Parte IV · Documento 164

En la fiesta de la dedicación

164:0.1MIENTRAS se establecía el campamento de Pella, Jesús, llevando consigo a Natanael y a Tomás, subió en secreto a Jerusalén para asistir a la fiesta de la dedicación. Solo cuando cruzaron el Jordán por el vado de Betania se dieron cuenta los dos apóstoles de que su Maestro seguía camino hacia Jerusalén. Cuando percibieron que de verdad tenía la intención de estar presente en la fiesta de la dedicación, le hicieron las objeciones más serias y, con toda clase de argumentos, trataron de disuadirlo. Pero sus esfuerzos fueron inútiles; Jesús estaba resuelto a visitar Jerusalén. A todos sus ruegos y a todas sus advertencias, que subrayaban la insensatez y el peligro de ponerse en manos del Sanedrín, él solo respondía: «Quiero dar a estos maestros de Israel otra oportunidad de ver la luz, antes de que llegue mi hora».

164:0.2Siguieron camino hacia Jerusalén, y los dos apóstoles continuaban expresando sus sentimientos de temor y manifestando sus dudas sobre la sensatez de una empresa en apariencia tan temeraria. Llegaron a Jericó hacia las cuatro y media y se prepararon para pasar allí la noche.

1. La historia del buen samaritano

164:1.1Esa noche se reunió un grupo considerable en torno a Jesús y a los dos apóstoles para hacer preguntas, muchas de las cuales respondieron los apóstoles, mientras que otras las trató el Maestro. En el curso de la velada, cierto experto en la ley, que buscaba enredar a Jesús en una disputa comprometedora, dijo: «Maestro, quisiera preguntarte qué es exactamente lo que debo hacer para heredar la vida eterna». Jesús respondió: «¿Qué está escrito en la ley y los profetas; cómo lees tú las Escrituras?». El experto en la ley, que conocía las enseñanzas tanto de Jesús como de los fariseos, respondió: «Amar al Señor Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza, y a tu prójimo como a ti mismo». Entonces dijo Jesús: «Has respondido bien; esto, si de verdad lo haces, te llevará a la vida sempiterna».

164:1.2Pero el experto en la ley no era del todo sincero al hacer esta pregunta, y, como deseaba justificarse y esperaba a la vez poner a Jesús en un aprieto, se atrevió a hacer todavía otra pregunta. Acercándose un poco más al Maestro, dijo: «Pero, Maestro, quisiera que me dijeras: ¿quién es exactamente mi prójimo?». El experto en la ley hizo esta pregunta con la esperanza de atrapar a Jesús en alguna afirmación que contraviniera la ley judía, la cual definía al prójimo como «los hijos del propio pueblo». Los judíos consideraban a todos los demás como «perros gentiles». Este experto en la ley conocía algo las enseñanzas de Jesús y, por tanto, sabía bien que el Maestro pensaba de otro modo; así esperaba llevarlo a decir algo que pudiera interpretarse como un ataque contra la ley sagrada.

164:1.3Pero Jesús discernió el motivo del experto en la ley y, en lugar de caer en la trampa, se puso a contar a sus oyentes una historia, una historia que cualquier auditorio de Jericó apreciaría plenamente. Dijo Jesús: «Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos bandoleros crueles, que lo robaron, lo despojaron de sus ropas y lo golpearon, y al marcharse lo dejaron medio muerto. Muy pronto, por casualidad, cierto sacerdote bajaba por ese camino, y cuando se encontró con el herido, al ver su lamentable estado, pasó por el otro lado del camino. Y de igual manera un levita, cuando llegó y vio al hombre, pasó también por el otro lado. Ahora bien, por ese tiempo, cierto samaritano, mientras viajaba hacia Jericó, se encontró con este herido; y cuando vio cómo lo habían robado y golpeado, se conmovió de compasión, y, acercándose a él, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montando al hombre sobre su propia cabalgadura, lo trajo aquí a la posada y cuidó de él. Y al día siguiente sacó algo de dinero y, dándoselo al posadero, dijo: “Cuida bien de mi amigo, y si el gasto es mayor, cuando vuelva te lo pagaré”. Ahora déjame preguntarte: ¿cuál de estos tres resultó ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?». Y cuando el experto en la ley percibió que había caído en su propia trampa, respondió: «El que tuvo misericordia de él». Y Jesús dijo: «Ve y haz tú lo mismo».

164:1.4El experto en la ley respondió «El que tuvo misericordia» para no tener que pronunciar siquiera esa palabra odiosa, samaritano. El experto en la ley se vio obligado a dar a la pregunta «¿Quién es mi prójimo?» precisamente la respuesta que Jesús deseaba que se diera, y que, si Jesús la hubiera formulado así, lo habría expuesto directamente a la acusación de herejía. Jesús no solo confundió al deshonesto experto en la ley, sino que contó a sus oyentes una historia que era a la vez una hermosa amonestación para todos sus seguidores y una reprensión asombrosa para todos los judíos en cuanto a su actitud hacia los samaritanos. Y esta historia ha seguido promoviendo el amor fraternal entre todos los que, desde entonces, han creído en el evangelio de Jesús.

2. En Jerusalén

164:2.1Jesús había asistido a la fiesta de los tabernáculos para proclamar el evangelio a los peregrinos de todas partes del imperio; ahora subía a la fiesta de la dedicación con un solo propósito: dar al Sanedrín y a los dirigentes judíos otra oportunidad de ver la luz. El acontecimiento principal de estos pocos días en Jerusalén tuvo lugar el viernes por la noche en casa de Nicodemo. Allí se reunieron unos veinticinco dirigentes judíos que creían en la enseñanza de Jesús. Entre ellos había catorce hombres que eran entonces, o habían sido poco antes, miembros del Sanedrín. A esta reunión asistieron Eber, Matadormus y José de Arimatea.

164:2.2En esta ocasión, los oyentes de Jesús eran todos hombres instruidos, y tanto ellos como sus dos apóstoles quedaron asombrados por la amplitud y la profundidad de las observaciones que el Maestro hizo ante este distinguido grupo. No había mostrado tal saber ni tal dominio de los asuntos de los hombres, tanto seculares como religiosos, desde los tiempos en que había enseñado en Alejandría, en Roma y en las islas del Mediterráneo.

164:2.3Cuando terminó esta pequeña reunión, todos se fueron desconcertados por la personalidad del Maestro, cautivados por su trato amable y llenos de amor por aquel hombre. Habían intentado aconsejar a Jesús sobre su deseo de ganarse a los demás miembros del Sanedrín. El Maestro escuchó con atención, pero en silencio, todas sus propuestas. Sabía bien que ninguno de sus planes daría resultado. Suponía que la mayoría de los dirigentes judíos nunca aceptarían el evangelio del reino; no obstante, les dio a todos esta oportunidad más de elegir. Pero cuando salió aquella noche con Natanael y Tomás para alojarse en el monte de los Olivos, aún no había decidido el método que seguiría para llevar de nuevo su obra a la atención del Sanedrín.

164:2.4Aquella noche Natanael y Tomás durmieron poco; estaban demasiado asombrados por lo que habían oído en casa de Nicodemo. Pensaron mucho en la observación final de Jesús sobre el ofrecimiento de los miembros antiguos y actuales del Sanedrín de presentarse con él ante los setenta. El Maestro dijo: «No, hermanos míos, no serviría de nada. Multiplicarían la ira que caería sobre sus propias cabezas, pero no mitigarían en lo más mínimo el odio que me tienen. Vayan, cada uno de ustedes, a ocuparse de los asuntos del Padre según los guíe el espíritu, mientras yo llevo una vez más el reino a su atención de la manera que mi Padre disponga».

3. La curación del mendigo ciego

164:3.1A la mañana siguiente, los tres fueron a desayunar a casa de Marta en Betania y luego entraron de inmediato en Jerusalén. Esta mañana de sábado, cuando Jesús y sus dos apóstoles se acercaban al templo, se encontraron con un mendigo muy conocido, un hombre que había nacido ciego, sentado en su lugar de costumbre. Aunque estos mendigos no pedían ni recibían limosna en el día de sábado, se les permitía sentarse así en sus lugares de costumbre. Jesús se detuvo y miró al mendigo. Mientras contemplaba a este hombre que había nacido ciego, le vino a la mente la idea de cómo llevaría una vez más su misión en la tierra a la atención del Sanedrín y de los demás dirigentes judíos y maestros religiosos.

164:3.2Mientras el Maestro estaba allí de pie ante el ciego, absorto en profunda reflexión, Natanael, que meditaba sobre la posible causa de la ceguera de este hombre, preguntó: «Maestro, ¿quién pecó, este hombre o sus padres, para que naciera ciego?».

164:3.3Los rabinos enseñaban que todos estos casos de ceguera de nacimiento eran causados por el pecado. No solo los hijos eran concebidos y nacían en pecado, sino que un niño podía nacer ciego como castigo por algún pecado concreto cometido por su padre. Enseñaban incluso que un niño podía pecar él mismo antes de nacer en el mundo. Enseñaban también que tales defectos podían ser causados por algún pecado u otro exceso de la madre mientras llevaba al niño en su seno.

164:3.4Había en todas estas regiones una creencia persistente en la reencarnación. Los maestros judíos más antiguos, junto con Platón, Filón y muchos de los esenios, toleraban la teoría de que los hombres pueden cosechar en una encarnación lo que sembraron en una existencia anterior; así, se creía que en una vida expiaban los pecados cometidos en vidas precedentes. Al Maestro le resultaba difícil hacer creer a los hombres que sus almas no habían tenido existencias anteriores.

164:3.5Sin embargo, por incoherente que parezca, aunque se suponía que tal ceguera era resultado del pecado, los judíos sostenían que dar limosna a estos mendigos ciegos era meritorio en alto grado. Era costumbre de estos ciegos cantar sin cesar a los transeúntes: «Oh, compasivos, ganen mérito ayudando a los ciegos».

164:3.6Jesús entró en la discusión de este caso con Natanael y Tomás no solo porque ya había decidido usar a este ciego como el medio para llevar aquel día su misión, una vez más y de forma destacada, a la atención de los dirigentes judíos, sino también porque siempre animaba a sus apóstoles a buscar las verdaderas causas de todos los fenómenos, naturales o espirituales. A menudo les había advertido que evitaran la tendencia común de atribuir causas espirituales a sucesos físicos corrientes.

164:3.7Jesús decidió usar a este mendigo en sus planes para la obra de aquel día, pero antes de hacer nada por el ciego, que se llamaba Josías, se dispuso a responder a la pregunta de Natanael. Dijo el Maestro: «Ni este hombre pecó ni sus padres para que las obras de Dios se manifestaran en él. Esta ceguera le ha sobrevenido en el curso natural de los acontecimientos, pero ahora debemos hacer las obras de Aquel que me envió, mientras aún es de día, porque ciertamente vendrá la noche en que será imposible hacer la obra que estamos a punto de realizar. Cuando estoy en el mundo, soy la luz del mundo, pero dentro de muy poco ya no estaré con ustedes».

164:3.8Cuando Jesús hubo hablado, dijo a Natanael y a Tomás: «Vamos a crear la vista de este ciego en este día de sábado, para que los escribas y los fariseos tengan la plena ocasión que buscan para acusar al Hijo del Hombre». Luego, inclinándose, escupió en el suelo y mezcló el barro con la saliva, y, hablando de todo esto de modo que el ciego pudiera oírlo, se acercó a Josías y le puso el barro sobre sus ojos sin vista, diciendo: «Ve, hijo mío, lava este barro en el estanque de Siloé, y al instante recibirás la vista». Y cuando Josías se hubo lavado así en el estanque de Siloé, volvió con sus amigos y su familia, viendo.

164:3.9Como siempre había sido mendigo, no conocía otra cosa; así que, cuando pasó la primera emoción de la creación de su vista, volvió a su lugar habitual de pedir limosna. Sus amigos, sus vecinos y todos los que lo habían conocido antes, cuando observaron que podía ver, decían todos: «¿No es este Josías, el mendigo ciego?». Unos decían que era él, mientras que otros decían: «No, es uno que se le parece, pero este hombre puede ver». Pero cuando preguntaron al hombre mismo, respondió: «Soy yo».

164:3.10Cuando empezaron a preguntarle cómo podía ver, les respondió: «Un hombre llamado Jesús pasó por aquí, y, mientras hablaba de mí con sus amigos, hizo barro con saliva, me ungió los ojos y me indicó que fuera a lavarme en el estanque de Siloé. Hice lo que este hombre me dijo, y al instante recibí la vista. Y eso fue hace solo unas pocas horas. Todavía no sé el significado de mucho de lo que veo». Y cuando la gente que empezaba a reunirse en torno a él le preguntó dónde podían encontrar al extraño hombre que lo había sanado, Josías solo pudo responder que no lo sabía.

164:3.11Este es uno de los más extraños de todos los milagros del Maestro. Este hombre no pidió la curación. No sabía que el Jesús que le había indicado que se lavara en Siloé, y que le había prometido la vista, era el profeta de Galilea que había predicado en Jerusalén durante la fiesta de los tabernáculos. Este hombre tenía poca fe en que recibiría la vista, pero la gente de aquel tiempo tenía gran fe en la eficacia de la saliva de un hombre grande o santo; y, por la conversación de Jesús con Natanael y Tomás, Josías había concluido que su posible benefactor era un gran hombre, un maestro instruido o un profeta santo; en consecuencia, hizo lo que Jesús le indicó.

164:3.12Jesús se valió del barro y de la saliva, y le indicó que se lavara en el simbólico estanque de Siloé, por tres razones:

164:3.131. Esto no fue un milagro en respuesta a la fe del individuo. Fue un prodigio que Jesús eligió realizar con un propósito propio, pero que dispuso de tal modo que este hombre pudiera obtener de él un beneficio duradero.

164:3.142. Como el ciego no había pedido la curación, y puesto que la fe que tenía era escasa, se sugirieron estos actos materiales con el fin de alentarlo. Él sí creía en la superstición de la eficacia de la saliva, y sabía que el estanque de Siloé era un lugar semisagrado. Pero difícilmente habría ido allí si no hubiera sido necesario lavar el barro de su unción. Había en el asunto justo la ceremonia suficiente para inducirlo a actuar.

164:3.153. Pero Jesús tenía una tercera razón para recurrir a estos medios materiales en relación con este hecho singular: este fue un milagro obrado puramente en obediencia a su propia elección, y con él deseaba enseñar a sus seguidores de aquel tiempo y de todas las épocas posteriores a no despreciar ni descuidar los medios materiales en la curación de los enfermos. Quería enseñarles que debían dejar de considerar los milagros como el único método de curar las enfermedades humanas.

164:3.16Jesús dio la vista a este hombre por una acción milagrosa, en esta mañana de sábado y en Jerusalén, cerca del templo, con el propósito principal de hacer de este acto un desafío abierto al Sanedrín y a todos los maestros judíos y dirigentes religiosos. Esta fue su manera de proclamar una ruptura abierta con los fariseos. Siempre era decidido en todo lo que hacía. Y fue con el propósito de llevar estos asuntos ante el Sanedrín por lo que Jesús llevó a sus dos apóstoles hasta este hombre a primera hora de la tarde de este día de sábado y provocó deliberadamente aquellas discusiones que obligaron a los fariseos a tomar nota del milagro.

4. Josías ante el Sanedrín

164:4.1A media tarde, la curación de Josías había suscitado tal discusión en torno al templo que los dirigentes del Sanedrín decidieron convocar el consejo en su lugar habitual de reunión en el templo. Y lo hicieron en violación de una norma vigente que prohibía que el Sanedrín se reuniera en el día de sábado. Jesús sabía que el quebrantamiento del sábado sería uno de los principales cargos que se presentarían contra él cuando llegara la prueba final, y deseaba ser llevado ante el Sanedrín para el juicio de la acusación de haber sanado a un ciego en el día de sábado, cuando la misma sesión del alto tribunal judío que lo juzgaba por este acto de misericordia estaría deliberando sobre estos asuntos en el día de sábado y en violación directa de sus propias leyes autoimpuestas.

164:4.2Pero no llamaron a Jesús ante ellos; tenían miedo de hacerlo. En su lugar, mandaron llamar de inmediato a Josías. Tras algunas preguntas preliminares, el portavoz del Sanedrín (estaban presentes unos cincuenta miembros) indicó a Josías que les contara lo que le había sucedido. Desde su curación esa mañana, Josías se había enterado por Tomás, Natanael y otros de que los fariseos estaban enojados por su curación en sábado, y de que probablemente causarían problemas a todos los implicados; pero Josías aún no percibía que Jesús era aquel a quien llamaban el Libertador. Así que, cuando los fariseos lo interrogaron, dijo: «Este hombre pasó, me puso barro en los ojos, me dijo que fuera a lavarme en Siloé, y ahora sí veo».

164:4.3Uno de los fariseos de más edad, después de pronunciar un largo discurso, dijo: «Este hombre no puede venir de Dios, porque ustedes pueden ver que no guarda el sábado. Viola la ley, primero, al hacer el barro, y luego, al enviar a este mendigo a lavarse en Siloé en el día de sábado. Un hombre así no puede ser un maestro enviado por Dios».

164:4.4Entonces uno de los más jóvenes, que creía en secreto en Jesús, dijo: «Si este hombre no es enviado por Dios, ¿cómo puede hacer estas cosas? Sabemos que alguien que es un pecador común no puede realizar tales milagros. Todos conocemos a este mendigo y sabemos que nació ciego; ahora ve. ¿Seguirán diciendo que este profeta hace todos estos prodigios por el poder del príncipe de los demonios?». Y por cada fariseo que se atrevía a acusar y denunciar a Jesús, se levantaba otro para hacer preguntas capciosas y comprometedoras, de modo que surgió entre ellos una seria división. El que presidía vio hacia dónde iban a la deriva, y, para calmar la discusión, se dispuso a interrogar más al hombre mismo. Volviéndose a Josías, dijo: «¿Qué tienes que decir de este hombre, de este Jesús, que según afirmas te abrió los ojos?». Y Josías respondió: «Creo que es un profeta».

164:4.5Los dirigentes estaban muy turbados y, como no sabían qué otra cosa hacer, decidieron mandar llamar a los padres de Josías para saber si de verdad había nacido ciego. Se resistían a creer que el mendigo había sido sanado.

164:4.6Era bien sabido en Jerusalén no solo que a Jesús se le negaba la entrada en todas las sinagogas, sino que todos los que creían en su enseñanza eran igualmente expulsados de la sinagoga, excomulgados de la congregación de Israel; y esto significaba la privación de todos los derechos y privilegios de toda clase en todo el mundo judío, excepto el derecho a comprar lo necesario para la vida.

164:4.7Por eso, cuando los padres de Josías, almas pobres y agobiadas por el miedo, comparecieron ante el augusto Sanedrín, tuvieron miedo de hablar con libertad. Dijo el portavoz del tribunal: «¿Es este su hijo?, ¿y entendemos bien que nació ciego? Si esto es verdad, ¿cómo es que ahora puede ver?». Y entonces el padre de Josías, apoyado por su madre, respondió: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ha llegado a ver, o quién fue el que le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él; ya es mayor de edad; que hable por sí mismo».

164:4.8Entonces llamaron a Josías ante ellos por segunda vez. No avanzaban bien en su plan de celebrar un juicio formal, y algunos empezaban a sentirse incómodos por hacerlo en sábado; por consiguiente, cuando volvieron a llamar a Josías, intentaron atraparlo con un modo distinto de ataque. El funcionario del tribunal habló al que había sido ciego, diciendo: «¿Por qué no das gloria a Dios por esto?, ¿por qué no nos dices toda la verdad sobre lo que sucedió? Todos sabemos que este hombre es un pecador. ¿Por qué te niegas a discernir la verdad? Sabes que tanto tú como este hombre están convictos de quebrantar el sábado. ¿No vas a expiar tu pecado reconociendo a Dios como tu sanador, si todavía afirmas que hoy se te han abierto los ojos?».

164:4.9Pero Josías no tenía nada de corto ni le faltaba humor; así que respondió al funcionario del tribunal: «Si este hombre es pecador, no lo sé; pero una cosa sí sé —que, siendo ciego, ahora veo». Y como no podían atrapar a Josías, trataron de interrogarlo más, preguntando: «¿Cómo te abrió exactamente los ojos?, ¿qué te hizo en realidad?, ¿qué te dijo?, ¿te pidió que creyeras en él?».

164:4.10Josías respondió, algo impaciente: «Ya les he dicho exactamente cómo sucedió todo, y si no creyeron mi testimonio, ¿por qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso querrían también ustedes hacerse sus discípulos?». Cuando Josías hubo hablado así, el Sanedrín se disolvió en confusión, casi en violencia, porque los dirigentes se abalanzaron sobre Josías, exclamando con enojo: «Tú podrás hablar de ser discípulo de este hombre, pero nosotros somos discípulos de Moisés, y somos los maestros de las leyes de Dios. Sabemos que Dios habló por medio de Moisés, pero en cuanto a este hombre, Jesús, no sabemos de dónde es».

164:4.11Entonces Josías, de pie sobre un taburete, gritó a todos los que podían oírlo, diciendo: «Escuchen, ustedes que afirman ser los maestros de todo Israel, mientras les declaro que aquí hay una gran maravilla, puesto que confiesan que no saben de dónde es este hombre, y sin embargo saben con certeza, por el testimonio que han oído, que él me abrió los ojos. Todos sabemos que Dios no realiza tales obras para los impíos; que Dios haría algo así solo a petición de un verdadero adorador —de alguien que es santo y justo. Saben que nunca, desde el principio del mundo, han oído hablar de que se abrieran los ojos de alguien que había nacido ciego. ¡Mírenme, pues, todos ustedes, y dense cuenta de lo que se ha hecho hoy en Jerusalén! Les digo que, si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer esto». Y mientras los sanedritas se marchaban con ira y confusión, le gritaron: «Tú naciste del todo en pecado, ¿y ahora te atreves a enseñarnos? Quizás en realidad no naciste ciego, y aunque tus ojos se hayan abierto en el día de sábado, esto se hizo por el poder del príncipe de los demonios». Y fueron enseguida a la sinagoga para expulsar a Josías.

164:4.12Josías entró en este juicio con ideas escasas sobre Jesús y la naturaleza de su curación. La mayor parte del audaz testimonio que dio con tanta habilidad y valentía ante este tribunal supremo de todo Israel se formó en su mente a medida que el juicio avanzaba por cauces tan parciales e injustos.

5. Enseñanza en el Pórtico de Salomón

164:5.1Durante todo el tiempo que esta sesión del Sanedrín, que quebrantaba el sábado, se desarrollaba en una de las salas del templo, Jesús andaba cerca de allí, enseñando a la gente en el Pórtico de Salomón, con la esperanza de ser llamado ante el Sanedrín, donde podría contarles la buena nueva de la libertad y la alegría de la filiación divina en el reino de Dios. Pero tenían miedo de mandarlo llamar. Siempre los desconcertaban estas apariciones repentinas y públicas de Jesús en Jerusalén. Jesús les daba ahora la ocasión misma que con tanto ardor habían buscado, pero temían llevarlo ante el Sanedrín incluso como testigo, y temían aún más arrestarlo.

164:5.2Era pleno invierno en Jerusalén, y la gente buscaba el abrigo parcial del Pórtico de Salomón; y mientras Jesús se quedaba allí, la multitud le hizo muchas preguntas, y él les enseñó durante más de dos horas. Algunos de los maestros judíos trataron de atraparlo preguntándole en público: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, ¿por qué no nos lo dices claramente?». Dijo Jesús: «Les he hablado de mí y de mi Padre muchas veces, pero no quieren creerme. ¿No pueden ver que las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí? Pero muchos de ustedes no creen porque no pertenecen a mi redil. El maestro de la verdad atrae solo a los que tienen hambre de la verdad y sed de rectitud. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen. Y a todos los que siguen mi enseñanza les doy la vida eterna; nunca perecerán, y nadie los arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me ha dado estos hijos, es mayor que todos, de modo que nadie puede arrancarlos de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos uno». Algunos de los judíos incrédulos corrieron hacia donde todavía se construía el templo para recoger piedras y arrojárselas a Jesús, pero los creyentes los contuvieron.

164:5.3Jesús continuó su enseñanza: «Muchas obras de amor les he mostrado de parte del Padre, así que ahora quisiera preguntarles: ¿por cuál de estas buenas obras piensan apedrearme?». Y entonces respondió uno de los fariseos: «No te apedrearíamos por ninguna buena obra, sino por blasfemia, por cuanto tú, siendo hombre, te atreves a hacerte igual a Dios». Y Jesús respondió: «Acusan al Hijo del Hombre de blasfemia porque se negaron a creerme cuando les declaré que había sido enviado por Dios. Si no hago las obras de Dios, no me crean, pero si hago las obras de Dios, aunque no crean en mí, yo pensaría que creerían en las obras. Pero para que estén seguros de lo que proclamo, permítanme afirmar de nuevo que el Padre está en mí y yo en el Padre, y que, así como el Padre mora en mí, así moraré yo en todo el que crea en este evangelio». Y cuando la gente oyó estas palabras, muchos corrieron afuera para echar mano de las piedras y arrojárselas, pero él salió por los recintos del templo; y, encontrándose con Natanael y Tomás, que habían asistido a la sesión del Sanedrín, esperó con ellos cerca del templo hasta que Josías salió de la sala del consejo.

164:5.4Jesús y los dos apóstoles no fueron a buscar a Josías a su casa hasta que oyeron que lo habían expulsado de la sinagoga. Cuando llegaron a su casa, Tomás lo llamó al patio, y Jesús, hablándole, dijo: «Josías, ¿crees en el Hijo de Dios?». Y Josías respondió: «Dime quién es, para que crea en él». Y Jesús dijo: «Lo has visto y lo has oído, y es él quien ahora te habla». Y Josías dijo: «Señor, creo», y, postrándose, lo adoró.

164:5.5Cuando Josías supo que lo habían expulsado de la sinagoga, al principio se sintió muy abatido, pero se animó mucho cuando Jesús indicó que se preparara de inmediato para ir con ellos al campamento de Pella. Este hombre sencillo de Jerusalén había sido en verdad expulsado de una sinagoga judía, pero he aquí al Creador de un universo que lo conducía a asociarse con la nobleza espiritual de aquel tiempo y aquella generación.

164:5.6Y entonces Jesús salió de Jerusalén, para no volver hasta cerca del momento en que se preparó para dejar este mundo. Con los dos apóstoles y Josías, el Maestro regresó a Pella. Y Josías resultó ser uno de los que recibieron el ministerio milagroso del Maestro que dieron buen fruto, pues llegó a ser predicador del evangelio del reino durante toda su vida.

Documento 164

En la fiesta de la dedicación