Parte IV · Documento 182
En Getsemaní
182:0.1ERAN alrededor de las diez de la noche de este jueves cuando Jesús condujo a los once apóstoles desde la casa de Elías y María Marcos de regreso al campamento de Getsemaní. Desde aquel día en las colinas, Juan Marcos se había propuesto vigilar atentamente a Jesús. Juan, que necesitaba dormir, había obtenido varias horas de descanso mientras el Maestro estaba con sus apóstoles en la sala de arriba, pero al oírlos bajar las escaleras, se levantó y, echándose rápidamente encima un manto de lino, los siguió por la ciudad, al otro lado del arroyo Cedrón, y hasta su campamento privado contiguo al parque de Getsemaní. Y Juan Marcos permaneció tan cerca del Maestro durante toda esta noche y el día siguiente que fue testigo de todo y oyó mucho de lo que el Maestro dijo desde este momento hasta la hora de la crucifixión.
182:0.2Mientras Jesús y los once regresaban al campamento, los apóstoles empezaron a preguntarse qué significaba la prolongada ausencia de Judas, y hablaron entre ellos de la predicción del Maestro de que uno de ellos lo traicionaría, y por primera vez sospecharon que no todo andaba bien con Judas Iscariote. Pero no hicieron comentarios abiertos sobre Judas hasta que llegaron al campamento y observaron que no estaba allí, esperando para recibirlos. Cuando todos asediaron a Andrés para saber qué había sido de Judas, su jefe se limitó a decir: «No sé dónde está Judas, pero temo que nos ha abandonado».
1. La última oración en grupo
182:1.1Pocos momentos después de llegar al campamento, Jesús les dijo: «Amigos míos y hermanos, mi tiempo con ustedes es ya muy corto, y deseo que nos apartemos a solas mientras oramos a nuestro Padre que está en el cielo para que nos dé fuerza que nos sostenga en esta hora y de aquí en adelante en toda la obra que debemos hacer en su nombre».
182:1.2Después de hablar así, Jesús los condujo un corto trecho cuesta arriba por el monte de los Olivos y, a plena vista de Jerusalén, les pidió que se arrodillaran sobre una gran roca plana formando un círculo a su alrededor, como lo habían hecho el día de su ordenación; y luego, mientras estaba allí de pie en medio de ellos, glorificado por la suave luz de la luna, alzó los ojos al cielo y oró:
182:1.3«Padre, ha llegado mi hora; glorifica ahora a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti. Sé que me has dado plena autoridad sobre todas las criaturas vivientes de mi dominio, y daré vida eterna a todos los que lleguen a ser hijos de Dios por la fe. Y esta es la vida eterna: que mis criaturas te conozcan como el único Dios verdadero y Padre de todos, y que crean en aquel a quien enviaste al mundo. Padre, te he exaltado en la tierra y he llevado a cabo la obra que me diste que hiciera. Casi he terminado mi otorgamiento a los hijos de nuestra propia creación; solo me queda entregar mi vida en la carne. Y ahora, oh Padre mío, glorifícame con la gloria que tenía contigo antes de que este mundo existiera y recíbeme una vez más a tu diestra.
182:1.4«Te he manifestado a los hombres que escogiste del mundo y me diste. Son tuyos —como toda vida está en tus manos—, tú me los diste, y yo he vivido entre ellos, enseñándoles el camino de la vida, y ellos han creído. Estos hombres están aprendiendo que todo lo que tengo procede de ti, y que la vida que vivo en la carne es para dar a conocer a mi Padre a los mundos. La verdad que tú me has dado se la he revelado a ellos. Estos, mis amigos y embajadores, han querido sinceramente recibir tu palabra. Les he dicho que salí de ti, que tú me enviaste a este mundo y que estoy a punto de volver a ti. Padre, en verdad ruego por estos hombres escogidos. Y no ruego por ellos como rogaría por el mundo, sino como por aquellos a quienes he escogido del mundo para que me representen ante el mundo después de que yo haya vuelto a tu obra, así como yo te he representado en este mundo durante mi estancia en la carne. Estos hombres son míos; tú me los diste; pero todas las cosas que son mías son siempre tuyas, y todo lo que era tuyo has hecho ahora que sea mío. Has sido exaltado en mí, y ahora ruego que yo sea honrado en estos hombres. Ya no puedo estar en este mundo; estoy a punto de volver a la obra que me has dado que hiciera. Debo dejar atrás a estos hombres para que nos representen a nosotros y a nuestro reino entre los hombres. Padre, mantén fieles a estos hombres mientras me preparo para entregar mi vida en la carne. Ayuda a estos, mis amigos, a ser uno en espíritu, así como nosotros somos uno. Mientras pude estar con ellos, pude velar por ellos y guiarlos, pero ahora estoy a punto de irme. Quédate cerca de ellos, Padre, hasta que podamos enviar al nuevo maestro para que los consuele y los fortalezca.
182:1.5«Me diste doce hombres, y los he guardado a todos excepto a uno, el hijo de la venganza, que no quiso tener más compañerismo con nosotros. Estos hombres son débiles y frágiles, pero sé que podemos confiar en ellos; los he puesto a prueba; me aman, así como te reverencian a ti. Aunque deben sufrir mucho por mi causa, deseo que también se llenen del gozo de la seguridad de la filiación en el reino celestial. Les he dado a estos hombres tu palabra y les he enseñado la verdad. El mundo puede odiarlos, así como me ha odiado a mí, pero no te pido que los saques del mundo, sino solo que los guardes del mal que hay en el mundo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Y así como tú me enviaste a este mundo, así también estoy yo a punto de enviar a estos hombres al mundo. Por ellos he vivido entre los hombres y he consagrado mi vida a tu servicio, para poder inspirarlos a purificarse por medio de la verdad que les he enseñado y del amor que les he revelado. Bien sé, Padre mío, que no hay necesidad de que te pida que veles por estos hermanos después de que me haya ido; sé que los amas así como yo, pero lo hago para que comprendan mejor que el Padre ama a los hombres mortales así como los ama el Hijo.
182:1.6«Y ahora, Padre mío, quisiera orar no solo por estos once hombres, sino también por todos los demás que ahora creen, o que en adelante puedan creer el evangelio del reino por medio de la palabra de su futuro ministerio. Quiero que todos sean uno, así como tú y yo somos uno. Tú estás en mí y yo estoy en ti, y deseo que estos creyentes estén igualmente en nosotros; que nuestros dos espíritus moren en ellos. Si mis hijos son uno como nosotros somos uno, y si se aman unos a otros como yo los he amado, todos los hombres creerán entonces que salí de ti y estarán dispuestos a recibir la revelación de verdad y de gloria que he hecho. La gloria que tú me diste se la he revelado a estos creyentes. Así como tú has vivido conmigo en espíritu, así he vivido yo con ellos en la carne. Así como tú has sido uno conmigo, así he sido yo uno con ellos, y así el nuevo maestro será siempre uno con ellos y en ellos. Y todo esto lo he hecho para que mis hermanos en la carne sepan que el Padre los ama así como los ama el Hijo, y que tú los amas así como me amas a mí. Padre, obra conmigo para salvar a estos creyentes, para que pronto lleguen a estar conmigo en la gloria y luego sigan adelante hasta unirse a ti en el abrazo del Paraíso. A los que sirven conmigo en la humillación quisiera tenerlos conmigo en la gloria, para que vean todo lo que has puesto en mis manos como la cosecha eterna de la siembra del tiempo en semejanza de carne mortal. Anhelo mostrar a mis hermanos terrenales la gloria que tenía contigo antes de la fundación de este mundo. Este mundo sabe muy poco de ti, Padre justo, pero yo te conozco, y te he dado a conocer a estos creyentes, y ellos darán a conocer tu nombre a otras generaciones. Y ahora les prometo que tú estarás con ellos en el mundo así como has estado conmigo; así sea».
182:1.7Los once permanecieron arrodillados en este círculo alrededor de Jesús durante varios minutos antes de levantarse y regresar en silencio al cercano campamento.
182:1.8Jesús oró para que entre sus seguidores hubiera unidad, pero no tenía ningún deseo de uniformidad. Mientras que con el pecado se crea un nivel muerto de inercia del mal, la rectitud da alimento al espíritu creativo de la experiencia individual, en las realidades vivas de la verdad eterna y en la comunión progresiva de los espíritus divinos del Padre y del Hijo. Jamás puede haber, en el compañerismo espiritual del hijo creyente con el Padre divino, un carácter doctrinal definitivo ni una superioridad sectaria de la conciencia de grupo.
182:1.9El Maestro, en el curso de esta oración final con sus apóstoles, aludió al hecho de que había manifestado el nombre del Padre al mundo. Y eso es en verdad lo que hizo mediante la revelación de Dios por medio de su vida perfeccionada en la carne. El Padre que está en el cielo había procurado revelarse a Moisés, pero no pudo ir más allá de hacer que se dijera: «YO SOY». Y cuando se le instó a revelarse más, solo se dio a conocer: «YO SOY el que YO SOY». Pero cuando Jesús terminó su vida en la tierra, este nombre del Padre había quedado revelado de tal manera que el Maestro, que era el Padre encarnado, podía decir con verdad:
182:1.10Yo soy el pan de vida.
182:1.11Yo soy el agua viva.
182:1.12Yo soy la luz del mundo.
182:1.13Yo soy el deseo de todas las eras.
182:1.14Yo soy la puerta abierta a la salvación eterna.
182:1.15Yo soy la realidad de la vida sin fin.
182:1.16Yo soy el buen pastor.
182:1.17Yo soy el sendero de la perfección infinita.
182:1.18Yo soy la resurrección y la vida.
182:1.19Yo soy el secreto de la supervivencia eterna.
182:1.20Yo soy el camino, la verdad y la vida.
182:1.21Yo soy el Padre infinito de mis hijos finitos.
182:1.22Yo soy la vid verdadera; ustedes son los sarmientos.
182:1.23Yo soy la esperanza de todos los que conocen la verdad viviente.
182:1.24Yo soy el puente viviente de un mundo a otro.
182:1.25Yo soy el vínculo viviente entre el tiempo y la eternidad.
182:1.26Así amplió Jesús la revelación viviente del nombre de Dios para todas las generaciones. Así como el amor divino revela la naturaleza de Dios, la verdad eterna descubre su nombre en proporciones siempre crecientes.
2. La última hora antes de la traición
182:2.1Los apóstoles quedaron muy consternados cuando volvieron a su campamento y encontraron que Judas no estaba. Mientras los once sostenían una acalorada discusión sobre su traicionero compañero apóstol, David Zebedeo y Juan Marcos llevaron a Jesús aparte y le revelaron que habían mantenido a Judas bajo observación durante varios días, y que sabían que tenía la intención de entregarlo a traición en manos de sus enemigos. Jesús los escuchó, pero solo dijo: «Amigos míos, nada puede sucederle al Hijo del Hombre a menos que el Padre que está en el cielo así lo quiera. No se turben sus corazones; todas las cosas cooperarán para la gloria de Dios y la salvación de los hombres».
182:2.2La actitud alegre de Jesús iba menguando. A medida que pasaba la hora, se volvía cada vez más serio, e incluso triste. Los apóstoles, muy agitados, se resistían a volver a sus tiendas aun cuando el Maestro mismo se lo pedía. Al regresar de su conversación con David y Juan, dirigió sus últimas palabras a los once, diciendo: «Amigos míos, vayan a descansar. Prepárense para la obra de mañana. Recuerden que todos debemos someternos a la voluntad del Padre que está en el cielo. Mi paz les dejo». Y después de hablar así, les indicó con un gesto que fueran a sus tiendas, pero mientras se iban, llamó a Pedro, Santiago y Juan, diciendo: «Deseo que se queden conmigo un rato».
182:2.3Los apóstoles se durmieron solo porque estaban literalmente agotados; venían durmiendo poco desde su llegada a Jerusalén. Antes de ir a sus respectivos lugares para dormir, Simón Zelotes los llevó a todos a su tienda, donde estaban guardadas las espadas y otras armas, y proveyó a cada uno de este equipo de combate. Todos recibieron estas armas y se las ciñeron, excepto Natanael. Natanael, al negarse a armarse, dijo: «Hermanos míos, el Maestro nos ha dicho repetidamente que su reino no es de este mundo, y que sus discípulos no deben luchar con la espada para establecerlo. Yo creo esto; no pienso que el Maestro necesite que empleemos la espada en su defensa. Todos hemos visto su gran poder y sabemos que podría defenderse de sus enemigos si así lo deseara. Si no quiere resistir a sus enemigos, debe ser que esa conducta representa su intento de cumplir la voluntad de su Padre. Yo oraré, pero no empuñaré la espada». Cuando Andrés oyó el discurso de Natanael, le devolvió su espada a Simón Zelotes. Y así, nueve de ellos estaban armados cuando se separaron para pasar la noche.
182:2.4El resentimiento porque Judas era un traidor eclipsó por el momento todo lo demás en la mente de los apóstoles. El comentario del Maestro con referencia a Judas, pronunciado en el curso de la última oración, les abrió los ojos al hecho de que los había abandonado.
182:2.5Después de que los ocho apóstoles por fin se fueron a sus tiendas, y mientras Pedro, Santiago y Juan esperaban para recibir las órdenes del Maestro, Jesús llamó a David Zebedeo: «Envíame a tu mensajero más veloz y digno de confianza». Cuando David trajo al Maestro a un tal Jacob, que había sido corredor del servicio nocturno de mensajeros entre Jerusalén y Betsaida, Jesús, dirigiéndose a él, dijo: «Ve a toda prisa a ver a Abner en Filadelfia y dile: “El Maestro te envía saludos de paz y te dice que ha llegado la hora en que será entregado en manos de sus enemigos, que le darán muerte, pero que resucitará de entre los muertos y se te aparecerá en breve, antes de ir al Padre, y que entonces te dará guía hasta el momento en que el nuevo maestro venga a vivir en sus corazones”». Y cuando Jacob repitió este mensaje a satisfacción del Maestro, Jesús lo despidió, diciendo: «No temas lo que ningún hombre pueda hacerte, Jacob, porque esta noche un mensajero invisible correrá a tu lado».
182:2.6Entonces Jesús se volvió hacia el jefe de los griegos visitantes que estaban acampados con ellos, y le dijo: «Hermano mío, no te inquietes por lo que está a punto de suceder, ya que te lo he advertido de antemano. El Hijo del Hombre será muerto por instigación de sus enemigos, los principales sacerdotes y los gobernantes de los judíos, pero resucitaré para estar con ustedes un corto tiempo antes de ir al Padre. Y cuando hayas visto suceder todo esto, glorifica a Dios y fortalece a tus hermanos».
182:2.7En circunstancias ordinarias los apóstoles habrían dado personalmente las buenas noches al Maestro, pero esta noche estaban tan preocupados al darse cuenta de repente de la deserción de Judas, y tan sobrecogidos por la naturaleza inusual de la oración de despedida del Maestro, que escucharon su saludo de despedida y se fueron en silencio.
182:2.8Jesús sí le dijo esto a Andrés cuando este se apartó de su lado aquella noche: «Andrés, haz lo que puedas por mantener unidos a tus hermanos hasta que yo vuelva a ustedes después de haber bebido esta copa. Fortalece a tus hermanos, puesto que ya les he dicho todo. La paz sea contigo».
182:2.9Ninguno de los apóstoles esperaba que sucediera nada fuera de lo común aquella noche, puesto que ya era tan tarde. Buscaron el sueño para poder levantarse temprano por la mañana y estar preparados para lo peor. Pensaban que los principales sacerdotes intentarían prender a su Maestro temprano por la mañana, ya que nunca se hacía ningún trabajo secular después del mediodía en el día de preparación de la Pascua. Solo David Zebedeo y Juan Marcos comprendían que los enemigos de Jesús vendrían con Judas esa misma noche.
182:2.10David había dispuesto montar guardia aquella noche en el sendero superior que llevaba al camino de Betania a Jerusalén, mientras que Juan Marcos debía vigilar a lo largo del camino que subía junto al Cedrón hasta Getsemaní. Antes de ir a la tarea de puesto avanzado que él mismo se había impuesto, David se despidió de Jesús, diciendo: «Maestro, he tenido una gran alegría en mi servicio contigo. Mis hermanos son tus apóstoles, pero yo me he deleitado en hacer las cosas menores como deben hacerse, y te echaré de menos con todo mi corazón cuando te hayas ido». Y entonces Jesús le dijo a David: «David, hijo mío, otros han hecho lo que se les indicó que hicieran, pero este servicio lo has hecho tú por tu propio corazón, y no he dejado de tener presente tu devoción. Tú también servirás algún día conmigo en el reino eterno».
182:2.11Y luego, mientras se preparaba para ir a vigilar junto al sendero superior, David le dijo a Jesús: «Sabes, Maestro, mandé llamar a tu familia, y he recibido aviso por un mensajero de que esta noche están en Jericó. Llegarán aquí mañana temprano, antes del mediodía, ya que sería peligroso para ellos subir por el camino sangriento de noche». Y Jesús, bajando la mirada hacia David, solo dijo: «Que así sea, David».
182:2.12Cuando David subió al monte de los Olivos, Juan Marcos inició su vigilia cerca del camino que bajaba junto al arroyo hasta Jerusalén. Y Juan habría permanecido en este puesto de no ser por su gran deseo de estar cerca de Jesús y saber lo que sucedía. Poco después de que David lo dejó, y cuando Juan Marcos observó que Jesús se retiraba, con Pedro, Santiago y Juan, a un barranco cercano, se sintió tan dominado por la devoción y la curiosidad juntas que abandonó su puesto de centinela y los siguió, escondiéndose entre los arbustos, desde donde vio y oyó todo lo que ocurrió durante aquellos últimos momentos en el jardín y justo antes de que Judas y los guardias armados aparecieran para arrestar a Jesús.
182:2.13Mientras todo esto ocurría en el campamento del Maestro, Judas Iscariote conferenciaba con el capitán de los guardias del templo, que había juntado a sus hombres en preparación para salir, bajo la dirección del traidor, a arrestar a Jesús.
3. Solo en Getsemaní
182:3.1Cuando todo estuvo quieto y en silencio en el campamento, Jesús, llevando consigo a Pedro, Santiago y Juan, subió un corto trecho por un barranco cercano adonde a menudo había ido antes a orar y a estar en comunión. Los tres apóstoles no pudieron dejar de reconocer que estaba gravemente oprimido; nunca antes habían visto a su Maestro tan agobiado y triste. Cuando llegaron al lugar de sus devociones, pidió a los tres que se sentaran y velaran con él mientras se alejaba como a un tiro de piedra para orar. Y después de postrarse rostro en tierra, oró: «Padre mío, vine a este mundo para hacer tu voluntad, y así lo he hecho. Sé que ha llegado la hora de entregar esta vida en la carne, y no retrocedo ante ello, pero quisiera saber que es tu voluntad que yo beba esta copa. Envíame la seguridad de que te complaceré en mi muerte así como te he complacido en mi vida».
182:3.2El Maestro permaneció en actitud de oración durante unos momentos, y luego, al acercarse a los tres apóstoles, los encontró profundamente dormidos, porque sus ojos estaban cargados y no podían mantenerse despiertos. Mientras Jesús los despertaba, dijo: «¡Qué!, ¿no pueden velar conmigo ni siquiera una hora? ¿No ven que mi alma está muy triste, hasta la muerte, y que anhelo su compañía?». Después de que los tres despertaron de su sueño, el Maestro se apartó de nuevo a solas y, cayendo en tierra, oró otra vez: «Padre, sé que es posible evitar esta copa —todas las cosas son posibles para ti—, pero he venido a hacer tu voluntad, y aunque esta es una copa amarga, la bebería si es tu voluntad». Y después de orar así, un ángel poderoso descendió a su lado y, hablándole, lo tocó y lo fortaleció.
182:3.3Cuando Jesús volvió para hablar con los tres apóstoles, de nuevo los encontró profundamente dormidos. Los despertó, diciendo: «En una hora como esta necesito que velen y oren conmigo —tanto más necesitan ustedes orar para no entrar en tentación—; ¿por qué se duermen cuando los dejo?».
182:3.4Y entonces, por tercera vez, el Maestro se retiró y oró: «Padre, ves a mis apóstoles dormidos; ten misericordia de ellos. El espíritu ciertamente está dispuesto, pero la carne es débil. Y ahora, oh Padre, si esta copa no puede pasar, entonces la beberé. Que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Y cuando terminó de orar, quedó por un momento postrado en tierra. Cuando se levantó y volvió a sus apóstoles, una vez más los encontró dormidos. Los contempló y, con un gesto compasivo, les dijo con ternura: «Duerman ahora y descansen; el tiempo de la decisión ha pasado. Ya está sobre nosotros la hora en que el Hijo del Hombre será entregado a traición en manos de sus enemigos». Al inclinarse para sacudirlos y despertarlos, dijo: «Levántense, volvamos al campamento, porque, miren, el que me traiciona está cerca, y ha llegado la hora en que mi rebaño será dispersado. Pero ya les he hablado de estas cosas».
182:3.5Durante los años en que Jesús vivió entre sus seguidores, estos tuvieron, en efecto, muchas pruebas de su naturaleza divina, pero ahora mismo están a punto de presenciar nuevas evidencias de su humanidad. Justo antes de la más grande de todas las revelaciones de su divinidad, su resurrección, deben venir ahora las más grandes pruebas de su naturaleza mortal, su humillación y su crucifixión.
182:3.6Cada vez que oraba en el jardín, su humanidad se aferraba por la fe con más firmeza a su divinidad; su voluntad humana se hacía más plenamente una con la voluntad divina de su Padre. Entre otras palabras que le dijo el ángel poderoso estaba el mensaje de que el Padre deseaba que su Hijo terminara su otorgamiento en la tierra pasando por la experiencia de la muerte propia de las criaturas, así como todas las criaturas mortales deben experimentar la disolución material al pasar de la existencia del tiempo a la progresión de la eternidad.
182:3.7Más temprano en la noche no le había parecido tan difícil beber la copa, pero cuando el Jesús humano se despidió de sus apóstoles y los envió a descansar, la prueba se hizo más espantosa. Jesús experimentó ese flujo y reflujo natural de los sentimientos que es común a toda experiencia humana, y en ese momento estaba cansado del trabajo, agotado por las largas horas de arduo esfuerzo y de dolorosa ansiedad por la seguridad de sus apóstoles. Aunque ningún mortal puede pretender comprender los pensamientos y los sentimientos del Hijo de Dios encarnado en un momento como este, sabemos que soportó una gran angustia y sufrió una tristeza indecible, porque el sudor le corría por el rostro en grandes gotas. Al fin estaba convencido de que el Padre tenía la intención de permitir que los acontecimientos naturales siguieran su curso; estaba plenamente decidido a no emplear nada de su poder soberano como cabeza suprema de un universo para salvarse a sí mismo.
182:3.8Las huestes reunidas de una vasta creación se ciernen ahora sobre esta escena bajo el mando conjunto transitorio de Gabriel y del Ajustador Personalizado de Jesús. Los comandantes de división de estos ejércitos del cielo han sido advertidos repetidamente de que no interfieran en estos acontecimientos de la tierra a menos que Jesús mismo les ordene intervenir.
182:3.9La experiencia de separarse de los apóstoles fue una gran tensión para el corazón humano de Jesús; esta tristeza del amor pesaba sobre él y le hacía más difícil afrontar una muerte como la que bien sabía que le esperaba. Se daba cuenta de lo débiles y lo ignorantes que eran sus apóstoles, y temía dejarlos. Bien sabía que había llegado el tiempo de su partida, pero su corazón humano anhelaba averiguar si no habría quizás alguna vía legítima de escape de esta terrible situación de sufrimiento y tristeza. Y cuando así buscó una salida, y fracasó, estuvo dispuesto a beber la copa. La mente divina de Miguel sabía que había hecho lo mejor posible por los doce apóstoles; pero el corazón humano de Jesús deseaba que se hubiera podido hacer más por ellos antes de que quedaran solos en el mundo. El corazón de Jesús estaba siendo aplastado; amaba de verdad a sus hermanos. Estaba aislado de su familia en la carne; uno de sus asociados escogidos lo estaba traicionando. El pueblo de su padre José lo había rechazado y con ello había sellado su destino como pueblo con una misión especial en la tierra. Su alma estaba torturada por el amor frustrado y la misericordia rechazada. Era justamente uno de esos terribles momentos humanos en que todo parece abatirse con una crueldad aplastante y una agonía terrible.
182:3.10La humanidad de Jesús no era insensible a esta situación de soledad privada, de vergüenza pública y de apariencia de fracaso de su causa. Todos estos sentimientos pesaban sobre él con una pesadez indescriptible. En esta gran tristeza su mente volvió a los días de su niñez en Nazaret y a su primera obra en Galilea. En el momento de esta gran prueba acudieron a su mente muchas de aquellas escenas agradables de su ministerio terrenal. Y fue con estos viejos recuerdos de Nazaret, de Cafarnaúm, del monte Hermón y de la salida y la puesta del sol sobre el reluciente mar de Galilea con lo que se consoló mientras hacía su corazón humano fuerte y dispuesto para enfrentarse al traidor que tan pronto lo traicionaría.
182:3.11Antes de que llegaran Judas y los soldados, el Maestro había recobrado plenamente su aplomo habitual; el espíritu había triunfado sobre la carne; la fe se había impuesto sobre todas las tendencias humanas a temer o a albergar dudas. La prueba suprema de la plena realización de la naturaleza humana había sido afrontada y superada de manera aceptable. Una vez más el Hijo del Hombre estaba preparado para enfrentarse a sus enemigos con ecuanimidad y con la plena seguridad de su invencibilidad como hombre mortal entregado sin reservas a hacer la voluntad de su Padre.