Parte IV · Documento 177
El miércoles, el día de descanso
177:0.1CUANDO la labor de enseñar al pueblo no los apremiaba, Jesús y sus apóstoles tenían la costumbre de descansar de sus tareas cada miércoles. Este miércoles en particular desayunaron algo más tarde que de costumbre, y un silencio ominoso llenaba el campamento; se habló poco durante la primera mitad de esta comida de la mañana. Por fin Jesús habló: «Deseo que descansen hoy. Tómense tiempo para pensar en todo lo que ha sucedido desde que vinimos a Jerusalén y para meditar en lo que está justo por delante, de lo cual les he hablado con claridad. Asegúrense de que la verdad permanezca en sus vidas y de que cada día crezcan en la gracia».
177:0.2Después del desayuno el Maestro informó a Andrés que tenía la intención de ausentarse durante el día y sugirió que se permitiera a los apóstoles pasar el tiempo como ellos mismos eligieran, salvo que en ninguna circunstancia debían entrar por las puertas de Jerusalén.
177:0.3Cuando Jesús se preparaba para ir solo a las colinas, David Zebedeo lo abordó y le dijo: «Bien sabes, Maestro, que los fariseos y los gobernantes procuran destruirte, y aun así te preparas para ir solo a las colinas. Hacer esto es una locura; por eso enviaré contigo a tres hombres bien preparados para cuidar de que no te suceda ningún daño». Jesús miró a los tres galileos, robustos y bien armados, y dijo a David: «Tienes buena intención, pero te equivocas, porque no comprendes que el Hijo del Hombre no necesita que nadie lo defienda. Nadie pondrá las manos sobre mí hasta la hora en que yo esté dispuesto a entregar mi vida conforme a la voluntad de mi Padre. Estos hombres no pueden acompañarme. Deseo ir solo, para comulgar con el Padre».
177:0.4Al oír estas palabras, David y sus guardias armados se retiraron; pero cuando Jesús partió solo, Juan Marcos se adelantó con una pequeña cesta que contenía comida y agua, y le sugirió que, si pensaba estar fuera todo el día, tal vez llegaría a tener hambre. El Maestro le sonrió a Juan y se inclinó para tomar la cesta.
1. Un día a solas con Dios
177:1.1Cuando Jesús estaba a punto de tomar de la mano de Juan la cesta del almuerzo, el joven se atrevió a decir: «Pero, Maestro, puede que dejes la cesta en el suelo mientras te apartas para orar y sigas adelante sin ella. Además, si yo fuera contigo para llevar el almuerzo, tendrías más libertad para adorar, y te aseguro que guardaré silencio. No haré preguntas y me quedaré junto a la cesta cuando te apartes tú solo para orar».
177:1.2Mientras pronunciaba estas palabras, cuya osadía asombró a algunos de los que escuchaban cerca, Juan se había atrevido a seguir sujetando la cesta. Allí estaban los dos, Juan y Jesús, sosteniendo la cesta. Al poco rato el Maestro la soltó y, mirando hacia abajo al muchacho, dijo: «Ya que con todo tu corazón anhelas venir conmigo, no se te negará. Iremos aparte nosotros solos y conversaremos a gusto. Puedes hacerme cualquier pregunta que surja en tu corazón, y nos confortaremos y consolaremos el uno al otro. Puedes empezar llevando tú el almuerzo, y cuando te canses, yo te ayudaré. Ven conmigo».
177:1.3Jesús no regresó al campamento aquella noche hasta después de la puesta del sol. El Maestro pasó este último día de quietud en la tierra conversando con este joven hambriento de verdad y hablando con su Padre del Paraíso. Este acontecimiento ha llegado a conocerse en lo alto como «el día que un joven pasó con Dios en las colinas». Esta ocasión ilustra para siempre la disposición del Creador a tener compañerismo con la criatura. Aun un joven, si el deseo del corazón es verdaderamente supremo, puede ganarse la atención y disfrutar de la compañía amorosa del Dios de un universo, experimentar en verdad el éxtasis inolvidable de estar a solas con Dios en las colinas, y durante un día entero. Y tal fue la experiencia única de Juan Marcos en este miércoles en las colinas de Judea.
177:1.4Jesús conversó mucho con Juan y habló con libertad de los asuntos de este mundo y del siguiente. Juan le contó a Jesús cuánto lamentaba no haber tenido edad suficiente para ser uno de los apóstoles, y expresó su gran agradecimiento porque se le había permitido seguirlos desde su primera predicación en el vado del Jordán cerca de Jericó, salvo en el viaje a Fenicia. Jesús advirtió al muchacho que no se desanimara por los acontecimientos inminentes y le aseguró que viviría para llegar a ser un poderoso mensajero del reino.
177:1.5Juan Marcos se emocionaba con el recuerdo de este día con Jesús en las colinas, pero nunca olvidó la advertencia final del Maestro, dicha justo cuando estaban a punto de regresar al campamento de Getsemaní, cuando le dijo: «Bien, Juan, hemos conversado a gusto, ha sido un verdadero día de descanso, pero cuida de no contar a nadie las cosas que te he dicho». Y Juan Marcos nunca reveló nada de lo que ocurrió en este día que pasó con Jesús en las colinas.
177:1.6Durante las pocas horas que le quedaban a Jesús de vida en la tierra, Juan Marcos nunca permitió que el Maestro estuviera mucho tiempo fuera de su vista. El muchacho siempre estaba escondido cerca; dormía solo cuando Jesús dormía.
2. La vida en el hogar en los primeros años
177:2.1En el curso de la conversación de este día con Juan Marcos, Jesús dedicó bastante tiempo a comparar las experiencias de su primera infancia y de su niñez posterior. Aunque los padres de Juan poseían más bienes de este mundo que los que habían tenido los padres de Jesús, hubo mucho en la experiencia de su niñez que era muy parecido. Jesús dijo muchas cosas que ayudaron a Juan a comprender mejor a sus padres y a otros miembros de su familia. Cuando el muchacho le preguntó al Maestro cómo podía saber que él llegaría a ser un «poderoso mensajero del reino», Jesús dijo:
177:2.2«Sé que demostrarás ser leal al evangelio del reino porque puedo contar con tu fe y tu amor de ahora, ya que estas cualidades se fundan en una formación temprana como la que te ha tocado en tu hogar. Eres el fruto de un hogar donde los padres se tienen un afecto sincero, y por eso no se te ha amado en exceso de un modo que exalte dañinamente tu concepto de tu propia importancia. Tampoco ha sufrido tu personalidad una deformación a causa de las maniobras sin amor de tus padres para ganarse tu confianza y tu lealtad, el uno contra el otro. Has disfrutado de ese amor de los padres que asegura una confianza en ti mismo digna de elogio y que fomenta sentimientos normales de seguridad. Pero también has tenido la fortuna de que tus padres poseyeran sabiduría además de amor; y fue la sabiduría la que los llevó a negarte la mayoría de las formas de complacencia y muchos de los lujos que la riqueza puede comprar, mientras te enviaban a la escuela de la sinagoga junto con tus compañeros de juego del vecindario, y también te animaron a aprender a vivir en este mundo al permitirte tener una experiencia propia. Viniste al Jordán, donde nosotros predicábamos y los discípulos de Juan bautizaban, con tu joven amigo Amós. Los dos deseaban venir con nosotros. Cuando volviste a Jerusalén, tus padres dieron su consentimiento; los padres de Amós se negaron; amaban tanto a su hijo que le negaron la bendita experiencia que tú has tenido, como la que hoy mismo disfrutas. Si se hubiera escapado de casa, Amós podría haberse unido a nosotros, pero al hacerlo habría herido el amor y sacrificado la lealtad. Aun si tal proceder hubiera sido sabio, habría sido un precio terrible que pagar por la experiencia, la independencia y la libertad. Los padres sabios, como los tuyos, cuidan de que sus hijos no tengan que herir el amor ni ahogar la lealtad para desarrollar la independencia y disfrutar de una libertad vigorizante cuando han llegado a tu edad.
177:2.3«El amor, Juan, es la realidad suprema del universo cuando lo otorgan seres omnisapientes, pero es un rasgo peligroso y a menudo semiegoísta tal como se manifiesta en la experiencia de los padres mortales. Cuando te cases y tengas hijos propios que criar, asegúrate de que tu amor esté amonestado por la sabiduría y guiado por la inteligencia.
177:2.4«Tu joven amigo Amós cree en este evangelio del reino tanto como tú, pero no puedo contar plenamente con él; no estoy seguro de lo que hará en los años venideros. La vida de su hogar en sus primeros años no fue tal que pudiera producir una persona del todo confiable. Amós se parece demasiado a uno de los apóstoles que no gozó en su hogar de una formación normal, amorosa y sabia. Toda tu vida posterior será más feliz y más confiable porque pasaste tus primeros ocho años en un hogar normal y bien ordenado. Posees un carácter fuerte y bien formado porque creciste en un hogar donde prevalecía el amor y reinaba la sabiduría. Una formación así en la niñez produce un tipo de lealtad que me asegura que llevarás hasta el final el camino que has comenzado».
177:2.5Durante más de una hora Jesús y Juan continuaron esta conversación sobre la vida en el hogar. El Maestro siguió explicando a Juan cómo un niño depende por completo de sus padres y de la vida del hogar asociada a ellos para todos sus primeros conceptos de todo lo intelectual, social, moral e incluso espiritual, ya que la familia representa para el niño pequeño todo lo que él puede conocer primero de las relaciones humanas o divinas. El niño tiene que obtener del cuidado de la madre sus primeras impresiones del universo; depende por completo del padre terrenal para sus primeras ideas del Padre celestial. La vida posterior del niño se vuelve feliz o infeliz, fácil o difícil, de acuerdo con su vida mental y emocional temprana, condicionada por estas relaciones sociales y espirituales del hogar. Toda la vida posterior de un ser humano recibe una enorme influencia de lo que sucede durante los primeros años de su existencia.
177:2.6Creemos sinceramente que el evangelio de la enseñanza de Jesús, fundado como está en la relación padre-hijo, difícilmente podrá gozar de una aceptación mundial hasta que la vida del hogar de los pueblos civilizados modernos abarque más amor y más sabiduría. Aunque los padres del siglo veinte poseen grandes conocimientos y una verdad mayor para mejorar el hogar y ennoblecer la vida del hogar, sigue siendo un hecho que muy pocos hogares modernos son lugares tan buenos para criar a niños y niñas como el hogar de Jesús en Galilea y el hogar de Juan Marcos en Judea, si bien la aceptación del evangelio de Jesús traerá como resultado la mejora inmediata de la vida del hogar. La vida de amor de un hogar sabio y la devoción leal de la verdadera religión ejercen una profunda influencia recíproca la una sobre la otra. Una vida de hogar así realza la religión, y la religión genuina siempre glorifica el hogar.
177:2.7Es cierto que muchas de las influencias objetables que frenaban el crecimiento y otros rasgos restrictivos de aquellos antiguos hogares judíos se han eliminado casi por completo de muchos de los hogares modernos mejor ordenados. Hay, en efecto, más libertad espontánea y mucha más libertad personal, pero esta libertad no está refrenada por el amor, ni motivada por la lealtad, ni dirigida por la disciplina inteligente de la sabiduría. Mientras enseñemos al niño a orar: «Padre nuestro que estás en el cielo», recae sobre todos los padres terrenales una tremenda responsabilidad de vivir y ordenar sus hogares de tal modo que la palabra padre quede dignamente consagrada en la mente y el corazón de todos los niños que crecen.
3. El día en el campamento
177:3.1Los apóstoles pasaron la mayor parte de este día paseando por el monte de los Olivos y conversando con los discípulos que acampaban con ellos, pero a primera hora de la tarde empezaron a desear mucho ver regresar a Jesús. A medida que avanzaba el día, se inquietaron cada vez más por su seguridad; se sentían indeciblemente solos sin él. Hubo mucha discusión a lo largo del día sobre si se debió haber permitido al Maestro irse solo a las colinas, acompañado únicamente por un muchacho de los recados. Aunque nadie expresó así abiertamente sus pensamientos, no hubo uno solo de ellos, salvo Judas Iscariote, que no deseara estar en el lugar de Juan Marcos.
177:3.2Fue hacia la mitad de la tarde cuando Natanael pronunció su discurso sobre el «Deseo supremo» ante una media docena de apóstoles y otros tantos discípulos, y su conclusión fue esta: «Lo que nos pasa a la mayoría de nosotros es que solo nos entregamos a medias. No amamos al Maestro como él nos ama. Si todos hubiéramos querido ir con él tanto como lo quiso Juan Marcos, sin duda nos habría llevado a todos. Nos quedamos mirando mientras el muchacho se acercaba al Maestro y le ofrecía la cesta, pero cuando el Maestro la tomó, el muchacho no quiso soltarla. Y así el Maestro nos dejó aquí mientras él se iba a las colinas con cesta, muchacho y todo».
177:3.3Hacia las cuatro, llegaron unos corredores a David Zebedeo con noticias de su madre en Betsaida y de la madre de Jesús. Varios días antes David había llegado a la conclusión de que los principales sacerdotes y los gobernantes iban a matar a Jesús. David sabía que estaban resueltos a destruir al Maestro, y estaba casi convencido de que Jesús no ejercería su poder divino para salvarse ni permitiría que sus seguidores emplearan la fuerza en su defensa. Una vez llegado a estas conclusiones, no perdió tiempo en despachar un mensajero a su madre, instándola a venir de inmediato a Jerusalén y a traer a María, la madre de Jesús, y a todos los miembros de su familia.
177:3.4La madre de David hizo lo que su hijo le pidió, y ahora los corredores volvían a David con la noticia de que su madre y toda la familia de Jesús estaban de camino a Jerusalén y debían llegar en algún momento al final del día siguiente o muy temprano a la mañana siguiente. Como David hizo esto por su propia iniciativa, creyó prudente guardarse el asunto para sí. Por eso no dijo a nadie que la familia de Jesús estaba de camino a Jerusalén.
177:3.5Poco después del mediodía, más de veinte de los griegos que se habían reunido con Jesús y los doce en la casa de José de Arimatea llegaron al campamento, y Pedro y Juan pasaron varias horas en conversación con ellos. Estos griegos, al menos algunos de ellos, estaban bien avanzados en el conocimiento del reino, pues los había instruido Rodan en Alejandría.
177:3.6Aquella noche, después de regresar al campamento, Jesús conversó con los griegos, y de no haber sido porque tal proceder habría perturbado mucho a sus apóstoles y a muchos de sus principales discípulos, habría ordenado a estos veinte griegos, tal como había ordenado a los setenta.
177:3.7Mientras sucedía todo esto en el campamento, en Jerusalén los principales sacerdotes y los ancianos estaban asombrados de que Jesús no volviera a hablar a las multitudes. Es cierto que el día anterior, al salir del templo, había dicho: «Les dejo su casa desolada». Pero no podían entender por qué estaría dispuesto a renunciar a la gran ventaja que había logrado con la actitud amistosa de las multitudes. Aunque temían que provocara un tumulto entre el pueblo, las últimas palabras del Maestro a la multitud habían sido una exhortación a someterse de toda manera razonable a la autoridad de aquellos «que se sientan en el asiento de Moisés». Pero fue un día de mucha actividad en la ciudad, pues a la vez se preparaban para la Pascua y perfeccionaban sus planes para destruir a Jesús.
177:3.8No vino mucha gente al campamento, pues todos los que sabían que Jesús esperaba quedarse allí en lugar de ir a Betania cada noche habían guardado bien el secreto de su existencia.
4. Judas y los principales sacerdotes
177:4.1Poco después de que Jesús y Juan Marcos salieran del campamento, Judas Iscariote desapareció de entre sus hermanos, y no regresó hasta el final de la tarde. Este apóstol confundido y descontento, a pesar de la petición expresa de su Maestro de que se abstuvieran de entrar en Jerusalén, fue a toda prisa a acudir a su cita con los enemigos de Jesús en la casa de Caifás, el sumo sacerdote. Esta fue una reunión informal del Sanedrín y se había fijado para poco después de las diez de aquella mañana. Esta reunión se convocó para discutir la naturaleza de los cargos que debían presentarse contra Jesús y para decidir el procedimiento que se emplearía para llevarlo ante las autoridades romanas con el fin de obtener la necesaria confirmación civil de la sentencia de muerte que ya habían dictado contra él.
177:4.2El día anterior Judas había revelado a algunos de sus parientes y a ciertos amigos saduceos de la familia de su padre que había llegado a la conclusión de que, aunque Jesús era un soñador e idealista bienintencionado, no era el libertador esperado de Israel. Judas declaró que le gustaría mucho encontrar alguna manera de retirarse con elegancia de todo el movimiento. Sus amigos le aseguraron con halagos que los gobernantes judíos celebrarían su retirada como un gran acontecimiento, y que nada sería demasiado bueno para él. Le hicieron creer que recibiría de inmediato altos honores del Sanedrín, y que por fin estaría en condiciones de borrar el estigma de su bienintencionada pero «desafortunada asociación con galileos incultos».
177:4.3Judas no podía llegar a creer del todo que las obras poderosas del Maestro se hubieran realizado por el poder del príncipe de los demonios, pero ahora estaba plenamente convencido de que Jesús no ejercería su poder para engrandecerse a sí mismo; por fin estaba convencido de que Jesús se dejaría destruir por los gobernantes judíos, y no podía soportar el pensamiento humillante de que se le identificara con un movimiento de derrota. Se negaba a admitir la idea de un fracaso aparente. Comprendía a fondo el carácter firme de su Maestro y la agudeza de aquella mente majestuosa y misericordiosa, y sin embargo sentía placer al dar cabida, aunque fuera en parte, a la sugerencia de uno de sus parientes de que Jesús, aunque era un fanático bienintencionado, probablemente no estaba en realidad sano de mente; de que siempre había parecido una persona extraña e incomprendida.
177:4.4Y ahora, como nunca antes, Judas notó que se llenaba de un extraño resentimiento porque Jesús nunca le había asignado un puesto de mayor honor. Todo el tiempo había apreciado el honor de ser el tesorero apostólico, pero ahora empezaba a sentir que no se le apreciaba; que no se reconocían sus capacidades. De pronto lo dominó la indignación de que Pedro, Santiago y Juan hubieran sido honrados con una estrecha asociación con Jesús, y en este momento, cuando iba de camino a la casa del sumo sacerdote, estaba más empeñado en desquitarse de Pedro, Santiago y Juan que preocupado por cualquier idea de traicionar a Jesús. Pero por encima de todo, justo entonces, un pensamiento nuevo y dominante empezó a ocupar el primer plano de su mente consciente: se había propuesto obtener honor para sí mismo, y si esto podía lograrse al mismo tiempo que se desquitaba de quienes habían contribuido a la mayor decepción de su vida, tanto mejor. Se apoderó de él una terrible conspiración de confusión, orgullo, desesperación y determinación. Y así debe quedar claro que no era por dinero por lo que Judas iba entonces de camino a la casa de Caifás para concertar la traición a Jesús.
177:4.5Al acercarse a la casa de Caifás, Judas llegó a la decisión final de abandonar a Jesús y a sus compañeros apóstoles; y una vez resuelto así a desertar de la causa del reino de los cielos, estaba decidido a asegurarse para sí la mayor parte posible de aquel honor y aquella gloria que había pensado que algún día serían suyos cuando se identificó por primera vez con Jesús y el nuevo evangelio del reino. Todos los apóstoles compartieron una vez esta ambición con Judas, pero con el paso del tiempo aprendieron a admirar la verdad y a amar a Jesús, al menos más de lo que lo hizo Judas.
177:4.6El traidor fue presentado a Caifás y a los gobernantes judíos por su primo, quien explicó que Judas, al descubrir su error de haberse dejado engañar por la sutil enseñanza de Jesús, había llegado al punto en que deseaba renunciar pública y formalmente a su asociación con el galileo y, al mismo tiempo, pedir que se le devolviera la confianza y el compañerismo de sus hermanos de Judea. Este portavoz de Judas siguió explicando que Judas reconocía que sería mejor para la paz de Israel que Jesús fuera puesto bajo custodia, y que, como muestra de su pesar por haber participado en tal movimiento de error y como prueba de su sinceridad al volver ahora a las enseñanzas de Moisés, había venido a ofrecerse al Sanedrín como alguien que podía concertar con el capitán que tenía las órdenes de arresto de Jesús que lo pusieran bajo custodia sin ruido, evitando así todo peligro de agitar a las multitudes o la necesidad de aplazar su arresto hasta después de la Pascua.
177:4.7Cuando su primo terminó de hablar, presentó a Judas, quien, adelantándose cerca del sumo sacerdote, dijo: «Todo lo que mi primo ha prometido, lo haré, pero ¿qué están dispuestos a darme por este servicio?». Judas no pareció percibir la mirada de desdén e incluso de asco que apareció en el rostro del duro de corazón y vanaglorioso Caifás; su corazón estaba demasiado puesto en su propia gloria y en el ansia de satisfacer su autoexaltación.
177:4.8Y entonces Caifás miró desde lo alto al traidor mientras decía: «Judas, ve tú al capitán de la guardia y concierta con ese oficial que nos traiga a tu Maestro, sea esta noche o mañana por la noche, y cuando tú lo hayas entregado en nuestras manos, recibirás tu recompensa por este servicio». Cuando Judas oyó esto, salió de la presencia de los principales sacerdotes y gobernantes y deliberó con el capitán de los guardias del templo sobre la manera en que se apresaría a Jesús. Judas sabía que Jesús estaba entonces ausente del campamento y no tenía idea de cuándo volvería aquella noche, así que acordaron entre ellos arrestar a Jesús la noche siguiente (jueves), después de que la gente de Jerusalén y todos los peregrinos visitantes se hubieran retirado a descansar.
177:4.9Judas volvió con sus compañeros al campamento embriagado con pensamientos de grandeza y gloria como no los había tenido en muchos días. Se había unido a Jesús con la esperanza de llegar algún día a ser un gran hombre en el nuevo reino. Por fin se dio cuenta de que no iba a haber un nuevo reino como el que él había previsto. Pero se alegraba de ser tan sagaz como para cambiar su decepción por no alcanzar la gloria en un esperado reino nuevo por la obtención inmediata de honor y recompensa en el viejo orden, que ahora creía que sobreviviría, y que estaba seguro de que destruiría a Jesús y todo lo que él representaba. En su último motivo de intención consciente, la traición de Judas a Jesús fue el acto cobarde de un desertor egoísta cuyo único pensamiento era su propia seguridad y glorificación, sin importar cuáles pudieran ser los resultados de su conducta para su Maestro y para sus antiguos compañeros.
177:4.10Pero siempre había sido exactamente así. Judas llevaba mucho tiempo entregado a esta conciencia deliberada, persistente, egoísta y vengativa de ir construyendo poco a poco en su mente, y de albergar en su corazón, estos odiosos y malos deseos de venganza y deslealtad. Jesús amaba a Judas y confiaba en él tal como amaba a los demás apóstoles y confiaba en ellos, pero Judas no llegó a desarrollar una confianza leal ni a experimentar un amor de todo corazón como respuesta. ¡Y cuán peligrosa puede llegar a ser la ambición cuando se une por completo a la búsqueda del propio interés y la motiva de modo supremo una venganza hosca y largamente reprimida! ¡Qué cosa tan aplastante es la decepción en la vida de aquellas personas necias que, al fijar la mirada en los atractivos insustanciales y evanescentes del tiempo, se vuelven ciegas a los logros más elevados y más reales de las consecuciones perdurables de los mundos eternos de los valores divinos y de las verdaderas realidades espirituales! Judas ansiaba en su mente el honor mundano y llegó a amar este deseo con todo su corazón; los demás apóstoles también ansiaban en su mente este mismo honor mundano, pero con su corazón amaban a Jesús y hacían todo lo posible por aprender a amar las verdades que él les enseñaba.
177:4.11Judas no se daba cuenta de ello en ese momento, pero había sido un crítico subconsciente de Jesús desde que Juan el Bautista fue decapitado por Herodes. En lo profundo de su corazón Judas siempre resintió que Jesús no salvara a Juan. No deben olvidar que Judas había sido discípulo de Juan antes de hacerse seguidor de Jesús. Y todas estas acumulaciones de resentimiento humano y de amarga decepción que Judas había guardado en su alma con vestiduras de odio estaban ahora bien organizadas en su mente subconsciente y listas para surgir y engullirlo en cuanto se atreviera a separarse de la influencia sustentadora de sus hermanos, mientras al mismo tiempo se exponía a las astutas insinuaciones y a la sutil burla de los enemigos de Jesús. Cada vez que Judas dejaba que sus esperanzas se elevaran alto y Jesús hacía o decía algo que las hacía añicos, quedaba siempre en el corazón de Judas una cicatriz de amargo resentimiento; y a medida que estas cicatrices se multiplicaban, al cabo aquel corazón, tantas veces herido, perdió todo afecto real por aquel que había infligido esta experiencia desagradable a una personalidad bienintencionada pero cobarde y egocéntrica. Judas no se daba cuenta, pero era un cobarde. Por eso siempre se inclinaba a atribuir a Jesús la cobardía como el motivo que lo llevaba tantas veces a negarse a tomar el poder o la gloria cuando estaban en apariencia a su fácil alcance. Y todo hombre mortal sabe muy bien cómo el amor, aun cuando haya sido genuino alguna vez, puede, a través de la decepción, los celos y un resentimiento prolongado, transformarse con el tiempo en un odio verdadero.
177:4.12Por fin los principales sacerdotes y los ancianos pudieron respirar tranquilos durante unas horas. No tendrían que arrestar a Jesús en público, y haberse asegurado a Judas como aliado traidor garantizaba que Jesús no escaparía de su jurisdicción como lo había hecho tantas veces en el pasado.
5. La última hora social
177:5.1Como era miércoles, esta noche en el campamento fue una hora social. El Maestro se esforzó por animar a sus apóstoles abatidos, pero eso era casi imposible. Todos empezaban a darse cuenta de que se avecinaban acontecimientos desconcertantes y aplastantes. No podían estar alegres, ni siquiera cuando el Maestro recordaba sus años de asociación agitada y amorosa. Jesús preguntó con cuidado por las familias de todos los apóstoles y, mirando hacia David Zebedeo, preguntó si alguien había tenido noticias recientes de su madre, de su hermana menor o de otros miembros de su familia. David bajó la mirada a sus pies; tenía miedo de responder.
177:5.2Esta fue la ocasión en que Jesús advirtió a sus seguidores que se cuidaran del apoyo de la multitud. Les recordó sus experiencias en Galilea, cuando una y otra vez grandes muchedumbres los seguían con entusiasmo y luego, con el mismo ardor, se volvían contra ellos y regresaban a sus antiguas maneras de creer y de vivir. Y luego dijo: «Por eso no deben dejarse engañar por las grandes multitudes que nos oyeron en el templo y que parecían creer nuestras enseñanzas. Estas multitudes escuchan la verdad y la creen superficialmente con la mente, pero pocos de ellos permiten que la palabra de verdad penetre en el corazón con raíces vivas. No se puede contar con el apoyo de quienes conocen el evangelio solo con la mente, y no lo han experimentado en el corazón, cuando lleguen verdaderos problemas. Cuando los gobernantes de los judíos lleguen a un acuerdo para destruir al Hijo del Hombre, y cuando golpeen de común acuerdo, verán a la multitud o bien huir consternada o bien quedarse quieta en silencioso asombro mientras estos gobernantes enloquecidos y cegados llevan a la muerte a los maestros de la verdad del evangelio. Y luego, cuando la adversidad y la persecución caigan sobre ustedes, otros más que ustedes creen que aman la verdad se dispersarán, y algunos renunciarán al evangelio y los abandonarán. Algunos que han estado muy cerca de nosotros ya han decidido desertar. Hoy han descansado como preparación para esos tiempos que ya están sobre nosotros. Velen, por tanto, y oren para que mañana sean fortalecidos para los días que están justo por delante».
177:5.3La atmósfera del campamento estaba cargada de una tensión inexplicable. Mensajeros silenciosos iban y venían y se comunicaban solo con David Zebedeo. Antes de que terminara la noche, algunos sabían que Lázaro había huido a toda prisa de Betania. Juan Marcos guardaba un silencio ominoso después de volver al campamento, a pesar de que había pasado el día entero en compañía del Maestro. Todo esfuerzo por convencerlo de hablar solo indicaba con claridad que Jesús le había dicho que no hablara.
177:5.4Incluso el buen ánimo del Maestro y su sociabilidad poco común los asustaban. Todos sentían que se acercaba sobre ellos, con certeza, el terrible aislamiento que, se daban cuenta, estaba a punto de caer con una brusquedad demoledora y un terror ineludible. Percibían vagamente lo que se avecinaba, y ninguno se sentía preparado para afrontar la prueba. El Maestro había estado fuera todo el día; lo habían echado muchísimo de menos.
177:5.5Esta noche del miércoles fue el punto de marea más baja de su estado espiritual hasta la hora misma de la muerte del Maestro. Aunque el día siguiente era un día más cerca del trágico viernes, aun así, él estaba con ellos, y pasaron sus horas de ansiedad con más entereza.
177:5.6Era justo antes de la medianoche cuando Jesús, sabiendo que esta sería la última noche que dormiría entera con su familia elegida en la tierra, dijo, al despedirlos para la noche: «Vayan a dormir, hermanos míos, y que la paz esté con ustedes hasta que nos levantemos mañana, un día más para hacer la voluntad del Padre y experimentar la alegría de saber que somos sus hijos».