Parte IV · Documento 171

En camino a Jerusalén

171:0.1EL día después del memorable sermón sobre «El reino de los cielos», Jesús anunció que al día siguiente él y los apóstoles partirían hacia la Pascua en Jerusalén, y que en el camino visitarían numerosas ciudades del sur de Perea.

171:0.2El discurso sobre el reino y el anuncio de que iba a la Pascua hicieron pensar a todos sus seguidores que subía a Jerusalén para inaugurar el reino temporal de la supremacía judía. Dijera lo que dijera Jesús sobre el carácter no material del reino, no podía quitar por completo de la mente de sus oyentes judíos la idea de que el Mesías iba a establecer algún tipo de gobierno nacionalista con sede en Jerusalén.

171:0.3Lo que Jesús dijo en su sermón del sábado solo sirvió para confundir a la mayoría de sus seguidores; muy pocos recibieron luz del discurso del Maestro. Los dirigentes comprendían algo de sus enseñanzas sobre el reino interior, «el reino de los cielos dentro de ustedes», pero también sabían que él había hablado de otro reino futuro, y creían que era este reino el que ahora subía a Jerusalén a establecer. Cuando esta expectativa se vio frustrada, cuando los judíos lo rechazaron y, más tarde, cuando Jerusalén fue literalmente destruida, todavía se aferraron a esta esperanza, creyendo sinceramente que el Maestro pronto volvería al mundo con gran poder y gloria majestuosa para establecer el reino prometido.

171:0.4Fue en esta tarde de domingo cuando Salomé, la madre de Santiago y Juan Zebedeo, vino a Jesús con sus dos hijos apóstoles y, a la manera de quien se acerca a un potentado oriental, trató de que Jesús le prometiera de antemano concederle cualquier petición que ella pudiera hacer. Pero el Maestro no quiso prometerlo; en lugar de eso, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Entonces respondió Salomé: «Maestro, ahora que subes a Jerusalén para establecer el reino, quisiera pedirte de antemano que me prometas que estos hijos míos tendrán honor contigo, que uno se sentará a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu reino».

171:0.5Cuando Jesús oyó la petición de Salomé, dijo: «Mujer, no sabes lo que pides». Y luego, mirando directamente a los ojos a los dos apóstoles que buscaban honores, dijo: «Porque hace mucho tiempo que los conozco y los amo; porque incluso he vivido en la casa de su madre; porque Andrés los ha asignado para estar conmigo en todo momento; por eso permiten que su madre venga a mí en secreto a hacer esta petición impropia. Pero déjenme preguntarles: ¿son capaces de beber la copa que yo estoy a punto de beber?». Y sin un momento para pensarlo, Santiago y Juan respondieron: «Sí, Maestro, somos capaces». Dijo Jesús: «Me entristece que no sepan por qué subimos a Jerusalén; me duele que no comprendan la naturaleza de mi reino; me decepciona que traigan a su madre para hacerme esta petición; pero sé que me aman en su corazón; por eso declaro que en verdad beberán de mi copa de amargura y compartirán mi humillación, pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me corresponde a mí concederlo. Tales honores están reservados para aquellos que han sido designados por mi Padre».

171:0.6Para entonces alguien había llevado la noticia de esta entrevista a Pedro y a los demás apóstoles, y estaban muy indignados de que Santiago y Juan buscaran ser preferidos antes que ellos, y de que fueran en secreto con su madre a hacer semejante petición. Cuando se pusieron a discutir entre sí, Jesús los reunió a todos y dijo: «Ustedes saben bien cómo los gobernantes de los gentiles dominan a sus súbditos, y cómo los que son grandes ejercen autoridad. Pero no será así en el reino de los cielos. Quien quiera ser grande entre ustedes, que primero se haga su servidor. El que quiera ser el primero en el reino, que se haga su ministro. Les declaro que el Hijo del Hombre no vino para que le ministraran, sino para ministrar; y ahora subo a Jerusalén para dar mi vida en el cumplimiento de la voluntad del Padre y en el servicio de mis hermanos». Cuando los apóstoles oyeron estas palabras, se retiraron a solas a orar. Esa noche, en respuesta a los esfuerzos de Pedro, Santiago y Juan presentaron las disculpas debidas a los diez y recuperaron el favor de sus hermanos.

171:0.7Al pedir los lugares a la derecha y a la izquierda de Jesús en Jerusalén, los hijos de Zebedeo poco se imaginaban que en menos de un mes su amado maestro estaría colgado en una cruz romana, con un ladrón moribundo a un lado y otro transgresor al otro lado. Y su madre, que estuvo presente en la crucifixión, recordó bien la necia petición que había hecho a Jesús en Pella acerca de los honores que tan imprudentemente buscó para sus hijos apóstoles.

1. La partida de Pella

171:1.1En la mañana del lunes 13 de marzo, Jesús y sus doce apóstoles se despidieron definitivamente del campamento de Pella y partieron hacia el sur en su gira por las ciudades del sur de Perea, donde trabajaban los asociados de Abner. Pasaron más de dos semanas visitando a los setenta y después fueron directamente a Jerusalén para la Pascua.

171:1.2Cuando el Maestro salió de Pella, los discípulos acampados con los apóstoles, unos mil en número, lo siguieron. Aproximadamente la mitad de este grupo lo dejó en el vado del Jordán, en el camino de Jericó, cuando supieron que él iba a pasar a Hesbón, y después de que predicó el sermón sobre «Calcular el costo». Siguieron subiendo a Jerusalén, mientras que la otra mitad lo siguió durante dos semanas, visitando los pueblos del sur de Perea.

171:1.3En general, la mayoría de los seguidores inmediatos de Jesús comprendían que el campamento de Pella había sido abandonado, pero en realidad pensaban que esto indicaba que su Maestro por fin tenía la intención de ir a Jerusalén y reclamar el trono de David. Una gran mayoría de sus seguidores nunca fue capaz de captar ningún otro concepto del reino de los cielos; les enseñara él lo que les enseñara, no querían renunciar a esta idea judía del reino.

171:1.4Siguiendo las instrucciones del apóstol Andrés, David Zebedeo cerró el campamento de los visitantes en Pella el miércoles 15 de marzo. En ese momento residían allí casi cuatro mil visitantes, y esto no incluye a las mil y más personas que se alojaban con los apóstoles en el que se conocía como el campamento de los maestros, y que fueron hacia el sur con Jesús y los doce. Aunque a David le disgustaba mucho hacerlo, vendió todo el equipo a numerosos compradores y se dirigió con los fondos a Jerusalén, donde más tarde entregó el dinero a Judas Iscariote.

171:1.5David estuvo presente en Jerusalén durante la trágica última semana, y después de la crucifixión llevó a su madre de vuelta con él a Betsaida. Mientras esperaba a Jesús y a los apóstoles, David se alojó con Lázaro en Betania y se agitó enormemente por la manera en que los fariseos habían comenzado a perseguirlo y acosarlo desde su resurrección. Andrés había ordenado a David suspender el servicio de mensajeros; y todos interpretaron esto como una señal del pronto establecimiento del reino en Jerusalén. David se encontró sin trabajo, y casi había decidido convertirse en el defensor autodesignado de Lázaro cuando, al poco tiempo, el objeto de su indignada solicitud huyó apresuradamente a Filadelfia. En consecuencia, algún tiempo después de la resurrección y también después de la muerte de su madre, David se trasladó a Filadelfia, después de haber ayudado primero a Marta y a María a vender sus bienes inmuebles; y allí, en asociación con Abner y Lázaro, pasó el resto de su vida, y llegó a ser el supervisor financiero de todos aquellos grandes intereses del reino que tuvieron su centro en Filadelfia durante la vida de Abner.

171:1.6Poco tiempo después de la destrucción de Jerusalén, Antioquía se convirtió en la sede del cristianismo paulino, mientras que Filadelfia siguió siendo el centro del reino de los cielos abneriano. Desde Antioquía la versión paulina de las enseñanzas de Jesús y acerca de Jesús se difundió por todo el mundo occidental; desde Filadelfia los misioneros de la versión abneriana del reino de los cielos se extendieron por toda Mesopotamia y Arabia, hasta los tiempos posteriores en que estos emisarios intransigentes de las enseñanzas de Jesús fueron arrollados por el repentino surgimiento del islam.

2. Sobre calcular el costo

171:2.1Cuando Jesús y la compañía de casi mil seguidores llegaron al vado de Betania del Jordán, a veces llamado Betábara, sus discípulos empezaron a darse cuenta de que no iba directamente a Jerusalén. Mientras dudaban y debatían entre sí, Jesús se subió a una enorme piedra y pronunció aquel discurso que ha llegado a conocerse como «Calcular el costo». El Maestro dijo:

171:2.2«Ustedes, los que quieran seguirme desde ahora en adelante, deben estar dispuestos a pagar el precio de una dedicación de todo corazón a hacer la voluntad de mi Padre. Si quieren ser mis discípulos, deben estar dispuestos a dejar padre, madre, esposa, hijos, hermanos y hermanas. Si alguno de ustedes quiere ahora ser mi discípulo, debe estar dispuesto a renunciar incluso a su vida, así como el Hijo del Hombre está a punto de ofrecer su vida para completar la misión de hacer la voluntad del Padre en la tierra y en la carne.

171:2.3«Si no están dispuestos a pagar el precio completo, difícilmente podrán ser mis discípulos. Antes de ir más lejos, cada uno de ustedes debería sentarse a calcular el costo de ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes emprendería la construcción de una torre de vigilancia en sus tierras sin sentarse primero a calcular el costo, para ver si tiene dinero suficiente para terminarla? Si no calculan así el costo, después de haber echado los cimientos pueden descubrir que no son capaces de terminar lo que han comenzado, y entonces todos sus vecinos se burlarán de ustedes, diciendo: “Miren, este hombre comenzó a construir, pero no pudo terminar su obra”. Además, ¿qué rey, cuando se prepara para hacer la guerra a otro rey, no se sienta primero a deliberar si podrá, con diez mil hombres, hacer frente al que viene contra él con veinte mil? Si el rey no puede permitirse enfrentar a su enemigo porque no está preparado, envía una embajada a ese otro rey, aun cuando todavía está muy lejos, para pedir condiciones de paz.

171:2.4«Ahora, pues, cada uno de ustedes debe sentarse a calcular el costo de ser mi discípulo. De ahora en adelante no podrán seguirnos escuchando la enseñanza y contemplando las obras; se les exigirá afrontar amargas persecuciones y dar testimonio de este evangelio frente a una decepción aplastante. Si no están dispuestos a renunciar a todo lo que son y a consagrar todo lo que tienen, entonces no son dignos de ser mis discípulos. Si ya se han vencido a sí mismos dentro de su propio corazón, no tienen por qué temer esa victoria exterior que pronto deberán ganar cuando el Hijo del Hombre sea rechazado por los principales sacerdotes y los saduceos y sea entregado en manos de incrédulos burlones.

171:2.5«Ahora deberían examinarse a sí mismos para descubrir su motivo para ser mis discípulos. Si buscan honor y gloria, si tienen una mentalidad mundana, son como la sal cuando ha perdido su sabor. Y cuando lo que se valora por ser salado ha perdido su sabor, ¿con qué se le dará sabor? Tal condimento es inútil; solo sirve para ser echado entre los desperdicios. Ya les he advertido que vuelvan a sus casas en paz si no están dispuestos a beber conmigo la copa que se está preparando. Una y otra vez les he dicho que mi reino no es de este mundo, pero no quieren creerme. El que tenga oídos para oír, que oiga lo que digo».

171:2.6Inmediatamente después de pronunciar estas palabras, Jesús, a la cabeza de los doce, se puso en camino hacia Hesbón, seguido por unos quinientos. Tras una breve demora, la otra mitad de la multitud siguió subiendo a Jerusalén. Sus apóstoles, junto con los discípulos principales, reflexionaron mucho sobre estas palabras, pero todavía se aferraban a la creencia de que, después de este breve período de adversidad y de prueba, el reino ciertamente se establecería más o menos de acuerdo con sus esperanzas largamente acariciadas.

3. La gira por Perea

171:3.1Jesús y los doce, a quienes seguía una multitud de varios cientos de discípulos, anduvieron más de dos semanas por el sur de Perea y visitaron cada una de las poblaciones en que habían trabajado los setenta. En esta región vivían muchos gentiles, y puesto que pocos subían a la fiesta de la Pascua en Jerusalén, los mensajeros del reino prosiguieron sin detenerse su obra de enseñar y predicar.

171:3.2Jesús se encontró con Abner en Hesbón, y Andrés dispuso que las labores de los setenta no se interrumpieran por la fiesta de la Pascua; Jesús aconsejó que los mensajeros siguieran adelante con su trabajo sin hacer ningún caso de lo que estaba a punto de suceder en Jerusalén. También aconsejó a Abner que permitiera al cuerpo de mujeres, al menos a las que lo desearan, ir a Jerusalén para la Pascua. Y esta fue la última vez que Abner vio a Jesús en la carne. Su despedida de Abner fue: «Hijo mío, sé que serás fiel al reino, y pido al Padre que te conceda sabiduría para que ames y comprendas a tus hermanos».

171:3.3Mientras viajaban de ciudad en ciudad, un gran número de sus seguidores los abandonaron para seguir hasta Jerusalén, de modo que, para cuando Jesús partió hacia la Pascua, el número de los que lo seguían día tras día se había reducido a menos de doscientos.

171:3.4Los apóstoles comprendían que Jesús iba a Jerusalén para la Pascua. Sabían que el Sanedrín había difundido a todo Israel un mensaje que decía que él había sido condenado a morir y que ordenaba que cualquiera que supiera dónde se encontraba informara al Sanedrín; y sin embargo, a pesar de todo esto, no estaban tan alarmados como lo habían estado cuando él les anunció en Filadelfia que iba a Betania a ver a Lázaro. Este cambio de actitud, de un miedo intenso a un estado de expectación silenciosa, se debía sobre todo a la resurrección de Lázaro. Habían llegado a la conclusión de que Jesús podría, en una emergencia, hacer valer su poder divino y avergonzar a sus enemigos. Esta esperanza, junto con su fe más profunda y madura en la supremacía espiritual de su Maestro, explicaba el valor exterior que mostraban sus seguidores inmediatos, quienes ahora se preparaban para seguirlo a Jerusalén frente a la declaración abierta del Sanedrín de que él debía morir.

171:3.5La mayoría de los apóstoles y muchos de sus discípulos más allegados no creían posible que Jesús muriera; ellos, que creían que él era «la resurrección y la vida», lo consideraban inmortal y ya triunfante sobre la muerte.

4. La enseñanza en Livias

171:4.1El miércoles 29 de marzo por la noche, Jesús y sus seguidores acamparon en Livias, en su camino a Jerusalén, después de haber completado su gira por las ciudades del sur de Perea. Fue durante esta noche en Livias cuando Simón Zelotes y Simón Pedro, que habían conspirado para que les entregaran en este lugar más de cien espadas, recibieron y distribuyeron estas armas a todos los que quisieran aceptarlas y llevarlas ocultas bajo sus mantos. Simón Pedro todavía llevaba su espada la noche en que el Maestro fue traicionado en el jardín.

171:4.2Temprano el jueves por la mañana, antes de que los demás despertaran, Jesús llamó a Andrés y le dijo: «¡Despierta a tus hermanos! Tengo algo que decirles». Jesús sabía lo de las espadas y cuáles de sus apóstoles habían recibido y llevaban estas armas, pero nunca les reveló que sabía tales cosas. Cuando Andrés hubo despertado a sus asociados, y ellos se reunieron aparte, Jesús dijo: «Hijos míos, han estado conmigo mucho tiempo, y les he enseñado mucho de lo que es necesario para este tiempo, pero ahora quiero advertirles que no pongan su confianza en las incertidumbres de la carne ni en las fragilidades de la defensa del hombre frente a las pruebas y los momentos de prueba que nos esperan. Los he llamado aquí aparte para decirles una vez más con claridad que subimos a Jerusalén, donde, como saben, el Hijo del Hombre ya ha sido condenado a muerte. De nuevo les digo que el Hijo del Hombre será entregado en manos de los principales sacerdotes y de los gobernantes religiosos; que lo condenarán y luego lo entregarán en manos de los gentiles. Y así se burlarán del Hijo del Hombre, incluso escupirán sobre él y lo azotarán, y lo entregarán a la muerte. Y cuando maten al Hijo del Hombre, no se desanimen, porque les declaro que al tercer día se levantará. Tengan cuidado de sí mismos y recuerden que se lo he advertido de antemano».

171:4.3De nuevo los apóstoles quedaron asombrados, aturdidos; pero no lograban decidirse a tomar sus palabras como literales; no podían comprender que el Maestro quería decir exactamente lo que decía. Estaban tan cegados por su persistente creencia en el reino temporal en la tierra, con sede en Jerusalén, que sencillamente no podían —no querían— permitirse aceptar las palabras de Jesús como literales. Reflexionaron todo aquel día sobre lo que el Maestro podía querer decir con tan extrañas declaraciones. Pero ninguno de ellos se atrevió a hacerle una pregunta sobre estas afirmaciones. Solo después de su muerte despertaron estos apóstoles desconcertados a la comprensión de que el Maestro les había hablado con claridad y franqueza en anticipación de su crucifixión.

171:4.4Fue aquí en Livias, justo después del desayuno, cuando unos fariseos amistosos vinieron a Jesús y le dijeron: «Huye de prisa de estos lugares, porque Herodes, así como buscó a Juan, ahora busca matarte. Teme un levantamiento del pueblo y ha decidido matarte. Te traemos esta advertencia para que puedas escapar».

171:4.5Y esto era en parte cierto. La resurrección de Lázaro asustó y alarmó a Herodes y, como sabía que el Sanedrín se había atrevido a condenar a Jesús incluso antes de un juicio, Herodes decidió matar a Jesús o expulsarlo de sus dominios. En realidad deseaba hacer esto último, ya que le temía tanto que esperaba no verse obligado a ejecutarlo.

171:4.6Cuando Jesús oyó lo que los fariseos tenían que decir, respondió: «Conozco bien a Herodes y su miedo a este evangelio del reino. Pero no se equivoquen: él preferiría mucho más que el Hijo del Hombre suba a Jerusalén para sufrir y morir a manos de los principales sacerdotes; no está deseoso, después de haber manchado sus manos con la sangre de Juan, de hacerse responsable de la muerte del Hijo del Hombre. Vayan y díganle a ese zorro que el Hijo del Hombre predica hoy en Perea, mañana va a Judea y, después de unos pocos días, será perfeccionado en su misión en la tierra y estará preparado para ascender al Padre».

171:4.7Luego, volviéndose a sus apóstoles, Jesús dijo: «Desde tiempos antiguos los profetas han perecido en Jerusalén, y es muy apropiado que el Hijo del Hombre suba a la ciudad de la casa del Padre para ser ofrecido como el precio de la intolerancia humana y como el resultado del prejuicio religioso y de la ceguera espiritual. ¡Oh Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los maestros de la verdad! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, pero no me lo permitiste! ¡Mira, tu casa está a punto de quedarte desierta! Muchas veces desearás verme, pero no me verás. Entonces me buscarás, pero no me hallarás». Y cuando hubo hablado, se volvió a los que estaban a su alrededor y dijo: «Sin embargo, subamos a Jerusalén para asistir a la Pascua y hacer lo que nos corresponde para cumplir la voluntad del Padre que está en el cielo».

171:4.8Fue un grupo de creyentes confundidos y desconcertados el que este día siguió a Jesús hasta Jericó. Los apóstoles solo lograban discernir la nota segura de triunfo final en las declaraciones de Jesús acerca del reino; sencillamente no conseguían llegar al punto de estar dispuestos a captar las advertencias del revés inminente. Cuando Jesús habló de «levantarse al tercer día», se aferraron a esta afirmación como si significara un triunfo seguro del reino inmediatamente después de una desagradable escaramuza preliminar con los dirigentes religiosos judíos. El «tercer día» era una expresión judía común que significaba «pronto» o «poco después». Cuando Jesús habló de «levantarse», pensaron que se refería al «levantarse del reino».

171:4.9Estos creyentes habían aceptado a Jesús como el Mesías, y los judíos sabían poco o nada de un Mesías sufriente. No comprendían que Jesús iba a lograr con su muerte muchas cosas que nunca habría podido conseguir con su vida. Si bien fue la resurrección de Lázaro lo que dio ánimo a los apóstoles para entrar en Jerusalén, fue el recuerdo de la transfiguración lo que sostuvo al Maestro en este difícil período de su otorgamiento.

5. El ciego de Jericó

171:5.1Al final de la tarde del jueves 30 de marzo, Jesús y sus apóstoles, a la cabeza de un grupo de unos doscientos seguidores, se acercaron a las murallas de Jericó. Al llegar cerca de la puerta de la ciudad, se encontraron con una multitud de mendigos, entre ellos un tal Bartimeo, un hombre de edad avanzada que era ciego desde su juventud. Este mendigo ciego había oído mucho acerca de Jesús y sabía todo sobre la curación del ciego Josías en Jerusalén. No se había enterado de la última visita de Jesús a Jericó hasta que él ya se había ido a Betania. Bartimeo había resuelto que nunca más dejaría que Jesús visitara Jericó sin pedirle que le devolviera la vista.

171:5.2La noticia de que Jesús se acercaba se había anunciado por todo Jericó, y cientos de habitantes salieron en tropel a recibirlo. Cuando esta gran multitud regresaba escoltando al Maestro hacia la ciudad, Bartimeo, al oír el pesado paso de la multitud, supo que algo fuera de lo común estaba sucediendo, y por eso preguntó a los que estaban cerca de él qué pasaba. Y uno de los mendigos respondió: «Está pasando Jesús de Nazaret». Cuando Bartimeo oyó que Jesús estaba cerca, alzó la voz y comenzó a gritar: «¡Jesús, Jesús, ten misericordia de mí!». Y como seguía gritando cada vez más fuerte, algunos de los que estaban cerca de Jesús fueron hacia él y lo reprendieron, pidiéndole que se callara; pero fue inútil; él gritaba todavía más y más fuerte.

171:5.3Cuando Jesús oyó gritar al ciego, se detuvo. Y cuando lo vio, dijo a sus amigos: «Tráiganme a ese hombre». Y entonces fueron hacia Bartimeo y le dijeron: «Ten ánimo; ven con nosotros, porque el Maestro te llama». Cuando Bartimeo oyó estas palabras, arrojó a un lado su manto y se lanzó hacia el centro del camino, mientras los que estaban cerca lo guiaban hasta Jesús. Dirigiéndose a Bartimeo, Jesús dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Entonces respondió el ciego: «Quisiera que me fuera devuelta la vista». Y cuando Jesús oyó esta petición y vio su fe, dijo: «Recibirás la vista; sigue tu camino; tu fe te ha sanado». Inmediatamente recibió la vista, y se quedó cerca de Jesús, glorificando a Dios, hasta que el Maestro partió al día siguiente hacia Jerusalén, y entonces fue delante de la multitud declarando a todos cómo le había sido devuelta la vista en Jericó.

6. La visita a Zaqueo

171:6.1Cuando la comitiva del Maestro entró en Jericó, se acercaba la puesta del sol, y él tenía la intención de quedarse allí esa noche. Cuando Jesús pasaba junto a la aduana, Zaqueo, el jefe de los publicanos, o recaudador de impuestos, se encontraba allí por casualidad, y deseaba mucho ver a Jesús. Este jefe de los publicanos era muy rico y había oído mucho acerca de este profeta de Galilea. Había resuelto que vería qué clase de hombre era Jesús la próxima vez que visitara Jericó; por eso, Zaqueo trató de abrirse paso entre la multitud, pero era demasiado grande y, como era de baja estatura, no podía ver por encima de las cabezas. Y así el jefe de los publicanos siguió con la multitud hasta que llegaron cerca del centro de la ciudad y no lejos de donde él vivía. Cuando vio que no podría atravesar la multitud, y pensando que Jesús quizá seguiría de largo por la ciudad sin detenerse, corrió adelante y se subió a un sicómoro cuyas ramas extendidas colgaban sobre el camino. Sabía que de esta manera podría ver bien al Maestro cuando pasara. Y no quedó decepcionado, porque, al pasar Jesús, se detuvo y, mirando hacia arriba a Zaqueo, dijo: «Date prisa, Zaqueo, y baja, porque esta noche debo quedarme en tu casa». Y cuando Zaqueo oyó estas palabras asombrosas, casi se cayó del árbol en su prisa por bajar y, acercándose a Jesús, expresó gran alegría de que el Maestro estuviera dispuesto a detenerse en su casa.

171:6.2Fueron enseguida a la casa de Zaqueo, y los que vivían en Jericó se sorprendieron mucho de que Jesús consintiera en quedarse con el jefe de los publicanos. Mientras el Maestro y sus apóstoles todavía se detenían con Zaqueo ante la puerta de su casa, uno de los fariseos de Jericó, que estaba cerca, dijo: «Ya ven cómo este hombre ha ido a alojarse con un pecador, un hijo apóstata de Abraham que es un extorsionador y un ladrón de su propio pueblo». Y cuando Jesús oyó esto, miró hacia abajo a Zaqueo y sonrió. Entonces Zaqueo se subió a un taburete y dijo: «¡Hombres de Jericó, escúchenme! Puede que yo sea un publicano y un pecador, pero el gran Maestro ha venido a quedarse en mi casa; y antes de que entre, les digo que voy a dar la mitad de todos mis bienes a los pobres y, a partir de mañana, si le he quitado algo injustamente a alguien, se lo devolveré cuatro veces. Voy a buscar la salvación con todo mi corazón y a aprender a practicar la rectitud a los ojos de Dios».

171:6.3Cuando Zaqueo terminó de hablar, Jesús dijo: «Hoy ha llegado la salvación a este hogar, y tú te has convertido de verdad en un hijo de Abraham». Y volviéndose a la multitud reunida a su alrededor, Jesús dijo: «Y no se maravillen de lo que digo ni se ofendan por lo que hacemos, porque siempre he declarado que el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que está perdido».

171:6.4Se alojaron con Zaqueo aquella noche. Al día siguiente se levantaron y subieron por el «camino de los salteadores» hasta Betania, en su camino a la Pascua en Jerusalén.

7. «Al pasar Jesús»

171:7.1Jesús difundía buen ánimo dondequiera que iba. Estaba lleno de gracia y de verdad. Sus asociados nunca dejaban de maravillarse de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Se puede cultivar la elegancia de las formas, pero la gracia en el trato es el aroma de la cordialidad que emana de un alma saturada de amor.

171:7.2La bondad siempre impone respeto, pero cuando carece de gracia, a menudo repele el afecto. La bondad es universalmente atractiva solo cuando está llena de gracia. La bondad es eficaz solo cuando es atractiva.

171:7.3Jesús comprendía realmente a los hombres; por eso podía manifestar una empatía genuina y mostrar una compasión sincera. Pero rara vez se entregaba a la lástima. Aunque su compasión era ilimitada, su empatía era práctica, personal y constructiva. Su familiaridad con el sufrimiento nunca engendró indiferencia, y era capaz de ministrar a las almas afligidas sin aumentar la lástima que sentían por sí mismas.

171:7.4Jesús podía ayudar tanto a los hombres porque los amaba con mucha sinceridad. Amaba de verdad a cada hombre, a cada mujer y a cada niño. Podía ser un amigo tan verdadero gracias a su notable perspicacia—sabía muy bien lo que había en el corazón y en la mente del hombre. Era un observador interesado y agudo. Era experto en comprender la necesidad humana, hábil para detectar los anhelos humanos.

171:7.5Jesús nunca tenía prisa. Tenía tiempo para consolar a sus semejantes «al pasar». Y siempre hacía que sus amigos se sintieran a gusto. Era un oyente encantador. Nunca se dedicó a indagar de manera entrometida en el alma de sus asociados. Cuando consolaba a las mentes hambrientas y ministraba a las almas sedientas, los que recibían su misericordia no sentían tanto que se estaban confesando ante él como que estaban conversando con él. Tenían una confianza ilimitada en él porque veían que él tenía mucha fe en ellos.

171:7.6Nunca parecía sentir curiosidad por la gente, y nunca manifestó el deseo de dirigirlos, manejarlos o hacerles seguimiento. Inspiraba una profunda confianza en sí mismos y un valor robusto a todos los que disfrutaban de su compañía. Cuando sonreía a un hombre, ese mortal experimentaba una mayor capacidad para resolver sus múltiples problemas.

171:7.7Jesús amaba a los hombres tanto y con tanta sabiduría que nunca dudaba en ser severo con ellos cuando la ocasión exigía tal disciplina. Con frecuencia empezaba a ayudar a una persona pidiéndole ayuda. De esta manera despertaba su interés, apelaba a lo mejor de la naturaleza humana.

171:7.8El Maestro podía discernir una fe salvadora en la burda superstición de la mujer que buscó la curación tocando el borde de su manto. Siempre estaba listo y dispuesto a interrumpir un sermón o detener a una multitud mientras ministraba a las necesidades de una sola persona, incluso de un niño pequeño. Sucedieron grandes cosas no solo porque la gente tenía fe en Jesús, sino también porque Jesús tenía mucha fe en ella.

171:7.9La mayoría de las cosas realmente importantes que Jesús dijo o hizo parecían suceder casualmente, «al pasar». Había muy poco de lo profesional, de lo bien planeado o de lo premeditado en el ministerio terrenal del Maestro. Repartía salud y esparcía felicidad con naturalidad y con gracia mientras recorría la vida. Era literalmente cierto: «Él andaba haciendo el bien».

171:7.10Y a los seguidores del Maestro de todas las épocas les corresponde aprender a ministrar «al pasar»—a hacer el bien desinteresado mientras cumplen sus deberes diarios.

8. La parábola de las libras

171:8.1No partieron de Jericó hasta cerca del mediodía, porque la noche anterior se habían quedado despiertos hasta tarde mientras Jesús enseñaba a Zaqueo y a su familia el evangelio del reino. Más o menos a mitad del camino de subida hacia Betania, el grupo se detuvo para almorzar mientras la multitud seguía hacia Jerusalén, sin saber que Jesús y los apóstoles iban a quedarse esa noche en el monte de los Olivos.

171:8.2La parábola de las libras, a diferencia de la parábola de los talentos, que estaba destinada a todos los discípulos, fue dirigida más exclusivamente a los apóstoles y se basaba en gran parte en la experiencia de Arquelao y su vano intento de obtener el gobierno del reino de Judea. Esta es una de las pocas parábolas del Maestro que se basan en un personaje histórico real. No era extraño que tuvieran presente a Arquelao, puesto que la casa de Zaqueo en Jericó estaba muy cerca del ornamentado palacio de Arquelao, y su acueducto corría a lo largo del camino por el que habían salido de Jericó.

171:8.3Dijo Jesús: «Ustedes piensan que el Hijo del Hombre sube a Jerusalén para recibir un reino, pero les declaro que están destinados a la decepción. ¿No recuerdan a cierto príncipe que fue a un país lejano para recibir para sí un reino, pero que, aun antes de que pudiera regresar, los ciudadanos de su provincia, que en su corazón ya lo habían rechazado, enviaron tras él una embajada para decir: “No queremos que este hombre reine sobre nosotros”? Así como este rey fue rechazado en el gobierno temporal, así el Hijo del Hombre va a ser rechazado en el gobierno espiritual. De nuevo declaro que mi reino no es de este mundo; pero si al Hijo del Hombre se le hubiera concedido el gobierno espiritual de su pueblo, él habría aceptado tal reino de las almas de los hombres y habría reinado sobre tal dominio de corazones humanos. Aunque rechacen mi gobierno espiritual sobre ellos, volveré otra vez para recibir de otros un reino del espíritu como el que ahora se me niega. Ahora verán al Hijo del Hombre rechazado, pero en otra era lo que los hijos de Abraham rechazan ahora será recibido y exaltado.

171:8.4«Y ahora, como el noble rechazado de esta parábola, quisiera llamar ante mí a mis doce siervos, administradores especiales, y, poniendo en manos de cada uno de ustedes la suma de una libra, quisiera exhortar a cada uno a que atienda bien mis instrucciones de que negocien con diligencia con el fondo que se les confía mientras yo esté ausente, para que tengan con qué justificar su administración cuando yo regrese, cuando se les pida cuentas.

171:8.5«Y aun si este Hijo rechazado no regresara, otro Hijo será enviado para recibir este reino, y este Hijo los llamará entonces a todos ustedes para recibir el informe de su administración y para alegrarse con sus ganancias.

171:8.6«Y cuando más tarde estos administradores fueron convocados para rendir cuentas, el primero se presentó y dijo: “Señor, con su libra he ganado diez libras más”. Y su señor le dijo: “Bien hecho; eres un buen siervo; porque has demostrado ser fiel en este asunto, te daré autoridad sobre diez ciudades”. Y vino el segundo, diciendo: “Su libra, que dejó conmigo, Señor, ha producido cinco libras”. Y el señor dijo: “En consecuencia, te haré gobernante sobre cinco ciudades”. Y así sucesivamente con los demás, hasta que el último de los siervos, al ser llamado a rendir cuentas, informó: “Señor, mire, aquí está su libra, que he guardado con seguridad envuelta en este pañuelo. Y esto hice porque le temía; creía que usted era irrazonable, ya que recoge donde no ha puesto, y busca cosechar donde no ha sembrado”. Entonces dijo su señor: “Siervo negligente e infiel, te juzgaré por tu propia boca. Sabías que yo cosecho donde aparentemente no he sembrado; por lo tanto sabías que se te exigiría esta rendición de cuentas. Sabiendo esto, al menos deberías haber entregado mi dinero al banquero para que, a mi llegada, yo lo hubiera recibido con los intereses debidos”.

171:8.7«Y entonces este gobernante dijo a los que estaban presentes: “Quiten el dinero a este siervo perezoso y dénselo al que tiene diez libras”. Y cuando le recordaron al señor que ese ya tenía diez libras, dijo: “A todo el que tiene se le dará más, pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”».

171:8.8Y entonces los apóstoles quisieron saber la diferencia entre el significado de esta parábola y el de la anterior parábola de los talentos, pero Jesús solo quiso decir, en respuesta a sus muchas preguntas: «Mediten bien estas palabras en su corazón mientras cada uno de ustedes descubre su verdadero significado».

171:8.9En los años que siguieron, fue Natanael quien enseñó con tanto acierto el sentido de estas dos parábolas, y condensó sus enseñanzas en las conclusiones siguientes:

171:8.101. La capacidad es la medida práctica de las oportunidades de la vida. Nunca se les hará responsables de realizar lo que está más allá de sus capacidades.

171:8.112. La fidelidad es la medida infalible de la confiabilidad humana. El que es fiel en las cosas pequeñas probablemente también mostrará fidelidad en todo lo que sea coherente con sus dotes.

171:8.123. El Maestro concede la recompensa menor por la fidelidad menor cuando la oportunidad es igual.

171:8.134. Concede una recompensa igual por una fidelidad igual cuando la oportunidad es menor.

171:8.14Cuando terminaron su almuerzo, y después de que la multitud de seguidores siguió hacia Jerusalén, Jesús, de pie allí ante los apóstoles a la sombra de una roca saliente junto al camino, con alegre dignidad y una majestad llena de gracia señaló con el dedo hacia el oeste, diciendo: «Vengan, hermanos míos, sigamos hasta Jerusalén, para recibir allí lo que nos espera; así cumpliremos en todas las cosas la voluntad del Padre celestial».

171:8.15Así fue como Jesús y sus apóstoles retomaron este viaje, el último que el Maestro hizo a Jerusalén en semejanza de carne de hombre mortal.

Documento 171

En camino a Jerusalén