Parte IV · Documento 162
En la fiesta de los tabernáculos
162:0.1CUANDO Jesús emprendió la subida a Jerusalén con los diez apóstoles, planeó pasar por Samaria, que era la ruta más corta. En consecuencia, bajaron por la orilla oriental del lago y, por el camino de Escitópolis, entraron en los límites de Samaria. Al caer la noche, Jesús envió a Felipe y a Mateo a una aldea de las laderas orientales del monte Gilboa para conseguir alojamiento para el grupo. Sucedió que los habitantes de esta aldea tenían grandes prejuicios contra los judíos, aún mayores que los del samaritano medio, y estos sentimientos se habían intensificado en ese momento concreto porque muchos iban de camino a la fiesta de los tabernáculos. Esta gente sabía muy poco de Jesús, y le negaron alojamiento porque él y sus asociados eran judíos. Cuando Mateo y Felipe mostraron indignación e informaron a estos samaritanos de que se negaban a hospedar al Santo de Israel, los aldeanos, enfurecidos, los echaron del pequeño pueblo con palos y piedras.
162:0.2Después de que Felipe y Mateo volvieron con sus compañeros y contaron cómo los habían expulsado de la aldea, Santiago y Juan se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, te rogamos que nos des permiso para mandar que baje fuego del cielo y consuma a estos samaritanos insolentes e impenitentes». Pero cuando Jesús oyó estas palabras de venganza, se volvió hacia los hijos de Zebedeo y los reprendió con severidad: «No saben qué clase de actitud manifiestan. La venganza no tiene nada de la perspectiva del reino de los cielos. En lugar de discutir, vayamos a la pequeña aldea que está junto al vado del Jordán». Así, a causa del prejuicio sectario, estos samaritanos se privaron del honor de ofrecer hospitalidad al Hijo Creador de un universo.
162:0.3Jesús y los diez se detuvieron a pasar la noche en la aldea cercana al vado del Jordán. Temprano al día siguiente cruzaron el río y siguieron hacia Jerusalén por la calzada del este del Jordán, y llegaron a Betania ya entrada la noche del miércoles. Tomás y Natanael llegaron el viernes, pues los habían retrasado sus conferencias con Rodan.
162:0.4Jesús y los doce permanecieron en los alrededores de Jerusalén hasta el final del mes siguiente (octubre), unas cuatro semanas y media. Jesús mismo entró en la ciudad solo unas pocas veces, y estas breves visitas las hizo durante los días de la fiesta de los tabernáculos. Pasó una parte considerable de octubre con Abner y sus asociados en Belén.
1. Los peligros de la visita a Jerusalén
162:1.1Mucho antes de huir de Galilea, los seguidores de Jesús le habían suplicado que fuera a Jerusalén a proclamar el evangelio del reino, para que su mensaje tuviera el prestigio de haber sido predicado en el centro de la cultura y el saber judíos; pero ahora que él había venido realmente a Jerusalén a enseñar, temían por su vida. Como sabían que el Sanedrín había procurado traer a Jesús a Jerusalén para juzgarlo, y como recordaban las declaraciones del Maestro, repetidas hacía poco, de que debía quedar sujeto a la muerte, los apóstoles se habían quedado literalmente atónitos ante su repentina decisión de asistir a la fiesta de los tabernáculos. A todos sus ruegos anteriores de que fuera a Jerusalén, él había respondido: «La hora aún no ha llegado». Ahora, a sus protestas de temor, respondió solamente: «Pero la hora ha llegado».
162:1.2Durante la fiesta de los tabernáculos, Jesús entró audazmente en Jerusalén en varias ocasiones y enseñó en público en el templo. Lo hizo a pesar de los esfuerzos de sus apóstoles por disuadirlo. Aunque durante mucho tiempo lo habían instado a proclamar su mensaje en Jerusalén, ahora temían verlo entrar en la ciudad en ese momento, pues sabían muy bien que los escribas y los fariseos estaban resueltos a provocar su muerte.
162:1.3La audaz aparición de Jesús en Jerusalén confundió a sus seguidores más que nunca. Muchos de sus discípulos, e incluso Judas Iscariote, el apóstol, se habían atrevido a pensar que Jesús había huido a toda prisa a Fenicia porque temía a los dirigentes judíos y a Herodes Antipas. No lograron comprender el significado de los movimientos del Maestro. Su presencia en Jerusalén en la fiesta de los tabernáculos, incluso en contra del consejo de sus seguidores, bastó para acabar para siempre con todos los rumores sobre miedo y cobardía.
162:1.4Durante la fiesta de los tabernáculos, miles de creyentes de todas partes del Imperio romano vieron a Jesús, lo oyeron enseñar, y muchos incluso fueron hasta Betania para consultar con él sobre el progreso del reino en sus regiones de origen.
162:1.5Hubo muchas razones por las que Jesús pudo predicar en público en los atrios del templo durante todos los días de la fiesta, y la principal fue el temor que se había apoderado de los funcionarios del Sanedrín como resultado de la división secreta de opiniones en sus propias filas. Era un hecho que muchos de los miembros del Sanedrín o creían en secreto en Jesús o eran decididamente contrarios a arrestarlo durante la fiesta, cuando había en Jerusalén un número tan grande de personas, muchas de las cuales o creían en él o eran al menos favorables al movimiento espiritual que él promovía.
162:1.6Los esfuerzos de Abner y sus asociados por toda Judea también habían contribuido mucho a consolidar una opinión favorable al reino, tanto que los enemigos de Jesús no se atrevían a mostrar su oposición con demasiada franqueza. Esta fue una de las razones por las que Jesús pudo visitar Jerusalén en público y salir con vida. Uno o dos meses antes, sin duda lo habrían matado.
162:1.7Pero la osada audacia de Jesús al aparecer en público en Jerusalén intimidó a sus enemigos; no estaban preparados para un desafío tan atrevido. Varias veces durante este mes el Sanedrín hizo débiles intentos de arrestar al Maestro, pero estos esfuerzos no dieron ningún resultado. Sus enemigos estaban tan desconcertados por la inesperada aparición pública de Jesús en Jerusalén que conjeturaron que las autoridades romanas debían de haberle prometido protección. Como sabían que Filipo (el hermano de Herodes Antipas) era casi un seguidor de Jesús, los miembros del Sanedrín supusieron que Filipo había obtenido para Jesús promesas de protección contra sus enemigos. Jesús ya había salido de su jurisdicción antes de que ellos se dieran cuenta de que se habían equivocado al creer que su repentina y audaz aparición en Jerusalén se debía a un acuerdo secreto con los funcionarios romanos.
162:1.8Solo los doce apóstoles habían sabido, cuando partieron de Magadán, que Jesús tenía la intención de asistir a la fiesta de los tabernáculos. Los demás seguidores del Maestro se asombraron mucho cuando él apareció en los atrios del templo y comenzó a enseñar en público, y las autoridades judías se sorprendieron más de lo que se puede expresar cuando les informaron de que estaba enseñando en el templo.
162:1.9Aunque sus discípulos no esperaban que Jesús asistiera a la fiesta, la gran mayoría de los peregrinos venidos de lejos que habían oído hablar de él abrigaban la esperanza de verlo en Jerusalén. Y no quedaron decepcionados, pues en varias ocasiones enseñó en el Pórtico de Salomón y en otros lugares de los atrios del templo. Estas enseñanzas fueron en realidad el anuncio oficial o formal de la divinidad de Jesús al pueblo judío y al mundo entero.
162:1.10Las multitudes que escuchaban las enseñanzas del Maestro estaban divididas en sus opiniones. Unos decían que era un hombre bueno; otros, que era un profeta; otros, que era verdaderamente el Mesías; otros decían que era un entrometido dañino, que extraviaba al pueblo con sus extrañas doctrinas. Sus enemigos vacilaban en denunciarlo abiertamente por miedo a sus creyentes amigos, mientras que sus amigos temían reconocerlo abiertamente por miedo a los dirigentes judíos, pues sabían que el Sanedrín estaba resuelto a darle muerte. Pero incluso sus enemigos se maravillaban de su enseñanza, pues sabían que no lo habían instruido en las escuelas de los rabinos.
162:1.11Cada vez que Jesús iba a Jerusalén, sus apóstoles se llenaban de terror. Tenían tanto más miedo cuanto que, día tras día, escuchaban sus declaraciones cada vez más audaces sobre la naturaleza de su misión en la tierra. No estaban acostumbrados a oír a Jesús hacer afirmaciones tan categóricas y aseveraciones tan asombrosas, ni siquiera cuando predicaba entre sus amigos.
2. El primer discurso en el templo
162:2.1La primera tarde en que Jesús enseñó en el templo, un grupo considerable estaba sentado escuchando sus palabras, que describían la libertad del nuevo evangelio y el gozo de los que creen la buena nueva, cuando un oyente curioso lo interrumpió para preguntarle: «Maestro, ¿cómo es que puedes citar las Escrituras y enseñar al pueblo con tanta soltura, si me dicen que no estás instruido en el saber de los rabinos?». Jesús respondió: «Nadie me ha enseñado las verdades que les declaro. Y esta enseñanza no es mía, sino de Aquel que me envió. Si alguno desea de verdad hacer la voluntad de mi Padre, sin duda sabrá acerca de mi enseñanza, si es de Dios o si hablo por mi propia cuenta. El que habla por su propia cuenta busca su propia gloria, pero cuando declaro las palabras del Padre, busco con ello la gloria de aquel que me envió. Pero antes de intentar entrar en la nueva luz, ¿no deberían más bien seguir la luz que ya tienen? Moisés les dio la ley; sin embargo, ¿cuántos de ustedes procuran honestamente cumplir sus exigencias? Moisés, en esta ley, les ordena diciendo: “No matarás”; a pesar de este mandamiento, algunos de ustedes procuran matar al Hijo del Hombre».
162:2.2Cuando la multitud oyó estas palabras, se puso a discutir entre sí. Unos decían que estaba loco; otros, que tenía un demonio. Otros decían que este era en verdad el profeta de Galilea a quien los escribas y los fariseos procuraban matar desde hacía tiempo. Unos decían que las autoridades religiosas temían molestarlo; otros pensaban que no le ponían las manos encima porque se habían hecho creyentes en él. Después de un debate considerable, uno de la multitud se adelantó y preguntó a Jesús: «¿Por qué procuran matarte los gobernantes?». Y él respondió: «Los gobernantes procuran matarme porque les molesta mi enseñanza sobre la buena nueva del reino, un evangelio que libera a los hombres de las pesadas tradiciones de una religión formal de ceremonias que estos maestros están resueltos a mantener a cualquier precio. Circuncidan conforme a la ley en el día de sábado, pero quieren matarme porque una vez, en día de sábado, liberé a un hombre que estaba sujeto a la esclavitud de la aflicción. Me siguen en sábado para espiarme, pero quieren matarme porque en otra ocasión elegí restablecer por completo, en día de sábado, a un hombre gravemente afligido. Procuran matarme porque saben bien que, si ustedes creen honestamente y se atreven a aceptar mi enseñanza, su sistema de religión tradicional será derribado, destruido para siempre. Así quedarán privados de autoridad sobre aquello a lo que han dedicado su vida, puesto que se niegan con firmeza a aceptar este evangelio nuevo y más glorioso del reino de Dios. Y ahora apelo a cada uno de ustedes: No juzguen según las apariencias exteriores, sino más bien juzguen por el verdadero espíritu de estas enseñanzas; juzguen con rectitud».
162:2.3Entonces dijo otro que preguntaba: «Sí, Maestro, esperamos al Mesías, pero cuando venga, sabemos que su aparición será en misterio. Nosotros sabemos de dónde eres tú. Has estado entre tus hermanos desde el principio. El libertador vendrá con poder a restaurar el trono del reino de David. ¿Afirmas de verdad ser el Mesías?». Y Jesús respondió: «Ustedes afirman conocerme y saber de dónde soy. Ojalá sus afirmaciones fueran ciertas, pues entonces hallarían en verdad vida abundante en ese conocimiento. Pero declaro que no he venido a ustedes por mi propia cuenta; he sido enviado por el Padre, y el que me envió es verdadero y fiel. Al negarse a escucharme, se niegan a recibir a Aquel que me envía. Ustedes, si reciben este evangelio, llegarán a conocer a Aquel que me envió. Yo conozco al Padre, porque he venido del Padre para declararlo y revelarlo a ustedes».
162:2.4Los agentes de los escribas querían echarle mano, pero temían a la multitud, porque muchos creían en él. La obra de Jesús desde su bautismo se había hecho bien conocida en todo el mundo judío, y mientras muchas de estas personas relataban estas cosas, decían entre sí: «Aunque este maestro es de Galilea, y aunque no cumple todas nuestras expectativas sobre el Mesías, nos preguntamos si el libertador, cuando venga, hará realmente algo más maravilloso de lo que ya ha hecho este Jesús de Nazaret».
162:2.5Cuando los fariseos y sus agentes oyeron que la gente hablaba de esta manera, deliberaron con sus jefes y decidieron que había que hacer algo de inmediato para poner fin a estas apariciones públicas de Jesús en los atrios del templo. Los dirigentes de los judíos, en general, estaban dispuestos a evitar un choque con Jesús, pues creían que las autoridades romanas le habían prometido inmunidad. De otro modo no podían explicar su audacia al venir en ese momento a Jerusalén; pero los funcionarios del Sanedrín no creían del todo este rumor. Razonaban que los gobernantes romanos no harían algo así en secreto y sin conocimiento del más alto órgano de gobierno de la nación judía.
162:2.6En consecuencia, Eber, el funcionario competente del Sanedrín, fue enviado con dos ayudantes a arrestar a Jesús. Mientras Eber se dirigía hacia Jesús, el Maestro dijo: «No teman acercarse a mí. Acérquense mientras escuchan mi enseñanza. Sé que los han enviado a prenderme, pero deben comprender que nada le sucederá al Hijo del Hombre hasta que llegue su hora. Ustedes no están alineados contra mí; vienen solo a cumplir las órdenes de sus amos, y aun estos gobernantes de los judíos creen en verdad que rinden un servicio a Dios cuando procuran en secreto mi destrucción.
162:2.7«No le deseo mal a ninguno de ustedes. El Padre los ama, y por eso anhelo que sean liberados de la esclavitud del prejuicio y de la oscuridad de la tradición. Les ofrezco la libertad de la vida y el gozo de la salvación. Proclamo el camino nuevo y vivo, la liberación del mal y la ruptura de la esclavitud del pecado. He venido para que tengan vida, y la tengan eternamente. Ustedes procuran librarse de mí y de mis inquietantes enseñanzas. ¡Si tan solo pudieran darse cuenta de que voy a estar con ustedes solo un poco de tiempo! Dentro de muy poco voy a Aquel que me envió a este mundo. Y entonces muchos de ustedes me buscarán con diligencia, pero no hallarán mi presencia, porque adonde estoy a punto de ir ustedes no pueden venir. Pero todos los que de verdad procuran encontrarme alcanzarán algún día la vida que conduce a la presencia de mi Padre».
162:2.8Algunos de los burlones decían entre sí: «¿Adónde irá este hombre, que no podremos encontrarlo? ¿Se irá a vivir entre los griegos? ¿Se destruirá a sí mismo? ¿Qué puede querer decir cuando declara que pronto se apartará de nosotros, y que no podemos ir adonde él va?».
162:2.9Eber y sus ayudantes se negaron a arrestar a Jesús; volvieron a su lugar de reunión sin él. Cuando, por tanto, los principales sacerdotes y los fariseos reprocharon a Eber y a sus ayudantes que no hubieran traído a Jesús con ellos, Eber solo respondió: «Temimos arrestarlo en medio de la multitud porque muchos creen en él. Además, nunca hemos oído a un hombre hablar como este hombre. Hay algo fuera de lo común en este maestro. Todos ustedes harían bien en ir a escucharlo». Y cuando los jefes principales oyeron estas palabras, se asombraron y hablaron a Eber con burla: «¿También tú te has dejado extraviar? ¿Vas a creer en este engañador? ¿Has oído que alguno de nuestros sabios o alguno de los gobernantes haya creído en él? ¿Se ha dejado engañar alguno de los escribas o de los fariseos por sus hábiles enseñanzas? ¿Cómo es que te influye la conducta de esta multitud ignorante que no conoce la ley ni los profetas? ¿No sabes que esa gente sin instrucción es maldita?». Y entonces respondió Eber: «Así es, señores míos, pero este hombre dice a la multitud palabras de misericordia y de esperanza. Alienta a los abatidos, y sus palabras fueron un consuelo incluso para nuestras almas. ¿Qué puede haber de malo en estas enseñanzas, aunque quizá no sea el Mesías de las Escrituras? Y aun así, ¿no exige nuestra ley la equidad? ¿Condenamos a un hombre antes de escucharlo?». Y el jefe del Sanedrín se enojó con Eber y, volviéndose hacia él, le dijo: «¿Te has vuelto loco? ¿Eres tú también, por casualidad, de Galilea? Escudriña las Escrituras, y descubrirás que de Galilea no surge ningún profeta, y mucho menos el Mesías».
162:2.10El Sanedrín se disolvió en confusión, y Jesús se retiró a Betania para pasar la noche.
3. La mujer sorprendida en adulterio
162:3.1Fue durante esta visita a Jerusalén cuando Jesús trató con cierta mujer de mala reputación a quien llevaron a su presencia los acusadores de ella y enemigos de él. El relato distorsionado que ustedes tienen de este episodio sugeriría que esta mujer había sido llevada ante Jesús por los escribas y los fariseos, y que Jesús los trató de tal manera que dio a entender que estos dirigentes religiosos de los judíos podían ser ellos mismos culpables de inmoralidad. Jesús sabía bien que, aunque estos escribas y fariseos estaban ciegos espiritualmente y tenían prejuicios intelectuales a causa de su lealtad a la tradición, había que contarlos entre los hombres más rigurosamente morales de aquel día y de aquella generación.
162:3.2Lo que sucedió en realidad fue esto: Temprano en la tercera mañana de la fiesta, cuando Jesús se acercaba al templo, le salió al encuentro un grupo de agentes a sueldo del Sanedrín que llevaban a rastras a una mujer. Cuando se acercaron, el portavoz dijo: «Maestro, esta mujer fue sorprendida en adulterio —en el acto mismo—. Ahora bien, la ley de Moisés ordena que apedreemos a una mujer así. ¿Qué dices tú que se debe hacer con ella?».
162:3.3El plan de los enemigos de Jesús era que, si él mantenía la ley de Moisés que exigía apedrear a la transgresora confesa, se viera envuelto en dificultades con los gobernantes romanos, que habían negado a los judíos el derecho a aplicar la pena de muerte sin la aprobación de un tribunal romano. Si prohibía apedrear a la mujer, lo acusarían ante el Sanedrín de ponerse por encima de Moisés y de la ley judía. Si guardaba silencio, lo acusarían de cobardía. Pero el Maestro manejó la situación de tal modo que toda la trama se vino abajo por su propio peso sórdido.
162:3.4Esta mujer, antes hermosa, era la esposa de un ciudadano inferior de Nazaret, un hombre que había causado problemas a Jesús durante toda su juventud. Este hombre, después de casarse con esta mujer, la obligó del modo más vergonzoso a ganar el sustento de ambos comerciando con su cuerpo. Había subido a la fiesta en Jerusalén para que su esposa prostituyera así sus encantos físicos a cambio de ganancia económica. Había hecho un trato con los asalariados de los gobernantes judíos para traicionar así a su propia esposa en su vicio comercializado. Y así vinieron con la mujer y con su compañero de transgresión con el propósito de atrapar a Jesús para que hiciera alguna declaración que se pudiera usar contra él en caso de que lo arrestaran.
162:3.5Jesús, mirando a la multitud, vio al marido de ella de pie detrás de los demás. Sabía qué clase de hombre era y percibió que participaba en aquella despreciable transacción. Jesús primero dio la vuelta hasta cerca de donde estaba este marido degenerado y escribió en la arena unas pocas palabras que hicieron que se marchara a toda prisa. Luego volvió ante la mujer y escribió de nuevo en el suelo para que lo vieran los que querían ser sus acusadores; y cuando ellos leyeron sus palabras, también se fueron, uno por uno. Y cuando el Maestro escribió en la arena por tercera vez, el compañero de la mujer en el mal se marchó, de modo que, cuando el Maestro se incorporó de esta escritura, vio a la mujer sola de pie ante él. Jesús dijo: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿nadie se quedó para apedrearte?». Y la mujer, alzando los ojos, respondió: «Nadie, Señor». Y entonces dijo Jesús: «Sé de ti; tampoco yo te condeno. Vete en paz». Y esta mujer, Hildana, abandonó a su malvado marido y se unió a los discípulos del reino.
4. La fiesta de los tabernáculos
162:4.1La presencia de gente de todo el mundo conocido, desde España hasta la India, hizo de la fiesta de los tabernáculos una ocasión ideal para que Jesús proclamara por primera vez en público su evangelio completo en Jerusalén. En esta fiesta la gente vivía mucho al aire libre, en enramadas de hojas. Era la fiesta de la recolección de la cosecha, y como caía en el fresco de los meses de otoño, los judíos del mundo acudían a ella en mayor número que a la Pascua, al final del invierno, o a Pentecostés, al comienzo del verano. Los apóstoles vieron por fin a su Maestro hacer el audaz anuncio de su misión en la tierra, por así decirlo, ante todo el mundo.
162:4.2Esta era la fiesta de las fiestas, ya que cualquier sacrificio que no se hubiera hecho en las otras festividades podía hacerse en esta ocasión. Era la ocasión en que se recibían las ofrendas del templo; era una combinación de placeres de vacaciones con los ritos solemnes de la adoración religiosa. Era un tiempo de regocijo racial, mezclado con sacrificios, cantos levíticos y los toques solemnes de las trompetas plateadas de los sacerdotes. De noche, el impresionante espectáculo del templo y de sus multitudes de peregrinos quedaba brillantemente iluminado por los grandes candelabros que ardían con fuerza en el atrio de las mujeres, así como por el resplandor de decenas de antorchas colocadas por los atrios del templo. Toda la ciudad estaba alegremente adornada, salvo el castillo romano de Antonia, que miraba desde lo alto, en sombrío contraste, esta escena festiva y de adoración. ¡Y cómo odiaban los judíos este recordatorio siempre presente del yugo romano!
162:4.3Durante la fiesta se sacrificaban setenta novillos, símbolo de las setenta naciones del paganismo. La ceremonia del derramamiento del agua simbolizaba el derramamiento del espíritu divino. Esta ceremonia del agua seguía a la procesión de los sacerdotes y los levitas a la salida del sol. Los adoradores bajaban los escalones que conducían del atrio de Israel al atrio de las mujeres, mientras sonaban toques sucesivos de las trompetas plateadas. Y luego los fieles marchaban hacia la puerta Hermosa, que daba al atrio de los gentiles. Allí se volvían para mirar hacia el oeste, repetir sus cantos y continuar su marcha en busca del agua simbólica.
162:4.4El último día de la fiesta oficiaban casi cuatrocientos cincuenta sacerdotes con un número correspondiente de levitas. Al amanecer, los peregrinos se reunían desde todas partes de la ciudad, cada uno con un manojo de ramas de mirto, sauce y palmera en la mano derecha, mientras que en la mano izquierda cada uno llevaba una rama de manzana del paraíso —la cidra, o el «fruto prohibido»—. Estos peregrinos se dividían en tres grupos para esta ceremonia de primera hora de la mañana. Un grupo se quedaba en el templo para asistir a los sacrificios de la mañana; otro grupo bajaba por debajo de Jerusalén hasta cerca de Maza para cortar las ramas de sauce destinadas a adornar el altar de los sacrificios, mientras que el tercer grupo formaba una procesión que salía del templo detrás del sacerdote del agua, quien, al son de las trompetas plateadas, llevaba el cántaro de oro que había de contener el agua simbólica, a través de Ofel hasta cerca de Siloé, donde estaba la puerta de la Fuente. Después de llenar el cántaro de oro en el estanque de Siloé, la procesión volvía al templo, entraba por la puerta del Agua e iba directamente al atrio de los sacerdotes, donde al sacerdote que llevaba el cántaro del agua se le unía el sacerdote que llevaba el vino para la libación. Estos dos sacerdotes se dirigían entonces a los embudos de plata que conducían a la base del altar y vertían en ellos el contenido de los cántaros. La ejecución de este rito de verter el vino y el agua era la señal para que los peregrinos reunidos comenzaran el canto de los Salmos del 113 al 118 inclusive, alternando con los levitas. Y mientras repetían estos versos, agitaban sus manojos hacia el altar. Luego seguían los sacrificios del día, junto con la repetición del Salmo del día; el Salmo del último día de la fiesta era el ochenta y dos, a partir del quinto versículo.
5. Sermón sobre la luz del mundo
162:5.1Al anochecer del penúltimo día de la fiesta, cuando la escena estaba brillantemente iluminada por las luces de los candelabros y de las antorchas, Jesús se puso de pie en medio de la multitud reunida y dijo:
162:5.2«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Ustedes, que se atreven a juzgarme y pretenden sentarse como mis jueces, declaran que, si doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no puede ser verdadero. Pero nunca puede la criatura sentarse a juzgar al Creador. Aunque yo dé testimonio de mí mismo, mi testimonio es eternamente verdadero, porque sé de dónde vine, quién soy y adónde voy. Ustedes, que quieren matar al Hijo del Hombre, no saben de dónde vine, quién soy ni adónde voy. Solo juzgan por las apariencias de la carne; no perciben las realidades del espíritu. Yo no juzgo a nadie, ni siquiera a mi archienemigo. Pero si decidiera juzgar, mi juicio sería verdadero y justo, porque no juzgaría solo, sino en asociación con mi Padre, que me envió al mundo y que es la fuente de todo juicio verdadero. Ustedes incluso admiten que se puede aceptar el testimonio de dos personas dignas de confianza —pues bien, yo doy testimonio de estas verdades; y así también lo hace mi Padre que está en el cielo. Y cuando les dije esto ayer, en su oscuridad me preguntaron: “¿Dónde está tu Padre?”. En verdad, no me conocen ni a mí ni a mi Padre, porque si me hubieran conocido, también habrían conocido al Padre.
162:5.3«Ya les he dicho que me voy, y que me buscarán y no me encontrarán, porque adonde yo voy ustedes no pueden venir. Ustedes, que quieren rechazar esta luz, son de abajo; yo soy de arriba. Ustedes, que prefieren sentarse en tinieblas, son de este mundo; yo no soy de este mundo, y vivo en la luz eterna del Padre de las luces. Todos ustedes han tenido abundante oportunidad de saber quién soy, pero aún tendrán otras pruebas que confirmarán la identidad del Hijo del Hombre. Yo soy la luz de la vida, y todo el que rechace deliberadamente y con entendimiento esta luz salvadora morirá en sus pecados. Mucho tengo que decirles, pero no son capaces de recibir mis palabras. Sin embargo, el que me envió es verdadero y fiel; mi Padre ama incluso a sus hijos que yerran. Y todo lo que mi Padre ha dicho, yo también lo proclamo al mundo.
162:5.4«Cuando el Hijo del Hombre sea levantado, entonces sabrán todos ustedes que yo soy él, y que no he hecho nada por mí mismo, sino solo como el Padre me ha enseñado. Les digo estas palabras a ustedes y a sus hijos. Y el que me envió está ahora mismo conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que es agradable a sus ojos».
162:5.5Mientras Jesús enseñaba así a los peregrinos en los atrios del templo, muchos creyeron. Y nadie se atrevió a echarle mano.
6. Discurso sobre el agua de la vida
162:6.1El último día, el gran día de la fiesta, cuando la procesión que venía del estanque de Siloé pasaba por los atrios del templo, y justo después de que los sacerdotes derramaran el agua y el vino sobre el altar, Jesús, de pie entre los peregrinos, dijo: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. Del Padre que está arriba traigo a este mundo el agua de la vida. El que me cree será lleno del espíritu que esta agua representa, porque incluso las Escrituras han dicho: “De él brotarán ríos de aguas vivas”. Cuando el Hijo del Hombre haya terminado su obra en la tierra, se derramará sobre toda carne el Espíritu viviente de la Verdad. Los que reciban este espíritu nunca conocerán la sed espiritual».
162:6.2Jesús no interrumpió el servicio para decir estas palabras. Se dirigió a los adoradores inmediatamente después del canto del Hallel, la lectura responsorial de los Salmos acompañada del movimiento de las ramas ante el altar. Justo aquí había una pausa mientras se preparaban los sacrificios, y fue en ese momento cuando los peregrinos oyeron la voz fascinante del Maestro declarar que él era el dador del agua viva para toda alma sedienta de espíritu.
162:6.3Al terminar este servicio de primera hora de la mañana, Jesús siguió enseñando a la multitud, diciendo: «¿No han leído en la Escritura: “Miren, así como las aguas se derraman sobre la tierra seca y se extienden sobre el suelo reseco, así daré yo el espíritu de santidad para que se derrame sobre sus hijos como una bendición, incluso para los hijos de sus hijos”? ¿Por qué tienen sed del ministerio del espíritu mientras procuran regar sus almas con las tradiciones de los hombres, vertidas de los cántaros rotos del servicio ceremonial? Lo que ven suceder en torno a este templo es la manera en que sus padres procuraron simbolizar el otorgamiento del espíritu divino a los hijos de la fe, y han hecho bien en perpetuar estos símbolos, incluso hasta el día de hoy. Pero ahora ha llegado a esta generación la revelación del Padre de los espíritus mediante el otorgamiento de su Hijo, y a todo esto le seguirá ciertamente el otorgamiento del espíritu del Padre y del Hijo sobre los hijos de los hombres. Para todo el que tenga fe, este otorgamiento del espíritu llegará a ser el verdadero maestro del camino que conduce a la vida eterna, a las verdaderas aguas de la vida en el reino de los cielos en la tierra y en el Paraíso del Padre, allá arriba».
162:6.4Y Jesús siguió respondiendo a las preguntas tanto de la multitud como de los fariseos. Unos pensaban que era un profeta; otros creían que era el Mesías; otros decían que no podía ser el Cristo, ya que venía de Galilea, y que el Mesías debía restaurar el trono de David. Aun así, no se atrevieron a arrestarlo.
7. El discurso sobre la libertad espiritual
162:7.1En la tarde del último día de la fiesta, y después de que los apóstoles fracasaron en sus esfuerzos por persuadirlo de que huyera de Jerusalén, Jesús volvió a entrar en el templo para enseñar. Al encontrar un gran grupo de creyentes reunidos en el Pórtico de Salomón, les habló, diciendo:
162:7.2«Si mis palabras permanecen en ustedes y están dispuestos a hacer la voluntad de mi Padre, entonces son verdaderamente mis discípulos. Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Sé cómo me responderán: Somos hijos de Abraham y no somos esclavos de nadie; ¿cómo, pues, seremos hechos libres? Aun así, no hablo de la sujeción exterior al dominio de otro; me refiero a las libertades del alma. En verdad, en verdad les digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. Y saben que no es probable que el esclavo permanezca para siempre en la casa del amo. También saben que el hijo sí permanece en la casa de su padre. Si, pues, el Hijo los hace libres, si los hace hijos, serán verdaderamente libres.
162:7.3«Sé que son descendencia de Abraham; sin embargo, sus dirigentes procuran matarme porque no se ha permitido que mi palabra ejerza su influencia transformadora en el corazón de ellos. Sus almas están selladas por el prejuicio y cegadas por el orgullo de la venganza. Yo les declaro la verdad que el Padre eterno me muestra, mientras que estos maestros engañados procuran hacer las cosas que han aprendido solo de sus padres temporales. Y cuando ustedes responden que Abraham es su padre, entonces les digo que, si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Algunos de ustedes creen mi enseñanza, pero otros procuran destruirme porque les he dicho la verdad que recibí de Dios. Pero Abraham no trató así la verdad de Dios. Percibo que algunos de ustedes están resueltos a hacer las obras del maligno. Si Dios fuera su Padre, me conocerían y amarían la verdad que revelo. ¿No quieren ver que salgo del Padre, que soy enviado por Dios, que no hago esta obra por mí mismo? ¿Por qué no entienden mis palabras? ¿Es porque han elegido hacerse hijos del mal? Si son hijos de las tinieblas, difícilmente andarán en la luz de la verdad que revelo. Los hijos del mal siguen solo los caminos de su padre, que era un engañador y no se mantuvo en la verdad porque llegó a no haber verdad en él. Pero ahora viene el Hijo del Hombre hablando y viviendo la verdad, y muchos de ustedes se niegan a creer.
162:7.4«¿Quién de ustedes me declara culpable de pecado? Si yo, entonces, proclamo y vivo la verdad que el Padre me ha mostrado, ¿por qué no creen? El que es de Dios oye con alegría las palabras de Dios; por esta causa muchos de ustedes no oyen mis palabras, porque no son de Dios. Sus maestros incluso se han atrevido a decir que hago mis obras por el poder del príncipe de los demonios. Uno que está cerca acaba de decir que tengo un demonio, que soy hijo del diablo. Pero todos ustedes que tratan honestamente con su propia alma saben muy bien que no soy un demonio. Saben que honro al Padre aun cuando ustedes quisieran deshonrarme. No busco mi propia gloria, solo la gloria de mi Padre del Paraíso. Y no los juzgo, porque hay uno que juzga por mí.
162:7.5«En verdad, en verdad les digo a ustedes, que creen el evangelio, que si un hombre mantiene viva esta palabra de verdad en su corazón, nunca probará la muerte. Y ahora, justo a mi lado, un escriba dice que esta afirmación prueba que tengo un demonio, puesto que Abraham ha muerto, y también los profetas. Y pregunta: “¿Eres tú tanto más grande que Abraham y los profetas que te atreves a estar aquí y decir que quien guarde tu palabra no probará la muerte? ¿Quién pretendes ser, que te atreves a pronunciar tales blasfemias?”. Y yo digo a todos estos que, si me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada. Pero es el Padre quien me glorificará, el mismo Padre a quien ustedes llaman Dios. Pero no han llegado a conocer a este su Dios y mi Padre, y yo he venido para reunirlos; para mostrarles cómo llegar a ser verdaderamente hijos de Dios. Aunque ustedes no conocen al Padre, yo lo conozco de verdad. Incluso Abraham se regocijó de ver mi día, y por la fe lo vio y se alegró».
162:7.6Cuando los judíos incrédulos y los agentes del Sanedrín que para entonces se habían reunido alrededor oyeron estas palabras, armaron un tumulto, gritando: «No tienes cincuenta años, y hablas de ver a Abraham; ¡eres hijo del diablo!». Jesús no pudo continuar el discurso. Solo dijo al marcharse: «En verdad, en verdad les digo: antes que Abraham fuera, yo soy». Muchos de los incrédulos corrieron a buscar piedras para tirárselas, y los agentes del Sanedrín procuraron arrestarlo, pero el Maestro se abrió paso rápidamente por los corredores del templo y escapó a un lugar de reunión secreto cerca de Betania, donde lo esperaban Marta, María y Lázaro.
8. La visita a Marta y María
162:8.1Se había dispuesto que Jesús se alojara con Lázaro y sus hermanas en la casa de un amigo, mientras que los apóstoles estaban dispersos aquí y allá en pequeños grupos; estas precauciones se tomaron porque las autoridades judías volvían a mostrarse audaces en sus planes de arrestarlo.
162:8.2Desde hacía años, estos tres tenían la costumbre de dejarlo todo y escuchar la enseñanza de Jesús cada vez que él los visitaba. Con la pérdida de sus padres, Marta había asumido las responsabilidades de la vida del hogar, y por eso, en esta ocasión, mientras Lázaro y María estaban sentados a los pies de Jesús absorbiendo su enseñanza refrescante, Marta se dispuso a servir la cena. Hay que explicar que Marta se distraía innecesariamente con numerosas tareas superfluas, y que estaba agobiada por muchas preocupaciones triviales; ese era su carácter.
162:8.3Mientras Marta se afanaba con todos estos supuestos deberes, se sentía molesta porque María no hacía nada para ayudar. Por eso fue a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para hacer todo el servicio? ¿No le dirás que venga a ayudarme?». Jesús respondió: «Marta, Marta, ¿por qué estás siempre inquieta por tantas cosas y turbada por tantas nimiedades? Solo una cosa vale de verdad la pena, y ya que María ha elegido esta parte buena y necesaria, no se la quitaré. Pero ¿cuándo aprenderán las dos a vivir como les he enseñado: ambas sirviendo en cooperación y ambas refrescando su alma al unísono? ¿No pueden aprender que hay un tiempo para cada cosa —que los asuntos menores de la vida deben ceder ante las cosas mayores del reino celestial?».
9. En Belén con Abner
162:9.1Durante toda la semana que siguió a la fiesta de los tabernáculos, decenas de creyentes se reunieron en Betania y recibieron instrucción de los doce apóstoles. El Sanedrín no hizo ningún esfuerzo por molestar estas reuniones, ya que Jesús no estaba presente; durante todo este tiempo él trabajaba con Abner y sus asociados en Belén. Al día siguiente del fin de la fiesta, Jesús había partido hacia Betania, y no volvió a enseñar en el templo durante esta visita a Jerusalén.
162:9.2En ese tiempo, Abner tenía su sede en Belén, y desde ese centro se habían enviado muchos obreros a las ciudades de Judea y del sur de Samaria, e incluso a Alejandría. A los pocos días de su llegada, Jesús y Abner completaron los preparativos para la consolidación de la obra de los dos grupos de apóstoles.
162:9.3Durante toda su visita a la fiesta de los tabernáculos, Jesús había dividido su tiempo de forma más o menos igual entre Betania y Belén. En Betania pasó bastante tiempo con sus apóstoles; en Belén dio mucha instrucción a Abner y a los demás antiguos apóstoles de Juan. Y fue este contacto estrecho lo que finalmente los llevó a creer en él. Estos antiguos apóstoles de Juan el Bautista recibieron la influencia del valor que él mostró en su enseñanza pública en Jerusalén, así como de la comprensión compasiva que experimentaron en su enseñanza privada en Belén. Estas influencias ganaron final y plenamente a cada uno de los asociados de Abner para una aceptación sincera del reino y de todo lo que tal paso implicaba.
162:9.4Antes de salir de Belén por última vez, el Maestro hizo arreglos para que todos ellos se unieran a él en el esfuerzo conjunto que iba a preceder al final de su carrera terrenal en la carne. Se acordó que Abner y sus asociados se unirían a Jesús y a los doce en un futuro próximo en el parque de Magadán.
162:9.5Conforme a este acuerdo, Abner y sus once compañeros unieron su suerte, a comienzos de noviembre, a la de Jesús y los doce, y hasta la misma crucifixión trabajaron junto a ellos como una sola organización.
162:9.6En la última parte de octubre, Jesús y los doce se retiraron de los alrededores inmediatos de Jerusalén. El domingo 30 de octubre, Jesús y sus asociados salieron de la ciudad de Efraín, donde él había descansado retirado durante unos días, y, yendo por la calzada del oeste del Jordán directamente al parque de Magadán, llegaron a última hora de la tarde del miércoles 2 de noviembre.
162:9.7Los apóstoles sintieron un gran alivio al tener al Maestro de nuevo en tierra amiga; ya no lo instaron a subir a Jerusalén a proclamar el evangelio del reino.