Parte IV · Documento 185

El juicio ante Pilato

185:0.1POCO después de las seis de la mañana de este viernes 7 de abril del año 30 d. C., Jesús fue llevado ante Pilato, el procurador romano que gobernaba Judea, Samaria e Idumea bajo la supervisión inmediata del legado de Siria. Los guardias del templo llevaron al Maestro, atado, a la presencia del gobernador romano, y lo acompañaban unos cincuenta de sus acusadores, entre ellos el tribunal sanedrita (principalmente saduceos), Judas Iscariote y el sumo sacerdote, Caifás, y también el apóstol Juan. Anás no se presentó ante Pilato.

185:0.2Pilato estaba levantado y listo para recibir a este grupo de visitantes madrugadores, pues los que habían obtenido su consentimiento, la tarde anterior, para emplear a los soldados romanos en el arresto del Hijo del Hombre le habían informado de que Jesús sería llevado ante él temprano. Este juicio se dispuso para que tuviera lugar delante del pretorio, un anexo de la fortaleza Antonia, donde Pilato y su esposa tenían su sede cuando se detenían en Jerusalén.

185:0.3Aunque Pilato llevó a cabo gran parte del interrogatorio de Jesús dentro de las salas del pretorio, el juicio público se celebró afuera, en las escaleras que subían a la entrada principal. Esto era una concesión a los judíos, que se negaban a entrar en cualquier edificio gentil donde se pudiera usar levadura en este día de la preparación de la Pascua. Tal conducta no solo los haría ceremonialmente impuros y les impediría así participar en la fiesta de acción de gracias de la tarde, sino que también los obligaría a someterse a ceremonias de purificación después de la puesta del sol, antes de poder participar en la cena de Pascua.

185:0.4Aunque a estos judíos no les inquietaba en absoluto la conciencia moral mientras intrigaban para llevar a cabo el asesinato judicial de Jesús, eran no obstante escrupulosos en todos estos asuntos de pureza ceremonial y de regularidad tradicional. Y estos judíos no han sido los únicos que han dejado de reconocer altas y santas obligaciones de naturaleza divina mientras prestaban una atención meticulosa a cosas de importancia insignificante para el bienestar humano tanto en el tiempo como en la eternidad.

1. Poncio Pilato

185:1.1Si Poncio Pilato no hubiera sido un gobernador razonablemente bueno de las provincias menores, Tiberio difícilmente le habría permitido permanecer como procurador de Judea durante diez años. Aunque era un administrador bastante bueno, era un cobarde moral. No era un hombre de talla suficiente para comprender la naturaleza de su tarea como gobernador de los judíos. No logró captar el hecho de que estos hebreos tenían una religión auténtica, una fe por la que estaban dispuestos a morir, y que millones y millones de ellos, dispersos aquí y allá por todo el imperio, miraban a Jerusalén como el santuario de su fe y respetaban al Sanedrín como el tribunal más alto de la tierra.

185:1.2Pilato no amaba a los judíos, y este odio arraigado comenzó pronto a manifestarse. De todas las provincias romanas, ninguna era más difícil de gobernar que Judea. Pilato nunca comprendió realmente los problemas que implicaba el manejo de los judíos y, por eso, muy pronto en su experiencia como gobernador, cometió una serie de desaciertos casi fatales y poco menos que suicidas. Y fueron estos desaciertos los que dieron a los judíos tanto poder sobre él. Cuando querían influir en sus decisiones, lo único que tenían que hacer era amenazar con un levantamiento, y Pilato capitulaba enseguida. Y esta aparente vacilación, o falta de valor moral, del procurador se debía principalmente al recuerdo de varias controversias que había tenido con los judíos y a que en cada caso ellos lo habían vencido. Los judíos sabían que Pilato les tenía miedo, que temía por su posición ante Tiberio, y usaron este conocimiento en numerosas ocasiones con gran perjuicio para el gobernador.

185:1.3El descrédito de Pilato ante los judíos se produjo como resultado de varios encuentros desafortunados. En primer lugar, no tomó en serio su arraigado prejuicio contra todas las imágenes como símbolos de la adoración de ídolos. Por eso permitió que sus soldados entraran en Jerusalén sin quitar las imágenes del César de sus estandartes, como había sido la práctica de los soldados romanos bajo su predecesor. Una numerosa delegación de judíos acudió a Pilato durante cinco días, implorándole que hiciera quitar estas imágenes de los estandartes militares. Él se negó rotundamente a conceder su petición y los amenazó con la muerte inmediata. Pilato, que era un escéptico, no comprendía que los hombres de fuertes sentimientos religiosos no vacilan en morir por sus convicciones religiosas; y por eso quedó consternado cuando estos judíos se colocaron desafiantes ante su palacio, inclinaron el rostro hasta el suelo y le mandaron decir que estaban dispuestos a morir. Pilato se dio cuenta entonces de que había hecho una amenaza que no estaba dispuesto a cumplir. Cedió, ordenó que quitaran las imágenes de los estandartes de sus soldados en Jerusalén y, desde aquel día, se encontró en gran medida sujeto a los caprichos de los dirigentes judíos, que de este modo habían descubierto su debilidad de hacer amenazas que temía ejecutar.

185:1.4Más tarde Pilato decidió recuperar este prestigio perdido y, en consecuencia, hizo colocar en los muros del palacio de Herodes en Jerusalén los escudos del emperador, como los que se usaban comúnmente en la adoración del César. Cuando los judíos protestaron, se mostró inflexible. Cuando se negó a escuchar sus protestas, ellos apelaron sin demora a Roma, y el emperador ordenó con igual prontitud que se quitaran los escudos que tanto los ofendían. Y entonces Pilato fue tenido en menos estima aún que antes.

185:1.5Otra cosa que le acarreó un gran descrédito ante los judíos fue que se atrevió a tomar dinero del tesoro del templo para pagar la construcción de un nuevo acueducto que aumentara el suministro de agua para los millones de visitantes de Jerusalén en los tiempos de las grandes fiestas religiosas. Los judíos sostenían que solo el Sanedrín podía disponer de los fondos del templo, y nunca dejaron de clamar contra Pilato por esta disposición presuntuosa. Esta decisión ocasionó no menos de una veintena de disturbios y mucho derramamiento de sangre. El último de estos graves estallidos tuvo que ver con la matanza de un gran grupo de galileos mientras adoraban ante el altar.

185:1.6Es significativo que, mientras este vacilante gobernante romano sacrificó a Jesús a su temor a los judíos y para salvaguardar su posición personal, finalmente fue destituido a causa de la matanza innecesaria de samaritanos en relación con las pretensiones de un falso Mesías que condujo tropas al monte Gerizim, donde afirmaba que estaban enterrados los vasos del templo; y estallaron violentos disturbios cuando no reveló el escondite de los vasos sagrados, como había prometido. Como resultado de este episodio, el legado de Siria ordenó a Pilato que fuera a Roma. Tiberio murió mientras Pilato estaba de camino a Roma, y no fue nombrado de nuevo procurador de Judea. Nunca se recuperó del todo de la pesarosa condena de haber consentido en la crucifixión de Jesús. Como no halló favor a los ojos del nuevo emperador, se retiró a la provincia de Lausana, donde más tarde se suicidó.

185:1.7Claudia Prócula, la esposa de Pilato, había oído hablar mucho de Jesús por medio de su doncella, que era una creyente fenicia en el evangelio del reino. Después de la muerte de Pilato, Claudia quedó identificada de manera destacada con la difusión de la buena nueva.

185:1.8Y todo esto explica mucho de lo que sucedió en esta trágica mañana de viernes. Es fácil comprender por qué los judíos se atrevieron a darle órdenes a Pilato —a hacerlo levantar a las seis para juzgar a Jesús— y también por qué no vacilaron en amenazarlo con acusarlo de traición ante el emperador si se atrevía a rechazar sus exigencias de la muerte de Jesús.

185:1.9Un gobernador romano digno que no hubiera quedado en desventaja frente a los gobernantes de los judíos nunca habría permitido que estos sanguinarios fanáticos religiosos causaran la muerte de un hombre a quien él mismo había declarado inocente de sus falsas acusaciones y libre de culpa. Roma cometió un gran desacierto, un error de vastas consecuencias en los asuntos terrenales, cuando envió al mediocre Pilato a gobernar Palestina. Más le habría valido a Tiberio enviar a los judíos al mejor administrador provincial del imperio.

2. Jesús comparece ante Pilato

185:2.1Cuando Jesús y sus acusadores se reunieron delante de la sala de juicio de Pilato, el gobernador romano salió y, dirigiéndose al grupo allí reunido, preguntó: «¿Qué acusación traen contra este individuo?». Los saduceos y los consejeros que se habían encargado de quitar de en medio a Jesús habían decidido presentarse ante Pilato y pedir la confirmación de la sentencia de muerte pronunciada contra Jesús, sin ofrecer ninguna acusación concreta. Por eso el portavoz del tribunal sanedrita respondió a Pilato: «Si este hombre no fuera un malhechor, no se lo habríamos entregado».

185:2.2Cuando Pilato observó que se resistían a exponer sus acusaciones contra Jesús, aunque sabía que habían pasado toda la noche deliberando acerca de su culpabilidad, les respondió: «Puesto que no se han puesto de acuerdo sobre ninguna acusación concreta, ¿por qué no toman a este hombre y lo juzgan conforme a sus propias leyes?».

185:2.3Entonces el secretario del tribunal del Sanedrín habló a Pilato: «No nos está permitido dar muerte a nadie, y este perturbador de nuestra nación merece morir por las cosas que ha dicho y hecho. Por eso hemos venido ante usted para la confirmación de este decreto».

185:2.4Presentarse ante el gobernador romano con este intento de evasión revela tanto la mala voluntad como el mal humor de los sanedritas hacia Jesús, así como su falta de respeto por la equidad, el honor y la dignidad de Pilato. ¡Qué atrevimiento el de estos ciudadanos súbditos, presentarse ante su gobernador provincial pidiendo un decreto de ejecución contra un hombre antes de concederle un juicio justo y sin presentar siquiera acusaciones criminales concretas contra él!

185:2.5Pilato sabía algo de la obra de Jesús entre los judíos, y suponía que las acusaciones que pudieran presentarse contra él tenían que ver con infracciones de las leyes eclesiásticas judías; por eso trató de devolver el caso a su propio tribunal. Además, Pilato se complacía en hacerles confesar públicamente que no tenían poder para pronunciar y ejecutar la sentencia de muerte ni siquiera contra uno de su propia raza, al que habían llegado a despreciar con un odio amargo y envidioso.

185:2.6Unas horas antes, poco antes de la medianoche y después de haber concedido permiso para emplear soldados romanos en el arresto secreto de Jesús, Pilato había oído más acerca de Jesús y de su enseñanza por boca de su esposa, Claudia, que era una conversa parcial al judaísmo, y que más tarde llegó a ser una creyente plena en el evangelio de Jesús.

185:2.7A Pilato le habría gustado aplazar esta audiencia, pero vio que los dirigentes judíos estaban decididos a seguir adelante con el caso. Sabía que no solo era la mañana de preparación de la Pascua, sino que este día, por ser viernes, era también el día de la preparación del sábado judío de descanso y adoración.

185:2.8Pilato, muy sensible a la manera irrespetuosa con que se habían presentado estos judíos, no estaba dispuesto a acceder a sus exigencias de que Jesús fuera condenado a muerte sin un juicio. Por eso, cuando hubo esperado unos momentos a que presentaran sus acusaciones contra el prisionero, se volvió hacia ellos y dijo: «No condenaré a muerte a este hombre sin un juicio; tampoco consentiré en interrogarlo hasta que hayan presentado por escrito sus acusaciones contra él».

185:2.9Cuando el sumo sacerdote y los demás oyeron decir esto a Pilato, hicieron una señal al secretario del tribunal, quien entregó entonces a Pilato las acusaciones escritas contra Jesús. Y estas acusaciones eran:

185:2.10«Hallamos en el tribunal sanedrita que este hombre es un malhechor y un perturbador de nuestra nación, por cuanto es culpable de:

185:2.11«1. Pervertir a nuestra nación e incitar a nuestro pueblo a la rebelión.

185:2.12«2. Prohibir al pueblo pagar tributo al César.

185:2.13«3. Llamarse a sí mismo rey de los judíos y enseñar la fundación de un nuevo reino».

185:2.14Jesús no había sido juzgado de forma regular ni condenado legalmente por ninguna de estas acusaciones. Ni siquiera oyó estas acusaciones cuando se expusieron por primera vez, pero Pilato lo hizo traer del pretorio, donde estaba bajo la custodia de los guardias, e insistió en que estas acusaciones se repitieran en presencia de Jesús.

185:2.15Cuando Jesús oyó estas acusaciones, sabía bien que no había sido oído sobre estos asuntos ante el tribunal judío, y también lo sabían Juan Zebedeo y sus acusadores, pero no dio ninguna respuesta a sus falsas acusaciones. Aun cuando Pilato le ordenó que respondiera a sus acusadores, no abrió la boca. Pilato quedó tan asombrado por la injusticia de todo el procedimiento y tan impresionado por el porte silencioso y magistral de Jesús que decidió llevar al prisionero al interior de la sala e interrogarlo en privado.

185:2.16Pilato estaba confuso en su mente, temeroso de los judíos en su corazón y poderosamente conmovido en su espíritu por el espectáculo de Jesús allí de pie, con majestad, ante sus sanguinarios acusadores, mirándolos desde arriba, no con un silencioso desprecio, sino con una expresión de auténtica compasión y de afecto apenado.

3. El interrogatorio privado de Pilato

185:3.1Pilato llevó a Jesús y a Juan Zebedeo a una cámara privada, dejando a los guardias afuera en la sala, y tras pedir al prisionero que se sentara, se sentó a su lado y le hizo varias preguntas. Pilato comenzó su conversación con Jesús asegurándole que no creía en el primer cargo contra él: que era un pervertidor de la nación y un instigador de la rebelión. Luego preguntó: «¿Enseñaste alguna vez que se debía negar el tributo al César?». Jesús, señalando a Juan, dijo: «Pregúntale a él o a cualquier otro hombre que haya oído mi enseñanza». Entonces Pilato interrogó a Juan sobre este asunto del tributo, y Juan testificó acerca de la enseñanza de su Maestro y explicó que Jesús y sus apóstoles pagaban impuestos tanto al César como al templo. Cuando Pilato hubo interrogado a Juan, dijo: «Procura no decirle a nadie que hablé contigo». Y Juan nunca reveló este asunto.

185:3.2Pilato se volvió entonces para seguir interrogando a Jesús, diciendo: «Y ahora, en cuanto a la tercera acusación contra ti, ¿eres tú el rey de los judíos?». Como había un tono de indagación posiblemente sincera en la voz de Pilato, Jesús sonrió al procurador y dijo: «Pilato, ¿preguntas esto por ti mismo, o tomas esta pregunta de estos otros, mis acusadores?». A lo cual, en un tono de cierta indignación, el gobernador respondió: «¿Acaso soy yo judío? Tu propio pueblo y los principales sacerdotes te entregaron y me pidieron que te condenara a muerte. Pongo en duda la validez de sus acusaciones y solo trato de averiguar por mí mismo lo que has hecho. Dime, ¿has dicho que eres el rey de los judíos, y has procurado fundar un nuevo reino?».

185:3.3Entonces Jesús dijo a Pilato: «¿No percibes que mi reino no es de este mundo? Si mi reino fuera de este mundo, sin duda mis discípulos lucharían para que yo no fuera entregado en manos de los judíos. Mi presencia aquí ante ti con estas ataduras basta para mostrar a todos los hombres que mi reino es un dominio espiritual, es decir, la fraternidad de los hombres que, por medio de la fe y por el amor, han llegado a ser hijos de Dios. Y esta salvación es tanto para el gentil como para el judío».

185:3.4«¿Entonces eres rey, después de todo?», dijo Pilato. Y Jesús respondió: «Sí, soy esa clase de rey, y mi reino es la familia de los hijos por la fe de mi Padre que está en el cielo. Para esto nací en este mundo, para mostrar a mi Padre a todos los hombres y dar testimonio de la verdad de Dios. Y aun ahora te declaro que todo el que ama la verdad oye mi voz».

185:3.5Entonces dijo Pilato, medio en burla y medio con sinceridad: «Verdad, ¿qué es la verdad?, ¿quién lo sabe?».

185:3.6Pilato no fue capaz de penetrar las palabras de Jesús, ni pudo comprender la naturaleza de su reino espiritual, pero ahora estaba seguro de que el prisionero no había hecho nada que mereciera la muerte. Una sola mirada a Jesús, cara a cara, bastó para convencer incluso a Pilato de que este hombre amable y cansado, pero majestuoso y recto, no era ningún revolucionario salvaje y peligroso que aspirara a establecerse en el trono temporal de Israel. Pilato creyó entender algo de lo que Jesús quería decir cuando se llamaba a sí mismo rey, pues conocía las enseñanzas de los estoicos, que declaraban que «el sabio es rey». Pilato estaba completamente convencido de que, en lugar de ser un peligroso instigador de sediciones, Jesús no era ni más ni menos que un visionario inofensivo, un fanático inocente.

185:3.7Después de interrogar al Maestro, Pilato volvió a los principales sacerdotes y a los acusadores de Jesús y dijo: «He examinado a este hombre y no encuentro falta en él. No creo que sea culpable de las acusaciones que han hecho contra él; creo que debería ser puesto en libertad». Y cuando los judíos oyeron esto, se llenaron de gran ira, tanto que gritaron desaforadamente que Jesús debía morir; y uno de los sanedritas se acercó audazmente al lado de Pilato, diciendo: «Este hombre agita al pueblo, comenzando en Galilea y continuando por toda Judea. Es un alborotador y un malhechor. Lo lamentará por mucho tiempo si deja en libertad a este hombre malvado».

185:3.8Pilato se veía en un gran apuro, sin saber qué hacer con Jesús; por eso, cuando les oyó decir que había comenzado su obra en Galilea, pensó evitar la responsabilidad de decidir el caso, o al menos ganar tiempo para reflexionar, enviando a Jesús a comparecer ante Herodes, que estaba entonces en la ciudad para asistir a la Pascua. Pilato pensó también que este gesto serviría de antídoto contra parte del amargo resentimiento que existía desde hacía algún tiempo entre él y Herodes, debido a numerosos malentendidos en asuntos de jurisdicción.

185:3.9Pilato, llamando a los guardias, dijo: «Este hombre es galileo. Llévenlo de inmediato a Herodes, y cuando lo haya examinado, infórmenme de lo que él halle». Y llevaron a Jesús ante Herodes.

4. Jesús ante Herodes

185:4.1Cuando Herodes Antipas se detenía en Jerusalén, residía en el antiguo palacio macabeo de Herodes el Grande, y fue a esta casa del antiguo rey adonde los guardias del templo llevaron ahora a Jesús, seguido por sus acusadores y por una multitud creciente. Herodes había oído hablar de Jesús desde hacía mucho tiempo, y sentía gran curiosidad por él. Cuando el Hijo del Hombre estuvo ante él, en este viernes por la mañana, el malvado idumeo no recordó ni por un momento al muchacho de años atrás que se había presentado ante él en Séforis pidiendo una decisión justa respecto al dinero que se le debía a su padre, quien había muerto accidentalmente mientras trabajaba en uno de los edificios públicos. Hasta donde Herodes sabía, nunca había visto a Jesús, aunque se había preocupado mucho por él cuando su obra se había centrado en Galilea. Ahora que estaba bajo la custodia de Pilato y de los hombres de Judea, Herodes deseaba verlo, pues se sentía a salvo de cualquier problema que pudiera venir de él en el futuro. Herodes había oído mucho acerca de los milagros realizados por Jesús, y de verdad esperaba verlo hacer algún prodigio.

185:4.2Cuando llevaron a Jesús ante Herodes, el tetrarca quedó sorprendido por su porte majestuoso y la serena compostura de su semblante. Durante unos quince minutos Herodes le hizo preguntas a Jesús, pero el Maestro no quiso responder. Herodes se burló de él y lo desafió a realizar un milagro, pero Jesús no quiso contestar a sus muchas preguntas ni responder a sus burlas.

185:4.3Entonces Herodes se volvió hacia los principales sacerdotes y los saduceos y, prestando oído a sus acusaciones, escuchó todo lo que Pilato había oído, y más, acerca de las supuestas malas obras del Hijo del Hombre. Finalmente, convencido de que Jesús no iba a hablar ni a hacer un prodigio para él, Herodes, después de burlarse de él durante un rato, lo vistió con un viejo manto real de púrpura y lo devolvió a Pilato. Herodes sabía que no tenía jurisdicción sobre Jesús en Judea. Aunque se alegraba de creer que por fin iba a librarse de Jesús en Galilea, estaba agradecido de que fuera Pilato quien tuviera la responsabilidad de darle muerte. Herodes nunca se había recuperado del todo del temor que lo atormentaba como consecuencia de haber matado a Juan el Bautista. En ciertos momentos Herodes había temido incluso que Jesús fuera Juan resucitado de entre los muertos. Ahora se sentía aliviado de ese temor, pues observó que Jesús era una persona muy diferente del profeta franco y fogoso que se había atrevido a exponer y denunciar su vida privada.

5. Jesús vuelve ante Pilato

185:5.1Cuando los guardias trajeron de vuelta a Jesús ante Pilato, este salió a las escaleras delanteras del pretorio, donde se había colocado su estrado de juez, y, convocando a los principales sacerdotes y a los sanedritas, les dijo: «Ustedes me trajeron a este hombre con las acusaciones de que pervierte al pueblo, prohíbe el pago de los impuestos y afirma ser rey de los judíos. Lo he examinado y no lo encuentro culpable de estas acusaciones. De hecho, no encuentro falta en él. Después lo envié a Herodes, y el tetrarca debe de haber llegado a la misma conclusión, puesto que nos lo ha devuelto. Ciertamente, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Si todavía piensan que necesita ser disciplinado, estoy dispuesto a castigarlo antes de soltarlo».

185:5.2Justo cuando los judíos estaban a punto de prorrumpir en gritos de protesta contra la liberación de Jesús, una gran multitud llegó en marcha hasta el pretorio con el propósito de pedir a Pilato la liberación de un prisionero en honor de la fiesta de la Pascua. Desde hacía algún tiempo era costumbre de los gobernadores romanos permitir que el pueblo escogiera a algún hombre encarcelado o condenado para indultarlo en la época de la Pascua. Y ahora que esta multitud había venido ante él a pedir la liberación de un prisionero, y como Jesús había gozado tan recientemente de gran favor entre las multitudes, se le ocurrió a Pilato que quizás podría salir de su apuro proponiendo a este grupo que, puesto que Jesús era ahora un prisionero ante su estrado de juez, les soltara a este hombre de Galilea como muestra de buena voluntad por la Pascua.

185:5.3Mientras la multitud subía en oleadas por las escaleras del edificio, Pilato los oyó gritar el nombre de un tal Barrabás. Barrabás era un conocido agitador político y ladrón asesino, hijo de un sacerdote, que había sido apresado recientemente en el acto de robo y asesinato en el camino de Jericó. Este hombre estaba sentenciado a morir en cuanto terminaran las festividades de la Pascua.

185:5.4Pilato se puso de pie y explicó a la multitud que los principales sacerdotes le habían traído a Jesús, procurando que se le diera muerte por ciertas acusaciones, y que él no creía que el hombre mereciera la muerte. Dijo Pilato: «¿A quién prefieren, pues, que les suelte: a este Barrabás, el asesino, o a este Jesús de Galilea?». Y cuando Pilato hubo hablado así, los principales sacerdotes y los consejeros del Sanedrín gritaron todos a voz en cuello: «¡Barrabás, Barrabás!». Y cuando el pueblo vio que los principales sacerdotes estaban resueltos a hacer morir a Jesús, se unió rápidamente al clamor que pedía su vida mientras gritaba con fuerza por la liberación de Barrabás.

185:5.5Unos días antes, la multitud había mirado a Jesús con asombro reverente, pero la turba no admiraba a quien, habiendo afirmado ser el Hijo de Dios, se encontraba ahora bajo la custodia de los principales sacerdotes y de los gobernantes, y era juzgado ante Pilato con la vida en juego. Jesús podía ser un héroe a los ojos del pueblo cuando expulsaba del templo a los cambistas y a los comerciantes, pero no cuando era un prisionero que no oponía resistencia, en manos de sus enemigos y juzgado con la vida en juego.

185:5.6Pilato se enojó al ver a los principales sacerdotes clamar por el indulto de un asesino notorio mientras gritaban pidiendo la sangre de Jesús. Vio su malicia y su odio y percibió su prejuicio y su envidia. Por eso les dijo: «¿Cómo pueden elegir la vida de un asesino en lugar de la de este hombre, cuyo peor crimen es que, en sentido figurado, se llama a sí mismo rey de los judíos?». Pero no fue una afirmación sensata por parte de Pilato. Los judíos eran un pueblo orgulloso, sometido ahora al yugo político romano, pero que esperaba la venida de un Mesías que los librara de la servidumbre gentil con una gran demostración de poder y de gloria. Les ofendía, más de lo que Pilato podía saber, la insinuación de que este maestro de modales mansos y de doctrinas extrañas, ahora arrestado y acusado de crímenes dignos de muerte, fuera llamado «el rey de los judíos». Consideraron esa observación como un insulto a todo lo que tenían por sagrado y honorable en su existencia nacional, y por eso todos dieron rienda suelta a sus potentes gritos por la liberación de Barrabás y la muerte de Jesús.

185:5.7Que Jesús era inocente de los cargos presentados contra él, Pilato lo sabía, y de haber sido un juez justo y valiente, lo habría absuelto y puesto en libertad. Sin embargo, desafiar a estos judíos enfurecidos le daba miedo, y mientras vacilaba en cumplir con su deber, se le acercó un mensajero que le entregó un mensaje sellado de Claudia, su esposa.

185:5.8Pilato indicó a los allí reunidos ante él que deseaba leer la comunicación que acababa de recibir antes de seguir adelante con el asunto que tenía ante sí. Cuando Pilato abrió esta carta de su esposa, leyó: «Te ruego que no tengas nada que ver con este hombre inocente y justo a quien llaman Jesús. He sufrido muchas cosas en un sueño esta noche por causa de él». Esta nota de Claudia no solo inquietó mucho a Pilato y retrasó así el juicio de este asunto, sino que, por desgracia, también dio un tiempo considerable durante el cual los gobernantes judíos circularon libremente entre la multitud e instaron al pueblo a pedir la liberación de Barrabás y a clamar por la crucifixión de Jesús.

185:5.9Finalmente, Pilato se dedicó una vez más a resolver el problema que tenía delante, preguntando a la asamblea mixta de gobernantes judíos y de la multitud que buscaba el indulto: «¿Qué haré con ese al que llaman el rey de los judíos?». Y todos gritaron a una voz: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». La unanimidad de esta exigencia de la multitud mixta sobresaltó y alarmó a Pilato, el juez injusto y dominado por el miedo.

185:5.10Entonces Pilato dijo una vez más: «¿Por qué quieren crucificar a este hombre? ¿Qué mal ha hecho? ¿Quién se presentará a testificar contra él?». Pero cuando oyeron a Pilato hablar en defensa de Jesús, solo gritaron aún más: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».

185:5.11Entonces Pilato apeló de nuevo a ellos respecto a la liberación del prisionero de la Pascua, diciendo: «Una vez más les pregunto: ¿a cuál de estos prisioneros les soltaré en este tiempo de su Pascua?». Y de nuevo la multitud gritó: «¡Danos a Barrabás!».

185:5.12Entonces dijo Pilato: «Si suelto al asesino, Barrabás, ¿qué haré con Jesús?». Y una vez más la multitud gritó al unísono: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».

185:5.13Pilato estaba aterrorizado por el clamor insistente de la turba, que actuaba bajo la dirección directa de los principales sacerdotes y de los consejeros del Sanedrín; sin embargo, decidió hacer al menos un intento más de apaciguar a la multitud y salvar a Jesús.

6. La última apelación de Pilato

185:6.1En todo lo que está sucediendo temprano esta mañana de viernes ante Pilato, solo participan los enemigos de Jesús. Sus muchos amigos, o bien todavía no saben de su arresto nocturno y de su juicio al amanecer, o bien están escondidos por temor a ser también apresados y juzgados dignos de muerte por creer en las enseñanzas de Jesús. En la multitud que ahora clama por la muerte del Maestro solo se encuentran sus enemigos jurados y el pueblo irreflexivo que se deja llevar fácilmente.

185:6.2Pilato quiso hacer una última apelación a su compasión. Como tenía miedo de desafiar el clamor de esta turba engañada que pedía a gritos la sangre de Jesús, ordenó a los guardias judíos y a los soldados romanos que tomaran a Jesús y lo azotaran. Esto era en sí mismo un procedimiento injusto e ilegal, ya que la ley romana disponía que solo los condenados a morir por crucifixión fueran sometidos así a la flagelación. Los guardias llevaron a Jesús al patio abierto del pretorio para este suplicio. Aunque sus enemigos no presenciaron esta flagelación, Pilato sí la presenció, y antes de que terminaran este malvado ultraje, ordenó a los flageladores que se detuvieran e indicó que le trajeran a Jesús. Antes de que los flageladores descargaran sus látigos anudados sobre Jesús, atado al poste de los azotes, le pusieron otra vez el manto de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la colocaron sobre la frente. Y cuando le hubieron puesto una caña en la mano como cetro de burla, se arrodillaron ante él y se burlaron de él, diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!». Y le escupieron y lo golpearon en la cara con las manos. Y uno de ellos, antes de devolverlo a Pilato, le quitó la caña de la mano y lo golpeó en la cabeza.

185:6.3Entonces Pilato sacó a este prisionero ensangrentado y lacerado y, presentándolo ante la multitud mixta, dijo: «¡Aquí tienen al hombre! De nuevo les declaro que no encuentro ningún delito en él, y, después de haberlo azotado, quisiera soltarlo».

185:6.4Allí estaba Jesús de Nazaret, vestido con un viejo manto real de púrpura, con una corona de espinas que le traspasaba la bondadosa frente. Tenía el rostro manchado de sangre y el cuerpo encorvado por el sufrimiento y la aflicción. Pero nada puede conmover los corazones insensibles de los que son víctimas de un intenso odio emocional y esclavos del prejuicio religioso. Este espectáculo envió un poderoso estremecimiento por las regiones de un vasto universo, pero no tocó los corazones de los que se habían propuesto lograr la destrucción de Jesús.

185:6.5Cuando se recuperaron de la primera impresión al ver la triste condición del Maestro, solo gritaron más fuerte y por más tiempo: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».

185:6.6Y entonces Pilato comprendió que era inútil apelar a sus supuestos sentimientos de compasión. Dio un paso al frente y dijo: «Percibo que están decididos a que este hombre muera, pero ¿qué ha hecho para merecer la muerte? ¿Quién declarará su crimen?».

185:6.7Entonces el propio sumo sacerdote se adelantó y, acercándose a Pilato, declaró con ira: «Tenemos una ley sagrada, y según esa ley este hombre debe morir porque pretendió ser el Hijo de Dios». Cuando Pilato oyó esto, tuvo todavía más miedo, no solo de los judíos, sino que, al recordar la nota de su esposa y la mitología griega de los dioses que bajaban a la tierra, ahora temblaba ante la idea de que Jesús fuera posiblemente un personaje divino. Hizo señas a la multitud para que guardara silencio mientras tomaba a Jesús del brazo y lo llevaba de nuevo al interior del edificio para interrogarlo más. Pilato estaba ahora confundido por el miedo, desconcertado por la superstición y acosado por la actitud obstinada de la turba.

7. La última entrevista de Pilato

185:7.1Cuando Pilato, temblando de una emoción temerosa, se sentó al lado de Jesús, le preguntó: «¿De dónde vienes? En verdad, ¿quién eres? ¿Qué es esto que dicen, que eres el Hijo de Dios?».

185:7.2Pero Jesús difícilmente podía responder a tales preguntas cuando se las hacía un juez temeroso de los hombres, débil y vacilante, que era tan injusto como para someterlo a la flagelación aun cuando lo había declarado inocente de todo delito, y antes de que hubiera sido debidamente sentenciado a morir. Jesús miró a Pilato directamente a la cara, pero no le respondió. Entonces dijo Pilato: «¿Te niegas a hablarme? ¿No te das cuenta de que todavía tengo poder para soltarte o para crucificarte?». Entonces dijo Jesús: «No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera permitido desde lo alto. No podrías ejercer ninguna autoridad sobre el Hijo del Hombre a menos que el Padre que está en el cielo lo permitiera. Pero tú no eres tan culpable, puesto que ignoras el evangelio. El que me traicionó y el que me entregó a ti, esos tienen el mayor pecado».

185:7.3Esta última conversación con Jesús asustó profundamente a Pilato. Este cobarde moral y juez sin firmeza se debatía ahora bajo el doble peso del temor supersticioso a Jesús y del pavor mortal a los dirigentes judíos.

185:7.4De nuevo Pilato se presentó ante la multitud, diciendo: «Estoy seguro de que este hombre es solo un transgresor religioso. Deberían tomarlo y juzgarlo según su ley. ¿Por qué esperan que yo consienta en su muerte porque ha chocado con sus tradiciones?».

185:7.5Pilato estaba a punto de soltar a Jesús cuando Caifás, el sumo sacerdote, se acercó al cobarde juez romano y, agitando un dedo vengador ante el rostro de Pilato, dijo con palabras airadas que toda la multitud pudo oír: «Si sueltas a este hombre, no eres amigo del César, y me encargaré de que el emperador lo sepa todo». Esta amenaza pública fue demasiado para Pilato. El temor por su suerte personal eclipsó ahora todas las demás consideraciones, y el cobarde gobernador ordenó que sacaran a Jesús ante el estrado de juez. Mientras el Maestro estaba allí de pie ante ellos, lo señaló y dijo en tono de burla: «Aquí tienen a su rey». Y los judíos respondieron: «¡Fuera con él! ¡Crucifícalo!». Y entonces Pilato dijo, con mucha ironía y sarcasmo: «¿He de crucificar a su rey?». Y los judíos respondieron: «¡Sí, crucifícalo! No tenemos más rey que el César». Y entonces Pilato se dio cuenta de que no había esperanza de salvar a Jesús, puesto que no estaba dispuesto a desafiar a los judíos.

8. La trágica rendición de Pilato

185:8.1Aquí estaba el Hijo de Dios encarnado como el Hijo del Hombre. Fue arrestado sin acusación formal; acusado sin pruebas; juzgado sin testigos; castigado sin veredicto; y ahora pronto iba a ser condenado a morir por un juez injusto que confesaba que no podía encontrar falta en él. Si Pilato había pensado apelar a su patriotismo llamando a Jesús el «rey de los judíos», fracasó por completo. Los judíos no esperaban un rey semejante. La declaración de los principales sacerdotes y de los saduceos, «No tenemos más rey que el César», fue un golpe incluso para el pueblo irreflexivo, pero ya era demasiado tarde para salvar a Jesús aun si la turba se hubiera atrevido a abrazar la causa del Maestro.

185:8.2Pilato tenía miedo de un tumulto o de un motín. No se atrevía a arriesgarse a que hubiera semejante disturbio durante el tiempo de la Pascua en Jerusalén. Hacía poco había recibido una reprimenda del César, y no quería arriesgarse a otra. La turba aclamó cuando ordenó la liberación de Barrabás. Luego pidió una palangana y un poco de agua, y allí, ante la multitud, se lavó las manos, diciendo: «Soy inocente de la sangre de este hombre. Ustedes están decididos a que muera, pero yo no he encontrado culpa en él. Ustedes verán. Los soldados lo llevarán afuera». Y entonces la turba aclamó y respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos».

Documento 185

El juicio ante Pilato