Parte IV · Documento 161
Nuevas discusiones con Rodan
161:0.1EL DOMINGO 25 de septiembre del año 29 d. C., los apóstoles y los evangelistas se reunieron en Magadán. Después de una larga reunión con sus asociados aquella noche, Jesús sorprendió a todos al anunciar que temprano al día siguiente él y los doce apóstoles partirían hacia Jerusalén para asistir a la fiesta de los tabernáculos. Dispuso que los evangelistas visitaran a los creyentes de Galilea y que el cuerpo de mujeres regresara por un tiempo a Betsaida.
161:0.2Cuando llegó la hora de partir hacia Jerusalén, Natanael y Tomás estaban todavía en medio de sus discusiones con Rodan de Alejandría, y obtuvieron el permiso del Maestro para quedarse unos días en Magadán. Y así, mientras Jesús y los diez iban de camino a Jerusalén, Natanael y Tomás estaban empeñados en un serio debate con Rodan. Durante la semana anterior, en la que Rodan había expuesto su filosofía, Tomás y Natanael se habían turnado para presentar el evangelio del reino al filósofo griego. Rodan descubrió que había sido bien instruido en las enseñanzas de Jesús por uno de los antiguos apóstoles de Juan el Bautista, que había sido su maestro en Alejandría.
1. La personalidad de Dios
161:1.1Había un asunto en el que Rodan y los dos apóstoles no estaban de acuerdo, y era la personalidad de Dios. Rodan aceptó de buen grado todo lo que se le presentó acerca de los atributos de Dios, pero sostuvo que el Padre que está en el cielo no es, no puede ser, una persona tal como el hombre concibe la personalidad. Mientras que los apóstoles se encontraron en dificultades al intentar probar que Dios es una persona, a Rodan le resultó aún más difícil probar que él no es una persona.
161:1.2Rodan sostenía que el hecho de la personalidad consiste en el hecho coexistente de una comunicación plena y mutua entre seres de igualdad, seres que son capaces de una comprensión empática. Dijo Rodan: «Para ser una persona, Dios debe tener símbolos de comunicación espiritual que le permitan llegar a ser plenamente comprendido por aquellos que entran en contacto con él. Pero puesto que Dios es infinito y eterno, el Creador de todos los demás seres, se sigue que, en lo que respecta a seres de igualdad, Dios está solo en el universo. No hay nadie igual a él; no hay nadie con quien pueda comunicarse como un igual. Dios puede ser, en efecto, la fuente de toda personalidad, pero como tal es trascendente a la personalidad, así como el Creador está por encima y más allá de la criatura».
161:1.3Esta afirmación inquietó mucho a Tomás y a Natanael, y habían pedido a Jesús que acudiera en su ayuda, pero el Maestro se negó a entrar en sus discusiones. Sí le dijo a Tomás: «Poco importa qué idea del Padre puedas tener, mientras estés espiritualmente familiarizado con el ideal de su naturaleza infinita y eterna».
161:1.4Tomás sostuvo que Dios sí se comunica con el hombre y que, por lo tanto, el Padre es una persona, aun dentro de la definición de Rodan. El griego rechazó esto con el argumento de que Dios no se revela personalmente; de que sigue siendo un misterio. Entonces Natanael apeló a su propia experiencia personal con Dios, y Rodan la admitió, y afirmó que él mismo había tenido hacía poco experiencias similares, pero estas experiencias, sostuvo, solo probaban la realidad de Dios, no su personalidad.
161:1.5Para la noche del lunes Tomás se dio por vencido. Pero para la noche del martes Natanael había llevado a Rodan a creer en la personalidad del Padre, y logró este cambio en las opiniones del griego mediante los siguientes pasos de razonamiento:
161:1.61. El Padre en el Paraíso sí disfruta de igualdad de comunicación con al menos otros dos seres que son plenamente iguales a él y totalmente semejantes a él —el Hijo Eterno y el Espíritu Infinito. En vista de la doctrina de la Trinidad, el griego se vio obligado a conceder la posibilidad de que el Padre Universal tuviera personalidad. (Fue la consideración posterior de estas discusiones lo que condujo a la concepción ampliada de la Trinidad en la mente de los doce apóstoles. Desde luego, la creencia general era que Jesús era el Hijo Eterno.)
161:1.72. Puesto que Jesús era igual al Padre, y puesto que este Hijo había logrado la manifestación de la personalidad ante sus hijos de la tierra, tal fenómeno constituía la prueba del hecho, y la demostración de la posibilidad, de que las tres Deidades poseen personalidad, y resolvía para siempre la cuestión de la capacidad de Dios para comunicarse con el hombre y de la posibilidad de que el hombre se comunique con Dios.
161:1.83. Que Jesús estaba en una relación de asociación mutua y de comunicación perfecta con el hombre; que Jesús era el Hijo de Dios. Que la relación de Hijo y Padre presupone igualdad de comunicación y reciprocidad de comprensión empática; que Jesús y el Padre eran uno. Que Jesús mantenía a la vez una comunicación comprensiva tanto con Dios como con el hombre, y que, puesto que tanto Dios como el hombre comprendían el significado de los símbolos de la comunicación de Jesús, tanto Dios como el hombre poseían los atributos de la personalidad en lo que se refiere a los requisitos de la capacidad de intercomunicación. Que la personalidad de Jesús demostraba la personalidad de Dios, a la vez que probaba de manera concluyente la presencia de Dios en el hombre. Que dos cosas que están relacionadas con una misma cosa están relacionadas entre sí.
161:1.94. Que la personalidad representa el concepto más elevado que el hombre tiene de la realidad humana y de los valores divinos; que Dios representa también el concepto más elevado que el hombre tiene de la realidad divina y de los valores infinitos; por lo tanto, que Dios debe ser una personalidad divina e infinita, una personalidad en realidad, aunque trascienda de manera infinita y eterna el concepto y la definición que el hombre tiene de la personalidad, pero no obstante siempre y universalmente una personalidad.
161:1.105. Que Dios debe ser una personalidad, puesto que es el Creador de toda personalidad y el destino de toda personalidad. Rodan había sido enormemente influido por la enseñanza de Jesús: «Sean ustedes, pues, perfectos, así como su Padre que está en el cielo es perfecto».
161:1.11Cuando Rodan oyó estos argumentos, dijo: «Estoy convencido. Confesaré a Dios como persona si ustedes me permiten matizar mi confesión de tal creencia al añadir al significado de la personalidad un grupo de valores ampliados, tales como sobrehumano, trascendente, supremo, infinito, eterno, final y universal. Ahora estoy convencido de que, si bien Dios debe ser infinitamente más que una personalidad, no puede ser nada menos. Me doy por satisfecho con poner fin a la discusión y con aceptar a Jesús como la revelación personal del Padre y la satisfacción de todos los factores no satisfechos de la lógica, la razón y la filosofía».
2. La naturaleza divina de Jesús
161:2.1Puesto que Natanael y Tomás habían aprobado tan plenamente las opiniones de Rodan sobre el evangelio del reino, solo quedaba un punto más por considerar, la enseñanza que trataba de la naturaleza divina de Jesús, una doctrina anunciada públicamente hacía tan poco tiempo. Natanael y Tomás presentaron juntos sus opiniones sobre la naturaleza divina del Maestro, y el relato siguiente es una presentación condensada, reordenada y reformulada de su enseñanza:
161:2.21. Jesús ha admitido su divinidad, y nosotros le creemos. Han sucedido muchas cosas notables en relación con su ministerio que solo podemos entender si creemos que él es el Hijo de Dios además del Hijo del Hombre.
161:2.32. Su asociación de vida con nosotros ejemplifica el ideal de la amistad humana; solo un ser divino podría ser un amigo humano así. Es la persona más verdaderamente desinteresada que jamás hemos conocido. Es amigo incluso de los pecadores; se atreve a amar a sus enemigos. Nos es muy leal. Aunque no vacila en reprendernos, está claro para todos que nos ama de verdad. Cuanto mejor lo conozcas, más lo amarás. Te cautivará su devoción inquebrantable. A lo largo de todos estos años en que no hemos comprendido su misión, ha sido un amigo fiel. Aunque no recurre a la adulación, sí nos trata a todos con igual amabilidad; es invariablemente tierno y compasivo. Ha compartido con nosotros su vida y todo lo demás. Somos una comunidad feliz; lo compartimos todo en común. No creemos que un simple ser humano pudiera vivir una vida tan intachable en circunstancias tan difíciles.
161:2.43. Pensamos que Jesús es divino porque nunca obra mal; no comete errores. Su sabiduría es extraordinaria; su piedad, excelsa. Vive día tras día en perfecta concordancia con la voluntad del Padre. Nunca se arrepiente de malas acciones, porque no transgrede ninguna de las leyes del Padre. Ora por nosotros y con nosotros, pero nunca nos pide que oremos por él. Creemos que está siempre libre de pecado. No pensamos que alguien que sea solo humano haya afirmado nunca vivir una vida así. Él afirma vivir una vida perfecta, y nosotros reconocemos que lo hace. Nuestra piedad brota del arrepentimiento, pero su piedad brota de la rectitud. Incluso afirma perdonar pecados, y de hecho sana enfermedades. Ningún simple hombre en su sano juicio afirmaría perdonar el pecado; esa es una prerrogativa divina. Y parece haber sido así de perfecto en su rectitud desde los tiempos de nuestro primer contacto con él. Nosotros crecemos en la gracia y en el conocimiento de la verdad, pero nuestro Maestro muestra madurez de rectitud desde el principio. Todos los hombres, buenos y malos, reconocen estos elementos de bondad en Jesús. Y, sin embargo, su piedad nunca es importuna ni ostentosa. Es a la vez manso e intrépido. Parece aprobar nuestra creencia en su divinidad. O es lo que afirma ser, o bien es el mayor hipócrita y farsante que el mundo haya conocido jamás. Estamos persuadidos de que es exactamente lo que afirma ser.
161:2.54. La singularidad de su carácter y la perfección de su control emocional nos convencen de que es una combinación de humanidad y divinidad. Responde sin falta al espectáculo de la necesidad humana; el sufrimiento nunca deja de conmoverlo. Su compasión se mueve por igual ante el sufrimiento físico, la angustia mental o la tristeza espiritual. Es rápido para reconocer y generoso para admitir la presencia de la fe o de cualquier otra gracia en sus semejantes. Es tan justo y ecuánime y, al mismo tiempo, tan misericordioso y considerado. Se aflige por la obstinación espiritual de la gente y se alegra cuando la gente consiente en ver la luz de la verdad.
161:2.65. Parece conocer los pensamientos de la mente de los hombres y comprender los anhelos de su corazón. Y siempre es comprensivo con nuestros espíritus atribulados. Parece poseer todas nuestras emociones humanas, pero magníficamente glorificadas. Ama intensamente la bondad e igualmente odia el pecado. Posee una conciencia sobrehumana de la presencia de la Deidad. Ora como un hombre, pero actúa como un Dios. Parece conocer las cosas de antemano; incluso ahora se atreve a hablar de su muerte, alguna referencia mística a su glorificación futura. Aunque es amable, es también valiente y animoso. Nunca flaquea en el cumplimiento de su deber.
161:2.76. Nos impresiona constantemente el fenómeno de su conocimiento sobrehumano. Apenas pasa un día sin que ocurra algo que revele que el Maestro sabe lo que sucede lejos de su presencia inmediata. También parece saber de los pensamientos de sus asociados. Sin duda tiene comunión con personalidades celestiales; indudablemente vive en un plano espiritual muy por encima del resto de nosotros. Todo parece estar abierto a su comprensión única. Nos hace preguntas para que nos expresemos, no para obtener información.
161:2.87. Últimamente el Maestro no vacila en afirmar su sobrehumanidad. Desde el día de nuestra ordenación como apóstoles hasta los tiempos recientes, nunca ha negado que vino del Padre de lo alto. Habla con la autoridad de un maestro divino. El Maestro no vacila en refutar las enseñanzas religiosas de hoy y en declarar el nuevo evangelio con autoridad categórica. Es firme en sus afirmaciones, categórico y lleno de autoridad. Incluso Juan el Bautista, cuando oyó hablar a Jesús, declaró que era el Hijo de Dios. Parece tan suficiente en sí mismo. No anhela el apoyo de la multitud; es indiferente a las opiniones de los hombres. Es valiente y, sin embargo, tan libre de orgullo.
161:2.98. Habla constantemente de Dios como de un asociado siempre presente en todo lo que hace. Anda haciendo el bien, porque Dios parece estar en él. Hace las afirmaciones más asombrosas sobre sí mismo y sobre su misión en la tierra, declaraciones que serían absurdas si él no fuera divino. Una vez declaró: «Antes de que Abraham existiera, yo soy». Ha reclamado claramente la divinidad; afirma estar en asociación con Dios. Casi agota las posibilidades del lenguaje al reiterar sus afirmaciones de íntima asociación con el Padre celestial. Incluso se atreve a afirmar que él y el Padre son uno. Dice que quien lo ha visto a él ha visto al Padre. Y dice y hace todas estas cosas tremendas con una naturalidad tan propia de un niño. Alude a su asociación con el Padre de la misma manera en que se refiere a su asociación con nosotros. Parece estar tan seguro acerca de Dios y habla de estas relaciones de un modo tan llano y natural.
161:2.109. En su vida de oración parece comunicarse directamente con su Padre. Hemos oído pocas de sus oraciones, pero esas pocas indicarían que habla con Dios, por así decirlo, cara a cara. Parece conocer el futuro tanto como el pasado. Sencillamente no podría ser todo esto ni hacer todas estas cosas extraordinarias a menos que fuera algo más que humano. Sabemos que es humano, de eso estamos seguros, pero estamos casi igual de seguros de que también es divino. Creemos que es divino. Estamos convencidos de que es el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios.
161:2.11Cuando Natanael y Tomás concluyeron sus conversaciones con Rodan, se apresuraron hacia Jerusalén para unirse a sus compañeros apóstoles, y llegaron el viernes de esa semana. Esta había sido una gran experiencia en la vida de estos tres creyentes, y los demás apóstoles aprendieron mucho del relato que Natanael y Tomás hicieron de estas experiencias.
161:2.12Rodan regresó a Alejandría, donde enseñó durante mucho tiempo su filosofía en la escuela de Meganta. Llegó a ser un hombre poderoso en los asuntos posteriores del reino de los cielos; fue un creyente fiel hasta el fin de sus días en la tierra, y entregó su vida en Grecia junto con otros cuando las persecuciones estaban en su apogeo.
3. Las mentes humana y divina de Jesús
161:3.1La conciencia de la divinidad fue un crecimiento gradual en la mente de Jesús hasta la ocasión de su bautismo. Después de que llegó a ser plenamente consciente de sí mismo en cuanto a su naturaleza divina, su existencia prehumana y sus prerrogativas de universo, parece haber poseído el poder de limitar de diversas maneras su conciencia humana de su divinidad. Nos parece que desde su bautismo hasta la crucifixión quedó enteramente a elección de Jesús depender solo de la mente humana o utilizar el conocimiento tanto de la mente humana como de la divina. A veces parecía valerse solo de la información que residía en el intelecto humano. En otras ocasiones parecía actuar con una plenitud de conocimiento y de sabiduría tal que solo podía proporcionarla la utilización del contenido sobrehumano de su conciencia divina.
161:3.2Solo podemos comprender sus actos singulares si aceptamos la teoría de que él podía, a voluntad, autolimitar su conciencia de divinidad. Somos plenamente conscientes de que con frecuencia ocultaba a sus asociados su presciencia de los acontecimientos, y de que conocía la naturaleza de lo que ellos pensaban y planeaban. Entendemos que no deseaba que sus seguidores supieran demasiado bien que él era capaz de discernir sus pensamientos y de penetrar sus planes. No deseaba trascender demasiado el concepto de lo humano tal como lo tenían en la mente sus apóstoles y discípulos.
161:3.3No sabemos en absoluto cómo distinguir entre su práctica de autolimitar su conciencia divina y su técnica de ocultar a sus asociados humanos su conocimiento previo y su discernimiento de los pensamientos. Estamos convencidos de que usaba ambas técnicas, pero no siempre somos capaces, en un caso dado, de precisar qué método pudo haber empleado. Con frecuencia lo observábamos actuar solo con el contenido humano de la conciencia; luego lo veíamos en consulta con los directores de las huestes celestiales del universo y discerníamos el indudable funcionamiento de la mente divina. Y luego, en ocasiones casi innumerables, fuimos testigos del obrar de esta personalidad combinada de hombre y Dios tal como la activaba la aparente unión perfecta de las mentes humana y divina. Este es el límite de nuestro conocimiento de tales fenómenos; realmente no conocemos de hecho toda la verdad acerca de este misterio.