Parte IV · Documento 179
La Última Cena
179:0.1DURANTE la tarde de este jueves, cuando Felipe le recordó al Maestro que se acercaba la Pascua y le preguntó por sus planes para celebrarla, pensaba en la cena de Pascua que debía comerse la noche del día siguiente, el viernes. Era costumbre empezar los preparativos para la celebración de la Pascua no más tarde del mediodía del día anterior. Y como los judíos contaban el comienzo del día a partir de la puesta del sol, esto significaba que la cena de Pascua del sábado se comería el viernes por la noche, en algún momento antes de la medianoche.
179:0.2Por eso, los apóstoles no lograban en absoluto entender el anuncio del Maestro de que celebrarían la Pascua un día antes. Pensaron, al menos algunos de ellos, que él sabía que lo arrestarían antes de la hora de la cena de Pascua del viernes por la noche y que por eso los reunía para una cena especial este jueves por la noche. Otros pensaron que se trataba simplemente de una ocasión especial que debía preceder a la celebración ordinaria de la Pascua.
179:0.3Los apóstoles sabían que Jesús había celebrado otras Pascuas sin el cordero; sabían que él no participaba personalmente en ningún servicio de sacrificio del sistema judío. Muchas veces había comido el cordero pascual como invitado, pero siempre que él era el anfitrión, no se servía cordero. No habría sido una gran sorpresa para los apóstoles ver que se omitía el cordero incluso en la noche de Pascua, y como esta cena se daba un día antes, no le dieron importancia a su ausencia.
179:0.4Después de recibir el saludo de bienvenida que les dieron el padre y la madre de Juan Marcos, los apóstoles subieron de inmediato a la sala de arriba, mientras Jesús se quedaba atrás para hablar con la familia de Marcos.
179:0.5Se había acordado de antemano que el Maestro celebraría esta ocasión a solas con sus doce apóstoles; por eso no se dispuso de ningún criado para servirles.
1. El deseo de preferencia
179:1.1Cuando Juan Marcos llevó a los apóstoles al piso de arriba, vieron una sala grande y espaciosa, completamente preparada para la cena, y observaron que el pan, el vino, el agua y las hierbas estaban todos listos en un extremo de la mesa. Excepto por el extremo en que estaban el pan y el vino, esta larga mesa estaba rodeada de trece lechos para reclinarse, tal como se dispondrían para la celebración de la Pascua en un hogar judío acomodado.
179:1.2Al entrar los doce en esta sala de arriba, notaron, justo al lado de la puerta, los cántaros de agua, las palanganas y las toallas para lavar sus pies polvorientos; y como no se había dispuesto ningún criado para prestar este servicio, los apóstoles empezaron a mirarse unos a otros en cuanto Juan Marcos los dejó, y cada uno empezó a pensar para sí: ¿Quién nos lavará los pies? Y cada uno pensó igualmente que no sería él quien pareciera así actuar como el criado de los demás.
179:1.3Mientras estaban allí de pie, debatiendo en su corazón, examinaron la disposición de los asientos de la mesa y tomaron nota del diván más alto del anfitrión, con un lecho a la derecha y once dispuestos alrededor de la mesa hasta quedar frente a este segundo asiento de honor, el de la derecha del anfitrión.
179:1.4Esperaban que el Maestro llegara en cualquier momento, pero no sabían qué hacer: si sentarse o esperar su llegada y dejar que él les asignara sus lugares. Mientras dudaban, Judas se dirigió al asiento de honor, a la izquierda del anfitrión, y dio a entender que se proponía reclinarse allí como el invitado preferido. Este acto de Judas provocó de inmediato una acalorada disputa entre los demás apóstoles. En cuanto Judas se apoderó del asiento de honor, Juan Zebedeo reclamó el siguiente asiento preferido, el de la derecha del anfitrión. Simón Pedro se enfureció tanto por esta apropiación de los mejores puestos por parte de Judas y de Juan que, mientras los demás apóstoles enojados miraban, dio la vuelta completa a la mesa y ocupó su lugar en el lecho más bajo, el último del orden de los asientos y justo enfrente del que había elegido Juan Zebedeo. Como otros se habían apoderado de los asientos altos, Pedro pensó en escoger el más bajo, y lo hizo, no solo como protesta contra el orgullo impropio de sus hermanos, sino con la esperanza de que Jesús, cuando llegara y lo viera en el lugar de menor honor, lo llamara a uno más alto y desplazara así a uno que había tenido la presunción de honrarse a sí mismo.
179:1.5Ocupados así los puestos más alto y más bajo, el resto de los apóstoles eligió lugares, unos cerca de Judas y otros cerca de Pedro, hasta que todos estuvieron ubicados. Estaban sentados alrededor de la mesa en forma de U, en estos divanes para reclinarse, en el orden siguiente: a la derecha del Maestro, Juan; a la izquierda, Judas, Simón Zelotes, Mateo, Santiago Zebedeo, Andrés, los gemelos Alfeo, Felipe, Natanael, Tomás y Simón Pedro.
179:1.6Están reunidos para celebrar, al menos en espíritu, una institución que era anterior incluso a Moisés y que se refería a los tiempos en que sus padres eran esclavos en Egipto. Esta cena es su último encuentro con Jesús, e incluso en un marco tan solemne, bajo la dirección de Judas, los apóstoles se dejan llevar una vez más por su antigua predilección por el honor, la preferencia y la exaltación personal.
179:1.7Todavía se lanzaban recriminaciones airadas cuando el Maestro apareció en la puerta, donde se detuvo un momento mientras una expresión de decepción cubría lentamente su rostro. Sin hacer comentarios fue a su lugar, y no alteró la disposición de los asientos que ellos habían hecho.
179:1.8Ya estaban listos para empezar la cena, salvo que todavía tenían los pies sin lavar, y su estado de ánimo era cualquier cosa menos agradable. Cuando llegó el Maestro, todavía se hacían comentarios poco halagadores unos sobre otros, por no hablar de los pensamientos de algunos que tenían suficiente dominio emocional para abstenerse de expresar en público sus sentimientos.
2. El comienzo de la cena
179:2.1Durante unos momentos después de que el Maestro ocupara su lugar, nadie dijo una palabra. Jesús los miró a todos y, aliviando la tensión con una sonrisa, dijo: «He deseado mucho comer esta Pascua con ustedes. Quería comer con ustedes una vez más antes de sufrir, y dándome cuenta de que mi hora ha llegado, dispuse tener esta cena con ustedes esta noche, porque, en cuanto al día de mañana, todos estamos en las manos del Padre, cuya voluntad he venido a cumplir. No volveré a comer con ustedes hasta que se sienten conmigo en el reino que mi Padre me dará cuando haya terminado aquello para lo que me envió a este mundo».
179:2.2Después de mezclar el vino y el agua, le llevaron la copa a Jesús, quien, cuando la recibió de la mano de Tadeo, la sostuvo mientras daba gracias. Y cuando terminó de dar gracias, dijo: «Tomen esta copa y repártanla entre ustedes y, cuando beban de ella, comprendan que no volveré a beber con ustedes el fruto de la vid, puesto que esta es nuestra última cena. Cuando volvamos a sentarnos de esta manera, será en el reino venidero».
179:2.3Jesús empezó así a hablar a sus apóstoles porque sabía que su hora había llegado. Comprendía que había llegado el tiempo en que debía volver al Padre, y que su obra en la tierra estaba casi terminada. El Maestro sabía que había revelado el amor del Padre en la tierra y había mostrado su misericordia a la humanidad, y que había completado aquello para lo que vino al mundo, hasta el punto de recibir todo poder y autoridad en el cielo y en la tierra. Asimismo, sabía que Judas Iscariote había decidido por completo entregarlo esa noche en manos de sus enemigos. Se daba plena cuenta de que esta traición alevosa era obra de Judas, pero que también complacía a Lucifer, a Satanás y a Caligastia, el príncipe de las tinieblas. Pero no temía a ninguno de los que buscaban su derrocamiento espiritual más de lo que temía a los que buscaban provocar su muerte física. El Maestro tenía una sola inquietud, y era por la seguridad y la salvación de sus seguidores escogidos. Y así, con pleno conocimiento de que el Padre había puesto todas las cosas bajo su autoridad, el Maestro se dispuso entonces a representar la parábola del amor fraternal.
3. El lavado de los pies de los apóstoles
179:3.1Después de beber la primera copa de la Pascua, era costumbre judía que el anfitrión se levantara de la mesa y se lavara las manos. Más adelante en la comida, y después de la segunda copa, todos los invitados se levantaban también y se lavaban las manos. Como los apóstoles sabían que su Maestro nunca observaba estos ritos de lavado ceremonial de las manos, sentían mucha curiosidad por saber qué se proponía hacer cuando, después de haber bebido esta primera copa, se levantó de la mesa y se dirigió en silencio hasta cerca de la puerta, donde se habían colocado los cántaros de agua, las palanganas y las toallas. Y su curiosidad se convirtió en asombro cuando vieron al Maestro quitarse el manto, ceñirse una toalla y empezar a echar agua en una de las palanganas para los pies. Imaginen el asombro de estos doce hombres, que hacía tan poco se habían negado a lavarse los pies unos a otros y que habían tenido disputas tan impropias sobre los puestos de honor en la mesa, cuando lo vieron dar la vuelta por el extremo desocupado de la mesa hasta el asiento más bajo del banquete, donde estaba reclinado Simón Pedro, y, arrodillado en actitud de siervo, disponerse a lavar los pies de Simón. Cuando el Maestro se arrodilló, los doce se pusieron de pie como un solo hombre; incluso el traidor Judas olvidó por un momento su infamia hasta el punto de levantarse con sus compañeros apóstoles en esta expresión de sorpresa, respeto y asombro total.
179:3.2Allí estaba de pie Simón Pedro, mirando hacia abajo el rostro levantado de su Maestro. Jesús no dijo nada; no era necesario que hablara. Su actitud revelaba claramente que estaba dispuesto a lavar los pies de Simón Pedro. A pesar de sus debilidades de la carne, Pedro amaba al Maestro. Este pescador galileo fue el primer ser humano que creyó de todo corazón en la divinidad de Jesús y que hizo una confesión plena y pública de esa creencia. Y desde entonces Pedro nunca había dudado realmente de la naturaleza divina del Maestro. Como Pedro reverenciaba y honraba tanto a Jesús en su corazón, no era extraño que su alma se rebelara ante la idea de que Jesús estuviera arrodillado allí delante de él en la actitud de un siervo de baja condición, con el propósito de lavarle los pies como lo haría un esclavo. Cuando Pedro, al poco rato, recobró la serenidad lo bastante para dirigirse al Maestro, expresó los sentimientos del corazón de todos sus compañeros apóstoles.
179:3.3Después de unos momentos de esta gran turbación, Pedro dijo: «Maestro, ¿de verdad quieres lavarme los pies?». Y entonces, alzando la vista hacia el rostro de Pedro, Jesús dijo: «Puede que no comprendas del todo lo que voy a hacer, pero después sabrás el significado de todas estas cosas». Entonces Simón Pedro, tras respirar hondo, dijo: «¡Maestro, nunca me lavarás los pies!». Y cada uno de los apóstoles asintió con la cabeza para aprobar la firme declaración de Pedro, que se negaba a permitir que Jesús se humillara así ante ellos.
179:3.4El atractivo dramático de esta escena insólita conmovió al principio el corazón incluso de Judas Iscariote; pero cuando su intelecto vanidoso juzgó el espectáculo, concluyó que este gesto de humildad era un episodio más que demostraba de forma concluyente que Jesús nunca reuniría las condiciones para ser el libertador de Israel, y que él no se había equivocado en la decisión de abandonar la causa del Maestro.
179:3.5Mientras todos estaban allí de pie, sin aliento por el asombro, Jesús dijo: «Pedro, te declaro que, si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo en lo que estoy a punto de realizar». Cuando Pedro oyó esta declaración, unida al hecho de que Jesús seguía arrodillado allí a sus pies, tomó una de esas decisiones de aceptación ciega para cumplir el deseo de alguien a quien respetaba y amaba. Cuando Simón Pedro empezó a comprender que a este acto de servicio que se proponía iba unido algún significado que determinaba la relación futura de cada uno con la obra del Maestro, no solo se reconcilió con la idea de permitir que Jesús le lavara los pies, sino que, a su manera característica e impetuosa, dijo: «Entonces, Maestro, no me laves solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
179:3.6Cuando el Maestro se disponía a empezar a lavar los pies de Pedro, dijo: «El que ya está limpio solo necesita que le laven los pies. Ustedes, que se sientan conmigo esta noche, están limpios, pero no todos. Pero el polvo de sus pies debería haberse lavado antes de que se sentaran a la mesa conmigo. Y además, quiero hacer este servicio por ustedes como una parábola para ilustrar el significado de un nuevo mandamiento que les daré enseguida».
179:3.7Del mismo modo el Maestro dio la vuelta a la mesa, en silencio, y lavó los pies de sus doce apóstoles, sin pasar por alto siquiera a Judas. Cuando Jesús terminó de lavar los pies de los doce, se puso el manto, volvió a su lugar de anfitrión y, después de mirar a sus desconcertados apóstoles, dijo:
179:3.8«¿Entienden de verdad lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro, y dicen bien, porque lo soy. Si, pues, el Maestro les ha lavado los pies, ¿por qué no estaban dispuestos a lavarse los pies unos a otros? ¿Qué lección deberían aprender de esta parábola en la que el Maestro hace de tan buena gana el servicio que sus hermanos no estaban dispuestos a hacerse unos a otros? En verdad, en verdad les digo: Un siervo no es mayor que su señor; ni el enviado es mayor que el que lo envía. Han visto el camino del servicio en mi vida entre ustedes, y bienaventurados ustedes, que tendrán el valor generoso de servir así. Pero ¿por qué tardan tanto en aprender que el secreto de la grandeza en el reino espiritual no se parece a los métodos del poder en el mundo material?
179:3.9»Cuando entré esta noche en esta sala, no se conformaron con negarse con orgullo a lavarse los pies unos a otros, sino que además tuvieron que ponerse a discutir entre ustedes sobre quién debía ocupar los lugares de honor en mi mesa. Esos honores los buscan los fariseos y los hijos de este mundo, pero no debe ser así entre los embajadores del reino celestial. ¿No saben que no puede haber lugar de preferencia en mi mesa? ¿No entienden que amo a cada uno de ustedes como a los demás? ¿No saben que el lugar más cercano a mí, tal como los hombres consideran esos honores, no puede significar nada en cuanto a su posición en el reino de los cielos? Saben que los reyes de los gentiles tienen dominio sobre sus súbditos, mientras que a los que ejercen esta autoridad a veces se los llama benefactores. Pero no será así en el reino de los cielos. El que quiera ser grande entre ustedes, que se haga como el menor; y el que quiera ser el primero, que se haga como el que sirve. ¿Quién es mayor, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No se considera comúnmente que el que se sienta a la mesa es el mayor? Pero observarán que yo estoy entre ustedes como el que sirve. Si están dispuestos a ser siervos junto conmigo al hacer la voluntad del Padre, en el reino venidero se sentarán conmigo en poder, y seguirán haciendo la voluntad del Padre en la gloria futura».
179:3.10Una vez que Jesús acabó de hablar, los gemelos Alfeo sirvieron, como siguiente plato de la Última Cena, el pan y el vino, acompañados de las hierbas amargas y de la pasta hecha con frutas secas.
4. Últimas palabras al traidor
179:4.1Durante algunos minutos los apóstoles comieron en silencio, pero bajo la influencia del ánimo alegre del Maestro pronto entraron en conversación, y al poco tiempo la comida transcurría como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo común que perturbara el buen humor y la armonía social de esta ocasión extraordinaria. Al cabo de un rato, hacia la mitad de este segundo plato de la comida, Jesús los miró y dijo: «Les he dicho cuánto deseaba tener esta cena con ustedes, y como sé que las fuerzas malignas de las tinieblas han conspirado para causar la muerte del Hijo del Hombre, decidí comer esta cena con ustedes en esta sala secreta y un día antes de la Pascua, puesto que mañana a esta hora por la noche no estaré con ustedes. Les he dicho repetidas veces que debo volver al Padre. Ahora ha llegado mi hora, pero no era necesario que uno de ustedes me traicionara y me entregara en manos de mis enemigos».
179:4.2Cuando los doce oyeron esto, despojados ya de gran parte de su autoafirmación y de su confianza en sí mismos por la parábola del lavado de los pies y el discurso posterior del Maestro, empezaron a mirarse unos a otros mientras, en tono desconcertado, preguntaban con vacilación: «¿Soy yo?». Y cuando todos preguntaron así, Jesús dijo: «Aunque es necesario que yo vaya al Padre, no era necesario que uno de ustedes se convirtiera en traidor para que se cumpliera la voluntad del Padre. Esto es el fruto que da el mal oculto en el corazón de uno que no amó la verdad con toda su alma. ¡Qué engañoso es el orgullo intelectual que precede a la caída espiritual! Mi amigo de muchos años, que aun ahora come de mi pan, estará dispuesto a traicionarme, así como ahora moja su mano conmigo en el plato».
179:4.3Y cuando Jesús habló así, todos empezaron de nuevo a preguntar: «¿Soy yo?». Y cuando Judas, sentado a la izquierda de su Maestro, preguntó de nuevo: «¿Soy yo?», Jesús mojó el pan en el plato de hierbas y se lo dio a Judas, diciendo: «Tú lo has dicho». Pero los demás no oyeron a Jesús hablar con Judas. Juan, que estaba reclinado a la derecha de Jesús, se inclinó y preguntó al Maestro: «¿Quién es? Deberíamos saber quién es el que ha resultado infiel a la confianza depositada en él». Jesús respondió: «Ya te lo he dicho: es aquel a quien di el bocado». Pero era tan natural que el anfitrión diera un bocado al que estaba sentado a su lado a la izquierda que ninguno de ellos le prestó atención, aunque el Maestro había hablado con tanta claridad. Pero Judas era dolorosamente consciente del significado de las palabras del Maestro unidas a su acto, y empezó a temer que sus hermanos supieran también ahora que él era el traidor.
179:4.4Lo que se había dicho alteró sobremanera a Pedro, quien, inclinándose hacia adelante sobre la mesa, se dirigió a Juan: «Pregúntale quién es o, si ya te lo dijo, dime tú quién es el traidor».
179:4.5Jesús puso fin a sus cuchicheos con estas palabras: «Me duele que este mal haya llegado a suceder, y esperaba aun hasta esta hora que el poder de la verdad pudiera triunfar sobre los engaños del mal, pero esas victorias no se ganan sin la fe del amor sincero a la verdad. No les habría dicho estas cosas en esta, nuestra última cena, pero deseo advertirles de estas penas y así prepararlos para lo que ahora se nos viene encima. Les he hablado de esto porque deseo que recuerden, después de que me haya ido, que yo sabía de todas estas maquinaciones malvadas, y que les anuncié de antemano la traición contra mí. Y hago todo esto solo para que sean fortalecidos ante las tentaciones y las pruebas que tienen justo por delante».
179:4.6Cuando Jesús habló así, se inclinó hacia Judas y le dijo: «Lo que has decidido hacer, hazlo pronto». Y cuando Judas oyó estas palabras, se levantó de la mesa y salió apresuradamente de la sala, y se fue en la noche a hacer lo que se había propuesto llevar a cabo. Cuando los demás apóstoles vieron que Judas se marchaba deprisa después de que Jesús le hablara, pensaron que había ido a conseguir algo más para la cena o a hacer algún otro encargo para el Maestro, puesto que suponían que él todavía llevaba la bolsa.
179:4.7Jesús sabía ahora que no se podía hacer nada para impedir que Judas se volviera traidor. Empezó con doce; ahora tenía once. Él eligió a seis de estos apóstoles, y aunque Judas estaba entre los propuestos por los apóstoles que él eligió primero, aun así el Maestro lo aceptó y, hasta esta misma hora, había hecho todo lo posible por santificarlo y salvarlo, así como había obrado por la paz y la salvación de los demás.
179:4.8Esta cena, con sus episodios tiernos y sus toques que enternecen, fue el último llamamiento de Jesús al Judas desertor, pero fue inútil. La advertencia, incluso cuando se da de la manera más delicada y se transmite con el espíritu más bondadoso, por regla general solo intensifica el odio y enciende la determinación malvada de llevar a cabo por completo los propios proyectos egoístas, cuando el amor ya está realmente muerto.
5. La institución de la Cena del Recuerdo
179:5.1Cuando le llevaron a Jesús la tercera copa de vino, la «copa de bendición», se levantó del lecho y, con la copa en sus manos, la bendijo y dijo: «Tomen esta copa, todos ustedes, y beban de ella. Esta será la copa de mi recuerdo. Esta es la copa de la bendición de una nueva dispensación de gracia y de verdad. Esto será para ustedes el emblema del otorgamiento y del ministerio del divino Espíritu de la Verdad. Y no volveré a beber esta copa con ustedes hasta que beba en una forma nueva con ustedes en el reino eterno del Padre».
179:5.2Todos los apóstoles percibieron que sucedía algo fuera de lo común mientras bebían de esta copa de bendición con profunda reverencia y en perfecto silencio. La antigua Pascua conmemoraba la salida de sus padres de un estado de esclavitud racial a la libertad individual; ahora el Maestro instituía una nueva cena del recuerdo como símbolo de la nueva dispensación en la que el individuo esclavizado sale de la servidumbre del ceremonialismo y del egoísmo hacia el gozo espiritual de la fraternidad y del compañerismo de los liberados hijos por la fe del Dios vivo.
179:5.3Cuando terminaron de beber esta nueva copa del recuerdo, el Maestro tomó el pan y, después de dar gracias, lo partió en pedazos y, tras indicarles que lo pasaran de uno a otro, dijo: «Tomen este pan del recuerdo y cómanlo. Les he dicho que yo soy el pan de vida. Y este pan de vida es la vida unida del Padre y del Hijo en un solo don. La palabra del Padre, tal como se revela en el Hijo, es en verdad el pan de vida». Después de comer del pan del recuerdo, el símbolo de la palabra viva de la verdad encarnada a semejanza de la carne mortal, todos se sentaron.
179:5.4Al instituir esta cena del recuerdo, el Maestro, como era siempre su costumbre, recurrió a parábolas y símbolos. Empleó símbolos porque quería enseñar ciertas grandes verdades espirituales de tal manera que a sus sucesores les resultara difícil atribuir interpretaciones precisas y significados definidos a sus palabras. De este modo procuró impedir que las generaciones sucesivas cristalizaran su enseñanza y ataran sus significados espirituales con las cadenas muertas de la tradición y del dogma. Al establecer la única ceremonia o sacramento asociado con toda su misión de vida, Jesús se esforzó mucho por sugerir sus significados en lugar de comprometerse con definiciones precisas. No quería destruir el concepto que el individuo tiene de la comunión divina con el establecimiento de una forma precisa; tampoco deseaba limitar la imaginación espiritual del creyente con una restricción formal. Procuró más bien dejar libre el alma renacida del hombre sobre las alas gozosas de una libertad espiritual nueva y viva.
179:5.5A pesar del esfuerzo del Maestro por establecer así este nuevo sacramento del recuerdo, los que lo siguieron en los siglos transcurridos desde entonces se encargaron de frustrar eficazmente su deseo expreso, pues su sencillo simbolismo espiritual de aquella última noche en la carne ha quedado reducido a interpretaciones precisas y sometido a la precisión casi matemática de una fórmula fija. De todas las enseñanzas de Jesús, ninguna se ha estandarizado más por la tradición.
179:5.6Esta cena del recuerdo, cuando la toman los que creen en el Hijo y conocen a Dios, no necesita tener asociada a su simbolismo ninguna de las pueriles interpretaciones erróneas del hombre acerca del significado de la presencia divina, porque en todas esas ocasiones el Maestro está realmente presente. La cena del recuerdo es el encuentro simbólico del creyente con Miguel. Cuando ustedes llegan así a ser conscientes del espíritu, el Hijo está efectivamente presente, y su espíritu fraterniza con el fragmento de su Padre que mora dentro.
179:5.7Después de meditar unos momentos, Jesús siguió hablando: «Cuando hagan estas cosas, recuerden la vida que he vivido en la tierra entre ustedes y alégrense de que voy a seguir viviendo en la tierra con ustedes y a servir por medio de ustedes. Como individuos, no contiendan entre ustedes sobre quién será el mayor. Sean todos como hermanos. Y cuando el reino crezca hasta abarcar grandes grupos de creyentes, absténganse igualmente de contender por la grandeza o de buscar la preferencia entre esos grupos».
179:5.8Y esta gran ocasión tuvo lugar en la sala de arriba de un amigo. No había nada de forma sagrada ni de consagración ceremonial ni en la cena ni en el edificio. La cena del recuerdo se estableció sin sanción eclesiástica.
179:5.9Cuando Jesús estableció así la cena del recuerdo, dijo a los once: «Y cada vez que hagan esto, háganlo en recuerdo mío. Y cuando me recuerden, miren primero hacia atrás a mi vida en la carne, recuerden que una vez estuve con ustedes, y luego, por la fe, disciernan que todos ustedes cenarán algún día conmigo en el reino eterno del Padre. Esta es la nueva Pascua que les dejo, es decir, la memoria de mi vida de otorgamiento, la palabra de la verdad eterna; y de mi amor por ustedes, el derramamiento de mi Espíritu de la Verdad sobre toda carne».
179:5.10Y terminaron esta celebración de la antigua pero incruenta Pascua, junto con la inauguración de la nueva cena del recuerdo, cantando todos juntos el Salmo ciento dieciocho.