Parte IV · Documento 153
La crisis en Cafarnaúm
153:0.1EL VIERNES por la noche, el día de su llegada a Betsaida, y el sábado por la mañana, los apóstoles notaron que Jesús estaba seriamente ocupado con algún problema trascendental; eran conscientes de que el Maestro dedicaba una reflexión fuera de lo común a algún asunto importante. No desayunó y comió muy poco al mediodía. Durante toda la mañana del sábado y la noche anterior, los doce y sus asociados estuvieron reunidos en pequeños grupos alrededor de la casa, en el jardín y a lo largo de la orilla del mar. Pesaba sobre todos ellos una tensión de incertidumbre y una zozobra de aprensión. Jesús les había dicho poco desde que salieron de Jerusalén.
153:0.2Hacía meses que no veían al Maestro tan preocupado y tan poco comunicativo. Incluso Simón Pedro estaba deprimido, si no abatido. Andrés no sabía qué hacer por sus asociados desanimados. Natanael dijo que estaban en medio de «la calma que precede a la tormenta». Tomás expresó la opinión de que «algo fuera de lo común está a punto de suceder». Felipe aconsejó a David Zebedeo: «Olvídate de los planes para alimentar y alojar a la multitud hasta que sepamos en qué está pensando el Maestro». Mateo hacía renovados esfuerzos por reponer la tesorería. Santiago y Juan hablaron del próximo sermón en la sinagoga y especularon mucho sobre su naturaleza y su alcance probables. Simón Zelotes expresó la creencia, en realidad una esperanza, de que «el Padre que está en el cielo quizás esté a punto de intervenir de alguna manera inesperada para vindicar y sostener a su Hijo», mientras que Judas Iscariote se atrevió a abrigar el pensamiento de que posiblemente Jesús estuviera abrumado por el pesar de que «no tuvo el valor y la audacia de permitir que los cinco mil lo proclamaran rey de los judíos».
153:0.3Fue de en medio de un grupo así de seguidores deprimidos y desconsolados de donde salió Jesús esta hermosa tarde de sábado para predicar su sermón, que hizo época, en la sinagoga de Cafarnaúm. La única palabra de saludo alegre o de buenos deseos de parte de alguno de sus seguidores inmediatos vino de uno de los gemelos Alfeo, que nada sospechaban, quien, cuando Jesús salió de la casa camino de la sinagoga, lo saludó con alegría y dijo: «Oramos para que el Padre te ayude y para que tengamos multitudes más grandes que nunca».
1. La preparación del escenario
153:1.1Una distinguida congregación recibió a Jesús a las tres de esta exquisita tarde de sábado en la nueva sinagoga de Cafarnaúm. Jairo presidía y entregó a Jesús las Escrituras para que leyera. El día anterior habían llegado de Jerusalén cincuenta y tres fariseos y saduceos; también estaban presentes más de treinta de los dirigentes y jefes de las sinagogas vecinas. Estos dirigentes religiosos judíos actuaban directamente bajo órdenes del Sanedrín de Jerusalén, y constituían la vanguardia ortodoxa que había venido a inaugurar una guerra abierta contra Jesús y sus discípulos. Sentados al lado de estos dirigentes judíos, en los asientos de honor de la sinagoga, estaban los observadores oficiales de Herodes Antipas, a quienes se había encargado averiguar la verdad acerca de los inquietantes informes de que el pueblo había intentado proclamar a Jesús rey de los judíos, allá en los dominios de su hermano Filipo.
153:1.2Jesús comprendió que se enfrentaba a la declaración inmediata de una guerra declarada y abierta por parte de sus enemigos, cada vez más numerosos, y eligió con audacia tomar la ofensiva. En la alimentación de los cinco mil había desafiado sus ideas del Mesías material; ahora eligió de nuevo atacar abiertamente su concepto del libertador judío. Esta crisis, que comenzó con la alimentación de los cinco mil y que terminó con este sermón de la tarde del sábado, fue el momento en que la marea de la fama y la aclamación populares se volvió hacia el reflujo. De ahí en adelante, la obra del reino iba a ocuparse cada vez más de la tarea más importante de ganar conversos espirituales duraderos para la fraternidad verdaderamente religiosa de la humanidad. Este sermón señala la crisis en la transición del período de discusión, controversia y decisión al de guerra abierta y aceptación final o rechazo final.
153:1.3El Maestro sabía bien que muchos de sus seguidores preparaban lenta pero seguramente su mente para rechazarlo finalmente. Sabía igualmente que muchos de sus discípulos pasaban lenta pero ciertamente por esa formación de la mente y esa disciplina del alma que les permitirían triunfar sobre la duda y afirmar con valor su fe plena en el evangelio del reino. Jesús comprendía plenamente cómo los hombres se preparan para las decisiones de una crisis y para la ejecución de actos repentinos de elección valerosa mediante el lento proceso de elegir una y otra vez entre las situaciones recurrentes del bien y del mal. Sometió a sus mensajeros escogidos a repetidos ensayos de decepción y les dio oportunidades frecuentes y exigentes de elegir entre la manera correcta y la incorrecta de afrontar las pruebas espirituales. Sabía que podía contar con que sus seguidores, cuando afrontaran la prueba final, tomarían sus decisiones vitales de acuerdo con actitudes mentales previas y habituales y con reacciones del espíritu.
153:1.4Con la alimentación de los cinco mil se inició esta crisis en la vida terrenal de Jesús, y con este sermón en la sinagoga llegó a su fin; con este sermón en la sinagoga se inició la crisis en la vida de los apóstoles, que se prolongó durante un año entero y no terminó sino con el juicio y la crucifixión del Maestro.
153:1.5Mientras estaban sentados allí en la sinagoga aquella tarde, antes de que Jesús comenzara a hablar, había un solo gran misterio, una sola pregunta suprema, en la mente de todos. Tanto sus amigos como sus enemigos meditaban un solo pensamiento, que era: «¿Por qué él mismo hizo retroceder de manera tan deliberada y eficaz la marea del entusiasmo popular?». Y fue inmediatamente antes e inmediatamente después de este sermón cuando las dudas y las decepciones de sus adeptos descontentos se convirtieron en una oposición inconsciente y con el tiempo se transformaron en un odio real. Fue después de este sermón en la sinagoga cuando Judas Iscariote abrigó su primer pensamiento consciente de desertar. Pero, por el momento, dominó eficazmente todas esas inclinaciones.
153:1.6Todos estaban en un estado de perplejidad. Jesús los había dejado atónitos y confundidos. Hacía poco había llevado a cabo la mayor demostración de poder sobrenatural de cuantas caracterizaron toda su carrera. La alimentación de los cinco mil fue el acontecimiento de su vida terrenal que más atrajo al concepto judío del Mesías esperado. Pero esta ventaja extraordinaria quedó inmediata e inexplicablemente anulada por su pronta e inequívoca negativa a ser hecho rey.
153:1.7El viernes por la noche, y de nuevo el sábado por la mañana, los dirigentes de Jerusalén insistieron larga y seriamente ante Jairo para impedir que Jesús hablara en la sinagoga, pero fue inútil. La única respuesta de Jairo a todas estas súplicas fue: «He concedido esta petición, y no faltaré a mi palabra».
2. El sermón que hizo época
153:2.1Jesús introdujo este sermón con la lectura de la ley tal como se encuentra en el Deuteronomio: «Pero sucederá que, si este pueblo no escucha la voz de Dios, las maldiciones de la transgresión ciertamente lo alcanzarán. El Señor hará que sean heridos por sus enemigos; serán llevados a todos los reinos de la tierra. Y el Señor los entregará a ustedes y al rey que hayan puesto sobre ustedes en manos de una nación extraña. Llegarán a ser motivo de asombro, un proverbio y objeto de burla entre todas las naciones. Sus hijos y sus hijas irán al cautiverio. Los extranjeros que viven entre ustedes subirán muy alto en autoridad, mientras que ustedes serán abatidos hasta lo más bajo. Y estas cosas estarán sobre ustedes y sobre su descendencia para siempre, porque no quisieron escuchar la palabra del Señor. Por tanto, servirán a sus enemigos, que vendrán contra ustedes. Soportarán hambre y sed y llevarán este yugo extranjero de hierro. El Señor traerá contra ustedes una nación de lejos, del extremo de la tierra, una nación cuya lengua no entenderán, una nación de rostro feroz, una nación que tendrá poca consideración por ustedes. Y los sitiarán en todas sus ciudades hasta que caigan los altos muros fortificados en los que han confiado; y toda la tierra caerá en sus manos. Y sucederá que se verán obligados a comer el fruto de su propio cuerpo, la carne de sus hijos y de sus hijas, durante este tiempo de sitio, por la angustia con que sus enemigos los apremiarán».
153:2.2Y cuando Jesús terminó esta lectura, pasó a los Profetas y leyó de Jeremías: «“Si no escuchan las palabras de mis siervos los profetas que les he enviado, entonces haré esta casa como Silo, y haré de esta ciudad una maldición para todas las naciones de la tierra”. Y los sacerdotes y los maestros oyeron a Jeremías decir estas palabras en la casa del Señor. Y sucedió que, cuando Jeremías terminó de decir todo lo que el Señor le había mandado decir a todo el pueblo, los sacerdotes y los maestros lo prendieron, diciendo: “Ciertamente morirás”. Y todo el pueblo se agolpó alrededor de Jeremías en la casa del Señor. Y cuando los príncipes de Judá oyeron estas cosas, se sentaron a juzgar a Jeremías. Entonces hablaron los sacerdotes y los maestros a los príncipes y a todo el pueblo, diciendo: “Este hombre merece morir, porque ha profetizado contra nuestra ciudad, y ustedes lo han oído con sus propios oídos”. Entonces habló Jeremías a todos los príncipes y a todo el pueblo: “El Señor me envió a profetizar contra esta casa y contra esta ciudad todas las palabras que han oído. Ahora, pues, enmienden sus caminos y reformen sus obras y obedezcan la voz del Señor su Dios, para que escapen del mal que se ha pronunciado contra ustedes. En cuanto a mí, miren, estoy en sus manos. Hagan conmigo lo que les parezca bueno y justo a sus ojos. Pero sepan con certeza que, si me dan muerte, traerán sangre inocente sobre ustedes mismos y sobre este pueblo, porque en verdad el Señor me ha enviado a decir todas estas palabras a sus oídos”.
153:2.3«Los sacerdotes y maestros de aquel tiempo procuraron matar a Jeremías, pero los jueces no lo consintieron, aunque, por sus palabras de advertencia, lo bajaron con cuerdas a un calabozo inmundo hasta que se hundió en el lodo hasta las axilas. Eso es lo que este pueblo le hizo al profeta Jeremías cuando obedeció el mandato del Señor de advertir a sus hermanos de su inminente caída política. Hoy deseo preguntarles: ¿Qué harán los principales sacerdotes y los dirigentes religiosos de este pueblo con el hombre que se atreve a advertirles del día de su ruina espiritual? ¿Procurarán ustedes también dar muerte al maestro que se atreve a proclamar la palabra del Señor, y que no teme señalar en qué se niegan a andar en el camino de luz que conduce a la entrada del reino de los cielos?
153:2.4«¿Qué es lo que buscan como prueba de mi misión en la tierra? Los hemos dejado tranquilos en sus posiciones de influencia y de poder mientras predicábamos buenas nuevas a los pobres y a los marginados. No hemos lanzado ningún ataque hostil contra lo que ustedes veneran, sino que más bien hemos proclamado una nueva libertad para el alma del hombre, dominada por el miedo. Vine al mundo para revelar a mi Padre y para establecer en la tierra la fraternidad espiritual de los hijos de Dios, el reino de los cielos. Y aunque les he recordado tantas veces que mi reino no es de este mundo, aun así mi Padre les ha concedido muchas manifestaciones de prodigios materiales, además de transformaciones y regeneraciones espirituales que son una prueba mayor.
153:2.5«¿Qué nueva señal es la que buscan de mis manos? Declaro que ya tienen pruebas suficientes para poder tomar su decisión. En verdad, en verdad les digo a muchos de los que están sentados ante mí este día que se enfrentan a la necesidad de elegir qué camino seguirán; y les digo, como Josué dijo a sus antepasados: “elijan hoy a quién servirán”. Hoy muchos de ustedes están en la encrucijada de los caminos.
153:2.6«Algunos de ustedes, cuando no pudieron encontrarme después del banquete de la multitud en la otra orilla, alquilaron la flota pesquera de Tiberíades, que una semana antes se había refugiado cerca de aquí durante una tormenta, para ir en mi busca, ¿y para qué? ¡No por la verdad y la rectitud, ni para saber mejor cómo servir y ministrar a sus semejantes! No, sino más bien para tener más pan por el que no habían trabajado. No era para llenar sus almas con la palabra de vida, sino solo para llenar el vientre con el pan de la comodidad. Y durante mucho tiempo se les ha enseñado que el Mesías, cuando viniera, haría aquellos prodigios que harían la vida agradable y fácil para todo el pueblo elegido. No es extraño, pues, que ustedes, a quienes se ha enseñado así, anhelen los panes y los peces. Pero les declaro que esa no es la misión del Hijo del Hombre. He venido a proclamar la libertad espiritual, a enseñar la verdad eterna y a fomentar la fe viva.
153:2.7«Hermanos míos, no ansíen la comida que perece, sino más bien busquen el alimento espiritual que nutre hasta la vida eterna; y este es el pan de vida que el Hijo da a todos los que quieran tomarlo y comer, porque el Padre ha dado al Hijo esta vida sin medida. Y cuando me preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”, les dije con claridad: “Esta es la obra de Dios, que crean en aquel a quien él ha enviado”».
153:2.8Y entonces dijo Jesús, señalando hacia arriba el emblema de una vasija de maná que decoraba el dintel de esta nueva sinagoga, y que estaba adornado con racimos de uvas: «Ustedes han pensado que sus antepasados en el desierto comieron maná —el pan del cielo—, pero yo les digo que ese era el pan de la tierra. Aunque Moisés no dio a sus padres pan del cielo, mi Padre está ahora dispuesto a darles el verdadero pan de vida. El pan del cielo es el que desciende de Dios y da vida eterna a los hombres del mundo. Y cuando me digan: Danos este pan vivo, yo responderé: Yo soy este pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, mientras que el que me cree nunca tendrá sed. Ustedes me han visto, han vivido conmigo y han contemplado mis obras, y sin embargo no creen que salí del Padre. Pero a los que sí creen: no teman. Todos los que son guiados por el Padre vendrán a mí, y el que viene a mí de ningún modo será echado fuera.
153:2.9«Y ahora permítanme declararles, de una vez por todas, que he descendido a la tierra, no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió. Y esta es la voluntad final de Aquel que me envió: que de todos los que él me ha dado no pierda yo a ninguno. Y esta es la voluntad del Padre: que todo el que contempla al Hijo y le cree tenga vida eterna. Apenas ayer los alimenté con pan para sus cuerpos; hoy les ofrezco el pan de vida para sus almas hambrientas. ¿Tomarán ahora el pan del espíritu como entonces comieron de tan buena gana el pan de este mundo?».
153:2.10Cuando Jesús hizo una breve pausa para mirar a la congregación, uno de los maestros de Jerusalén (un miembro del Sanedrín) se levantó y preguntó: «¿Entiendo que dices que tú eres el pan que desciende del cielo, y que el maná que Moisés dio a nuestros padres en el desierto no lo era?». Y Jesús respondió al fariseo: «Has entendido bien». Entonces dijo el fariseo: «Pero ¿no eres tú Jesús de Nazaret, el hijo de José, el carpintero? ¿No son tu padre y tu madre, así como tus hermanos y tus hermanas, bien conocidos por muchos de nosotros? ¿Cómo es, entonces, que te presentas aquí en la casa de Dios y declaras que has descendido del cielo?».
153:2.11Para entonces había mucha murmuración en la sinagoga, y amenazaba tal tumulto que Jesús se puso de pie y dijo: «Tengamos paciencia; la verdad nunca sufre por un examen honesto. Soy todo lo que dicen, pero más. El Padre y yo somos uno; el Hijo hace solo lo que el Padre le enseña, mientras que a todos los que el Padre da al Hijo, el Hijo los recibirá consigo. Ustedes han leído donde está escrito en los Profetas: “Todos serán enseñados por Dios”, y que “Aquellos a quienes el Padre enseña oirán también a su Hijo”. Todo el que se rinde a la enseñanza del espíritu del Padre que mora en su interior vendrá con el tiempo a mí. No es que algún hombre haya visto al Padre, pero el espíritu del Padre sí vive dentro del hombre. Y el Hijo que descendió del cielo, él ciertamente ha visto al Padre. Y los que verdaderamente creen a este Hijo ya tienen vida eterna.
153:2.12«Yo soy este pan de vida. Sus padres comieron maná en el desierto y están muertos. Pero este pan que desciende de Dios, si un hombre come de él, nunca morirá en espíritu. Lo repito, yo soy este pan vivo, y toda alma que llegue a darse cuenta de esta naturaleza unida de Dios y del hombre vivirá para siempre. Y este pan de vida que doy a todos los que quieran recibirlo es mi propia naturaleza viva y combinada. El Padre en el Hijo y el Hijo uno con el Padre: esa es mi revelación vivificante al mundo y mi don salvador a todas las naciones».
153:2.13Cuando Jesús terminó de hablar, el jefe de la sinagoga despidió a la congregación, pero no quisieron marcharse. Se agolparon alrededor de Jesús para hacerle más preguntas, mientras otros murmuraban y discutían entre sí. Y esta situación continuó durante más de tres horas. Eran ya bien pasadas las siete cuando el auditorio por fin se dispersó.
3. La reunión posterior
153:3.1Muchas fueron las preguntas que se hicieron a Jesús durante esta reunión posterior. Algunas las hicieron sus discípulos perplejos, pero más las hicieron incrédulos quisquillosos que solo buscaban ponerlo en aprietos y tenderle una trampa.
153:3.2Uno de los fariseos visitantes, subido a un candelero, gritó esta pregunta: «Nos dices que eres el pan de vida. ¿Cómo puedes darnos a comer tu carne o a beber tu sangre? ¿De qué sirve tu enseñanza si no se puede llevar a la práctica?». Y Jesús respondió a esta pregunta, diciendo: «No les enseñé que mi carne es el pan de vida ni que mi sangre es su agua. Pero sí dije que mi vida en la carne es un otorgamiento del pan del cielo. El hecho de la Palabra de Dios otorgada en la carne y el fenómeno del Hijo del Hombre sujeto a la voluntad de Dios constituyen una realidad de experiencia que equivale al sustento divino. No pueden comer mi carne ni pueden beber mi sangre, pero pueden llegar a ser uno en espíritu conmigo, así como yo soy uno en espíritu con el Padre. Pueden ser nutridos por la palabra eterna de Dios, que es en verdad el pan de vida, y que ha sido otorgada en semejanza de carne mortal; y pueden ser regados en el alma por el espíritu divino, que es verdaderamente el agua de la vida. El Padre me ha enviado al mundo para mostrar cómo desea morar en todos los hombres y dirigirlos; y he vivido esta vida en la carne de tal modo que inspire a todos los hombres a buscar siempre, igualmente, conocer y hacer la voluntad del Padre celestial que mora en ellos».
153:3.3Entonces uno de los espías de Jerusalén que habían estado observando a Jesús y a sus apóstoles dijo: «Notamos que ni tú ni tus apóstoles se lavan debidamente las manos antes de comer pan. Debes saber bien que una práctica como la de comer con manos impuras y sin lavar es una transgresión de la ley de los ancianos. Tampoco lavan debidamente sus copas de beber ni sus vasijas de comer. ¿Por qué muestran tal falta de respeto por las tradiciones de los padres y las leyes de nuestros ancianos?». Y cuando Jesús lo oyó hablar, respondió: «¿Por qué transgreden ustedes los mandamientos de Dios por las leyes de su tradición? El mandamiento dice: “Honra a tu padre y a tu madre”, y ordena que compartan con ellos sus bienes si es necesario; pero ustedes promulgan una ley de tradición que permite a los hijos que faltan a su deber decir que el dinero con el que se podría haber ayudado a los padres ha sido “dado a Dios”. Así, la ley de los ancianos libera a esos hijos astutos de su responsabilidad, aunque después los hijos usen todo ese dinero para su propia comodidad. ¿Por qué anulan de este modo el mandamiento con su propia tradición? Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, diciendo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran, enseñando como doctrinas suyas los preceptos de los hombres”.
153:3.4«Pueden ver cómo abandonan el mandamiento mientras se aferran a la tradición de los hombres. Están del todo dispuestos a rechazar la palabra de Dios mientras mantienen sus propias tradiciones. Y de muchas otras maneras se atreven a poner sus propias enseñanzas por encima de la ley y los profetas».
153:3.5Jesús dirigió luego sus palabras a todos los presentes. Dijo: «Pero escúchenme, todos ustedes. No es lo que entra en la boca lo que contamina espiritualmente al hombre, sino más bien lo que sale de la boca y del corazón». Pero ni siquiera los apóstoles lograron captar plenamente el sentido de sus palabras, pues Simón Pedro también le preguntó: «Para que algunos de tus oyentes no se ofendan innecesariamente, ¿nos explicarías el sentido de estas palabras?». Y entonces dijo Jesús a Pedro: «¿También tú eres lento para entender? ¿No sabes que toda planta que mi Padre celestial no ha plantado será arrancada de raíz? Dirige ahora tu atención a los que quieren conocer la verdad. No puedes obligar a los hombres a amar la verdad. Muchos de estos maestros son guías ciegos. Y sabes que, si los ciegos guían a los ciegos, ambos caerán en el hoyo. Pero escucha mientras te digo la verdad acerca de las cosas que contaminan moralmente y corrompen espiritualmente a los hombres. Declaro que no es lo que entra en el cuerpo por la boca o lo que llega a la mente por los ojos y los oídos lo que contamina al hombre. El hombre solo es contaminado por el mal que pueda originarse dentro del corazón, y que encuentra expresión en las palabras y los actos de esas personas impías. ¿No sabes que es del corazón de donde salen los malos pensamientos, los proyectos perversos de asesinato, robo y adulterios, junto con los celos, el orgullo, la ira, la venganza, las injurias y el falso testimonio? Y son precisamente esas cosas las que contaminan a los hombres, y no que coman pan con manos ceremonialmente impuras».
153:3.6Los comisionados fariseos del Sanedrín de Jerusalén estaban ya casi convencidos de que había que arrestar a Jesús con una acusación de blasfemia o con una de desprecio de la ley sagrada de los judíos; de ahí sus esfuerzos por involucrarlo en la discusión de algunas de las tradiciones de los ancianos, o las llamadas leyes orales de la nación, y en un posible ataque contra ellas. Por escasa que fuera el agua, estos judíos esclavizados por la tradición nunca dejaban de realizar el lavado ceremonial de las manos exigido antes de cada comida. Creían que «es mejor morir que transgredir los mandamientos de los ancianos». Los espías hicieron esta pregunta porque se había informado que Jesús había dicho: «La salvación es cuestión de corazones limpios más que de manos limpias». Pero tales creencias, una vez que llegan a formar parte de la religión de uno, son difíciles de abandonar. Incluso muchos años después de este día, el apóstol Pedro seguía sujeto a la servidumbre del miedo a muchas de estas tradiciones sobre las cosas limpias e impuras, y solo fue liberado finalmente al tener un sueño extraordinario y vívido. Todo esto puede entenderse mejor cuando se recuerda que estos judíos consideraban el comer con las manos sin lavar del mismo modo que el trato con una prostituta, y ambas cosas se castigaban por igual con la excomunión.
153:3.7Así eligió el Maestro discutir y exponer la insensatez de todo el sistema rabínico de reglas y normas representado por la ley oral —las tradiciones de los ancianos—, todas las cuales se consideraban más sagradas y más obligatorias para los judíos que incluso las enseñanzas de las Escrituras. Y Jesús habló con menos reserva porque sabía que había llegado la hora en que ya no podía hacer nada más para impedir una ruptura abierta de relaciones con estos dirigentes religiosos.
4. Últimas palabras en la sinagoga
153:4.1En medio de las discusiones de esta reunión posterior, uno de los fariseos de Jerusalén trajo ante Jesús a un joven perturbado que estaba poseído por un espíritu indócil y rebelde. Mientras conducía a este muchacho trastornado hasta Jesús, dijo: «¿Qué puedes hacer por una aflicción como esta? ¿Puedes expulsar diablos?». Y cuando el Maestro miró al joven, se conmovió de compasión y, haciendo señas al muchacho para que se acercara, lo tomó de la mano y dijo: «Sabes quién soy; sal de él; y encargo a uno de tus compañeros leales que se asegure de que no regreses». E inmediatamente el muchacho quedó normal y en su sano juicio. Y este es el primer caso en que Jesús realmente expulsó un «espíritu maligno» de un ser humano. Todos los casos anteriores eran solo supuestas posesiones del diablo; pero este era un caso genuino de posesión demoníaca, como las que a veces ocurrían en aquellos días y hasta el mismo día de Pentecostés, cuando el espíritu del Maestro fue derramado sobre toda carne, lo que hizo para siempre imposible que estos pocos rebeldes celestiales se aprovecharan así de ciertos tipos inestables de seres humanos.
153:4.2Cuando la gente se maravilló, uno de los fariseos se puso de pie y acusó a Jesús de poder hacer estas cosas porque estaba aliado con los diablos; dijo que, en el lenguaje que había empleado al expulsar a este diablo, admitía que se conocían el uno al otro; y pasó a afirmar que los maestros y dirigentes religiosos de Jerusalén habían decidido que Jesús hacía todos sus llamados milagros por el poder de Belcebú, el príncipe de los demonios. Dijo el fariseo: «No tengan nada que ver con este hombre; está asociado con Satanás».
153:4.3Entonces dijo Jesús: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Un reino dividido contra sí mismo no puede mantenerse; si una casa está dividida contra sí misma, pronto queda desolada. ¿Puede una ciudad resistir un sitio si no está unida? Si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo; ¿cómo, entonces, se mantendrá su reino? Pero deben saber que nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes si primero no domina y ata a ese hombre fuerte. Y así, si yo expulso diablos por el poder de Belcebú, ¿por quién los expulsan sus hijos? Por tanto, ellos serán sus jueces. Pero si yo expulso diablos por el espíritu de Dios, entonces el reino de Dios ha llegado verdaderamente a ustedes. Si no estuvieran cegados por el prejuicio y extraviados por el miedo y el orgullo, percibirían fácilmente que en medio de ustedes está uno que es más grande que los diablos. Me obligan a declarar que el que no está conmigo está contra mí, mientras que el que no recoge conmigo desparrama. ¡Permítanme dirigir una advertencia solemne a ustedes, que pretenderían, con los ojos abiertos y con malicia premeditada, atribuir a sabiendas las obras de Dios a los actos de los diablos! En verdad, en verdad les digo que todos sus pecados serán perdonados, aun todas sus blasfemias, pero el que blasfeme contra Dios con deliberación e intención perversa nunca obtendrá el perdón. Puesto que esos obradores persistentes de iniquidad nunca buscarán ni recibirán el perdón, son culpables del pecado de rechazar eternamente el perdón divino.
153:4.4«Muchos de ustedes han llegado hoy a la encrucijada de los caminos; han llegado al comienzo de la elección inevitable entre la voluntad del Padre y los caminos de tinieblas elegidos por uno mismo. Y como elijan ahora, así serán con el tiempo. O hacen bueno el árbol y bueno su fruto, o el árbol se volverá corrupto y su fruto corrupto. Declaro que en el reino eterno de mi Padre el árbol se conoce por sus frutos. Pero algunos de ustedes, que son como víboras, ¿cómo pueden, habiendo elegido ya el mal, dar buenos frutos? Al fin y al cabo, de la abundancia del mal que hay en su corazón habla su boca».
153:4.5Entonces se levantó otro fariseo, que dijo: «Maestro, quisiéramos que nos dieras una señal predeterminada, que acordaríamos como prueba de tu autoridad y de tu derecho a enseñar. ¿Aceptas tal acuerdo?». Y cuando Jesús oyó esto, dijo: «Esta generación sin fe y que busca señales pide una prueba, pero no se les dará otra señal que la que ya tienen, y la que verán cuando el Hijo del Hombre se vaya de entre ustedes».
153:4.6Y cuando terminó de hablar, sus apóstoles lo rodearon y lo sacaron de la sinagoga. En silencio volvieron con él a casa, a Betsaida. Todos estaban asombrados y algo aterrorizados por el cambio repentino en la táctica de enseñanza del Maestro. No estaban en absoluto acostumbrados a verlo actuar de una manera tan combativa.
5. La noche del sábado
153:5.1Una y otra vez Jesús había hecho añicos las esperanzas de sus apóstoles, repetidamente había aplastado sus expectativas más queridas, pero ningún momento de decepción ni época de tristeza había igualado jamás al que ahora les sobrevenía. Y, además, ahora se mezclaba con su depresión un temor real por su seguridad. Todos estaban sorprendentemente sobresaltados por lo repentino y lo completo de la deserción del pueblo. También estaban algo asustados y desconcertados por la audacia inesperada y la determinación enérgica que mostraban los fariseos que habían bajado de Jerusalén. Pero, sobre todo, estaban perplejos por el cambio repentino de táctica de Jesús. En circunstancias ordinarias habrían acogido con agrado la aparición de esta actitud más combativa, pero, al llegar como llegó, junto con tantas cosas inesperadas, los sobresaltó.
153:5.2Y ahora, además de todas estas preocupaciones, cuando llegaron a casa, Jesús se negó a comer. Durante horas se aisló en una de las habitaciones de arriba. Era casi medianoche cuando Joab, el jefe de los evangelistas, regresó e informó que alrededor de un tercio de sus asociados habían abandonado la causa. Durante toda la noche, discípulos leales habían ido y venido, e informaban que el vuelco de sentimiento contra el Maestro era general en Cafarnaúm. Los dirigentes de Jerusalén no tardaron en alimentar este sentimiento de desafecto y en procurar de todas las maneras posibles fomentar el movimiento de alejamiento de Jesús y de sus enseñanzas. Durante estas horas difíciles, las doce mujeres estaban reunidas en sesión en la casa de Pedro. Estaban tremendamente alteradas, pero ninguna de ellas desertó.
153:5.3Era poco después de medianoche cuando Jesús bajó de la habitación de arriba y se puso en medio de los doce y de sus asociados, unos treinta en total. Dijo: «Reconozco que esta criba del reino los aflige, pero es inevitable. Sin embargo, después de toda la formación que han recibido, ¿había alguna buena razón para que tropezaran con mis palabras? ¿Por qué se llenan de miedo y de consternación cuando ven que el reino se despoja de estas multitudes tibias y de estos discípulos indecisos? ¿Por qué se afligen cuando amanece el nuevo día en que resplandecerán con nueva gloria las enseñanzas espirituales del reino de los cielos? Si les resulta difícil soportar esta prueba, ¿qué harán, entonces, cuando el Hijo del Hombre tenga que volver al Padre? ¿Cuándo y cómo se prepararán para el momento en que yo ascienda al lugar de donde vine a este mundo?
153:5.4«Amados míos, deben recordar que es el espíritu el que vivifica; la carne y todo lo que a ella pertenece sirve de poco. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. ¡Tengan ánimo! No los he abandonado. Muchos se ofenderán por el lenguaje franco de estos días. Ya han oído que muchos de mis discípulos se han vuelto atrás; ya no andan conmigo. Desde el principio supe que estos creyentes indecisos se quedarían en el camino. ¿No los escogí a ustedes, doce hombres, y los aparté como embajadores del reino? ¿Y ahora, en un momento como este, también ustedes desertarían? Que cada uno de ustedes vele por su propia fe, porque uno de ustedes está en grave peligro». Y cuando Jesús terminó de hablar, Simón Pedro dijo: «Sí, Señor, estamos tristes y perplejos, pero nunca te abandonaremos. Tú nos has enseñado las palabras de la vida eterna. Hemos creído en ti y te hemos seguido todo este tiempo. No nos volveremos atrás, porque sabemos que eres enviado por Dios». Y cuando Pedro dejó de hablar, todos a una asintieron con la cabeza en aprobación de su promesa de lealtad.
153:5.5Entonces dijo Jesús: «Vayan a descansar, porque nos llegan tiempos de mucho trabajo; tenemos por delante días de actividad».