Parte III · Documento 100
La religión en la experiencia humana
100:0.1LA experiencia de una vida religiosa dinámica transforma al individuo mediocre en una personalidad de poder idealista. La religión ministra al progreso de todos al fomentar el progreso de cada individuo, y el progreso de cada uno aumenta gracias al logro de todos.
100:0.2El crecimiento espiritual se estimula mutuamente mediante la asociación íntima con otros hombres religiosos. El amor proporciona el suelo para el crecimiento religioso —un atractivo objetivo en lugar de una gratificación subjetiva—, y sin embargo produce la suprema satisfacción subjetiva. Y la religión ennoblece la faena rutinaria de la vida diaria.
1. El crecimiento religioso
100:1.1Mientras que la religión produce crecimiento de los significados y realce de los valores, siempre resulta el mal cuando las valoraciones puramente personales se elevan a los niveles de absolutos. Un niño valora la experiencia según su contenido de placer; la madurez es proporcional a la sustitución del placer personal por significados más elevados, incluso por lealtades a los conceptos más elevados de las diversas situaciones de la vida y de las relaciones cósmicas.
100:1.2Algunas personas están demasiado ocupadas para crecer y, por tanto, corren grave peligro de fijación espiritual. Hay que prever el crecimiento de los significados en las distintas edades, en las culturas sucesivas y en las etapas pasajeras de la civilización en avance. Los principales inhibidores del crecimiento son el prejuicio y la ignorancia.
100:1.3Den a cada niño en desarrollo la oportunidad de hacer crecer su propia experiencia religiosa; no le impongan una experiencia adulta ya hecha. Recuerden que el progreso año tras año a través de un régimen educativo establecido no significa necesariamente progreso intelectual, y mucho menos crecimiento espiritual. La ampliación del vocabulario no significa desarrollo del carácter. El crecimiento no se indica verdaderamente por los meros productos, sino más bien por el progreso. El verdadero crecimiento educativo se indica por el realce de los ideales, una mayor apreciación de los valores, nuevos significados de los valores y una lealtad acrecentada a los valores supremos.
100:1.4Los niños quedan impresionados de manera permanente solo por las lealtades de sus asociados adultos; el precepto, o incluso el ejemplo, no tiene una influencia duradera. Las personas leales son personas que crecen, y el crecimiento es una realidad impresionante e inspiradora. Vivan lealmente hoy —crezcan— y el mañana se ocupará de sí mismo. La manera más rápida de que un renacuajo se convierta en rana es vivir lealmente cada momento como renacuajo.
100:1.5El suelo esencial para el crecimiento religioso presupone una vida progresiva de autorrealización, la coordinación de las propensiones naturales, el ejercicio de la curiosidad y el disfrute de una aventura razonable, la experiencia de sentimientos de satisfacción, el funcionamiento del temor como estímulo de la atención y del estado de alerta, el atractivo del asombro, y una conciencia normal de la pequeñez, la humildad. El crecimiento se funda también en el descubrimiento de la mismidad acompañado de la autocrítica —la conciencia moral—, porque la conciencia moral es en realidad la crítica de uno mismo por sus propios hábitos de valor, sus ideales personales.
100:1.6La experiencia religiosa está notablemente influida por la salud física, el temperamento heredado y el entorno social. Pero estas condiciones temporales no inhiben el progreso espiritual interior de un alma dedicada a hacer la voluntad del Padre que está en el cielo. En todos los mortales normales están presentes ciertos impulsos innatos hacia el crecimiento y la autorrealización, que funcionan si no se los inhibe de manera específica. La técnica segura para fomentar esta dotación constitutiva del potencial de crecimiento espiritual es mantener una actitud de devoción de todo corazón a los valores supremos.
100:1.7La religión no puede ser otorgada, recibida, prestada, aprendida ni perdida. Es una experiencia personal que crece en proporción a la búsqueda creciente de los valores finales. Así, el crecimiento cósmico acompaña a la acumulación de significados y a la elevación siempre en expansión de los valores. Pero la nobleza misma es siempre un crecimiento inconsciente.
100:1.8Los hábitos religiosos de pensamiento y de acción contribuyen a la economía del crecimiento espiritual. Uno puede desarrollar predisposiciones religiosas a reaccionar favorablemente ante los estímulos espirituales, una especie de reflejo espiritual condicionado. Los hábitos que favorecen el crecimiento religioso comprenden la sensibilidad cultivada a los valores divinos, el reconocimiento de la vida religiosa en los demás, la meditación reflexiva sobre los significados cósmicos, la resolución de problemas con espíritu de adoración, el compartir la propia vida espiritual con los semejantes, la evitación del egoísmo, la negativa a dar por sentada la misericordia divina, el vivir como en la presencia de Dios. Los factores del crecimiento religioso pueden ser intencionales, pero el crecimiento mismo es invariablemente inconsciente.
100:1.9Sin embargo, la naturaleza inconsciente del crecimiento religioso no significa que sea una actividad que funciona en los supuestos dominios subconscientes del intelecto humano; significa más bien actividades creativas en los niveles superconscientes de la mente mortal. La experiencia de la toma de conciencia de la realidad del crecimiento religioso inconsciente es la única prueba positiva de la existencia funcional de la superconsciencia.
2. El crecimiento espiritual
100:2.1El desarrollo espiritual depende, primero, del mantenimiento de una conexión espiritual viva con verdaderas fuerzas espirituales y, segundo, de producir continuamente fruto espiritual: rendir a los semejantes el ministerio de aquello que uno ha recibido de sus benefactores espirituales. El progreso espiritual se funda en el reconocimiento intelectual de la pobreza espiritual, unido a la conciencia de sí del hambre de perfección, el deseo de conocer a Dios y de ser como él, el propósito de todo corazón de hacer la voluntad del Padre que está en el cielo.
100:2.2En el crecimiento espiritual hay primero un despertar a las necesidades, luego un discernimiento de los significados y después un descubrimiento de los valores. Lo que demuestra un verdadero desarrollo espiritual es que se manifieste una personalidad humana motivada por el amor, activada por el ministerio desinteresado y dominada por la adoración, de todo corazón, de los ideales de perfección de la divinidad. Y esta experiencia, en su conjunto, es lo que constituye la realidad de la religión, a diferencia de las simples creencias teológicas.
100:2.3La religión puede avanzar hasta un nivel de experiencia en el que llega a ser una técnica iluminada y sabia de reaccionar espiritualmente ante el universo. Una religión así glorificada puede actuar en tres niveles de la personalidad humana: el intelectual, el morontial y el espiritual; sobre la mente, en el alma en evolución y con el espíritu que mora dentro.
100:2.4La espiritualidad se convierte a la vez en el indicador de la cercanía de uno a Dios y en la medida de su utilidad para los semejantes. La espiritualidad acrecienta la capacidad de descubrir la belleza en las cosas, reconocer la verdad en los significados y descubrir la bondad en los valores. El desarrollo espiritual está determinado por la capacidad para él y es directamente proporcional a la eliminación de las cualidades egoístas del amor.
100:2.5El estado espiritual real es la medida de la consecución de la Deidad, de la sintonía con el Ajustador. Alcanzar la finalidad de la espiritualidad equivale a alcanzar el máximo de realidad, el máximo de semejanza con Dios. La vida eterna es la búsqueda sin fin de valores infinitos.
100:2.6La autorrealización humana debe tener una meta espiritual, no material. Solo vale la pena esforzarse por las realidades que son divinas, espirituales y eternas. El hombre mortal tiene derecho a disfrutar de los placeres físicos y a satisfacer los afectos humanos; la lealtad a las asociaciones humanas y a las instituciones temporales le resulta beneficiosa; pero nada de esto constituye los cimientos eternos sobre los cuales edificar la personalidad inmortal, que ha de trascender el espacio, vencer al tiempo y alcanzar el destino eterno de la perfección divina y del servicio de los finalitarios.
100:2.7Jesús describió la profunda certeza del mortal que conoce a Dios cuando dijo: «Para un creyente del reino que conoce a Dios, ¿qué importa si todas las cosas terrenales se derrumban?». Las seguridades temporales son vulnerables, pero las certezas espirituales son inexpugnables. Cuando las mareas crecientes de la adversidad humana, el egoísmo, la crueldad, el odio, la malicia y los celos baten contra el alma mortal, ustedes pueden descansar con la certeza de que hay un baluarte interior, la ciudadela del espíritu, que es absolutamente inatacable; al menos esto es cierto de todo ser humano que ha dedicado la custodia de su alma al espíritu del Dios eterno que mora en él.
100:2.8Después de semejante consecución espiritual, ya sea obtenida por un crecimiento gradual o por una crisis específica, se produce una nueva orientación de la personalidad, así como el desarrollo de una nueva norma de valores. Tales individuos nacidos del espíritu quedan tan remotivados en la vida que pueden permanecer serenos mientras sus ambiciones más queridas perecen y sus esperanzas más vivas se derrumban; saben con certeza que tales catástrofes no son sino los cataclismos que redirigen, que destruyen las creaciones temporales de uno como paso previo a la edificación de las realidades más nobles y duraderas de un nivel nuevo y más sublime de consecución en el universo.
3. Conceptos de valor supremo
100:3.1La religión no es una técnica para alcanzar una paz mental estática y dichosa; es un impulso para organizar el alma con vistas al servicio dinámico. Es el alistamiento de la totalidad de la mismidad en el servicio leal de amar a Dios y servir al hombre. La religión paga cualquier precio necesario para alcanzar la meta suprema, el premio eterno. Hay en la lealtad religiosa una plenitud consagrada que es magníficamente sublime. Y estas lealtades son socialmente eficaces y espiritualmente progresivas.
100:3.2Para el hombre religioso, la palabra Dios se convierte en un símbolo que significa acercarse a la realidad suprema y reconocer el valor divino. No son las preferencias y los rechazos humanos los que determinan el bien y el mal; los valores morales no surgen de la satisfacción de los deseos ni de la frustración emocional.
100:3.3Al contemplar los valores, ustedes deben distinguir entre aquello que es valor y aquello que tiene valor. Deben reconocer la relación entre las actividades placenteras y su integración significativa y su realización acrecentada en niveles siempre progresivamente más y más altos de la experiencia humana.
100:3.4El significado es algo que la experiencia añade al valor; es la conciencia apreciativa de los valores. Un placer aislado y puramente egoísta puede implicar una devaluación virtual de los significados, un disfrute sin significado que roza el mal relativo. Los valores son experienciales cuando las realidades tienen significado y están asociadas mentalmente, cuando tales relaciones son reconocidas y apreciadas por la mente.
100:3.5Los valores nunca pueden ser estáticos; la realidad significa cambio, crecimiento. El cambio sin crecimiento, expansión del significado y exaltación del valor, carece de valor, es mal potencial. Cuanto mayor es la calidad de la adaptación cósmica, más significado posee cualquier experiencia. Los valores no son ilusiones conceptuales; son reales, pero dependen siempre del hecho de las relaciones. Los valores son siempre a la vez en acto y potenciales: no lo que fue, sino lo que es y lo que ha de ser.
100:3.6La asociación de las realidades en acto y los potenciales equivale al crecimiento, a la realización experiencial de los valores. Pero el crecimiento no es mero progreso. El progreso siempre tiene significado, pero carece relativamente de valor sin el crecimiento. El valor supremo de la vida humana consiste en el crecimiento de los valores, el progreso en los significados y la toma de conciencia de la interrelación cósmica de estas dos experiencias. Y tal experiencia es el equivalente de la conciencia de Dios. Tal mortal, aunque no es sobrenatural, se está volviendo verdaderamente sobrehumano; un alma inmortal está evolucionando.
100:3.7El hombre no puede causar el crecimiento, pero puede proporcionar condiciones favorables. El crecimiento es siempre inconsciente, ya sea físico, intelectual o espiritual. Así crece el amor; no puede ser creado, fabricado ni comprado; debe crecer. La evolución es una técnica cósmica de crecimiento. El crecimiento social no puede obtenerse mediante la legislación, y el crecimiento moral no se consigue con una administración mejorada. El hombre puede fabricar una máquina, pero su valor real debe derivarse de la cultura humana y de la apreciación personal. La única contribución del hombre al crecimiento es la movilización de la totalidad de los poderes de su personalidad: la fe viva.
4. Problemas del crecimiento
100:4.1La vida religiosa es vida dedicada, y la vida dedicada es vida creativa, original y espontánea. Los nuevos discernimientos religiosos surgen de conflictos que inician la elección de hábitos de reacción nuevos y mejores en lugar de patrones de reacción más antiguos e inferiores. Los nuevos significados solo emergen en medio del conflicto; y el conflicto persiste solo ante la negativa a abrazar los valores más altos que implican los significados superiores.
100:4.2Las perplejidades religiosas son inevitables; no puede haber crecimiento sin conflicto psíquico y agitación espiritual. La organización de una norma filosófica de vida conlleva una conmoción considerable en los dominios filosóficos de la mente. Las lealtades no se ejercen en favor de lo grande, lo bueno, lo verdadero y lo noble sin lucha. El esfuerzo acompaña a la clarificación de la visión espiritual y al realce del discernimiento cósmico. Y el intelecto humano protesta cuando se lo desteta de subsistir con las energías no espirituales de la existencia temporal. La perezosa mente animal se rebela ante el esfuerzo que se requiere para luchar con la resolución de los problemas cósmicos.
100:4.3Pero el gran problema de la vida religiosa consiste en la tarea de unificar los poderes del alma de la personalidad mediante el dominio del amor. La salud, la eficiencia mental y la felicidad surgen de la unificación de los sistemas físicos, los sistemas mentales y los sistemas espirituales. De la salud y la cordura el hombre entiende mucho, pero de la felicidad ha llegado a comprender en verdad muy poco. La felicidad más alta está indisolublemente ligada al progreso espiritual. El crecimiento espiritual produce un gozo duradero, una paz que sobrepasa todo entendimiento.
100:4.4En la vida física, los sentidos informan de la existencia de las cosas; la mente descubre la realidad de los significados; pero la experiencia espiritual revela al individuo los verdaderos valores de la vida. Estos altos niveles de la vida humana se alcanzan en el amor supremo a Dios y en el amor desinteresado al hombre. Si ustedes aman a sus semejantes, deben de haber descubierto sus valores. Jesús amaba tanto a los hombres porque les atribuía un valor muy alto. Ustedes pueden descubrir mejor los valores de sus asociados descubriendo su motivación. Si alguien los irrita, si les causa sentimientos de resentimiento, deben tratar con comprensión de discernir su punto de vista, sus razones para una conducta tan censurable. Si llegan a comprender a su prójimo, se volverán tolerantes, y esta tolerancia crecerá hasta convertirse en amistad y madurará en amor.
100:4.5Evoquen con los ojos de la mente la imagen de uno de sus antepasados primitivos de los tiempos de las cavernas: una mole de hombre baja, deforme, sucia y gruñona, de pie, con las piernas abiertas y el garrote en alto, que respira odio y animosidad mientras mira con fiereza justo hacia delante. Una imagen así apenas representa la dignidad divina del hombre. Pero permítannos ampliar la imagen. Delante de este ser humano agitado se agazapa un tigre de dientes de sable. Detrás de él, una mujer y dos niños. De inmediato reconocen que tal imagen representa los comienzos de mucho de lo que es bello y noble en la raza humana, pero el hombre es el mismo en ambas imágenes. Solo que en el segundo esbozo se les concede un horizonte más amplio. En él disciernen la motivación de este mortal en evolución. Su actitud se vuelve digna de elogio porque ustedes lo comprenden. Si tan solo pudieran sondear los motivos de sus asociados, cuánto mejor los comprenderían. Si tan solo pudieran conocer a sus semejantes, con el tiempo acabarían amándolos.
100:4.6Ustedes no pueden amar verdaderamente a sus semejantes por un mero acto de la voluntad. El amor solo nace de una comprensión cabal de los motivos y los sentimientos de su prójimo. No es tan importante amar hoy a todos los hombres como que cada día aprendan a amar a un ser humano más. Si cada día o cada semana logran comprender a uno más de sus semejantes, y si este es el límite de su capacidad, entonces sin duda están socializando y espiritualizando verdaderamente su personalidad. El amor es contagioso, y cuando la devoción humana es inteligente y sabia, el amor se transmite más que el odio. Pero solo el amor genuino y desinteresado es verdaderamente contagioso. Si cada mortal pudiera tan solo convertirse en un foco de afecto dinámico, este virus benigno del amor pronto impregnaría la corriente emocional y sentimental de la humanidad hasta tal punto que toda la civilización quedaría envuelta por el amor, y esa sería la realización de la fraternidad de los hombres.
5. Conversión y misticismo
100:5.1El mundo está lleno de almas perdidas, no perdidas en el sentido teológico, sino perdidas en el sentido de la dirección, que vagan confundidas entre los ismos y los cultos de una era filosófica frustrada. Demasiado pocos han aprendido a instaurar una filosofía de vida en lugar de la autoridad religiosa. (Los símbolos de la religión socializada no han de despreciarse como cauces de crecimiento, aunque el lecho del río no sea el río.)
100:5.2La progresión del crecimiento religioso conduce del estancamiento, a través del conflicto, a la coordinación; de la inseguridad a una fe que no duda; de la confusión de la conciencia cósmica a la unificación de la personalidad; del objetivo temporal al eterno; de la esclavitud del temor a la libertad de la filiación divina.
100:5.3Debe quedar claro que las profesiones de lealtad a los ideales supremos —la percepción psíquica, emocional y espiritual de la conciencia de Dios— pueden ser un crecimiento natural y gradual o pueden a veces experimentarse en ciertas coyunturas, como en una crisis. El apóstol Pablo experimentó precisamente una conversión así, repentina y espectacular, aquel día memorable en el camino de Damasco. Gautama Siddhartha tuvo una experiencia semejante la noche en que se sentó solo y trató de penetrar el misterio de la verdad final. Muchos otros han tenido experiencias parecidas, y muchos verdaderos creyentes han progresado en el espíritu sin una conversión repentina.
100:5.4La mayoría de los fenómenos espectaculares asociados con las llamadas conversiones religiosas son de naturaleza enteramente psicológica, pero de vez en cuando sí se producen experiencias que son también de origen espiritual. Cuando la movilización mental es absolutamente total en cualquier nivel del alcance ascendente psíquico hacia la consecución espiritual, cuando existe perfección de la motivación humana de las lealtades a la idea divina, entonces muy a menudo se produce una repentina captación descendente del espíritu que mora dentro para sincronizarse con el propósito concentrado y consagrado de la mente superconsciente del mortal creyente. Y son tales experiencias de fenómenos intelectuales y espirituales unificados las que constituyen la conversión que consiste en factores que van más allá de una implicación puramente psicológica.
100:5.5Pero la emoción sola es una falsa conversión; uno debe tener fe además de sentimiento. En la medida en que tal movilización psíquica sea parcial, y en la medida en que tal motivación de lealtad humana sea incompleta, en esa misma medida será la experiencia de la conversión una realidad mezclada, intelectual, emocional y espiritual.
100:5.6Si uno está dispuesto a reconocer una mente subconsciente teórica como hipótesis práctica de trabajo en la vida intelectual, por lo demás unificada, entonces, para ser coherente, debería postular un dominio similar y correspondiente de actividad intelectual ascendente como el nivel superconsciente, la zona de contacto inmediato con la entidad espiritual que mora dentro, el Ajustador del Pensamiento. El gran peligro de todas estas especulaciones psíquicas es que las visiones y otras llamadas experiencias místicas, junto con los sueños extraordinarios, puedan considerarse comunicaciones divinas a la mente humana. En tiempos pasados, seres divinos se revelaron a ciertas personas que conocían a Dios, no a causa de sus trances místicos o sus visiones mórbidas, sino a pesar de todos estos fenómenos.
100:5.7En contraste con la búsqueda de la conversión, el mejor acercamiento a las zonas morontiales de posible contacto con el Ajustador del Pensamiento sería por medio de la fe viva y la adoración sincera, la oración de todo corazón y desinteresada. Una parte demasiado grande del afloramiento súbito de los recuerdos de los niveles inconscientes de la mente humana se ha tomado erróneamente por revelaciones divinas y orientaciones del espíritu.
100:5.8Hay un gran peligro asociado con la práctica habitual de la ensoñación religiosa; el misticismo puede convertirse en una técnica para evitar la realidad, aunque a veces ha sido un medio de auténtica comunión espiritual. Breves temporadas de retiro de las escenas ajetreadas de la vida pueden no ser seriamente peligrosas, pero el aislamiento prolongado de la personalidad es muy indeseable. Bajo ninguna circunstancia debe cultivarse como experiencia religiosa el estado de conciencia visionaria semejante al trance.
100:5.9Las características del estado místico son la difusión de la conciencia con vívidas islas de atención focal que operan sobre un intelecto relativamente pasivo. Todo esto hace gravitar la conciencia hacia el subconsciente más que en dirección a la zona de contacto espiritual, el superconsciente. Muchos místicos han llevado su disociación mental hasta el nivel de manifestaciones mentales anormales.
100:5.10La actitud más saludable de meditación espiritual se encuentra en la adoración reflexiva y en la oración de acción de gracias. La comunión directa con el propio Ajustador del Pensamiento, como la que se dio en los últimos años de la vida de Jesús en la carne, no debe confundirse con estas llamadas experiencias místicas. Los factores que contribuyen a iniciar la comunión mística indican el peligro de tales estados psíquicos. El estado místico se ve favorecido por cosas como: la fatiga física, el ayuno, la disociación psíquica, las experiencias estéticas profundas, los impulsos sexuales intensos, el temor, la ansiedad, la ira y la danza desenfrenada. Gran parte del material que surge como resultado de tal preparación preliminar tiene su origen en la mente subconsciente.
100:5.11Por favorables que hayan sido las condiciones para los fenómenos místicos, debe entenderse claramente que Jesús de Nazaret nunca recurrió a tales métodos para la comunión con el Padre del Paraíso. Jesús no tenía engaños subconscientes ni ilusiones superconscientes.
6. Señales de la vida religiosa
100:6.1Las religiones evolutivas y las religiones reveladoras pueden diferir notablemente en el método, pero en el motivo hay gran similitud. La religión no es una función específica de la vida; es más bien un modo de vivir. La verdadera religión es una devoción de todo corazón a alguna realidad que el hombre religioso considera de valor supremo para sí mismo y para toda la humanidad. Y las características sobresalientes de todas las religiones son: lealtad incondicional y devoción de todo corazón a los valores supremos. Esta devoción religiosa a los valores supremos se muestra en la relación de la madre supuestamente irreligiosa con su hijo y en la ferviente lealtad de los no religiosos a una causa abrazada.
100:6.2El valor supremo aceptado por el hombre religioso puede ser vil o incluso falso, pero no por ello deja de ser religioso. Una religión es genuina exactamente en la medida en que el valor que se tiene por supremo es verdaderamente una realidad cósmica de genuina valía espiritual.
100:6.3Las señales de la respuesta humana al impulso religioso comprenden las cualidades de nobleza y grandeza. El hombre religioso sincero es consciente de su ciudadanía en el universo y se da cuenta de que entra en contacto con fuentes de poder sobrehumano. Se emociona y se llena de energía con la seguridad de pertenecer a un compañerismo superior y ennoblecido de hijos de Dios. La conciencia de la propia valía se ha acrecentado con el estímulo de la búsqueda de los objetivos más altos del universo: las metas supremas.
100:6.4El yo se ha rendido al impulso fascinante de una motivación que todo lo abarca, que impone una autodisciplina mayor, disminuye el conflicto emocional y hace que valga verdaderamente la pena vivir la vida mortal. El reconocimiento mórbido de las limitaciones humanas se transforma en la conciencia natural de las deficiencias mortales, asociada con la determinación moral y la aspiración espiritual de alcanzar las metas más altas del universo y del superuniverso. Y este esfuerzo intenso por alcanzar ideales supermortales se caracteriza siempre por una paciencia, una indulgencia, una fortaleza y una tolerancia crecientes.
100:6.5Pero la verdadera religión es un amor vivo, una vida de servicio. El desapego del hombre religioso respecto de mucho de lo que es puramente temporal y trivial nunca lleva al aislamiento social, y no debe destruir el sentido del humor. La religión genuina no le quita nada a la existencia humana, sino que añade nuevos significados a toda la vida; genera nuevos tipos de entusiasmo, celo y valor. Puede incluso engendrar el espíritu del cruzado, que es más que peligroso si no está controlado por el discernimiento espiritual y por la devoción leal a las obligaciones sociales corrientes de las lealtades humanas.
100:6.6Una de las señales más asombrosas de la vida religiosa es esa paz dinámica y sublime, esa paz que sobrepasa todo entendimiento humano, ese equilibrio cósmico que denota la ausencia de toda duda y agitación. Tales niveles de estabilidad espiritual son inmunes a la decepción. Tales hombres religiosos son como el apóstol Pablo, que dijo: «Estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni los poderes, ni las cosas presentes, ni las cosas por venir, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra cosa podrá separarnos del amor de Dios».
100:6.7Hay un sentido de seguridad, asociado con la toma de conciencia de una gloria triunfante, que reside en la conciencia del hombre religioso que ha captado la realidad del Supremo y que persigue la meta del Último.
100:6.8Incluso la religión evolutiva es todo esto en lealtad y grandeza, porque es una experiencia genuina. Pero la religión reveladora es excelente además de genuina. Las nuevas lealtades de una visión espiritual ampliada crean nuevos niveles de amor y devoción, de servicio y compañerismo; y toda esta perspectiva social acrecentada produce una conciencia ampliada de la Paternidad de Dios y de la fraternidad de los hombres.
100:6.9La diferencia característica entre la religión evolucionada y la revelada es una nueva cualidad de sabiduría divina que se añade a la sabiduría humana puramente experiencial. Pero es la experiencia en las religiones humanas y con ellas la que desarrolla la capacidad para la recepción posterior de mayores otorgamientos de sabiduría divina y de discernimiento cósmico.
7. La cumbre de la vida religiosa
100:7.1Aunque el mortal medio de Urantia no puede esperar alcanzar la alta perfección de carácter que Jesús de Nazaret adquirió mientras vivía en la carne, es del todo posible para todo mortal creyente desarrollar una personalidad fuerte y unificada según las líneas perfeccionadas de la personalidad de Jesús. El rasgo singular de la personalidad del Maestro no era tanto su perfección como su simetría, su unificación exquisita y equilibrada. La presentación más eficaz de Jesús consiste en seguir el ejemplo de aquel que dijo, mientras señalaba al Maestro de pie ante sus acusadores: «¡Miren al hombre!».
100:7.2La amabilidad indefectible de Jesús tocaba el corazón de los hombres, pero su firme fuerza de carácter asombraba a sus seguidores. Era verdaderamente sincero; no había en él nada de hipócrita. Estaba libre de afectación; siempre era genuino de un modo tan refrescante. Nunca se rebajó a fingir, y nunca recurrió a la simulación. Vivía la verdad, tal como la enseñaba. Él era la verdad. Se sentía obligado a proclamar la verdad salvadora a su generación, aunque tal sinceridad a veces causara dolor. Era leal sin reservas a toda verdad.
100:7.3Pero el Maestro era tan razonable, tan accesible. Era tan práctico en todo su ministerio, y todos sus planes se caracterizaban por un sentido común tan santificado. Estaba tan libre de toda tendencia extravagante, errática y excéntrica. Nunca fue caprichoso, antojadizo ni histérico. En toda su enseñanza y en todo lo que hacía había siempre un criterio exquisito unido a un extraordinario sentido de lo apropiado.
100:7.4El Hijo del Hombre fue siempre una personalidad bien equilibrada. Incluso sus enemigos le tenían un sano respeto; hasta temían su presencia. Jesús no tenía miedo. Rebosaba de entusiasmo divino, pero nunca se volvió fanático. Era emocionalmente activo, pero nunca voluble. Era imaginativo, pero siempre práctico. Afrontaba con franqueza las realidades de la vida, pero nunca era aburrido ni prosaico. Era valiente, pero nunca imprudente; prudente, pero nunca cobarde. Era comprensivo, pero no sentimental; singular, pero no excéntrico. Era piadoso, pero no santurrón. Y era tan equilibrado porque estaba tan perfectamente unificado.
100:7.5La originalidad de Jesús no estaba sofocada. No estaba atado por la tradición ni obstaculizado por la esclavitud a un convencionalismo estrecho. Hablaba con una confianza indudable y enseñaba con autoridad absoluta. Pero su magnífica originalidad no le hizo pasar por alto las joyas de verdad de las enseñanzas de sus predecesores y contemporáneos. Y la más original de sus enseñanzas fue el énfasis en el amor y la misericordia en lugar del temor y el sacrificio.
100:7.6Jesús era muy amplio en su perspectiva. Exhortó a sus seguidores a predicar el evangelio a todos los pueblos. Estaba libre de toda estrechez de miras. Su corazón comprensivo abarcaba a toda la humanidad, incluso a un universo. Su invitación era siempre: «Quien quiera, que venga».
100:7.7De Jesús se dijo con verdad: «Confiaba en Dios». Como hombre entre los hombres, confiaba del modo más sublime en el Padre que está en el cielo. Confiaba en su Padre como un niño pequeño confía en su progenitor terrenal. Su fe era perfecta, pero nunca presuntuosa. Por cruel que pareciera la naturaleza o por indiferente que pareciera al bienestar del hombre en la tierra, Jesús nunca vaciló en su fe. Era inmune a la decepción e impermeable a la persecución. El fracaso aparente no lo afectaba.
100:7.8Amaba a los hombres como hermanos, reconociendo al mismo tiempo cuánto diferían en dotes innatas y en cualidades adquiridas. «Anduvo haciendo el bien».
100:7.9Jesús era una persona excepcionalmente alegre, pero no era un optimista ciego e irreflexivo. Su palabra constante de exhortación era: «Tengan buen ánimo». Podía mantener esta actitud confiada gracias a su confianza inquebrantable en Dios y a su fe firme en el hombre. Siempre era conmovedoramente considerado con todos los hombres porque los amaba y creía en ellos. Aun así, era siempre fiel a sus convicciones y magníficamente firme en su devoción a hacer la voluntad de su Padre.
100:7.10El Maestro era siempre generoso. Nunca se cansaba de decir: «Hay más bendición en dar que en recibir». Decía: «Gratuitamente han recibido, den gratuitamente». Y sin embargo, con toda su generosidad ilimitada, nunca fue derrochador ni extravagante. Enseñaba que hay que creer para recibir la salvación. «Porque todo el que busca recibirá».
100:7.11Era directo, pero siempre amable. Decía: «Si no fuera así, se lo habría dicho». Era franco, pero siempre cordial. Expresaba abiertamente su amor por el pecador y su odio por el pecado. Pero en toda esta asombrosa franqueza fue infaliblemente equitativo.
100:7.12Jesús estaba alegre de manera constante, aunque a veces bebió profundamente de la copa del dolor humano. Afrontó sin temor las realidades de la existencia, y sin embargo estaba lleno de entusiasmo por el evangelio del reino. Pero controlaba su entusiasmo; este nunca lo controló a él. Estaba consagrado sin reservas a «los asuntos del Padre». Este entusiasmo divino llevó a sus hermanos no espirituales a pensar que estaba fuera de sí, pero el universo que lo observaba lo valoró como el modelo de la cordura y el patrón de la suprema devoción mortal a las altas normas de la vida espiritual. Y su entusiasmo controlado era contagioso; sus asociados se sentían impulsados a compartir su optimismo divino.
100:7.13Este hombre de Galilea no era un hombre de dolores; era un alma de alegría. Siempre estaba diciendo: «Alégrense y estén muy contentos». Pero cuando el deber lo exigía, estaba dispuesto a caminar con valentía por el «valle de la sombra de la muerte». Era jovial, pero al mismo tiempo humilde.
100:7.14Su valor solo era igualado por su paciencia. Cuando lo presionaban para actuar prematuramente, solo respondía: «Mi hora aún no ha llegado». Nunca tenía prisa; su serenidad era sublime. Pero a menudo se indignaba ante el mal, era intolerante con el pecado. A menudo se sentía poderosamente movido a resistir aquello que era contrario al bienestar de sus hijos en la tierra. Pero su indignación contra el pecado nunca lo llevó a la ira contra el pecador.
100:7.15Su valor era magnífico, pero nunca fue temerario. Su consigna era: «No teman». Su valentía era elevada y su valor, a menudo heroico. Pero su valor estaba unido a la discreción y controlado por la razón. Era un valor nacido de la fe, no la imprudencia de una presunción ciega. Era verdaderamente valiente, pero nunca audaz.
100:7.16El Maestro era un patrón de reverencia. La oración incluso de su juventud comenzaba: «Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre». Era respetuoso incluso con la adoración defectuosa de sus semejantes. Pero esto no le impidió atacar las tradiciones religiosas ni arremeter contra los errores de la creencia humana. Reverenciaba la verdadera santidad, y sin embargo podía apelar con justicia a sus semejantes, diciendo: «¿Quién de ustedes me acusa de pecado?».
100:7.17Jesús era grande porque era bueno, y sin embargo confraternizaba con los niños pequeños. Era apacible y sin pretensiones en su vida personal, y sin embargo era el hombre perfeccionado de un universo. Sus asociados lo llamaban Maestro sin que él se lo pidiera.
100:7.18Jesús era la personalidad humana unificada a la perfección. Y hoy, igual que en Galilea, sigue unificando la experiencia mortal y coordinando los esfuerzos humanos. Unifica la vida, ennoblece el carácter y hace más sencilla la experiencia. Entra en la mente humana para elevarla, transformarla y transfigurarla. Es verdad, literalmente: «Si alguien tiene dentro de sí a Cristo Jesús, es una nueva criatura; las cosas viejas van pasando; miren, todas las cosas se están haciendo nuevas».
100:7.19[Presentado por un Melquisedec de Nebadon.]