Parte IV · Documento 192

Apariciones en Galilea

192:0.1CUANDO los apóstoles salieron de Jerusalén hacia Galilea, los dirigentes judíos se habían calmado bastante. Puesto que Jesús se aparecía solo a su familia de creyentes del reino, y puesto que los apóstoles estaban escondidos y no hacían ninguna predicación pública, los gobernantes de los judíos concluyeron que el movimiento del evangelio había quedado, después de todo, efectivamente aplastado. Desde luego, los inquietaba que se extendieran cada vez más los rumores de que Jesús había resucitado de entre los muertos, pero confiaban en que los guardias sobornados contrarrestarían eficazmente todos esos informes al repetir la historia de que un grupo de sus seguidores se había llevado el cuerpo.

192:0.2Desde este momento, hasta que la creciente ola de persecución dispersó a los apóstoles, Pedro fue el jefe generalmente reconocido del cuerpo apostólico. Jesús nunca le dio tal autoridad, y sus compañeros apóstoles nunca lo eligieron formalmente para semejante puesto de responsabilidad; él lo asumió de forma natural y lo mantuvo por consentimiento común y también porque era su principal predicador. Desde entonces la predicación pública llegó a ser la ocupación principal de los apóstoles. Después de su regreso de Galilea, Matías, a quien eligieron para ocupar el lugar de Judas, llegó a ser su tesorero.

192:0.3Durante la semana que permanecieron en Jerusalén, María, la madre de Jesús, pasó gran parte del tiempo con las mujeres creyentes que se alojaban en la casa de José de Arimatea.

192:0.4Temprano en la mañana de este lunes, cuando los apóstoles partieron hacia Galilea, Juan Marcos fue con ellos. Los siguió fuera de la ciudad y, cuando ya habían pasado bastante más allá de Betania, se acercó con audacia y se unió a ellos, confiado en que no lo harían volver.

192:0.5Los apóstoles se detuvieron varias veces en el camino a Galilea para contar la historia de su Maestro resucitado y, por eso, no llegaron a Betsaida hasta muy tarde en la noche del miércoles. Ya era el mediodía del jueves cuando todos estuvieron despiertos y listos para tomar el desayuno.

1. Aparición junto al lago

192:1.1Hacia las seis de la mañana del viernes 21 de abril, el Maestro morontial hizo su decimotercera aparición, la primera en Galilea, a los diez apóstoles cuando su barca se acercaba a la orilla cerca del lugar habitual de desembarco en Betsaida.

192:1.2Después de que los apóstoles pasaron la tarde y el comienzo de la noche del jueves esperando en la casa de los Zebedeo, Simón Pedro propuso que fueran a pescar. Cuando Pedro propuso la salida de pesca, todos los apóstoles decidieron ir con él. Toda la noche trabajaron con las redes, pero no pescaron nada. No les importó mucho no haber logrado pesca, porque tenían muchas experiencias interesantes de que hablar, cosas que les habían sucedido muy recientemente en Jerusalén. Pero cuando llegó la luz del día, decidieron regresar a Betsaida. Al acercarse a la orilla, vieron a alguien en la playa, cerca del desembarcadero, de pie junto a un fuego. Al principio pensaron que era Juan Marcos, que había bajado para recibirlos a su regreso con la pesca, pero a medida que se acercaban a la orilla, vieron que se equivocaban: el hombre era demasiado alto para ser Juan. A ninguno de ellos se le había ocurrido que la persona de la orilla fuera el Maestro. No entendían del todo por qué Jesús quería reunirse con ellos en medio de los escenarios de su anterior convivencia y al aire libre, en contacto con la naturaleza, lejos del ambiente cerrado de Jerusalén con sus trágicas asociaciones de temor, traición y muerte. Él les había dicho que, si iban a Galilea, se reuniría con ellos allí, y estaba a punto de cumplir esa promesa.

192:1.3Cuando echaron el ancla y se prepararon para subir a la barca pequeña e ir a tierra, el hombre de la playa los llamó: «Muchachos, ¿han pescado algo?». Y cuando respondieron: «No», él habló de nuevo. «Echen la red al lado derecho de la barca y encontrarán peces». Aunque no sabían que era Jesús quien les había dado la indicación, de común acuerdo echaron la red como se les había indicado, y al instante se llenó, tanto que apenas podían sacarla. Ahora bien, Juan Zebedeo era rápido de percepción, y cuando vio la red tan cargada, percibió que era el Maestro quien les había hablado. Cuando este pensamiento vino a su mente, se inclinó y le susurró a Pedro: «Es el Maestro». Pedro fue siempre un hombre de acción irreflexiva y de devoción impetuosa; así que, cuando Juan le susurró esto al oído, se levantó rápidamente y se lanzó al agua para llegar cuanto antes al lado del Maestro. Sus hermanos llegaron muy cerca detrás de él, pues vinieron a tierra en la barca pequeña, arrastrando tras de sí la red llena de peces.

192:1.4Para entonces Juan Marcos estaba levantado y, al ver a los apóstoles que venían a tierra con la red tan cargada, bajó corriendo por la playa para saludarlos; y cuando vio once hombres en lugar de diez, supuso que el desconocido era Jesús resucitado, y mientras los diez, asombrados, permanecían en silencio, el joven corrió hacia el Maestro y, arrodillándose a sus pies, dijo: «Mi Señor y mi Maestro». Y entonces Jesús habló, no como lo había hecho en Jerusalén, cuando los saludó con «La paz sea con ustedes», sino que se dirigió a Juan Marcos en un tono corriente: «Bien, Juan, me alegra verte de nuevo, y en la despreocupada Galilea, donde podemos conversar a gusto. Quédate con nosotros, Juan, y desayuna».

192:1.5Tan grandes fueron el asombro y la sorpresa de los diez, mientras Jesús conversaba con el joven, que descuidaron sacar hasta la orilla la red cargada de peces. Entonces Jesús tomó la palabra: «Traigan sus peces y preparen algunos para el desayuno. El fuego ya lo tenemos, y también mucho pan».

192:1.6Mientras Juan Marcos rendía homenaje al Maestro, Pedro se había estremecido por un momento al ver las brasas que ardían allí en la playa; la escena le recordó tan vivamente el fuego de carbón de medianoche en el patio de Anás, donde había negado al Maestro, pero se sobrepuso y, arrodillándose a los pies del Maestro, exclamó: «¡Mi Señor y mi Maestro!».

192:1.7Pedro se unió entonces a sus compañeros mientras arrastraban la red. Cuando sacaron a tierra la pesca, contaron los peces, y había 153 grandes. Y de nuevo se cometió el error de llamar a esto otra pesca milagrosa. No hubo ningún milagro relacionado con este episodio. Fue simplemente un ejercicio del conocimiento previo del Maestro. Él sabía que los peces estaban allí y, en consecuencia, indicó a los apóstoles dónde echar la red.

192:1.8Jesús les habló, diciendo: «Vengan ahora todos a desayunar. Hasta los gemelos deben sentarse mientras converso con ustedes; Juan Marcos preparará los peces». Juan Marcos trajo siete peces de buen tamaño, que el Maestro puso al fuego, y cuando estuvieron cocidos, el muchacho los sirvió a los diez. Luego Jesús partió el pan y se lo dio a Juan, quien a su vez lo sirvió a los apóstoles hambrientos. Cuando todos estuvieron servidos, Jesús le pidió a Juan Marcos que se sentara mientras él mismo servía los peces y el pan al muchacho. Y mientras comían, Jesús conversaba con ellos y recordaba sus muchas experiencias en Galilea y junto a este mismo lago.

192:1.9Esta era la tercera vez que Jesús se manifestaba a los apóstoles como grupo. Cuando Jesús se dirigió a ellos por primera vez, preguntándoles si tenían algún pescado, no sospecharon quién era, porque para estos pescadores del mar de Galilea era una experiencia común, cuando llegaban a tierra, que los abordaran así los comerciantes de pescado de Tariquea, que solían estar presentes para comprar la pesca fresca para los establecimientos de secado.

192:1.10Jesús conversó con los diez apóstoles y con Juan Marcos durante más de una hora, y luego caminó de un lado a otro de la playa, hablando con ellos de dos en dos, pero no con las mismas parejas que al principio había enviado juntas a enseñar. Los once apóstoles habían bajado juntos de Jerusalén, pero Simón Zelotes se fue desanimando cada vez más a medida que se acercaban a Galilea, de modo que, cuando llegaron a Betsaida, abandonó a sus hermanos y regresó a su casa.

192:1.11Antes de despedirse de ellos esta mañana, Jesús indicó que dos de los apóstoles se ofrecieran a ir a buscar a Simón Zelotes y traerlo de vuelta ese mismo día. Y Pedro y Andrés lo hicieron.

2. Conversaciones con los apóstoles de dos en dos

192:2.1Cuando terminaron el desayuno, y mientras los demás estaban sentados junto al fuego, Jesús hizo señas a Pedro y a Juan para que lo acompañaran a pasear por la playa. Mientras caminaban, Jesús le dijo a Juan: «Juan, ¿me amas?». Y cuando Juan respondió: «Sí, Maestro, con todo mi corazón», el Maestro dijo: «Entonces, Juan, abandona tu intolerancia y aprende a amar a los hombres como yo te he amado. Dedica tu vida a demostrar que el amor es lo más grande del mundo. Es el amor de Dios lo que impulsa a los hombres a buscar la salvación. El amor es el antepasado de toda bondad espiritual, la esencia de lo verdadero y de lo bello».

192:2.2Jesús se volvió entonces hacia Pedro y le preguntó: «Pedro, ¿me amas?». Pedro respondió: «Señor, tú sabes que te amo con toda mi alma». Entonces dijo Jesús: «Si me amas, Pedro, alimenta a mis corderos. No dejes de servir a los débiles, a los pobres y a los jóvenes. Predica el evangelio sin temor ni favoritismo; recuerda siempre que Dios no hace distinción de personas. Sirve a tus semejantes así como yo te he servido; perdona a tus compañeros mortales así como yo te he perdonado. Deja que la experiencia te enseñe el valor de la meditación y el poder de la reflexión inteligente».

192:2.3Después de caminar un poco más, el Maestro se volvió hacia Pedro y le preguntó: «Pedro, ¿de verdad me amas?». Y entonces dijo Simón: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Y de nuevo dijo Jesús: «Entonces cuida bien de mis ovejas. Sé un pastor bueno y verdadero para el rebaño. No traiciones la confianza que tienen en ti. Que no te tome por sorpresa la mano del enemigo. Mantente en guardia en todo momento: vela y ora».

192:2.4Cuando habían avanzado unos pasos más, Jesús se volvió hacia Pedro y, por tercera vez, le preguntó: «Pedro, ¿verdaderamente me amas?». Y entonces Pedro, un poco dolido por la aparente desconfianza del Maestro hacia él, dijo con bastante emoción: «Señor, tú sabes todas las cosas, y por eso sabes que te amo real y verdaderamente». Entonces dijo Jesús: «Alimenta a mis ovejas. No abandones el rebaño. Sé un ejemplo y una inspiración para todos tus compañeros pastores. Ama al rebaño como yo te he amado y conságrate a su bienestar así como yo he consagrado mi vida a tu bienestar. Y sígueme hasta el fin».

192:2.5Pedro tomó esta última frase al pie de la letra —que debía seguir yendo tras él— y, volviéndose hacia Jesús, señaló a Juan y preguntó: «Si yo te sigo, ¿qué hará este hombre?». Y entonces, al darse cuenta de que Pedro había entendido mal sus palabras, Jesús dijo: «Pedro, no te preocupes por lo que harán tus hermanos. Si yo quiero que Juan se quede después de que tú te hayas ido, incluso hasta que yo regrese, ¿qué te importa a ti? Solo asegúrate de seguirme».

192:2.6Esta observación se difundió entre los hermanos y fue recibida como una declaración de Jesús en el sentido de que Juan no moriría antes de que el Maestro regresara, como muchos pensaban y esperaban, para establecer el reino con poder y gloria. Fue esta interpretación de lo que Jesús dijo lo que tuvo mucho que ver con que Simón Zelotes volviera al servicio y se mantuviera en el trabajo.

192:2.7Cuando volvieron con los demás, Jesús fue a pasear y conversar con Andrés y Santiago. Cuando habían recorrido una corta distancia, Jesús le dijo a Andrés: «Andrés, ¿confías en mí?». Y cuando el antiguo jefe de los apóstoles oyó a Jesús hacer semejante pregunta, se detuvo y respondió: «Sí, Maestro, con toda certeza confío en ti, y tú sabes que es así». Entonces dijo Jesús: «Andrés, si confías en mí, confía más en tus hermanos, incluso en Pedro. En otro tiempo te confié la dirección de tus hermanos. Ahora debes confiar en otros, pues te dejo para ir al Padre. Cuando tus hermanos comiencen a dispersarse por todas partes a causa de amargas persecuciones, sé un consejero considerado y sabio para Santiago, mi hermano en la carne, cuando pongan sobre él cargas pesadas que su experiencia no lo capacita para llevar. Y luego sigue confiando, porque yo no te fallaré. Cuando hayas terminado en la tierra, vendrás a mí».

192:2.8Entonces Jesús se volvió hacia Santiago y le preguntó: «Santiago, ¿confías en mí?». Y naturalmente Santiago respondió: «Sí, Maestro, confío en ti con todo mi corazón». Entonces dijo Jesús: «Santiago, si confías más en mí, serás menos impaciente con tus hermanos. Si confías en mí, eso te ayudará a ser amable con la fraternidad de los creyentes. Aprende a sopesar las consecuencias de tus dichos y de tus hechos. Recuerda que la cosecha corresponde a la siembra. Ora por la tranquilidad de espíritu y cultiva la paciencia. Estas gracias, junto con una fe viva, te sostendrán cuando llegue la hora de beber la copa del sacrificio. Pero nunca te desanimes; cuando hayas terminado en la tierra, también vendrás a estar conmigo».

192:2.9A continuación, Jesús conversó con Tomás y con Natanael. A Tomás le preguntó: «Tomás, ¿me sirves?». «Sí, Señor, te sirvo ahora y siempre», le respondió Tomás. Jesús le dijo entonces: «Si quieres servirme, sirve a mis hermanos en la carne tal como yo te he servido a ti. Y no te canses de obrar este bien, sino persevera como alguien a quien Dios ha designado para este servicio de amor. Una vez que concluyas tu servicio conmigo en la tierra, conmigo servirás en la gloria. Tomás, es preciso que dejes de dudar; tienes que crecer en la fe y en el conocimiento de la verdad. Como un niño, cree en Dios, pero deja ya de comportarte de forma tan pueril. Cobra valor; sé fuerte en la fe y poderoso en el reino de Dios».

192:2.10Entonces dijo el Maestro a Natanael: «Natanael, ¿me sirves?». Y el apóstol respondió: «Sí, Maestro, y con un afecto indiviso». Entonces dijo Jesús: «Si, por lo tanto, me sirves con todo el corazón, asegúrate de dedicarte al bienestar de mis hermanos en la tierra con un afecto incansable. Mezcla la amistad con tu consejo y añade amor a tu filosofía. Sirve a tus semejantes así como yo te he servido. Sé fiel a los hombres como yo he velado por ti. Sé menos crítico; espera menos de algunos hombres y así reduce el alcance de tu desilusión. Y cuando el trabajo aquí abajo haya terminado, servirás conmigo en lo alto».

192:2.11Después de esto, el Maestro habló con Mateo y Felipe. A Felipe le dijo: «Felipe, ¿me obedeces?». Felipe respondió: «Sí, Señor, te obedeceré incluso con mi vida». Entonces dijo Jesús: «Si quieres obedecerme, ve entonces a las tierras de los gentiles y proclama este evangelio. Los profetas te han dicho que obedecer es mejor que sacrificar. Por la fe te has convertido en un hijo del reino que conoce a Dios. No hay más que una ley que obedecer: el mandato de salir a proclamar el evangelio del reino. Deja de temer a los hombres; no tengas miedo de predicar la buena nueva de la vida eterna a tus semejantes que languidecen en las tinieblas y tienen hambre de la luz de la verdad. Ya no te ocuparás más, Felipe, del dinero y de los bienes. Ahora eres libre para predicar las buenas nuevas, igual que tus hermanos. Y yo iré delante de ti y estaré contigo hasta el fin».

192:2.12Y luego, hablando a Mateo, el Maestro le preguntó: «Mateo, ¿está en tu corazón obedecerme?». Mateo respondió: «Sí, Señor, estoy plenamente dedicado a hacer tu voluntad». Entonces dijo el Maestro: «Mateo, si quieres obedecerme, sal a enseñar a todos los pueblos este evangelio del reino. Ya no servirás a tus hermanos las cosas materiales de la vida; de ahora en adelante has de proclamar también la buena nueva de la salvación espiritual. Desde ahora, ten la mirada puesta únicamente en obedecer tu encargo de predicar este evangelio del reino del Padre. Así como yo he hecho la voluntad del Padre en la tierra, así cumplirás tú el encargo divino. Recuerda que tanto el judío como el gentil son tus hermanos. No temas a ningún hombre cuando proclames las verdades salvadoras del evangelio del reino de los cielos. Y adonde yo voy, tú irás pronto».

192:2.13Luego caminó y habló con los gemelos Alfeo, Santiago y Judas, y dirigiéndose a ambos, les preguntó: «Santiago y Judas, ¿creen en mí?». Y cuando ambos respondieron: «Sí, Maestro, creemos», él dijo: «Pronto los dejaré. Ustedes ven que ya los he dejado en la carne. Me quedo solo un breve tiempo en esta forma antes de ir a mi Padre. Ustedes creen en mí: son mis apóstoles, y siempre lo serán. Sigan creyendo y recordando su asociación conmigo, cuando yo me haya ido, y después de que quizás hayan vuelto al trabajo que hacían antes de venir a vivir conmigo. Nunca permitan que un cambio en su trabajo exterior influya en su lealtad. Tengan fe en Dios hasta el fin de sus días en la tierra. Nunca olviden que, cuando son hijos de Dios por la fe, todo trabajo honrado del reino es sagrado. Nada que haga un hijo de Dios puede ser común. Hagan, pues, su trabajo, desde este momento en adelante, como para Dios. Y cuando hayan terminado en este mundo, tengo otros mundos mejores donde ustedes trabajarán igualmente para mí. Y en todo este trabajo, en este mundo y en otros mundos, yo trabajaré con ustedes, y mi espíritu morará dentro de ustedes».

192:2.14Eran casi las diez cuando Jesús volvió de su conversación con los gemelos Alfeo, y al dejar a los apóstoles, dijo: «Adiós, hasta que me reúna con todos ustedes mañana al mediodía en el monte de su ordenación». Dicho esto, desapareció de su vista.

3. En el monte de la ordenación

192:3.1Al mediodía del sábado 22 de abril, los once apóstoles se reunieron, según lo acordado, en la colina cerca de Cafarnaúm, y Jesús se apareció entre ellos. Este encuentro tuvo lugar en el mismo monte donde el Maestro los había apartado como sus apóstoles y como embajadores del reino del Padre en la tierra. Y esta fue la decimocuarta manifestación morontial del Maestro.

192:3.2En esta ocasión los once apóstoles se arrodillaron en círculo alrededor del Maestro, lo oyeron repetir los encargos y lo vieron representar de nuevo la escena de la ordenación tal como cuando fueron apartados por primera vez para la obra especial del reino. Y todo esto fue para ellos como un recuerdo de su anterior consagración al servicio del Padre, excepto la oración del Maestro. Cuando el Maestro —el Jesús morontial— oró ahora, lo hizo con un tono de majestad y con palabras de poder como los apóstoles nunca antes habían oído. Su Maestro hablaba ahora con los gobernantes de los universos como quien, en su propio universo, había recibido en su mano todo el poder y la autoridad. Y estos once hombres nunca olvidaron esta experiencia de la nueva consagración morontial a los compromisos anteriores de su condición de embajadores. El Maestro pasó solo una hora en este monte con sus embajadores, y cuando se despidió de ellos con afecto, desapareció de su vista.

192:3.3Y nadie vio a Jesús durante una semana entera. Los apóstoles realmente no tenían idea de qué hacer, pues no sabían si el Maestro había ido al Padre. En este estado de incertidumbre permanecieron en Betsaida. Tenían miedo de ir a pescar, no fuera que él viniera a visitarlos y no lo vieran. Durante toda esta semana Jesús estuvo ocupado con las criaturas morontiales en la tierra y con los asuntos de la transición morontial que estaba experimentando en este mundo.

4. La reunión a orillas del lago

192:4.1La noticia de las apariciones de Jesús se extendía por toda Galilea, y cada día llegaban más y más creyentes a la casa de los Zebedeo para preguntar por la resurrección del Maestro y averiguar la verdad sobre estas supuestas apariciones. Pedro, al comienzo de la semana, hizo saber que el sábado siguiente, a las tres de la tarde, se celebraría una reunión pública junto al mar.

192:4.2Así pues, el sábado 29 de abril, a las tres, más de quinientos creyentes de los alrededores de Cafarnaúm se reunieron en Betsaida para oír a Pedro predicar su primer sermón público desde la resurrección. El apóstol estuvo en su mejor momento, y cuando terminó su conmovedor discurso, pocos de sus oyentes dudaban de que el Maestro hubiera resucitado de entre los muertos.

192:4.3Pedro terminó su sermón diciendo: «Afirmamos que Jesús de Nazaret no está muerto; declaramos que ha resucitado de la tumba; proclamamos que lo hemos visto y hemos hablado con él». Justo cuando terminaba de hacer esta declaración de fe, allí a su lado, a plena vista de toda esta gente, el Maestro apareció en forma morontial y, hablándoles con un acento familiar, dijo: «La paz sea con ustedes, y les dejo mi paz». Después de aparecer así y de hablarles de este modo, desapareció de su vista. Esta fue la decimoquinta manifestación morontial de Jesús resucitado.

192:4.4A causa de ciertas cosas que se dijeron a los once mientras estaban en conferencia con el Maestro en el monte de la ordenación, los apóstoles tuvieron la impresión de que su Maestro haría pronto una aparición pública ante un grupo de creyentes galileos, y de que, después de hacerlo, ellos debían volver a Jerusalén. Así pues, temprano al día siguiente, domingo 30 de abril, los once salieron de Betsaida hacia Jerusalén. Enseñaron y predicaron bastante en el camino de bajada por el Jordán, de modo que no llegaron a la casa de los Marcos en Jerusalén hasta tarde el miércoles 3 de mayo.

192:4.5Fue un triste regreso a casa para Juan Marcos. Apenas unas horas antes de que llegara a casa, su padre, Elías Marcos, murió de repente a causa de una hemorragia cerebral. Aunque el pensamiento de la certeza de la resurrección de los muertos contribuyó mucho a consolar a los apóstoles en su dolor, al mismo tiempo lloraron de verdad la pérdida de su buen amigo, que había sido su firme apoyo incluso en los tiempos de gran dificultad y desilusión. Juan Marcos hizo todo lo que pudo para consolar a su madre y, hablando en nombre de ella, invitó a los apóstoles a seguir alojándose en su casa. Y los once hicieron de esta sala de arriba su cuartel general hasta después del día de Pentecostés.

192:4.6Los apóstoles habían entrado a propósito en Jerusalén después del anochecer para que no los vieran las autoridades judías. Tampoco aparecieron en público en relación con el funeral de Elías Marcos. Todo el día siguiente permanecieron en tranquilo retiro en esta sala de arriba, tan llena de acontecimientos.

192:4.7El jueves por la noche los apóstoles tuvieron una reunión maravillosa en esta sala de arriba, y todos se comprometieron a salir a la predicación pública del nuevo evangelio del Señor resucitado, excepto Tomás, Simón Zelotes y los gemelos Alfeo. Ya habían comenzado los primeros pasos para transformar el evangelio del reino —la filiación con Dios y la fraternidad con el hombre— en la proclamación de la resurrección de Jesús. Natanael se opuso a este cambio en el tema central de su mensaje público, pero no pudo resistir la elocuencia de Pedro, ni pudo vencer el entusiasmo de los discípulos, especialmente de las mujeres creyentes.

192:4.8Y así, bajo el enérgico liderazgo de Pedro y antes de que el Maestro ascendiera al Padre, sus bienintencionados representantes comenzaron ese sutil proceso de transformar de manera gradual y segura la religión de Jesús en una forma nueva y modificada de religión acerca de Jesús.

Documento 192

Apariciones en Galilea