Parte IV · Documento 168

La resurrección de Lázaro

168:0.1ERA poco después del mediodía cuando Marta salió al encuentro de Jesús, mientras él pasaba por la cima de la colina cercana a Betania. Su hermano, Lázaro, llevaba cuatro días muerto, y lo habían depositado en su tumba privada, al fondo del jardín, al final de la tarde del domingo. La piedra de la entrada de la tumba se había rodado a su lugar en la mañana de ese mismo día, jueves.

168:0.2Cuando Marta y María enviaron aviso a Jesús sobre la enfermedad de Lázaro, estaban seguras de que el Maestro haría algo al respecto. Sabían que su hermano estaba gravísimo, y aunque apenas se atrevían a esperar que Jesús dejara su labor de enseñanza y de predicación para venir en su ayuda, tenían tanta confianza en su poder para curar la enfermedad que pensaban que él solo diría las palabras curativas y que Lázaro quedaría sano de inmediato. Y cuando Lázaro murió pocas horas después de que el mensajero saliera de Betania hacia Filadelfia, razonaron que se debía a que el Maestro no supo de la enfermedad de su hermano hasta que fue demasiado tarde, hasta que este llevaba ya varias horas muerto.

168:0.3Pero ellas, con todos sus amigos creyentes, quedaron muy desconcertadas por el mensaje que trajo de vuelta el corredor el martes por la mañana, cuando llegó a Betania. El mensajero insistía en que había oído decir a Jesús: «...esta enfermedad en realidad no termina en la muerte». Tampoco podían entender por qué él no les envió ningún mensaje ni les ofreció ayuda de ningún otro modo.

168:0.4Muchos amigos de los caseríos cercanos y otros de Jerusalén vinieron a consolar a las hermanas afligidas. Lázaro y sus hermanas eran hijos de un judío acomodado y honorable, que había sido el principal habitante de la pequeña aldea de Betania. Y aunque los tres eran desde hacía mucho tiempo seguidores fervientes de Jesús, todos los que los conocían los respetaban mucho. Habían heredado extensos viñedos y olivares en esa zona, y que eran ricos lo confirmaba además el hecho de que podían costear una tumba funeraria privada en su propia finca. Sus dos padres ya habían sido sepultados en esta tumba.

168:0.5María había abandonado la idea de que Jesús viniera y se había entregado a su dolor, pero Marta se aferraba a la esperanza de que Jesús vendría, incluso hasta el momento, esa misma mañana, en que rodaron la piedra delante de la tumba y sellaron la entrada. Aun entonces encargó a un muchacho vecino que vigilara el camino de Jericó desde la cima de la colina al este de Betania; y fue este muchacho quien le llevó a Marta la noticia de que Jesús y sus amigos se acercaban.

168:0.6Cuando Marta se encontró con Jesús, cayó a sus pies y exclamó: «¡Maestro, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto!». Muchos temores pasaban por la mente de Marta, pero no expresó ninguna duda, ni se atrevió a criticar o a cuestionar la conducta del Maestro en relación con la muerte de Lázaro. Cuando ella terminó de hablar, Jesús se inclinó y, levantándola, dijo: «Solo ten fe, Marta, y tu hermano resucitará». Entonces respondió Marta: «Sé que resucitará en la resurrección del último día; y aun ahora creo que todo lo que pidas a Dios, nuestro Padre te lo dará».

168:0.7Entonces Jesús, mirando a Marta directamente a los ojos, dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá. En verdad, todo el que vive y cree en mí nunca morirá realmente. Marta, ¿crees esto?». Y Marta respondió al Maestro: «Sí, hace mucho tiempo que creo que tú eres el Libertador, el Hijo del Dios vivo, aquel que había de venir a este mundo».

168:0.8Como Jesús había preguntado por María, Marta entró enseguida en la casa y, en voz baja, le dijo a su hermana: «El Maestro está aquí y pregunta por ti». Y cuando María oyó esto, se levantó rápidamente y salió deprisa al encuentro de Jesús, que aún seguía en el lugar, a cierta distancia de la casa, donde Marta lo había encontrado primero. Los amigos que estaban con María, tratando de consolarla, cuando vieron que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron, pensando que iba a la tumba a llorar.

168:0.9Muchos de los presentes eran enemigos acérrimos de Jesús. Por eso Marta había salido sola a su encuentro, y por eso también entró en secreto a avisar a María de que él había preguntado por ella. Marta, aunque ansiaba ver a Jesús, deseaba evitar cualquier posible incidente desagradable que pudiera causar su llegada repentina en medio de un gran grupo de sus enemigos de Jerusalén. Marta había tenido la intención de quedarse en la casa con sus amigos mientras María iba a saludar a Jesús, pero no lo logró, porque todos siguieron a María y así se encontraron inesperadamente en presencia del Maestro.

168:0.10Marta condujo a María hasta Jesús, y cuando ella lo vio, cayó a sus pies y exclamó: «¡Si tan solo hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto!». Y cuando Jesús vio cuánto se afligían todos por la muerte de Lázaro, su alma se conmovió de compasión.

168:0.11Cuando los dolientes vieron que María había ido a saludar a Jesús, se retiraron a corta distancia mientras Marta y María hablaban con el Maestro y recibían más palabras de consuelo y de exhortación a mantener una fe firme en el Padre y una completa resignación a la voluntad divina.

168:0.12La mente humana de Jesús se conmovió poderosamente por la lucha entre su amor por Lázaro y por las hermanas en duelo y su desdén y desprecio por la ostentación exterior de afecto que mostraban algunos de estos judíos incrédulos y de intenciones homicidas. Jesús sintió una indignada repulsa ante la exhibición de un duelo forzado y exterior por Lázaro por parte de algunos de estos supuestos amigos, puesto que ese falso pesar iba unido en sus corazones a tanta enemistad amarga hacia él. Sin embargo, algunos de estos judíos eran sinceros en su duelo, porque eran verdaderos amigos de la familia.

1. En la tumba de Lázaro

168:1.1Después de que Jesús pasó unos momentos consolando a Marta y a María, apartado de los dolientes, les preguntó: «¿Dónde lo han puesto?». Entonces Marta dijo: «Ven a ver». Y mientras el Maestro seguía en silencio a las dos hermanas afligidas, lloró. Cuando los judíos amistosos que iban detrás de ellos vieron sus lágrimas, uno de ellos dijo: «Miren cuánto lo quería. ¿No podía aquel que abrió los ojos de los ciegos haber impedido que este hombre muriera?». Para entonces ya estaban de pie ante la tumba familiar, una pequeña cueva natural, o depresión, en el saliente de roca que se elevaba unos treinta pies al fondo de la parcela del jardín.

168:1.2Es difícil explicar a las mentes humanas por qué exactamente lloró Jesús. Aunque tenemos acceso al registro de las emociones humanas y los pensamientos divinos combinados, tal como constan en la mente del Ajustador Personalizado, no estamos del todo seguros de la causa real de estas manifestaciones emocionales. Nos inclinamos a creer que Jesús lloró a causa de varios pensamientos y sentimientos que pasaban por su mente en ese momento, tales como:

168:1.31. Sentía por Marta y María una compasión sincera y llena de pesar; hacia estas hermanas, que se habían quedado sin su hermano, guardaba un afecto humano verdadero y hondo.

168:1.42. Estaba perturbado en su mente por la presencia de la multitud de dolientes, algunos sinceros y otros meros simuladores. Siempre le disgustaron estas exhibiciones exteriores de duelo. Sabía que las hermanas amaban a su hermano y tenían fe en la supervivencia de los creyentes. Estas emociones contrapuestas quizás expliquen por qué gimió cuando se acercaban a la tumba.

168:1.53. Dudó de verdad en devolver a Lázaro a la vida mortal. Sus hermanas lo necesitaban realmente, pero Jesús lamentaba tener que llamar de vuelta a su amigo para que pasara por la amarga persecución que él bien sabía que Lázaro tendría que soportar por haber sido objeto de la mayor de todas las demostraciones del poder divino del Hijo del Hombre.

168:1.6Y ahora podemos relatar un hecho interesante e instructivo: aunque este relato se desarrolla como un suceso aparentemente natural y normal de los asuntos humanos, tiene algunas facetas laterales muy interesantes. Si bien el mensajero fue a ver a Jesús el domingo para contarle la enfermedad de Lázaro, y si bien Jesús mandó decir que «no termina en la muerte», al mismo tiempo él fue en persona hasta Betania e incluso preguntó a las hermanas: «¿Dónde lo han puesto?». Aunque todo esto parece indicar que el Maestro procedía según la manera de esta vida y conforme al conocimiento limitado de la mente humana, sin embargo, los registros del universo revelan que el Ajustador Personalizado de Jesús dio órdenes de retener por tiempo indefinido en el planeta al Ajustador del Pensamiento de Lázaro después de la muerte de Lázaro, y que esta orden quedó registrada exactamente quince minutos antes de que Lázaro exhalara su último aliento.

168:1.7Antes incluso de que Lázaro muriera, ¿sabía ya la mente divina de Jesús que lo resucitaría de entre los muertos? No lo sabemos. Lo único que sabemos es lo que aquí dejamos registrado.

168:1.8Muchos de los enemigos de Jesús se inclinaban a burlarse de sus muestras de afecto, y decían entre sí: «Si tanto apreciaba a este hombre, ¿por qué se demoró tanto en venir a Betania? Si es lo que dicen, ¿por qué no salvó a su querido amigo? ¿De qué sirve curar a extraños en Galilea si no puede salvar a los que ama?». Y de muchas otras maneras se mofaban de las enseñanzas y las obras de Jesús y les restaban importancia.

168:1.9Y así, en esta tarde de jueves, hacia las dos y media, estaba dispuesto el escenario en este pequeño caserío de Betania para la realización de la mayor de todas las obras relacionadas con el ministerio terrenal de Miguel de Nebadon, la mayor manifestación de poder divino durante su encarnación en la carne, puesto que su propia resurrección ocurrió después de haber sido liberado de las ataduras de la morada mortal.

168:1.10El pequeño grupo reunido ante la tumba de Lázaro no se daba cuenta en absoluto de la presencia, muy cerca, de una vasta multitud de todas las órdenes de seres celestiales, reunida bajo la dirección de Gabriel y ahora en espera, por indicación del Ajustador Personalizado de Jesús, vibrante de expectación y dispuesta a cumplir las órdenes de su amado Soberano.

168:1.11Cuando Jesús pronunció esas palabras de mando: «Quiten la piedra», las huestes celestiales reunidas se prepararon para llevar a cabo el drama de la resurrección de Lázaro a semejanza de su carne mortal. Tal forma de resurrección implica dificultades de ejecución que superan con mucho la técnica habitual de la resurrección de las criaturas mortales en forma morontial, y requiere muchas más personalidades celestiales y una organización mucho mayor de los recursos del universo.

168:1.12Cuando Marta y María oyeron esta orden de Jesús de que se apartara rodando la piedra de delante de la tumba, se llenaron de emociones contrapuestas. María esperaba que Lázaro fuera resucitado de entre los muertos, pero Marta, aunque compartía en cierta medida la fe de su hermana, estaba más inquieta por el temor de que Lázaro no estuviera presentable, en su aspecto, ante Jesús, los apóstoles y sus amigos. Dijo Marta: «¿Tenemos que quitar la piedra? Mi hermano lleva ya cuatro días muerto, así que a estas alturas el cuerpo ha empezado a descomponerse». Marta dijo esto también porque no estaba segura de por qué el Maestro había pedido que se quitara la piedra; pensó que quizás Jesús solo quería echar una última mirada a Lázaro. No era firme ni constante en su actitud. Como dudaban en quitar la piedra, Jesús dijo: «¿No les dije desde el principio que esta enfermedad no terminaba en la muerte? ¿No he venido a cumplir mi promesa? Y después de venir a ustedes, ¿no les dije que, si tan solo creían, verían la gloria de Dios? ¿Por qué dudan? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que crean y obedezcan?».

168:1.13Cuando Jesús terminó de hablar, sus apóstoles, con la ayuda de vecinos bien dispuestos, asieron la piedra y la apartaron rodando de la entrada de la tumba.

168:1.14Era creencia común entre los judíos que la gota de hiel de la punta de la espada del ángel de la muerte empezaba a obrar al final del tercer día, de modo que su efecto era completo en el cuarto día. Admitían que el alma del hombre podía demorarse alrededor de la tumba hasta el final del tercer día, procurando reanimar el cuerpo muerto; pero creían firmemente que esa alma ya se había marchado a la morada de los espíritus difuntos antes de que amaneciera el cuarto día.

168:1.15Estas creencias y opiniones sobre los muertos y la partida de los espíritus de los muertos sirvieron para dejar asentado, en la mente de todos los que estaban ahora presentes ante la tumba de Lázaro y luego de todos los que pudieran oír lo que estaba a punto de ocurrir, que este era real y verdaderamente un caso de resurrección de un muerto por la acción personal de alguien que declaraba ser «la resurrección y la vida».

2. La resurrección de Lázaro

168:2.1Mientras este grupo de unos cuarenta y cinco mortales estaba de pie ante la tumba, podían ver vagamente la forma de Lázaro, envuelta en vendas de lino, que reposaba en el nicho inferior derecho de la cueva funeraria. Mientras estas criaturas terrenales permanecían allí en un silencio casi sin aliento, una vasta hueste de seres celestiales había ocupado sus puestos, preparada para responder a la señal de actuar cuando la diera Gabriel, su comandante.

168:2.2Jesús alzó los ojos y dijo: «Padre, te agradezco que hayas oído y concedido mi petición. Sé que siempre me oyes, pero, por causa de los que están aquí conmigo, te hablo así, para que crean que tú me has enviado al mundo, y para que sepan que tú obras conmigo en lo que estamos a punto de hacer». Y cuando hubo orado, gritó con voz potente: «¡Lázaro, sal fuera!».

168:2.3Aunque estos observadores humanos permanecían inmóviles, la vasta hueste celestial estaba toda en movimiento, en acción unificada, en obediencia a la palabra del Creador. En solo doce segundos de tiempo terrestre, la forma hasta entonces sin vida de Lázaro empezó a moverse y enseguida se sentó en el borde del estante de piedra sobre el que había reposado. Su cuerpo estaba envuelto en lienzos funerarios, y su rostro estaba cubierto con un paño. Y cuando se puso de pie ante ellos —vivo—, Jesús dijo: «Desátenlo y déjenlo ir».

168:2.4Todos, salvo los apóstoles, con Marta y María, huyeron a la casa. Estaban pálidos de miedo y abrumados por el asombro. Mientras algunos se quedaron, muchos se apresuraron a volver a sus hogares.

168:2.5Lázaro saludó a Jesús y a los apóstoles y preguntó qué significaban los lienzos funerarios y por qué había despertado en el jardín. Jesús y los apóstoles se apartaron a un lado mientras Marta le contaba a Lázaro su muerte, su sepultura y su resurrección. Tuvo que explicarle que había muerto el domingo y que ahora había vuelto a la vida el jueves, puesto que no había tenido conciencia del tiempo desde que se durmió en la muerte.

168:2.6Cuando Lázaro salió de la tumba, el Ajustador Personalizado de Jesús, ahora jefe de su clase en este universo local, ordenó al anterior Ajustador de Lázaro, que ahora estaba en espera, que volviera a morar en la mente y el alma del hombre resucitado.

168:2.7Entonces Lázaro fue hacia Jesús y, con sus hermanas, se arrodilló a los pies del Maestro para dar gracias y alabar a Dios. Jesús, tomando a Lázaro de la mano, lo levantó y dijo: «Hijo mío, lo que te ha sucedido lo experimentarán también todos los que creen en este evangelio, salvo que ellos resucitarán en una forma más gloriosa. Tú serás un testigo vivo de la verdad que dije —yo soy la resurrección y la vida—. Pero ahora vayamos todos a la casa y tomemos alimento para estos cuerpos físicos».

168:2.8Mientras caminaban hacia la casa, Gabriel despidió a los grupos adicionales de la hueste celestial reunida, al tiempo que dejaba registrado el primer caso en Urantia, y el último, en que una criatura mortal había sido resucitada a semejanza del cuerpo físico de la muerte.

168:2.9Lázaro apenas podía comprender lo que había ocurrido. Sabía que había estado muy enfermo, pero solo podía recordar que se había dormido y que lo habían despertado. Nunca pudo contar nada de esos cuatro días en la tumba porque estuvo totalmente inconsciente. El tiempo no existe para los que duermen el sueño de la muerte.

168:2.10Aunque muchos creyeron en Jesús a raíz de esta obra poderosa, otros solo endurecieron aún más su corazón para rechazarlo. Hacia el mediodía del día siguiente, esta historia se había extendido por toda Jerusalén. Decenas de hombres y mujeres fueron a Betania para ver a Lázaro y hablar con él, y los fariseos, alarmados y desconcertados, convocaron a toda prisa una reunión del Sanedrín para decidir qué hacer ante estos nuevos acontecimientos.

3. Reunión del Sanedrín

168:3.1Aunque el testimonio de este hombre resucitado de entre los muertos contribuyó mucho a consolidar la fe de la masa de creyentes en el evangelio del reino, tuvo poca o ninguna influencia en la actitud de los líderes religiosos y los gobernantes de Jerusalén, salvo para apresurar su decisión de destruir a Jesús y detener su obra.

168:3.2A la una de la tarde del día siguiente, viernes, el Sanedrín se reunió para deliberar más a fondo sobre la cuestión: «¿Qué haremos con Jesús de Nazaret?». Después de más de dos horas de discusión y de debate enconado, cierto fariseo presentó una resolución que pedía la muerte inmediata de Jesús, proclamando que era una amenaza para todo Israel y comprometiendo formalmente al Sanedrín con la decisión de muerte, sin juicio y en desafío de todo precedente.

168:3.3Una y otra vez este augusto cuerpo de líderes judíos había decretado que Jesús fuera arrestado y llevado a juicio por cargos de blasfemia y otras numerosas acusaciones de desprecio a la ley sagrada judía. En una ocasión anterior habían llegado incluso a declarar que debía morir, pero esta era la primera vez que el Sanedrín dejaba constancia de su deseo de decretar su muerte antes de un juicio. Pero esta resolución no llegó a votarse, porque catorce miembros del Sanedrín dimitieron en bloque cuando se propuso una acción tan inaudita. Aunque estas dimisiones no se tramitaron formalmente durante casi dos semanas, este grupo de catorce se retiró del Sanedrín ese día, para no volver a sentarse nunca en el consejo. Cuando más tarde se tramitaron estas dimisiones, otros cinco miembros fueron expulsados porque sus asociados creían que tenían sentimientos amistosos hacia Jesús. Con la expulsión de estos diecinueve hombres, el Sanedrín quedó en condiciones de juzgar y condenar a Jesús con una solidaridad que rozaba la unanimidad.

168:3.4La semana siguiente, Lázaro y sus hermanas fueron citados a comparecer ante el Sanedrín. Una vez oído su testimonio, no podía caber ninguna duda de que Lázaro había resucitado de entre los muertos. Aunque las actas del Sanedrín admitían prácticamente la resurrección de Lázaro, el registro incluía una resolución que atribuía este y todos los demás prodigios obrados por Jesús al poder del príncipe de los demonios, con quien se declaraba que Jesús estaba aliado.

168:3.5Cualquiera que fuera la fuente de su poder para obrar prodigios, estos líderes judíos estaban convencidos de que, si no se lo detenía de inmediato, muy pronto todo el pueblo llano creería en él; y además, de que surgirían graves complicaciones con las autoridades romanas, puesto que tantos de sus creyentes lo consideraban el Mesías, el libertador de Israel.

168:3.6Fue en esta misma reunión del Sanedrín donde Caifás, el sumo sacerdote, expresó por primera vez aquel viejo adagio judío que repitió tantas veces: «Es mejor que muera un hombre a que perezca la comunidad».

168:3.7Aunque Jesús había recibido aviso de lo que hacía el Sanedrín en esta oscura tarde de viernes, no se inquietó en lo más mínimo y siguió descansando durante el sábado con unos amigos en Betfagé, un caserío cerca de Betania. El domingo temprano por la mañana, Jesús y los apóstoles se reunieron, según lo convenido, en la casa de Lázaro y, después de despedirse de la familia de Betania, emprendieron el viaje de regreso al campamento de Pella.

4. La respuesta a la oración

168:4.1En el camino de Betania a Pella, los apóstoles le hicieron a Jesús muchas preguntas, y el Maestro las respondió todas con libertad, excepto las que se referían a los detalles de la resurrección de los muertos. Esos problemas superaban la capacidad de comprensión de sus apóstoles; por eso el Maestro se negó a tratar esas cuestiones con ellos. Como habían salido de Betania en secreto, estaban solos. Por eso Jesús aprovechó la oportunidad para decir a los diez muchas cosas que, según pensaba, los prepararían para los días difíciles que tenían por delante.

168:4.2Los apóstoles estaban muy agitados en su mente y pasaron bastante tiempo hablando de sus experiencias recientes en relación con la oración y su respuesta. Todos recordaban lo que Jesús había dicho al mensajero de Betania en Filadelfia, cuando dijo claramente: «Esta enfermedad en realidad no termina en la muerte». Y sin embargo, a pesar de esta promesa, Lázaro murió de verdad. Durante todo ese día, una y otra vez, volvieron a hablar de esta cuestión de la respuesta a la oración.

168:4.3Las respuestas de Jesús a sus muchas preguntas pueden resumirse así:

168:4.41. La oración es una expresión de la mente finita en un esfuerzo por acercarse al Infinito. Por tanto, la formulación de una oración tiene que estar limitada por el conocimiento, la sabiduría y los atributos de lo finito; del mismo modo, la respuesta tiene que estar condicionada por la visión, los fines, los ideales y las prerrogativas del Infinito. Nunca puede observarse una continuidad ininterrumpida de fenómenos materiales entre la formulación de una oración y la recepción de la respuesta espiritual completa a ella.

168:4.52. Cuando una oración parece no recibir respuesta, el retraso a menudo anuncia una respuesta mejor, aunque una que por alguna buena razón se retrasa mucho. Cuando Jesús dijo que la enfermedad de Lázaro en realidad no terminaba en la muerte, ya llevaba once horas muerto. A ninguna oración sincera se le niega una respuesta, excepto cuando el punto de vista superior del mundo espiritual ha ideado una respuesta mejor, una respuesta que atiende a la petición del espíritu del hombre, a diferencia de la oración de la mera mente del hombre.

168:4.63. Las oraciones del tiempo, cuando las dicta el espíritu y se expresan con fe, son a menudo tan vastas y abarcadoras que solo pueden responderse en la eternidad; la petición finita está a veces tan cargada de la captación del Infinito que la respuesta tiene que aplazarse largamente hasta que se cree una capacidad adecuada de receptividad; la oración de fe puede ser tan abarcadora que la respuesta solo puede recibirse en el Paraíso.

168:4.74. Las respuestas a la oración de la mente mortal son a menudo de tal naturaleza que solo pueden recibirse y reconocerse después de que esa misma mente que ora haya alcanzado el estado inmortal. La oración del ser material muchas veces solo puede responderse cuando ese individuo ha progresado hasta el nivel del espíritu.

168:4.85. La oración de una persona que conoce a Dios puede estar tan distorsionada por la ignorancia y tan deformada por la superstición que la respuesta a ella sería muy poco deseable. Entonces los seres del espíritu que intervienen tienen que traducir esa oración de tal modo que, cuando llega la respuesta, el peticionario no la reconoce en absoluto como la respuesta a su oración.

168:4.96. Todas las oraciones verdaderas se dirigen a seres espirituales, y todas esas peticiones tienen que responderse en términos espirituales, y todas esas respuestas tienen que consistir en realidades espirituales. Los seres del espíritu no pueden otorgar respuestas materiales a las peticiones del espíritu, ni siquiera a las de los seres materiales. Los seres materiales solo pueden orar con eficacia cuando «oran en el espíritu».

168:4.107. Ninguna oración puede esperar una respuesta a menos que nazca del espíritu y se nutra de la fe. Su fe sincera implica que ustedes han concedido de antemano, prácticamente, a quienes escuchan sus oraciones el pleno derecho de responder a sus peticiones de acuerdo con esa sabiduría suprema y ese amor divino que su fe representa como lo que siempre mueve a esos seres a quienes ustedes oran.

168:4.118. El hijo siempre está en su derecho cuando se permite hacer una petición a su progenitor; y el progenitor siempre está dentro de sus obligaciones parentales para con el hijo inmaduro cuando su sabiduría superior dispone que la respuesta a la oración del hijo se retrase, se modifique, se separe, se trascienda o se aplace hasta otra etapa de la ascensión espiritual.

168:4.129. No vacilen en orar las oraciones del anhelo del espíritu; no duden de que recibirán la respuesta a sus peticiones. Estas respuestas quedarán en depósito, a la espera de que ustedes alcancen esos niveles espirituales futuros de consecución cósmica real, en este mundo o en otros, en los que les será posible reconocer y apropiarse de las respuestas que tanto tiempo han esperado a sus peticiones anteriores pero inoportunas.

168:4.1310. Todas las peticiones genuinas nacidas del espíritu tienen asegurada una respuesta. Pidan y recibirán. Pero deben recordar que ustedes son criaturas progresivas del tiempo y del espacio; por tanto, tienen que contar constantemente con el factor tiempo-espacio en la experiencia de su recepción personal de las respuestas completas a sus múltiples oraciones y peticiones.

5. Qué fue de Lázaro

168:5.1Lázaro se quedó en el hogar de Betania, convertido en el centro de un gran interés para muchos creyentes sinceros y para numerosos curiosos, hasta los días de la crucifixión de Jesús, cuando recibió aviso de que el Sanedrín había decretado su muerte. Los gobernantes de los judíos estaban decididos a poner fin a la difusión de las enseñanzas de Jesús, y juzgaron con acierto que sería inútil dar muerte a Jesús si permitían que Lázaro, que representaba la cima misma de sus prodigios, viviera y diera testimonio del hecho de que Jesús lo había resucitado de entre los muertos. Lázaro ya había sufrido una amarga persecución de parte de ellos.

168:5.2Y así, Lázaro se despidió apresuradamente de sus hermanas en Betania y huyó bajando por Jericó y cruzando el Jordán, sin permitirse descansar mucho hasta llegar a Filadelfia. Lázaro conocía bien a Abner, y allí se sentía a salvo de las intrigas homicidas del perverso Sanedrín.

168:5.3Poco después de esto, Marta y María vendieron sus tierras de Betania y se unieron a su hermano en Perea. Mientras tanto, Lázaro había llegado a ser el tesorero de la iglesia de Filadelfia. Se convirtió en un firme partidario de Abner en su controversia con Pablo y la iglesia de Jerusalén y finalmente murió, a los 67 años, de la misma enfermedad que se lo había llevado cuando era más joven en Betania.

Documento 168

La resurrección de Lázaro