Parte IV · Documento 184

Ante el tribunal del Sanedrín

184:0.1LOS representantes de Anás habían ordenado en secreto al capitán de los soldados romanos que llevara a Jesús de inmediato al palacio de Anás después de arrestarlo. El antiguo sumo sacerdote deseaba mantener su prestigio como la principal autoridad eclesiástica de los judíos. También tenía otro propósito al retener a Jesús en su casa durante varias horas, y era dar tiempo para convocar legalmente el tribunal del Sanedrín. No era lícito reunir el tribunal del Sanedrín antes de la hora de la ofrenda del sacrificio de la mañana en el templo, y este sacrificio se ofrecía hacia las tres de la madrugada.

184:0.2Anás sabía que un tribunal de sanedritas esperaba en el palacio de su yerno, Caifás. Unos treinta miembros del Sanedrín se habían reunido en la casa del sumo sacerdote hacia la medianoche, para estar listos a juzgar a Jesús cuando lo llevaran ante ellos. Solo se habían reunido los miembros que se oponían con fuerza y abiertamente a Jesús y a su enseñanza, ya que bastaban veintitrés para constituir un tribunal de juicio.

184:0.3Jesús pasó unas tres horas en el palacio de Anás en el monte de los Olivos, no lejos del jardín de Getsemaní, donde lo arrestaron. Juan Zebedeo estaba libre y seguro en el palacio de Anás no solo por la palabra del capitán romano, sino también porque él y su hermano Santiago eran bien conocidos de los sirvientes más antiguos, pues muchas veces habían sido huéspedes en el palacio, ya que el antiguo sumo sacerdote era pariente lejano de su madre, Salomé.

1. El interrogatorio de Anás

184:1.1Anás, enriquecido por los ingresos del templo, con su yerno como sumo sacerdote en funciones y con sus relaciones con las autoridades romanas, era en verdad el individuo más poderoso de todo el mundo judío. Era un planificador y conspirador suave y astuto. Deseaba dirigir el asunto de deshacerse de Jesús; temía confiar una empresa tan importante enteramente a su yerno, brusco y agresivo. Anás quería asegurarse de que el juicio del Maestro quedara en manos de los saduceos; temía la posible simpatía de algunos de los fariseos, puesto que prácticamente todos los miembros del Sanedrín que habían abrazado la causa de Jesús eran fariseos.

184:1.2Anás no había visto a Jesús desde hacía varios años, desde la vez en que el Maestro visitó su casa y se fue de inmediato al notar la frialdad y la reserva con que lo recibía. Anás había pensado valerse de este antiguo trato para intentar así persuadir a Jesús de que abandonara sus pretensiones y dejara Palestina. No estaba dispuesto a participar en el asesinato de un hombre bueno y había razonado que Jesús quizá preferiría dejar el país antes que sufrir la muerte. Pero cuando Anás estuvo ante el galileo firme y resuelto, supo enseguida que sería inútil hacer tales propuestas. Jesús era aún más majestuoso y sereno de lo que Anás lo recordaba.

184:1.3En los años de juventud de Jesús, Anás se había interesado mucho por él, pero ahora lo que Jesús había hecho tan recientemente, al echar del templo a los cambistas y a los demás comerciantes, ponía en peligro sus ingresos. Mucho más que las enseñanzas de Jesús, era este acto lo que había despertado la enemistad del antiguo sumo sacerdote.

184:1.4Anás entró en su amplia sala de audiencias, se sentó en un gran sillón y ordenó que trajeran a Jesús ante él. Después de pasar unos momentos observando en silencio al Maestro, dijo: «Te das cuenta de que hay que hacer algo respecto a tu enseñanza, puesto que perturbas la paz y el orden de nuestro país». Mientras Anás miraba a Jesús de modo inquisitivo, el Maestro lo miró directamente a los ojos, pero no respondió. De nuevo habló Anás: «¿Cuáles son los nombres de tus discípulos, además de Simón Zelotes, el agitador?». De nuevo Jesús lo miró desde lo alto, pero no contestó.

184:1.5Anás quedó considerablemente perturbado por la negativa de Jesús a responder sus preguntas, tanto que le dijo: «¿No te importa si soy amigo tuyo o no? ¿No tienes en cuenta el poder que tengo para determinar los resultados de tu próximo juicio?». Cuando Jesús oyó esto, dijo: «Anás, tú sabes que no podrías tener ningún poder sobre mí si mi Padre no lo permitiera. Algunos quisieran destruir al Hijo del Hombre porque son ignorantes; no saben más, pero tú, amigo, sabes lo que haces. ¿Cómo puedes, entonces, rechazar la luz de Dios?».

184:1.6La manera amable con que Jesús habló a Anás casi lo desconcertó. Pero él ya había decidido en su mente que Jesús debía dejar Palestina o morir; así que reunió valor y preguntó: «¿Qué es exactamente lo que tratas de enseñar al pueblo? ¿Qué pretendes ser?». Jesús respondió: «Sabes muy bien que he hablado abiertamente al mundo. He enseñado en las sinagogas y muchas veces en el templo, donde todos los judíos y muchos de los gentiles me han oído. En secreto no he dicho nada; ¿por qué, entonces, me preguntas sobre mi enseñanza? ¿Por qué no llamas a los que me han oído y les preguntas a ellos? Mira, todo Jerusalén ha oído lo que he dicho, aunque tú mismo no hayas oído estas enseñanzas». Pero antes de que Anás pudiera responder, el administrador principal del palacio, que estaba de pie cerca, golpeó a Jesús en la cara con la mano, diciendo: «¿Cómo te atreves a responder al sumo sacerdote con tales palabras?». Anás no dijo ninguna palabra de reproche a su administrador, pero Jesús se dirigió a él, diciendo: «Amigo mío, si he hablado mal, da testimonio contra el mal; pero si he dicho la verdad, ¿por qué, entonces, habrías de golpearme?».

184:1.7Aunque Anás lamentó que su administrador hubiera golpeado a Jesús, era demasiado orgulloso para hacer caso del asunto. En su confusión pasó a otra habitación y dejó a Jesús solo con los criados de la casa y los guardias del templo durante casi una hora.

184:1.8Cuando volvió, se acercó al lado del Maestro y dijo: «¿Pretendes ser el Mesías, el libertador de Israel?». Dijo Jesús: «Anás, me conoces desde los tiempos de mi juventud. Sabes que no pretendo ser nada salvo lo que mi Padre ha dispuesto, y que he sido enviado a todos los hombres, tanto gentiles como judíos». Entonces dijo Anás: «Me han dicho que has afirmado ser el Mesías; ¿es eso verdad?». Jesús miró a Anás, pero solo respondió: «Así lo has dicho».

184:1.9Hacia ese momento llegaron mensajeros del palacio de Caifás para preguntar a qué hora llevarían a Jesús ante el tribunal del Sanedrín, y como se acercaba el amanecer, Anás creyó mejor enviar a Jesús atado y bajo la custodia de los guardias del templo a Caifás. Él mismo los siguió poco después.

2. Pedro en el patio

184:2.1Cuando el grupo de guardias y soldados se acercaba a la entrada del palacio de Anás, Juan Zebedeo marchaba al lado del capitán de los soldados romanos. Judas se había quedado a cierta distancia atrás, y Simón Pedro seguía de lejos. Después de que Juan entró en el patio del palacio con Jesús y los guardias, Judas llegó hasta la puerta, pero, al ver a Jesús y a Juan, siguió hacia la casa de Caifás, donde sabía que más tarde tendría lugar el verdadero juicio del Maestro. Poco después de que Judas se fue, llegó Simón Pedro, y mientras estaba ante la puerta, Juan lo vio justo cuando iban a entrar a Jesús en el palacio. La portera que guardaba la puerta conocía a Juan, y cuando él le habló para pedirle que dejara entrar a Pedro, ella accedió con gusto.

184:2.2Pedro, al entrar en el patio, se acercó al fuego de carbón y trató de calentarse, porque la noche estaba fría. Se sentía muy fuera de lugar allí, entre los enemigos de Jesús, y en verdad estaba fuera de lugar. El Maestro no le había indicado que se mantuviera cerca, como había exhortado a Juan. El lugar de Pedro estaba con los otros apóstoles, a quienes se les había advertido expresamente que no pusieran en peligro su vida durante estos tiempos del juicio y la crucifixión de su Maestro.

184:2.3Pedro arrojó su espada poco antes de llegar a la puerta del palacio, de modo que entró desarmado en el patio de Anás. Su mente era un torbellino de confusión; apenas podía darse cuenta de que habían arrestado a Jesús. No podía captar la realidad de la situación —que estaba allí, en el patio de Anás, calentándose junto a los sirvientes del sumo sacerdote. Se preguntaba qué estarían haciendo los otros apóstoles y, al darle vueltas en su mente a cómo había llegado Juan a ser admitido en el palacio, concluyó que era porque los sirvientes lo conocían, ya que él había pedido a la guardiana de la puerta que lo dejara entrar.

184:2.4Poco después de que la portera dejara entrar a Pedro, y mientras él se calentaba junto al fuego, ella se le acercó y le dijo con picardía: «¿No eres tú también uno de los discípulos de este hombre?». Pedro no debería haberse sorprendido de que lo reconocieran, porque era Juan quien había pedido a la muchacha que lo dejara pasar por las puertas del palacio; pero estaba en un estado de tensión nerviosa tal que esta identificación como discípulo le hizo perder el equilibrio, y con un solo pensamiento dominante en su mente —el pensamiento de escapar con vida—, respondió enseguida a la pregunta de la criada diciendo: «No lo soy».

184:2.5Muy pronto otro sirviente se acercó a Pedro y le preguntó: «¿No te vi en el jardín cuando arrestaron a este individuo? ¿No eres tú también uno de sus seguidores?». Pedro estaba ahora totalmente alarmado; no veía ningún modo de escapar sin peligro de estos acusadores; así que negó con vehemencia toda relación con Jesús, diciendo: «No conozco a este hombre, ni soy uno de sus seguidores».

184:2.6Hacia ese momento la portera llevó a Pedro aparte y le dijo: «Estoy segura de que eres un discípulo de este Jesús, no solo porque uno de sus seguidores me pidió que te dejara entrar en el patio, sino porque mi hermana, aquí presente, te ha visto en el templo con este hombre. ¿Por qué lo niegas?». Cuando Pedro oyó que la criada lo acusaba, negó todo conocimiento de Jesús con muchas maldiciones y juramentos, diciendo de nuevo: «No soy seguidor de este hombre; ni siquiera lo conozco; nunca había oído hablar de él».

184:2.7Pedro dejó el fuego durante un rato mientras caminaba por el patio. Le habría gustado escapar, pero temía atraer la atención sobre sí. Como se enfriaba, volvió junto al fuego, y uno de los hombres que estaban cerca de él dijo: «Seguramente eres uno de los discípulos de este hombre. Este Jesús es galileo, y tu habla te delata, porque tú también hablas como un galileo». Y de nuevo Pedro negó toda relación con su Maestro.

184:2.8Pedro estaba tan perturbado que trató de evitar el contacto con sus acusadores alejándose del fuego y quedándose solo en el pórtico. Después de más de una hora de este aislamiento, la guardiana de la puerta y su hermana se encontraron con él por casualidad, y ambas volvieron a acusarlo en tono de burla de ser seguidor de Jesús. Y de nuevo él negó la acusación. Justo cuando había negado una vez más toda relación con Jesús, cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras de advertencia que su Maestro le había dicho más temprano esa misma noche. Mientras estaba allí, con el corazón apesadumbrado y aplastado por el sentimiento de culpa, se abrieron las puertas del palacio, y los guardias hicieron pasar a Jesús camino de Caifás. Cuando el Maestro pasó junto a Pedro, vio, a la luz de las antorchas, la mirada de desesperación en el rostro de su apóstol, antes seguro de sí mismo y superficialmente valiente, y se volvió y miró a Pedro. Pedro nunca olvidó esa mirada mientras vivió. Era una mirada de piedad y amor entremezclados como el hombre mortal nunca había contemplado en el rostro del Maestro.

184:2.9Después de que Jesús y los guardias salieron por las puertas del palacio, Pedro los siguió, pero solo un corto trecho. No pudo ir más lejos. Se sentó a la orilla del camino y lloró amargamente. Y después de derramar estas lágrimas de agonía, volvió sus pasos hacia el campamento, con la esperanza de encontrar a su hermano, Andrés. Al llegar al campamento, solo encontró a David Zebedeo, quien envió a un mensajero para guiarlo hasta donde su hermano había ido a esconderse en Jerusalén.

184:2.10Toda la experiencia de Pedro ocurrió en el patio del palacio de Anás, en el monte de los Olivos. No siguió a Jesús al palacio del sumo sacerdote, Caifás. Que el canto de un gallo hiciera comprender a Pedro que había negado repetidamente a su Maestro indica que todo esto ocurrió fuera de Jerusalén, ya que la ley prohibía tener aves de corral dentro de la ciudad propiamente dicha.

184:2.11Hasta que el canto del gallo devolvió a Pedro a su mejor juicio, solo había pensado, mientras caminaba de un lado a otro por el pórtico para mantenerse caliente, en lo hábilmente que había eludido las acusaciones de los sirvientes y en cómo había frustrado su propósito de identificarlo con Jesús. Por el momento, solo había considerado que esos sirvientes no tenían ningún derecho moral ni legal a interrogarlo así, y de verdad se felicitaba por la manera en que creía haber evitado que lo identificaran y que posiblemente lo sometieran a arresto y prisión. Solo cuando cantó el gallo se le ocurrió a Pedro que había negado a su Maestro. Solo cuando Jesús lo miró se dio cuenta de que no había estado a la altura de sus privilegios como embajador del reino.

184:2.12Una vez dado el primer paso por el camino de las concesiones y de la menor resistencia, a Pedro no le parecía haber otra salida que seguir con la línea de conducta que había decidido. Se requiere un carácter grande y noble para, después de haber empezado mal, dar la vuelta y tomar el buen camino. Con demasiada frecuencia la propia mente tiende a justificar que se continúe por el camino del error una vez que se ha entrado en él.

184:2.13Pedro nunca creyó del todo que podía ser perdonado hasta que se encontró con su Maestro después de la resurrección y vio que era recibido igual que antes de las experiencias de esta trágica noche de las negaciones.

3. Ante el tribunal de los sanedritas

184:3.1Eran alrededor de las tres y media de la mañana de este viernes cuando el principal sacerdote, Caifás, abrió la sesión del tribunal sanedrita de investigación y pidió que trajeran a Jesús ante ellos para su juicio formal. En tres ocasiones anteriores el Sanedrín, por una gran mayoría de votos, había decretado la muerte de Jesús, había decidido que merecía la muerte por cargos informales de infringir la ley, de blasfemia y de desprecio a las tradiciones de los padres de Israel.

184:3.2Esta no era una reunión del Sanedrín convocada de modo regular, ni se celebró en el lugar habitual, la sala de piedra labrada del templo. Era un tribunal especial de juicio de unos treinta sanedritas y se reunió en el palacio del sumo sacerdote. Juan Zebedeo estuvo presente con Jesús durante todo este llamado juicio.

184:3.3¡Cómo se halagaban estos principales sacerdotes, escribas, saduceos y algunos de los fariseos de que Jesús, el que perturbaba su posición y desafiaba su autoridad, estuviera ahora bien seguro en sus manos! Y estaban resueltos a que nunca viviera para escapar de sus garras vengativas.

184:3.4Por lo común, los judíos, cuando juzgaban a un hombre por un cargo capital, procedían con gran cautela y ofrecían toda garantía de equidad en la selección de los testigos y en toda la conducción del juicio. Pero en esta ocasión, Caifás era más un fiscal que un juez imparcial.

184:3.5Jesús compareció ante este tribunal vestido con sus ropas habituales y con las manos atadas a la espalda. Todo el tribunal quedó sobresaltado y algo confundido por su aspecto majestuoso. Nunca habían contemplado a un prisionero así ni habían presenciado tal serenidad en un hombre al que se juzgaba por su vida.

184:3.6La ley judía exigía que al menos dos testigos coincidieran en cualquier punto antes de que se pudiera presentar un cargo contra el prisionero. No se podía usar a Judas como testigo contra Jesús, porque la ley judía prohibía expresamente el testimonio de un traidor. Más de una veintena de testigos falsos estaban presentes para testificar contra Jesús, pero su testimonio era tan contradictorio y tan evidentemente amañado que los mismos sanedritas se avergonzaron mucho de la actuación. Jesús estaba allí, mirando con benevolencia a estos perjuros, y su mismo semblante desconcertaba a los testigos mentirosos. Durante todo este falso testimonio el Maestro no dijo una palabra; no respondió a sus muchas acusaciones falsas.

184:3.7La primera vez que dos de sus testigos se acercaron siquiera a una apariencia de acuerdo fue cuando dos hombres testificaron que habían oído a Jesús decir, en el curso de uno de sus discursos en el templo, que «destruiría este templo hecho con manos y en tres días haría otro templo sin manos». Eso no era exactamente lo que Jesús había dicho, a pesar de que señaló su propio cuerpo cuando hizo el comentario al que se referían.

184:3.8Aunque el sumo sacerdote le gritó a Jesús: «¿No respondes a ninguno de estos cargos?», Jesús no abrió la boca. Permaneció allí en silencio mientras todos estos testigos falsos daban su testimonio. El odio, el fanatismo y la exageración sin escrúpulos caracterizaban de tal modo las palabras de estos perjuros que su testimonio se derrumbó en sus propios enredos. La mejor refutación de sus falsas acusaciones fue el silencio sereno y majestuoso del Maestro.

184:3.9Poco después de que comenzara el testimonio de los testigos falsos, llegó Anás y tomó asiento junto a Caifás. Anás se levantó entonces y argumentó que esta amenaza de Jesús de destruir el templo bastaba para justificar tres cargos contra él:

184:3.101. Que era un peligroso difamador del pueblo. Que les enseñaba cosas imposibles y de otras maneras los engañaba.

184:3.112. Que era un revolucionario fanático, en cuanto que abogaba por poner manos violentas sobre el templo sagrado; si no, ¿cómo podría destruirlo?

184:3.123. Que enseñaba magia, por cuanto prometía construir un templo nuevo, y eso sin manos.

184:3.13El Sanedrín en pleno ya había acordado que Jesús era culpable de transgresiones de las leyes judías que merecían la muerte, pero ahora les preocupaba más elaborar cargos sobre su conducta y sus enseñanzas que justificaran a Pilato al pronunciar la sentencia de muerte sobre su prisionero. Sabían que debían obtener el consentimiento del gobernador romano antes de que Jesús pudiera ser ejecutado legalmente. Y Anás estaba dispuesto a proceder en la línea de hacer parecer que Jesús era un maestro peligroso para andar suelto entre el pueblo.

184:3.14Pero Caifás no pudo soportar más la vista del Maestro de pie allí con perfecta serenidad y en un silencio no roto. Creyó conocer al menos un modo de inducir al prisionero a hablar. En consecuencia, se precipitó hacia el lado de Jesús y, agitando su dedo acusador ante el rostro del Maestro, dijo: «Te conjuro, en el nombre del Dios vivo, que nos digas si eres el Libertador, el Hijo de Dios». Jesús respondió a Caifás: «Lo soy. Pronto voy al Padre, y dentro de poco el Hijo del Hombre será revestido de poder y reinará una vez más sobre las huestes del cielo».

184:3.15Cuando el sumo sacerdote oyó a Jesús pronunciar estas palabras, se enojó en extremo, y, rasgando sus vestiduras exteriores, exclamó: «¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Miren, ahora todos ustedes han oído la blasfemia de este hombre. ¿Qué piensan ahora que debe hacerse con este infractor de la ley y blasfemo?». Y todos respondieron al unísono: «Merece la muerte; que sea crucificado».

184:3.16Jesús no mostró interés por ninguna pregunta que se le hizo ante Anás o los sanedritas, excepto la única pregunta relativa a su misión de otorgamiento. Cuando se le preguntó si era el Hijo de Dios, respondió al instante y sin equívoco en forma afirmativa.

184:3.17Anás deseaba que el juicio continuara, y que se formularan cargos de naturaleza definida sobre la relación de Jesús con la ley romana y las instituciones romanas, para presentarlos después a Pilato. Los consejeros estaban deseosos de llevar estos asuntos a un final rápido, no solo porque era el día de la preparación de la Pascua y no debía hacerse ningún trabajo secular después del mediodía, sino también porque temían que Pilato pudiera regresar en cualquier momento a la capital romana de Judea, Cesarea, ya que estaba en Jerusalén solo para la celebración de la Pascua.

184:3.18Pero Anás no logró mantener el control del tribunal. Después de que Jesús respondiera tan inesperadamente a Caifás, el sumo sacerdote se adelantó y lo golpeó en la cara con la mano. Anás quedó realmente consternado cuando los otros miembros del tribunal, al salir de la sala, escupieron en la cara de Jesús, y muchos de ellos lo abofetearon con burla con las palmas de las manos. Y así, en desorden y con una confusión tan inaudita, terminó esta primera sesión del juicio sanedrita de Jesús a las cuatro y media.

184:3.19Treinta jueces falsos, llenos de prejuicios y cegados por la tradición, con sus testigos falsos, se atreven a juzgar al justo Creador de un universo. Y estos acusadores apasionados se exasperan ante el silencio majestuoso y el porte magnífico de este Dios-hombre. Su silencio es terrible de soportar; su palabra es desafiante y sin temor. Él no se conmueve por sus amenazas ni se intimida por sus ataques. El hombre juzga a Dios, pero aun entonces él los ama y los salvaría si pudiera.

4. La hora de la humillación

184:4.1La ley judía exigía que, para dictar la sentencia de muerte, hubiera dos sesiones del tribunal. Esta segunda sesión debía celebrarse al día siguiente de la primera, y los miembros del tribunal debían pasar el tiempo intermedio en ayuno y duelo. Pero estos hombres no podían esperar al día siguiente para confirmar su decisión de que Jesús debía morir. Esperaron solo una hora. Mientras tanto dejaron a Jesús en la sala de audiencias bajo la custodia de los guardias del templo, quienes, con los sirvientes del sumo sacerdote, se divirtieron colmando de toda clase de ultrajes al Hijo del Hombre. Se burlaron de él, lo escupieron y lo golpearon con crueldad. Lo golpeaban en la cara con una vara y luego decían: «Profetízanos, tú, el Libertador, quién fue el que te golpeó». Y así continuaron durante una hora entera, injuriando y maltratando a este hombre de Galilea que no oponía resistencia.

184:4.2Durante esta trágica hora de sufrimiento y de juicios de burla ante los guardias y sirvientes ignorantes e insensibles, Juan Zebedeo esperaba con un terror solitario en una habitación contigua. Cuando comenzaron estos abusos, Jesús indicó a Juan, con un gesto de la cabeza, que se retirara. El Maestro sabía bien que, si permitía que su apóstol permaneciera en la sala para presenciar estos ultrajes, el resentimiento de Juan se despertaría tanto que produciría un estallido de indignación y protesta que probablemente causaría su muerte.

184:4.3Durante toda esta hora espantosa Jesús no pronunció palabra. Para esta alma apacible y sensible del género humano, unida en relación de personalidad con el Dios de todo este universo, no hubo porción más amarga de su copa de humillación que esta hora terrible a merced de estos guardias y sirvientes ignorantes y crueles, a quienes había incitado a maltratarlo el ejemplo de los miembros de este llamado tribunal sanedrita.

184:4.4El corazón humano no puede concebir de ningún modo el estremecimiento de indignación que recorrió un vasto universo cuando las inteligencias celestiales presenciaron este espectáculo de su amado Soberano sometiéndose a la voluntad de sus criaturas ignorantes y extraviadas en la esfera oscurecida por el pecado de la desdichada Urantia.

184:4.5¿Qué es este rasgo del animal en el hombre que lo lleva a querer insultar y agredir físicamente lo que no puede alcanzar espiritualmente ni lograr intelectualmente? En el hombre semicivilizado todavía acecha una brutalidad maligna que busca desahogarse sobre aquellos que son superiores en sabiduría y en logros espirituales. Observen la grosería maligna y la ferocidad brutal de estos hombres supuestamente civilizados mientras obtenían una cierta forma de placer animal de este ataque físico contra el Hijo del Hombre, que no oponía resistencia. Mientras estos insultos, burlas y golpes caían sobre Jesús, él no se defendía, pero no estaba indefenso. Jesús no fue vencido; simplemente no contendía en el sentido material.

184:4.6Estos son los momentos de las mayores victorias del Maestro en toda su larga y agitada carrera como creador, sostenedor y salvador de un universo vasto y extenso. Después de vivir en plenitud una vida que reveló a Dios al hombre, Jesús está ahora ocupado en hacer una revelación nueva y sin precedentes del hombre a Dios. Jesús revela ahora a los mundos el triunfo final sobre todos los temores del aislamiento de la personalidad de la criatura. El Hijo del Hombre ha logrado finalmente la realización de su identidad como el Hijo de Dios. Jesús no vacila en afirmar que él y el Padre son uno; y sobre la base del hecho y de la verdad de esa experiencia suprema y celestial, exhorta a todo creyente del reino a hacerse uno con él, así como él y su Padre son uno. La experiencia viva en la religión de Jesús se convierte así en la técnica segura y cierta por la cual los mortales de la tierra, espiritualmente aislados y cósmicamente solitarios, pueden escapar del aislamiento de la personalidad, con todas sus consecuencias de temor y los sentimientos asociados de impotencia. En las realidades fraternales del reino de los cielos los hijos de Dios por la fe encuentran la liberación final del aislamiento del yo, tanto personal como planetario. El creyente que conoce a Dios experimenta cada vez más el éxtasis y la grandeza de la socialización espiritual a escala del universo —la ciudadanía en lo alto en asociación con la realización eterna del destino divino de la consecución de la perfección.

5. La segunda reunión del tribunal

184:5.1A las cinco y media el tribunal volvió a reunirse, y llevaron a Jesús a la habitación contigua, donde Juan esperaba. Allí el soldado romano y los guardias del templo vigilaban a Jesús mientras el tribunal comenzaba a formular los cargos que debían presentarse a Pilato. Anás dejó claro a sus asociados que el cargo de blasfemia no tendría ningún peso ante Pilato. Judas estuvo presente durante esta segunda reunión del tribunal, pero no dio ningún testimonio.

184:5.2Esta sesión del tribunal duró solo media hora, y cuando levantaron la sesión para ir ante Pilato, habían redactado la acusación contra Jesús, como merecedor de la muerte, bajo tres capítulos:

184:5.31. Que era un pervertidor de la nación judía; engañaba al pueblo y lo incitaba a la rebelión.

184:5.42. Que enseñaba al pueblo a negarse a pagar tributo al César.

184:5.53. Que, al afirmar que era un rey y el fundador de una nueva clase de reino, incitaba a la traición contra el emperador.

184:5.6Todo este procedimiento era irregular y totalmente contrario a las leyes judías. No había dos testigos que hubieran coincidido en ningún asunto, excepto los que testificaron sobre la declaración de Jesús acerca de destruir el templo y levantarlo de nuevo en tres días. Y aun en cuanto a ese punto, ningún testigo habló a favor de la defensa, ni se le pidió a Jesús que explicara lo que había querido decir.

184:5.7El único punto en el que el tribunal podría haberlo juzgado con coherencia era el de la blasfemia, y eso se habría basado por completo en su propio testimonio. Aun en cuanto a la blasfemia, no llegaron a emitir una votación formal para la sentencia de muerte.

184:5.8Y ahora se atrevían a formular tres cargos, con los cuales presentarse ante Pilato, sobre los que no se había oído a ningún testigo, y que se acordaron mientras el prisionero acusado estaba ausente. Cuando se hizo esto, tres de los fariseos se retiraron; querían ver a Jesús destruido, pero no formularían cargos contra él sin testigos y en su ausencia.

184:5.9Jesús no volvió a comparecer ante el tribunal sanedrita. No querían volver a mirar su rostro mientras juzgaban su vida inocente. Jesús no supo (como hombre) de sus cargos formales hasta que oyó que Pilato los recitaba.

184:5.10Mientras Jesús estaba en la habitación con Juan y los guardias, y mientras el tribunal celebraba su segunda sesión, algunas de las mujeres del palacio del sumo sacerdote, junto con sus amistades, vinieron a mirar al extraño prisionero, y una de ellas le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?». Y Jesús respondió: «Si te lo digo, no me creerás; y si te pregunto, no me responderás».

184:5.11A las seis de esa mañana sacaron a Jesús de la casa de Caifás para que compareciera ante Pilato, a fin de que este confirmara la sentencia de muerte que este tribunal sanedrita había decretado de forma tan injusta e irregular.

Documento 184

Ante el tribunal del Sanedrín