Parte IV · Documento 169

Última enseñanza en Pella

169:0.1YA TARDE, el lunes 6 de marzo por la noche, Jesús y los diez apóstoles llegaron al campamento de Pella. Esta fue la última semana de la estancia de Jesús allí, y estuvo muy activo enseñando a la multitud e instruyendo a los apóstoles. Predicaba cada tarde a las multitudes y cada noche respondía a las preguntas de los apóstoles y de algunos de los discípulos más avanzados que residían en el campamento.

169:0.2La noticia de la resurrección de Lázaro había llegado al campamento dos días antes de la llegada del Maestro, y toda la asamblea estaba conmocionada. Desde la alimentación de los cinco mil no había ocurrido nada que excitara tanto la imaginación del pueblo. Y así fue que, en el punto culminante de la segunda fase del ministerio público del reino, Jesús planeó enseñar esta única y breve semana en Pella y luego comenzar la gira por el sur de Perea, que condujo directamente a las experiencias finales y trágicas de la última semana en Jerusalén.

169:0.3Los fariseos y los principales sacerdotes habían comenzado a formular sus cargos y a concretar sus acusaciones. Objetaban las enseñanzas del Maestro por estos motivos:

169:0.41. Es amigo de publicanos y pecadores; recibe a los impíos e incluso come con ellos.

169:0.52. Es un blasfemo; habla de Dios como si fuera su Padre y se cree igual a Dios.

169:0.63. Es un infractor de la ley. Sana enfermedades en sábado y desprecia de muchas otras maneras la ley sagrada de Israel.

169:0.74. Está aliado con los demonios. Hace prodigios y obra milagros aparentes por el poder de Belcebú, el príncipe de los demonios.

1. Parábola del hijo perdido

169:1.1Fue el jueves por la tarde cuando Jesús habló a la multitud acerca de la «Gracia de la Salvación». Mientras predicaba este sermón, narró otra vez el relato de la oveja perdida y de la moneda perdida, y a continuación agregó la parábola del hijo pródigo, que era su favorita. Jesús se expresó así:

169:1.2«Los profetas, desde Samuel hasta Juan, los han exhortado a buscar a Dios, a buscar la verdad. Siempre han dicho: “Busquen al Señor mientras puede ser hallado”. Y toda esa enseñanza deben tomarla a pecho. Pero yo he venido a mostrarles que, mientras ustedes buscan encontrar a Dios, Dios también busca encontrarlos a ustedes. Muchas veces les he contado la historia del buen pastor que dejó las noventa y nueve ovejas en el redil mientras salía a buscar la que estaba perdida, y cómo, cuando encontró a la oveja descarriada, la puso sobre su hombro y la llevó con ternura de vuelta al redil. Y cuando la oveja perdida fue devuelta al redil, recuerdan que el buen pastor llamó a sus amigos y les pidió que se alegraran con él por haber hallado la oveja que se había perdido. Otra vez les digo que hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve personas justas que no necesitan arrepentimiento. El hecho de que las almas estén perdidas solo aumenta el interés del Padre celestial. He venido a este mundo para hacer la voluntad de mi Padre, y con verdad se ha dicho del Hijo del Hombre que es amigo de publicanos y pecadores.

169:1.3«Se les ha enseñado que la aceptación divina viene después de su arrepentimiento y como resultado de todas sus obras de sacrificio y de penitencia, pero yo les aseguro que el Padre los acepta incluso antes de que se hayan arrepentido, y envía al Hijo y a sus asociados para encontrarlos y traerlos, con regocijo, de vuelta al redil, el reino de la filiación y del progreso espiritual. Todos ustedes son como ovejas que se han descarriado, y yo he venido a buscar y a salvar a los que están perdidos.

169:1.4«Y deben recordar también la historia de la mujer que, después de hacer un collar de adorno con diez piezas de plata, perdió una pieza, y cómo encendió la lámpara, barrió la casa con diligencia y siguió buscando hasta encontrar la pieza de plata perdida. Y en cuanto encontró la moneda que se había perdido, reunió a sus amigos y vecinos, diciendo: “Alégrense conmigo, porque he encontrado la pieza que se había perdido”. Así que otra vez les digo que siempre hay alegría en la presencia de los ángeles del cielo por un pecador que se arrepiente y vuelve al redil del Padre. Y les cuento esta historia para hacerles comprender que el Padre y su Hijo salen a buscar a los que están perdidos, y en esta búsqueda empleamos todas las influencias capaces de prestar ayuda en nuestros esfuerzos diligentes por encontrar a los que están perdidos, a los que tienen necesidad de salvación. Y así, mientras el Hijo del Hombre sale al desierto a buscar la oveja descarriada, también busca la moneda que se ha perdido en la casa. La oveja se aleja sin intención; la moneda queda cubierta por el polvo del tiempo y oculta por la acumulación de las cosas de los hombres.

169:1.5«Y ahora quisiera contarles la historia de un hijo irreflexivo de un granjero acomodado que deliberadamente dejó la casa de su padre y se fue a una tierra extranjera, donde cayó en mucha tribulación. Recuerdan que la oveja se extravió sin intención, pero este joven dejó su hogar con premeditación. Fue así:

169:1.6«Cierto hombre tenía dos hijos; uno, el menor, era ligero de carácter y despreocupado, siempre buscaba divertirse y eludía la responsabilidad, mientras que su hermano mayor era serio, sobrio, trabajador y dispuesto a llevar responsabilidades. Ahora bien, estos dos hermanos no se llevaban bien; siempre estaban riñendo y discutiendo. El muchacho menor era alegre y vivaz, pero indolente y poco fiable; el hijo mayor era constante y laborioso, pero al mismo tiempo egocéntrico, hosco y engreído. Al hijo menor le gustaba el juego pero rehuía el trabajo; el mayor se dedicaba al trabajo pero rara vez jugaba. Esta convivencia llegó a ser tan desagradable que el hijo menor fue a su padre y le dijo: “Padre, dame la tercera parte de tus bienes que me correspondería y permíteme salir al mundo a buscar mi propia fortuna”. Y cuando el padre oyó esta petición, sabiendo cuán infeliz era el joven en casa y con su hermano mayor, repartió sus bienes y le dio al joven su parte.

169:1.7«Al cabo de pocas semanas el joven reunió todos sus fondos y emprendió un viaje a un país lejano, y como no encontró nada provechoso que hacer que fuera también placentero, pronto malgastó toda su herencia en una vida desenfrenada. Y cuando ya lo había gastado todo, sobrevino una larga hambruna en aquel país, y se encontró en la necesidad. Y así, cuando sufría hambre y su angustia era grande, encontró empleo con uno de los ciudadanos de aquel país, que lo envió a los campos a cuidar cerdos. Y el joven con gusto se habría llenado con las cáscaras que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

169:1.8«Un día, cuando tenía mucha hambre, volvió en sí y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra mientras yo muero de hambre aquí, cuidando cerdos en un país extranjero! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; solo ten a bien hacerme uno de tus jornaleros”. Y cuando el joven tomó esta decisión, se levantó y se puso en camino hacia la casa de su padre.

169:1.9«Ahora bien, este padre había sufrido mucho por su hijo; había añorado al muchacho alegre, aunque irreflexivo. Este padre amaba a este hijo y siempre estaba atento a su regreso, de modo que el día en que se acercó a su casa, cuando todavía estaba lejos, el padre lo vio y, movido por una amorosa compasión, corrió a su encuentro, y con un saludo afectuoso lo abrazó y lo besó. Y después de haberse encontrado así, el hijo levantó la mirada hacia el rostro lloroso de su padre y dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo”—pero el muchacho no tuvo ocasión de completar su confesión porque el padre, lleno de alegría, dijo a los siervos que para entonces habían llegado corriendo: “Traigan pronto su mejor túnica, la que he guardado, y póngansela, y pongan el anillo del hijo en su mano y traigan sandalias para sus pies”.

169:1.10«Y luego, después de que el padre feliz llevó al interior de la casa al muchacho, cansado y con los pies doloridos, llamó a sus siervos: “Traigan el ternero cebado y mátenlo, y comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado”. Y todos se reunieron alrededor del padre para alegrarse con él por la restauración de su hijo.

169:1.11«Por este tiempo, mientras celebraban, el hijo mayor volvió de su jornada de trabajo en el campo, y al acercarse a la casa oyó la música y las danzas. Y cuando llegó a la puerta de atrás, llamó a uno de los siervos y le preguntó qué significaba toda esta fiesta. Y entonces dijo el siervo: “Tu hermano, perdido hace tanto tiempo, ha vuelto a casa, y tu padre ha matado el ternero cebado para celebrar el regreso sano y salvo de su hijo. Entra para que también tú saludes a tu hermano y lo recibas de nuevo en la casa de tu padre”.

169:1.12«Pero cuando el hermano mayor oyó esto, se sintió tan herido y enojado que no quiso entrar en la casa. Cuando su padre supo de su resentimiento por la acogida de su hermano menor, salió a rogarle. Pero el hijo mayor no quiso ceder a la persuasión de su padre. Respondió a su padre diciendo: “Aquí te he servido tantos años sin desobedecer nunca la menor de tus órdenes, y sin embargo nunca me diste ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. Me he quedado aquí para cuidarte todos estos años, y nunca celebraste mi servicio fiel, pero cuando vuelve este hijo tuyo, que ha despilfarrado tus bienes con rameras, te apresuras a matar el ternero cebado y a hacer fiesta por él”.

169:1.13«Como este padre amaba de verdad a sus dos hijos, trató de razonar con el mayor: “Pero, hijo mío, tú has estado siempre conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Podrías haber tenido un cabrito en cualquier momento en que hubieras hecho amigos con quienes compartir tu alegría. Pero es justo que ahora te unas a mí para estar alegres y hacer fiesta por el regreso de tu hermano. Piénsalo, hijo mío, tu hermano estaba perdido y ha sido hallado; ¡ha vuelto vivo a nosotros!”».

169:1.14Esta fue una de las más conmovedoras y eficaces de todas las parábolas que Jesús presentó jamás para hacer comprender a sus oyentes la disposición del Padre a recibir a todos los que buscan entrar en el reino de los cielos.

169:1.15A Jesús le gustaba mucho contar estas tres historias al mismo tiempo. Presentaba la historia de la oveja perdida para mostrar que, cuando los hombres se apartan sin intención del sendero de la vida, el Padre tiene presentes a esos perdidos y sale, con sus Hijos, los verdaderos pastores del rebaño, a buscar la oveja perdida. Luego recitaba la historia de la moneda perdida en la casa para ilustrar cuán minuciosa es la búsqueda divina de todos los que están confundidos, desconcertados o de algún otro modo cegados espiritualmente por los afanes y las acumulaciones materiales de la vida. Y luego se lanzaba a contar esta parábola del hijo perdido, la acogida del pródigo que regresa, para mostrar cuán completa es la restauración del hijo perdido en la casa y en el corazón de su Padre.

169:1.16Muchas, muchas veces, durante sus años de enseñanza, Jesús contó y volvió a contar esta historia del hijo pródigo. Esta parábola y la historia del buen samaritano eran sus medios favoritos para enseñar el amor del Padre y el espíritu de buena vecindad del hombre.

2. Parábola del administrador sagaz

169:2.1Una noche Simón Zelotes, comentando una de las declaraciones de Jesús, dijo: «Maestro, ¿qué quisiste decir hoy cuando dijiste que muchos de los hijos del mundo son más sabios en su generación que los hijos del reino, puesto que son hábiles para hacer amigos con las riquezas injustas?». Jesús respondió:

169:2.2«Algunos de ustedes, antes de entrar en el reino, eran muy sagaces en el trato con sus socios de negocios. Si eran injustos y a menudo poco equitativos, eran no obstante prudentes y previsores, en cuanto llevaban sus negocios con la mira puesta únicamente en su ganancia presente y en su seguridad futura. Del mismo modo deben ahora ordenar sus vidas en el reino de manera que provean para su alegría presente, mientras se aseguran también el disfrute futuro de los tesoros acumulados en el cielo. Si eran tan diligentes en obtener ganancias para ustedes mismos cuando estaban al servicio del yo, ¿por qué habrían de mostrar menos diligencia en ganar almas para el reino, puesto que ahora son servidores de la fraternidad de los hombres y administradores de Dios?

169:2.3«Todos pueden aprender una lección de la historia de cierto hombre rico que tenía un administrador sagaz pero injusto. Este administrador no solo había oprimido a los clientes de su amo para su propio provecho egoísta, sino que también había malgastado y despilfarrado directamente los fondos de su amo. Cuando todo esto llegó por fin a oídos de su amo, este llamó al administrador ante él, le preguntó qué significaban esos rumores y le exigió que rindiera cuentas de inmediato de su administración y se preparara para entregar los asuntos de su amo a otro.

169:2.4«Entonces este administrador infiel comenzó a decirse: “¿Qué haré, puesto que estoy a punto de perder esta administración? No tengo fuerzas para cavar; me da vergüenza mendigar. Ya sé lo que haré para asegurarme de que, cuando me quiten esta administración, me reciban en las casas de todos los que hacen negocios con mi amo”. Y entonces, llamando a cada uno de los deudores de su señor, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”. Él respondió: “Cien medidas de aceite”. Entonces dijo el administrador: “Toma tu pagaré de tablilla de cera, siéntate pronto y cámbialo a cincuenta”. Luego dijo a otro deudor: “¿Cuánto debes tú?”. Y él respondió: “Cien medidas de trigo”. Entonces dijo el administrador: “Toma tu pagaré y escribe ochenta”. Y esto hizo con otros muchos deudores. Y así este administrador deshonesto procuró hacerse amigos para cuando fuera despedido de su administración. Incluso su señor y amo, cuando se enteró de esto más tarde, se vio obligado a reconocer que su administrador infiel había mostrado al menos sagacidad en la manera en que había procurado proveer para los futuros días de necesidad y de adversidad.

169:2.5«Y es de este modo como los hijos de este mundo muestran a veces más sabiduría en su preparación para el futuro que los hijos de la luz. Les digo a ustedes, que profesan estar adquiriendo tesoros en el cielo: Aprendan de los que hacen amigos con las riquezas injustas, y conduzcan igualmente sus vidas de tal manera que entablen una amistad eterna con las fuerzas de la rectitud, para que, cuando todas las cosas terrenales fallen, sean recibidos con alegría en las moradas eternas.

169:2.6«Afirmo que el que es fiel en lo poco también será fiel en lo mucho, mientras que el que es injusto en lo poco también será injusto en lo mucho. Si no han mostrado previsión e integridad en los asuntos de este mundo, ¿cómo pueden esperar ser fieles y prudentes cuando se les confíe la administración de las verdaderas riquezas del reino celestial? Si no son buenos administradores y banqueros fieles, si no han sido fieles en lo ajeno, ¿quién será tan insensato como para darles un gran tesoro a su propio nombre?

169:2.7«Y otra vez afirmo que ningún hombre puede servir a dos amos; o bien odiará a uno y amará al otro, o bien se apegará a uno mientras desprecia al otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas».

169:2.8Cuando los fariseos que estaban presentes oyeron esto, comenzaron a burlarse y a mofarse, puesto que eran muy dados a la adquisición de riquezas. Estos oyentes hostiles trataron de enredar a Jesús en discusiones inútiles, pero él se negó a debatir con sus enemigos. Cuando los fariseos se pusieron a reñir entre sí, sus voces altas atrajeron a gran parte de la multitud acampada por los alrededores; y cuando empezaron a disputar unos con otros, Jesús se retiró y se fue a su tienda para pasar la noche.

3. El rico y el mendigo

169:3.1Cuando la reunión se volvió demasiado ruidosa, Simón Pedro se puso de pie, tomó el mando y dijo: «Hombres y hermanos, no es decoroso disputar así entre ustedes. El Maestro ha hablado, y harán bien en meditar sus palabras. Y esta no es una doctrina nueva que él les haya proclamado. ¿No han oído también la alegoría de los nazareos acerca del rico y el mendigo? Algunos de nosotros oímos a Juan el Bautista proclamar con voz de trueno esta parábola de advertencia a los que aman las riquezas y codician los bienes deshonestos. Y aunque esta antigua parábola no está de acuerdo con el evangelio que predicamos, todos harían bien en atender a sus lecciones hasta el momento en que comprendan la nueva luz del reino de los cielos. La historia, tal como Juan la contaba, era así:

169:3.2«Había cierto hombre rico llamado Dives que, vestido de púrpura y lino fino, vivía cada día en la alegría y el esplendor. Y había cierto mendigo llamado Lázaro, que yacía a la puerta de este hombre rico, cubierto de llagas y deseando saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico; sí, hasta los perros venían y le lamían las llagas. Y sucedió que el mendigo murió y fue llevado por los ángeles a descansar en el seno de Abraham. Y luego, poco después, este hombre rico también murió y fue sepultado con gran pompa y esplendor regio. Cuando el hombre rico partió de este mundo, despertó en el Hades, y al encontrarse en tormentos, alzó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y entonces Dives clamó en voz alta: “Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy en gran angustia a causa de mi castigo”. Y entonces Abraham respondió: “Hijo mío, debes recordar que en tu vida disfrutaste de los bienes, mientras que Lázaro, de la misma manera, sufrió los males. Pero ahora todo esto ha cambiado, pues Lázaro es consolado mientras tú eres atormentado. Y además, entre nosotros y ustedes hay un gran abismo, de modo que no podemos ir a ustedes, ni pueden ustedes pasar a nosotros”. Entonces dijo Dives a Abraham: “Te ruego que envíes a Lázaro de vuelta a la casa de mi padre, ya que tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio de modo que mis hermanos no vengan a este lugar de tormento”. Pero Abraham dijo: “Hijo mío, tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”. Y entonces respondió Dives: “¡No, no, Padre Abraham! pero si alguien va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán”. Y entonces dijo Abraham: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se dejarán persuadir aunque alguien resucite de entre los muertos”».

169:3.3Después de que Pedro recitó esta antigua parábola de la fraternidad nazarea, y como la multitud se había calmado, Andrés se levantó y los despidió por esa noche. Aunque tanto los apóstoles como sus discípulos preguntaban con frecuencia a Jesús acerca de la parábola de Dives y Lázaro, él nunca consintió en hacer comentarios sobre ella.

4. El Padre y su reino

169:4.1A Jesús siempre le costó explicar a los apóstoles que, aunque ellos proclamaban el establecimiento del reino de Dios, el Padre que está en el cielo no era un rey. En la época en que Jesús vivió en la tierra y enseñó en la carne, la gente de Urantia conocía sobre todo reyes y emperadores en los gobiernos de las naciones, y los judíos esperaban desde hacía mucho tiempo la venida del reino de Dios. Por estas y otras razones, el Maestro creyó mejor designar la fraternidad espiritual de los hombres como el reino de los cielos, y a la cabeza espiritual de esta fraternidad como el Padre que está en el cielo. Jesús nunca se refirió a su Padre como rey. En sus conversaciones íntimas con los apóstoles siempre se refería a sí mismo como el Hijo del Hombre y como su hermano mayor. Presentaba a todos sus seguidores como servidores de la humanidad y mensajeros del evangelio del reino.

169:4.2Jesús nunca dio a sus apóstoles una lección sistemática sobre la personalidad y los atributos del Padre que está en el cielo. Nunca pidió a los hombres que creyeran en su Padre; daba por sentado que creían. Jesús nunca se rebajó ofreciendo argumentos para probar la realidad del Padre. Toda su enseñanza acerca del Padre se centraba en la declaración de que él y el Padre son uno; que el que ha visto al Hijo ha visto al Padre; que el Padre, como el Hijo, conoce todas las cosas; que solo el Hijo conoce realmente al Padre, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo; que el que conoce al Hijo conoce también al Padre; y que el Padre lo envió al mundo para revelar sus naturalezas combinadas y para manifestar su obra conjunta. Nunca hizo otras declaraciones acerca de su Padre, excepto a la mujer de Samaria junto al pozo de Jacob, cuando declaró: «Dios es espíritu».

169:4.3Ustedes aprenden acerca de Dios por medio de Jesús observando la divinidad de su vida, no dependiendo de sus enseñanzas. De la vida del Maestro cada uno de ustedes puede asimilar el concepto de Dios que representa la medida de su capacidad para percibir realidades espirituales y divinas, verdades reales y eternas. Lo finito nunca puede esperar comprender al Infinito, salvo en la medida en que el Infinito se focalizó en la personalidad de tiempo-espacio de la experiencia finita de la vida humana de Jesús de Nazaret.

169:4.4Jesús sabía bien que Dios solo puede ser conocido por las realidades de la experiencia; nunca puede ser comprendido por la mera enseñanza de la mente. Jesús enseñó a sus apóstoles que, aunque nunca podrían comprender plenamente a Dios, sin duda alguna podían conocerlo, así como habían conocido al Hijo del Hombre. Ustedes pueden conocer a Dios, no comprendiendo lo que Jesús dijo, sino conociendo lo que Jesús era. Jesús era una revelación de Dios.

169:4.5Excepto cuando citaba las escrituras hebreas, Jesús se refería a la Deidad con solo dos nombres: Dios y Padre. Y cuando el Maestro se refería a su Padre como Dios, por lo general empleaba la palabra hebrea que significa el Dios plural (la Trinidad) y no la palabra Yahvé, que representaba la concepción progresiva del Dios tribal de los judíos.

169:4.6Jesús nunca llamó rey al Padre, y lamentó mucho que la esperanza judía de un reino restaurado y la proclamación de Juan de un reino venidero lo obligaran a denominar reino de los cielos a su propuesta fraternidad espiritual. Con la única excepción —la declaración de que «Dios es espíritu»—, Jesús nunca se refirió a la Deidad de otra manera que en términos que describían su propia relación personal con la Primera Fuente y Centro del Paraíso.

169:4.7Jesús empleaba la palabra Dios para designar la idea de la Deidad y la palabra Padre para designar la experiencia de conocer a Dios. Cuando la palabra Padre se emplea para denotar a Dios, debe entenderse en su sentido más amplio posible. La palabra Dios no puede definirse y por lo tanto representa el concepto infinito del Padre, mientras que el término Padre, al ser susceptible de una definición parcial, puede emplearse para representar el concepto humano del Padre divino tal como está asociado con el hombre durante el curso de la existencia mortal.

169:4.8Para los judíos, Elohim era el Dios de dioses, mientras que Yahvé era el Dios de Israel. Jesús aceptó el concepto de Elohim y llamó Dios a este grupo supremo de seres. En lugar del concepto de Yahvé, la deidad racial, introdujo la idea de la paternidad de Dios y de la fraternidad mundial de los hombres. Elevó el concepto de Yahvé de un Padre racial deificado a la idea de un Padre de todos los hijos de los hombres, un Padre divino del creyente individual. Y enseñó además que este Dios de universos y este Padre de todos los hombres eran una y la misma Deidad del Paraíso.

169:4.9Jesús nunca afirmó ser la manifestación de Elohim (Dios) en la carne. Nunca declaró que fuera una revelación de Elohim (Dios) a los mundos. Nunca enseñó que el que lo había visto a él había visto a Elohim (Dios). Pero sí se proclamó como la revelación del Padre en la carne, y sí dijo que quien lo había visto a él había visto al Padre. Como Hijo divino, afirmó representar solamente al Padre.

169:4.10Él era, en verdad, el Hijo incluso del Dios Elohim; pero en semejanza de carne mortal y para los hijos mortales de Dios, eligió limitar la revelación de su vida a la representación del carácter de su Padre, en la medida en que tal revelación pudiera ser comprensible para el hombre mortal. En cuanto al carácter de las otras personas de la Trinidad del Paraíso, tendremos que contentarnos con la enseñanza de que son en todo semejantes al Padre, que ha sido revelado en un retrato personal en la vida de su Hijo encarnado, Jesús de Nazaret.

169:4.11Aunque Jesús reveló la verdadera naturaleza del Padre celestial en su vida terrenal, enseñó poco acerca de él. De hecho, enseñó solo dos cosas: que Dios en sí mismo es espíritu, y que, en todos los asuntos de relación con sus criaturas, es un Padre. Aquella noche Jesús hizo la declaración final de su relación con Dios cuando declaró: «He salido del Padre y he venido al mundo; de nuevo dejaré el mundo e iré al Padre».

169:4.12¡Pero tomen nota! nunca dijo Jesús: «Quien me ha oído a mí ha oído a Dios». Pero sí dijo: «El que me ha visto ha visto al Padre». Oír la enseñanza de Jesús no equivale a conocer a Dios, pero ver a Jesús es una experiencia que en sí misma es una revelación del Padre al alma. El Dios de universos gobierna la vasta creación, pero es el Padre que está en el cielo quien envía su espíritu a morar dentro de la mente de ustedes.

169:4.13Jesús es la lente espiritual en semejanza humana que hace visible a la criatura material a Aquel que es invisible. Él es su hermano mayor que, en la carne, les da a conocer un Ser de atributos infinitos a quien ni siquiera las huestes celestiales pueden pretender comprender plenamente. Pero todo esto debe consistir en la experiencia personal del creyente individual. Dios, que es espíritu, solo puede ser conocido como una experiencia espiritual. Dios solo puede ser revelado a los hijos finitos de los mundos materiales, por el Hijo divino de los reinos espirituales, como un Padre. Ustedes pueden conocer al Eterno como Padre; pueden adorarlo como el Dios de universos, el Creador infinito de todas las existencias.

Documento 169

Última enseñanza en Pella