Parte IV · Documento 183

La traición y el arresto de Jesús

183:0.1DESPUÉS de que Jesús despertó finalmente a Pedro, Santiago y Juan, les sugirió que fueran a sus tiendas y procuraran dormir como preparación para los deberes del día siguiente. Pero para entonces los tres apóstoles estaban completamente despiertos; los habían reanimado sus breves siestas y, además, los estimuló y alertó la llegada al lugar de dos mensajeros agitados que preguntaron por David Zebedeo y fueron rápidamente en su busca cuando Pedro les informó dónde montaba guardia.

183:0.2Aunque ocho de los apóstoles estaban profundamente dormidos, los griegos que acampaban junto a ellos temían más que surgieran problemas, tanto que habían apostado un centinela para dar la alarma en caso de que se presentara algún peligro. Cuando estos dos mensajeros entraron apresuradamente en el campamento, el centinela griego se puso a despertar a todos sus compatriotas, que salieron en tropel de sus tiendas, completamente vestidos y completamente armados. Todo el campamento estaba ahora despierto, excepto los ocho apóstoles. Pedro quiso llamar a sus asociados, pero Jesús se lo prohibió terminantemente. El Maestro los amonestó a todos con suavidad para que volvieran a sus tiendas, pero ellos se mostraban reacios a seguir su sugerencia.

183:0.3Como no logró dispersar a sus seguidores, el Maestro los dejó y bajó hacia la prensa de olivas que estaba cerca de la entrada del parque de Getsemaní. Aunque los tres apóstoles, los griegos y los demás miembros del campamento dudaron en seguirlo de inmediato, Juan Marcos se apresuró a dar un rodeo por entre los olivos y se escondió en un pequeño cobertizo cerca de la prensa de olivas. Jesús se apartó del campamento y de sus amigos para que sus captores, cuando llegaran, pudieran arrestarlo sin molestar a sus apóstoles. El Maestro temía que sus apóstoles estuvieran despiertos y presentes en el momento de su arresto, no fuera que el espectáculo de Judas al traicionarlo despertara de tal modo su animosidad que opusieran resistencia a los soldados y fueran detenidos junto con él. Temía que, si los arrestaban con él, también pudieran perecer con él.

183:0.4Aunque Jesús sabía que el plan de su muerte tenía su origen en los consejos de los gobernantes de los judíos, también era consciente de que todos esos planes infames contaban con la plena aprobación de Lucifer, Satanás y Caligastia. Y sabía bien que estos rebeldes de los reinos también se complacerían en ver destruidos con él a todos los apóstoles.

183:0.5Jesús se sentó, solo, en la prensa de olivas, donde esperó la llegada del traidor, y en ese momento solo lo vieron Juan Marcos y una innumerable hueste de observadores celestiales.

1. La voluntad del Padre

183:1.1Existe un gran peligro de malinterpretar el significado de numerosos dichos y de muchos acontecimientos relacionados con el final de la carrera del Maestro en la carne. El trato cruel que dieron a Jesús los sirvientes ignorantes y los soldados endurecidos, la conducción injusta de sus juicios y la actitud insensible de los que se decían dirigentes religiosos no deben confundirse con el hecho de que Jesús, al someterse con paciencia a todo este sufrimiento y humillación, hacía verdaderamente la voluntad del Padre que está en el Paraíso. Era, en efecto y en verdad, la voluntad del Padre que su Hijo bebiera hasta el fondo la copa de la experiencia mortal, desde el nacimiento hasta la muerte, pero el Padre que está en el cielo no tuvo absolutamente nada que ver con la instigación de la conducta bárbara de aquellos seres humanos supuestamente civilizados que torturaron tan brutalmente al Maestro y que acumularon de manera tan horrible indignidades sucesivas sobre su persona no resistente. Estas experiencias inhumanas y estremecedoras que Jesús tuvo que soportar en las horas finales de su vida mortal no fueron en ningún sentido parte de la voluntad divina del Padre, que su naturaleza humana se había comprometido tan triunfalmente a cumplir en el momento de la entrega final del hombre a Dios, tal como lo significó la triple oración que elevó en el jardín mientras sus cansados apóstoles dormían el sueño del agotamiento físico.

183:1.2El Padre que está en el cielo deseaba que el Hijo de otorgamiento terminara su carrera en la tierra de manera natural, tal como todos los mortales deben terminar sus vidas en la tierra y en la carne. Los hombres y las mujeres corrientes no pueden esperar que una dispensación especial les facilite sus últimas horas en la tierra y el episodio de la muerte que sobreviene después. En consecuencia, Jesús eligió entregar su vida en la carne de la manera que estaba en armonía con el desarrollo de los acontecimientos naturales, y se negó con firmeza a librarse de las garras crueles de una perversa conspiración de acontecimientos inhumanos que avanzaba con horrible certeza hacia su increíble humillación y su muerte ignominiosa. Y cada parte de toda esta asombrosa manifestación de odio y de esta demostración de crueldad sin precedentes fue obra de hombres malvados y de mortales perversos. Dios en el cielo no lo quiso, ni tampoco lo dictaron los archienemigos de Jesús, aunque hicieron mucho para asegurar que mortales irreflexivos y malvados rechazaran así al Hijo de otorgamiento. Incluso el padre del pecado apartó el rostro del horror atroz de la escena de la crucifixión.

2. Judas en la ciudad

183:2.1Después de que Judas abandonó tan bruscamente la mesa mientras comían la Última Cena, fue directamente a la casa de su primo, y luego los dos fueron directamente al capitán de los guardias del templo. Judas pidió al capitán que reuniera a los guardias y le informó de que estaba listo para conducirlos hasta Jesús. Como Judas se había presentado un poco antes de lo esperado, hubo cierta demora para ponerse en camino hacia la casa de Marcos, donde Judas esperaba encontrar a Jesús todavía de visita con los apóstoles. El Maestro y los once salieron de la casa de Elías Marcos unos buenos quince minutos antes de que llegaran el traidor y los guardias. Cuando los captores llegaron a la casa de Marcos, Jesús y los once estaban ya bien fuera de las murallas de la ciudad y en camino hacia el campamento del monte de los Olivos.

183:2.2Judas se sintió muy perturbado por no haber encontrado a Jesús en la residencia de Marcos y en compañía de once hombres, de los cuales solo dos estaban armados para resistir. Resultaba que él sabía que, por la tarde, cuando salieron del campamento, solo Simón Pedro y Simón Zelotes llevaban espada al cinto; Judas había esperado apresar a Jesús cuando la ciudad estuviera tranquila y cuando hubiera pocas probabilidades de resistencia. El traidor temía que, si esperaba a que volvieran a su campamento, se encontraría con más de sesenta discípulos devotos, y también sabía que Simón Zelotes tenía en su poder una amplia provisión de armas. Judas se ponía cada vez más nervioso a medida que meditaba en cuánto lo detestarían los once apóstoles leales, y temía que todos intentaran acabar con él. No solo era desleal, sino que en el fondo era un verdadero cobarde.

183:2.3Cuando no encontraron a Jesús en la sala de arriba, Judas pidió al capitán de la guardia que volviera al templo. Para entonces los gobernantes habían empezado a reunirse en la casa del sumo sacerdote como preparación para recibir a Jesús, puesto que su trato con el traidor estipulaba el arresto de Jesús antes de la medianoche de ese día. Judas explicó a sus asociados que no habían encontrado a Jesús en la casa de Marcos, y que sería necesario ir a Getsemaní para arrestarlo. El traidor pasó luego a afirmar que más de sesenta seguidores devotos acampaban con él, y que todos estaban bien armados. Los gobernantes de los judíos le recordaron a Judas que Jesús siempre había predicado la no resistencia, pero Judas respondió que no podían contar con que todos los seguidores de Jesús obedecieran esa enseñanza. Él realmente temía por sí mismo y por eso se atrevió a pedir una compañía de cuarenta soldados armados. Como las autoridades judías no tenían bajo su jurisdicción una fuerza semejante de hombres armados, fueron enseguida a la fortaleza de Antonia y pidieron al comandante romano que les diera esta guardia; pero cuando él supo que se proponían arrestar a Jesús, se negó en el acto a acceder a su petición y los remitió a su oficial superior. De este modo se consumió más de una hora yendo de una autoridad a otra, hasta que finalmente se vieron obligados a acudir al propio Pilato para obtener permiso para emplear a los guardias romanos armados. Era tarde cuando llegaron a la casa de Pilato, y él se había retirado a sus aposentos privados con su esposa. Dudó en tener algo que ver con la empresa, tanto más cuanto que su esposa le había pedido que no concediera la petición. Pero como el presidente del Sanedrín judío estaba presente y hacía en persona la petición de esta ayuda, el gobernador creyó prudente conceder la solicitud, pensando que más tarde podría enmendar cualquier injusticia que ellos estuvieran dispuestos a cometer.

183:2.4En consecuencia, cuando Judas Iscariote salió del templo, hacia las once y media, lo acompañaban más de sesenta personas —guardias del templo, soldados romanos y sirvientes curiosos de los principales sacerdotes y de los gobernantes.

3. El arresto del Maestro

183:3.1Mientras esta compañía de soldados y guardias armados, que llevaban antorchas y linternas, se acercaba al jardín, Judas se adelantó bastante a la tropa para estar listo a identificar rápidamente a Jesús, de modo que los captores pudieran echarle mano con facilidad antes de que sus asociados pudieran unirse para defenderlo. Y había todavía otra razón por la que Judas eligió ir delante de los enemigos del Maestro: pensaba que así parecería que había llegado al lugar antes que los soldados, de modo que los apóstoles y los demás reunidos en torno a Jesús no lo relacionaran directamente con los guardias armados que lo seguían tan de cerca. Judas había pensado incluso en fingir que se había apresurado a advertirles de la llegada de los captores, pero este plan se frustró por el saludo fulminante de Jesús al traidor. Aunque el Maestro habló a Judas con bondad, lo saludó como a un traidor.

183:3.2En cuanto Pedro, Santiago y Juan, con unos treinta de sus compañeros de campamento, vieron a la tropa armada con antorchas doblar por la cresta de la colina, supieron que aquellos soldados venían a arrestar a Jesús, y todos bajaron corriendo hasta cerca de la prensa de olivas, donde el Maestro estaba sentado en una soledad iluminada por la luna. Mientras la compañía de soldados se acercaba por un lado, los tres apóstoles y sus asociados se acercaban por el otro. Cuando Judas avanzó a grandes pasos para abordar al Maestro, allí estaban los dos grupos, inmóviles, con el Maestro entre ellos y Judas disponiéndose a imprimir el beso traidor en su frente.

183:3.3El traidor había tenido la esperanza de que, después de conducir a los guardias a Getsemaní, podría simplemente señalar a Jesús a los soldados, o a lo sumo cumplir la promesa de saludarlo con un beso, y luego retirarse rápidamente del lugar. Judas temía mucho que todos los apóstoles estuvieran presentes, y que concentraran su ataque contra él como castigo por haberse atrevido a traicionar a su amado maestro. Pero cuando el Maestro lo saludó como a un traidor, quedó tan confundido que no intentó huir.

183:3.4Jesús hizo un último esfuerzo por salvar a Judas de traicionarlo de hecho, pues, antes de que el traidor pudiera llegar hasta él, se hizo a un lado y, dirigiéndose al soldado que iba en primer lugar a la izquierda, el capitán de los romanos, dijo: «¿A quién buscan?». El capitán respondió: «A Jesús de Nazaret». Entonces Jesús se colocó justo delante del oficial y, de pie allí con la serena majestad del Dios de toda esta creación, dijo: «Soy yo». Muchos de esta tropa armada habían oído enseñar a Jesús en el templo, otros se habían enterado de sus obras poderosas, y cuando lo oyeron anunciar así con audacia su identidad, los de las primeras filas cayeron de repente hacia atrás. Los venció la sorpresa ante su sereno y majestuoso anuncio de identidad. Por lo tanto, no había necesidad de que Judas siguiera adelante con su plan de traición. El Maestro se había revelado con audacia a sus enemigos, y ellos podrían haberlo apresado sin la ayuda de Judas. Pero el traidor tenía que hacer algo para justificar su presencia con esta tropa armada y, además, quería dar muestras de cumplir su parte del trato de traición con los gobernantes de los judíos para hacerse acreedor a la gran recompensa y a los honores que creía que recaerían sobre él en compensación por su promesa de entregar a Jesús en sus manos.

183:3.5Cuando los guardias se repusieron de su primer titubeo al ver a Jesús y al oír su voz poco común, y mientras los apóstoles y los discípulos se acercaban, Judas se adelantó hasta Jesús y, dándole un beso en la frente, dijo: «Salve, Maestro e Instructor». Y mientras Judas abrazaba así a su Maestro, Jesús dijo: «Amigo, ¡no te basta con hacer esto! ¿Aun quieres traicionar al Hijo del Hombre con un beso?».

183:3.6Los apóstoles y los discípulos quedaron literalmente atónitos por lo que vieron. Durante un momento nadie se movió. Entonces Jesús, librándose del abrazo traidor de Judas, se acercó a los guardias y a los soldados y volvió a preguntar: «¿A quién buscan?». Y de nuevo el capitán dijo: «A Jesús de Nazaret». Y de nuevo respondió Jesús: «Ya les dije que soy yo. Por tanto, si me buscan a mí, dejen que estos otros sigan su camino. Estoy listo para ir con ustedes».

183:3.7Jesús estaba listo para volver a Jerusalén con los guardias, y el capitán de los soldados estaba del todo dispuesto a permitir que los tres apóstoles y sus asociados siguieran su camino en paz. Pero antes de que pudieran ponerse en marcha, mientras Jesús estaba allí de pie esperando las órdenes del capitán, un tal Malco, el guardaespaldas sirio del sumo sacerdote, se acercó a Jesús y se dispuso a atarle las manos a la espalda, aunque el capitán romano no había ordenado que se atara así a Jesús. Cuando Pedro y sus asociados vieron que su Maestro era sometido a esta indignidad, ya no pudieron contenerse. Pedro desenvainó su espada y, con los demás, se lanzó hacia adelante para herir a Malco. Pero antes de que los soldados pudieran acudir en defensa del sirviente del sumo sacerdote, Jesús alzó hacia Pedro una mano que se lo prohibía y, hablando con severidad, dijo: «Pedro, guarda tu espada. Quienes toman la espada perecerán por la espada. ¿No comprendes que es la voluntad del Padre que yo beba esta copa? ¿Y no sabes además que aun ahora podría dar órdenes a más de doce legiones de ángeles y de sus asociados, que me librarían de las manos de estos pocos hombres?».

183:3.8Aunque Jesús puso así fin de manera eficaz a esta muestra de resistencia física de sus seguidores, bastó para despertar el temor del capitán de los guardias, quien ahora, con la ayuda de sus soldados, echó mano con fuerza a Jesús y lo ató rápidamente. Y mientras le ataban las manos con cuerdas gruesas, Jesús les dijo: «¿Por qué salen contra mí con espadas y con palos como para apresar a un ladrón? Estaba con ustedes cada día en el templo, enseñando públicamente al pueblo, y no hicieron ningún esfuerzo por apresarme».

183:3.9Cuando Jesús estuvo atado, el capitán, temiendo que los seguidores del Maestro intentaran rescatarlo, dio órdenes de que los apresaran; pero los soldados no fueron lo bastante rápidos, ya que los seguidores de Jesús, que habían oído las órdenes del capitán de arrestarlos, huyeron a toda prisa de vuelta al barranco. Todo este tiempo Juan Marcos había permanecido escondido en el cobertizo cercano. Cuando los guardias emprendieron el regreso a Jerusalén con Jesús, Juan Marcos intentó salir a hurtadillas del cobertizo para alcanzar a los apóstoles y discípulos que huían; pero justo cuando salía, uno de los últimos soldados que regresaban después de perseguir a los discípulos fugitivos pasaba cerca y, al ver a este joven con su túnica de lino, lo persiguió y casi lo alcanzó. De hecho, el soldado se acercó lo bastante a Juan para agarrarle la túnica, pero el joven se soltó de la prenda y escapó desnudo mientras el soldado se quedaba con la túnica vacía. Juan Marcos se dirigió a toda prisa hacia David Zebedeo, en el sendero de arriba. Cuando le contó a David lo que había pasado, ambos volvieron apresuradamente a las tiendas de los apóstoles dormidos e informaron a los ocho de la traición y del arresto del Maestro.

183:3.10Más o menos cuando despertaban a los ocho apóstoles, los que habían huido barranco arriba regresaban, y todos se reunieron cerca de la prensa de olivas para debatir qué debía hacerse. Mientras tanto, Simón Pedro y Juan Zebedeo, que se habían escondido entre los olivos, ya habían partido tras la turba de soldados, guardias y sirvientes, que ahora llevaban a Jesús de vuelta a Jerusalén como habrían llevado a un criminal peligroso. Juan siguió a la turba muy de cerca, pero Pedro la siguió de lejos. Después de que Juan Marcos escapó de las manos del soldado, se procuró un manto que encontró en la tienda de Simón Pedro y de Juan Zebedeo. Sospechaba que los guardias iban a llevar a Jesús a la casa de Anás, el sumo sacerdote emérito; así que dio un rodeo por los olivares y llegó allí antes que la turba, y se escondió cerca de la entrada de la puerta del palacio del sumo sacerdote.

4. Discusión junto a la prensa de olivas

183:4.1Santiago Zebedeo se encontró separado de Simón Pedro y de su hermano Juan, así que se unió entonces a los demás apóstoles y a sus compañeros de campamento junto a la prensa de olivas para deliberar sobre lo que debía hacerse ante el arresto del Maestro.

183:4.2Andrés había sido liberado de toda responsabilidad en la dirección del grupo de sus compañeros apóstoles; por eso, en esta, la mayor de todas las crisis de sus vidas, guardó silencio. Después de una breve discusión informal, Simón Zelotes se subió al muro de piedra de la prensa de olivas y, con una súplica apasionada de lealtad al Maestro y a la causa del reino, exhortó a sus compañeros apóstoles y a los demás discípulos a ir a toda prisa tras la turba y llevar a cabo el rescate de Jesús. La mayoría del grupo habría estado dispuesta a seguir su enérgico liderazgo de no haber sido por el consejo de Natanael, que se puso de pie en el momento en que Simón terminó de hablar y les llamó la atención sobre las enseñanzas tantas veces repetidas de Jesús acerca de la no resistencia. Además, les recordó que Jesús les había indicado esa misma noche que debían preservar sus vidas para el tiempo en que salieran al mundo a proclamar la buena nueva del evangelio del reino celestial. Y a Natanael lo apoyó en esta postura Santiago Zebedeo, que contó entonces cómo Pedro y otros desenvainaron sus espadas para defender al Maestro contra el arresto, y que Jesús ordenó a Simón Pedro y a sus compañeros que llevaban espada que envainaran sus hojas. Mateo y Felipe también pronunciaron discursos, pero de esta discusión no salió nada definido hasta que Tomás, llamándoles la atención sobre el hecho de que Jesús había aconsejado a Lázaro que no se expusiera a la muerte, señaló que no podían hacer nada para salvar a su Maestro, puesto que él se negaba a permitir que sus amigos lo defendieran y persistía en abstenerse de usar sus poderes divinos para frustrar a sus enemigos humanos. Tomás los persuadió de que se dispersaran, cada uno por su cuenta, en el entendido de que David Zebedeo permanecería en el campamento para mantener un centro de intercambio y un cuartel general de mensajeros para el grupo. Hacia las dos y media de esa madrugada el campamento estaba desierto; solo David permanecía allí con tres o cuatro mensajeros, pues los demás habían sido enviados a conseguir información sobre adónde habían llevado a Jesús y qué iban a hacer con él.

183:4.3Cinco de los apóstoles, Natanael, Mateo, Felipe y los gemelos, se escondieron en Betfagé y en Betania. Tomás, Andrés, Santiago y Simón Zelotes se escondían en la ciudad. Simón Pedro y Juan Zebedeo siguieron hasta la casa de Anás.

183:4.4Poco después del amanecer, Simón Pedro volvió sin rumbo al campamento de Getsemaní, imagen abatida de una profunda desesperación. David lo envió al cuidado de un mensajero para que se reuniera con su hermano Andrés, que estaba en la casa de Nicodemo en Jerusalén.

183:4.5Hasta el final mismo de la crucifixión, Juan Zebedeo permaneció, como Jesús le había indicado, siempre cerca, y fue él quien proporcionó a los mensajeros de David información de hora en hora, que ellos llevaban a David al campamento del jardín, y que luego se transmitía a los apóstoles escondidos y a la familia de Jesús.

183:4.6¡Ciertamente, el pastor es herido y las ovejas se dispersan! Aunque todos se dan cuenta vagamente de que Jesús los previno de esta misma situación, están demasiado conmocionados por la repentina desaparición del Maestro para poder usar su mente con normalidad.

183:4.7Fue poco después del amanecer, y justo después de que enviaran a Pedro a reunirse con su hermano, cuando Judas, el hermano de Jesús en la carne, llegó al campamento, casi sin aliento y adelantándose al resto de la familia de Jesús, solo para enterarse de que el Maestro ya había sido arrestado; y regresó a toda prisa por el camino de Jericó para llevar esta noticia a su madre y a sus hermanos y hermanas. David Zebedeo mandó decir a la familia de Jesús, por medio de Judas, que se reunieran en la casa de Marta y María en Betania y que allí esperaran las noticias que sus mensajeros les llevarían con regularidad.

183:4.8Esta era la situación durante la última mitad de la noche del jueves y las primeras horas de la mañana del viernes en lo que respecta a los apóstoles, a los discípulos principales y a la familia terrenal de Jesús. Y todos estos grupos y personas se mantenían en contacto unos con otros por medio del servicio de mensajeros que David Zebedeo seguía haciendo funcionar desde su cuartel general en el campamento de Getsemaní.

5. De camino al palacio del sumo sacerdote

183:5.1Antes de que salieran del jardín con Jesús, surgió una disputa entre el capitán judío de los guardias del templo y el capitán romano de la compañía de soldados sobre adónde debían llevar a Jesús. El capitán de los guardias del templo ordenó que lo llevaran ante Caifás, el sumo sacerdote en funciones. El capitán de los soldados romanos dispuso que llevaran a Jesús al palacio de Anás, el antiguo sumo sacerdote y suegro de Caifás. Y esto lo hizo porque los romanos tenían la costumbre de tratar directamente con Anás en todos los asuntos relacionados con la aplicación de las leyes eclesiásticas judías. Y se obedecieron las órdenes del capitán romano; llevaron a Jesús a la casa de Anás para su interrogatorio preliminar.

183:5.2Judas marchaba cerca de los capitanes, oyendo todo lo que se decía, pero no tomó parte en la disputa, porque ni el capitán judío ni el oficial romano querían siquiera dirigir la palabra al traidor —tanto lo despreciaban.

183:5.3Por entonces Juan Zebedeo, recordando las instrucciones de su Maestro de permanecer siempre cerca, se apresuró a acercarse a Jesús mientras este marchaba entre los dos capitanes. El comandante de los guardias del templo, al ver que Juan se ponía a su lado, dijo a su ayudante: «Toma a este hombre y átalo. Es uno de los seguidores de este individuo». Pero cuando el capitán romano oyó esto y, al mirar alrededor, vio a Juan, ordenó que el apóstol se acercara a él, y que nadie lo molestara. Entonces el capitán romano dijo al capitán judío: «Este hombre no es ni un traidor ni un cobarde. Lo vi en el jardín, y no sacó la espada para resistirnos. Tiene el valor de adelantarse para estar con su Maestro, y nadie le pondrá la mano encima. La ley romana permite que todo prisionero tenga al menos un amigo que esté con él ante el tribunal, y a este hombre no se le impedirá estar al lado de su Maestro, el prisionero». Y cuando Judas oyó esto, se sintió tan avergonzado y humillado que se quedó atrás de los que marchaban, y llegó solo al palacio de Anás.

183:5.4Y esto explica por qué a Juan Zebedeo se le permitió permanecer cerca de Jesús durante todas sus duras experiencias de esta noche y del día siguiente. Los judíos temían decirle cualquier cosa a Juan o molestarlo en forma alguna, porque tenía en cierto modo la condición de un consejero romano designado para actuar como observador de las actuaciones del tribunal eclesiástico judío. La posición privilegiada de Juan se hizo todavía más segura cuando, al entregar a Jesús al capitán de los guardias del templo en la puerta del palacio de Anás, el romano, dirigiéndose a su ayudante, dijo: «Ve con este prisionero y cuida de que estos judíos no lo maten sin el consentimiento de Pilato. Vigila que no lo asesinen, y cuida de que a su amigo, el galileo, se le permita estar presente y observar todo lo que ocurra». Y así pudo Juan estar cerca de Jesús hasta el momento mismo de su muerte en la cruz, aunque los otros diez apóstoles se vieron obligados a permanecer escondidos. Juan actuaba bajo protección romana, y los judíos no se atrevieron a molestarlo hasta después de la muerte del Maestro.

183:5.5Jesús no abrió la boca en todo el camino hasta el palacio de Anás. Ni una sola palabra pronunció el Hijo del Hombre entre el momento de su arresto y el de su comparecencia ante Anás.

Documento 183

La traición y el arresto de Jesús