosa transacción de la encarnación del Dios de Nebadon como hombre en Urantia no podía aumentar los atributos del Padre eterno, infinito y universal, pero sí enriqueció e iluminó a todos los demás administradores y criaturas del universo de Nebadon. Aunque el Padre que está en el cielo no nos ama más a causa de este otorgamiento de Miguel, todas las demás inteligencias celestiales sí nos aman más. Y esto es así porque Jesús no solo hizo una revelación de Dios al hombre, sino que también hizo una nueva revelación del hombre a los Dioses y a las inteligencias celestiales del universo de universos.
186:5.7Jesús no va a morir como sacrificio por el pecado. No va a expiar la culpa moral innata de la raza humana. La humanidad no tiene ninguna culpa racial de ese tipo ante Dios. La culpa es puramente una cuestión de pecado personal y de rebelión consciente y deliberada contra la voluntad del Padre y la administración de sus Hijos.
186:5.8El pecado y la rebelión no tienen nada que ver con el plan fundamental de otorgamiento de los Hijos de Dios del Paraíso, aunque a nosotros sí nos parece que el plan de salvamento es una característica provisional del plan de otorgamiento.
186:5.9La salvación de Dios para los mortales de Urantia habría sido igual de eficaz e infaliblemente segura si a Jesús no le hubieran dado muerte las manos crueles de mortales ignorantes. Si el Maestro hubiera sido recibido favorablemente por los mortales de la tierra y hubiera partido de Urantia por la renuncia voluntaria a su vida en la carne, el hecho del amor de Dios y de la misericordia del Hijo —el hecho de la filiación con Dios— no se habría visto afectado de ninguna manera. Ustedes, mortales, son los hijos de Dios, y solo se requiere una cosa para que esa verdad se haga real en su experiencia personal, y es su fe nacida del espíritu.