Parte IV · Documento 166

Última visita al norte de Perea

166:0.1DEL 11 al 20 de febrero, Jesús y los doce hicieron una gira por todas las ciudades y aldeas del norte de Perea donde trabajaban los asociados de Abner y las integrantes del cuerpo de mujeres. Encontraron que estos mensajeros del evangelio tenían éxito, y Jesús llamó repetidas veces la atención de sus apóstoles sobre el hecho de que el evangelio del reino podía difundirse sin el acompañamiento de milagros y prodigios.

166:0.2Toda esta misión de tres meses en Perea se llevó a cabo con éxito con poca ayuda de los doce apóstoles, y desde entonces el evangelio reflejó, no tanto la personalidad de Jesús, sino sus enseñanzas. Pero sus seguidores no siguieron sus instrucciones por mucho tiempo, pues poco después de la muerte y la resurrección de Jesús se apartaron de sus enseñanzas y empezaron a edificar la iglesia primitiva en torno a los conceptos milagrosos y a los recuerdos glorificados de su personalidad divino-humana.

1. Los fariseos en Ragaba

166:1.1El sábado 18 de febrero, Jesús estaba en Ragaba, donde vivía un rico fariseo llamado Natanael; y como bastantes de sus compañeros fariseos seguían a Jesús y a los doce por la región, ofreció un desayuno esa mañana de sábado para todos ellos, unos veinte en total, e invitó a Jesús como huésped de honor.

166:1.2Cuando Jesús llegó a este desayuno, la mayoría de los fariseos, con dos o tres expertos en la ley, ya estaban allí sentados a la mesa. El Maestro tomó asiento de inmediato a la izquierda de Natanael sin ir a las jofainas a lavarse las manos. Muchos de los fariseos, sobre todo los que eran favorables a las enseñanzas de Jesús, sabían que él se lavaba las manos solo por limpieza, que aborrecía estos actos puramente ceremoniales; así que no se sorprendieron de que fuera directamente a la mesa sin haberse lavado dos veces las manos. Pero a Natanael le escandalizó que el Maestro no cumpliera los estrictos requisitos de la práctica farisaica. Tampoco se lavó Jesús las manos, como hacían los fariseos, después de cada plato ni al final de la comida.

166:1.3Después de muchos cuchicheos entre Natanael y un fariseo hostil que estaba a su derecha, y después de muchas cejas levantadas y muchos labios torcidos con desdén por parte de los que estaban sentados frente al Maestro, Jesús dijo por fin: «Yo pensaba que me habían invitado a esta casa para partir el pan con ustedes y quizás para preguntarme acerca de la proclamación del nuevo evangelio del reino de Dios; pero percibo que me han traído aquí para presenciar una exhibición de devoción ceremonial a su rectitud propia. Ese servicio ya me lo han hecho; ¿con qué otra cosa me honrarán a continuación como su huésped en esta ocasión?».

166:1.4Cuando el Maestro habló así, ellos bajaron los ojos hacia la mesa y guardaron silencio. Y como nadie hablaba, Jesús continuó: «Muchos de ustedes, fariseos, están aquí conmigo como amigos, algunos son incluso mis discípulos, pero la mayoría de los fariseos persisten en negarse a ver la luz y a reconocer la verdad, aun cuando la obra del evangelio se presenta ante ellos con gran poder. ¡Con cuánto cuidado limpian ustedes el exterior de las copas y de los platos, mientras que los recipientes del alimento espiritual están sucios y contaminados! Se aseguran de presentar al pueblo una apariencia piadosa y santa, pero sus almas interiores están llenas de rectitud propia, codicia, extorsión y toda clase de maldad espiritual. Sus dirigentes se atreven incluso a tramar y planear el asesinato del Hijo del Hombre. ¿No entienden ustedes, hombres insensatos, que el Dios del cielo mira los motivos interiores del alma así como sus apariencias exteriores y sus piadosas declaraciones? No piensen que dar limosnas y pagar diezmos los limpiará de su falta de rectitud y les permitirá estar limpios en la presencia del Juez de todos los hombres. ¡Ay de ustedes, fariseos, que han persistido en rechazar la luz de la vida! Son meticulosos en el diezmo y ostentosos en la limosna, pero desdeñan a sabiendas la visitación de Dios y rechazan la revelación de su amor. Aunque está bien que atiendan estos deberes menores, no debieron dejar sin cumplir estos requisitos de más peso. ¡Ay de todos los que evitan la justicia, desdeñan la misericordia y rechazan la verdad! ¡Ay de todos los que desprecian la revelación del Padre mientras buscan los primeros asientos en la sinagoga y ansían saludos lisonjeros en las plazas!».

166:1.5Cuando Jesús iba a levantarse para marcharse, uno de los expertos en la ley que estaba a la mesa se dirigió a él y le dijo: «Pero, Maestro, en algunas de tus afirmaciones nos reprochas también a nosotros. ¿No hay nada bueno en los escribas, los fariseos o los expertos en la ley?». Y Jesús, de pie, respondió al experto en la ley: «Ustedes, como los fariseos, se deleitan en los primeros puestos en los banquetes y en vestir túnicas largas, mientras ponen sobre los hombros de los hombres cargas pesadas, penosas de llevar. Y cuando las almas de los hombres se tambalean bajo estas cargas pesadas, ustedes no quieren levantarlas ni siquiera con uno de sus dedos. ¡Ay de ustedes, que ponen su mayor deleite en construir tumbas para los profetas que sus padres mataron! Y que ustedes consienten en lo que hicieron sus padres se pone de manifiesto cuando ahora planean matar a los que vienen en este día haciendo lo que los profetas hicieron en su día: proclamar la rectitud de Dios y revelar la misericordia del Padre celestial. Pero de todas las generaciones pasadas, la sangre de los profetas y de los apóstoles se le reclamará a esta generación perversa y llena de rectitud propia. ¡Ay de todos ustedes, expertos en la ley, que le han quitado al pueblo común la llave del conocimiento! Ustedes mismos se niegan a entrar en el camino de la verdad, y al mismo tiempo quieren impedírselo a todos los demás que buscan entrar en él. Pero no pueden cerrar así las puertas del reino de los cielos; nosotros las hemos abierto para todos los que tienen la fe para entrar, y estos portales de misericordia no serán cerrados por el prejuicio y la arrogancia de falsos maestros y pastores infieles, que son como sepulcros blanqueados que, aunque por fuera parecen hermosos, por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda clase de impureza espiritual».

166:1.6Y cuando Jesús terminó de hablar a la mesa de Natanael, salió de la casa sin probar alimento. Y de los fariseos que oyeron estas palabras, algunos llegaron a creer en su enseñanza y entraron en el reino, pero el mayor número persistió en el camino de las tinieblas, y se volvieron aún más decididos a acecharlo para atrapar alguna de sus palabras que pudiera usarse para someterlo a proceso y juicio ante el Sanedrín en Jerusalén.

166:1.7Había solo tres cosas a las que los fariseos prestaban especial atención:

166:1.81. La práctica del diezmo estricto.

166:1.92. La observancia escrupulosa de las leyes de purificación.

166:1.103. Evitar el trato con todos los que no eran fariseos.

166:1.11En esta ocasión Jesús procuró poner al descubierto la esterilidad espiritual de las dos primeras prácticas, mientras reservaba sus comentarios destinados a reprender la negativa de los fariseos a tener trato social con los que no eran fariseos para otra ocasión posterior, en la que volvería a comer con muchos de estos mismos hombres.

2. Los diez leprosos

166:2.1Al día siguiente Jesús fue con los doce a Amatus, cerca de la frontera de Samaria, y al acercarse a la ciudad, se encontraron con un grupo de diez leprosos que residían cerca de este lugar. Nueve de este grupo eran judíos, uno era samaritano. Normalmente estos judíos se habrían abstenido de toda relación o contacto con este samaritano, pero su aflicción común bastaba de sobra para vencer todo prejuicio religioso. Habían oído hablar mucho de Jesús y de sus milagros de curación anteriores, y como los setenta acostumbraban anunciar la hora de la llegada prevista de Jesús cuando el Maestro estaba fuera con los doce en estas giras, los diez leprosos se habían enterado de que se esperaba que él apareciera en esta zona hacia esta fecha; y por eso se habían apostado aquí, en las afueras de la ciudad, donde esperaban atraer su atención y pedirle la curación. Cuando los leprosos vieron que Jesús se acercaba a ellos, sin atreverse a aproximarse a él, se quedaron a lo lejos y le gritaron: «Maestro, ten misericordia de nosotros; límpianos de nuestra aflicción. Sánanos como has sanado a otros».

166:2.2Jesús acababa de explicar a los doce por qué los gentiles de Perea, junto con los judíos menos ortodoxos, estaban más dispuestos a creer el evangelio predicado por los setenta que los judíos de Judea, más ortodoxos y atados a la tradición. Les había hecho notar que su mensaje también había sido recibido con más facilidad por los galileos, e incluso por los samaritanos. Pero los doce apóstoles apenas estaban todavía dispuestos a albergar sentimientos amables hacia los samaritanos, despreciados desde hacía tanto tiempo.

166:2.3Por eso, cuando Simón Zelotes vio al samaritano entre los leprosos, intentó convencer al Maestro de que siguiera hacia la ciudad sin detenerse siquiera a intercambiar saludos con ellos. Jesús le dijo a Simón: «Pero ¿y si el samaritano ama a Dios tanto como los judíos? ¿Debemos erigirnos en jueces de nuestros semejantes? ¿Quién puede saberlo? si sanamos a estos diez hombres, quizás el samaritano resulte más agradecido aún que los judíos. ¿Estás seguro de tus opiniones, Simón?». Y Simón respondió enseguida: «Si los limpias, pronto lo sabrás». Y Jesús respondió: «Así será, Simón, y pronto conocerás la verdad acerca de la gratitud de los hombres y de la amorosa misericordia de Dios».

166:2.4Jesús, acercándose a los leprosos, dijo: «Si quieren quedar sanos, vayan enseguida y preséntense a los sacerdotes, como lo exige la ley de Moisés». Y mientras iban, quedaron sanos. Pero cuando el samaritano vio que estaba siendo sanado, se volvió atrás y, yendo en busca de Jesús, comenzó a glorificar a Dios en voz alta. Y cuando encontró al Maestro, cayó de rodillas a sus pies y le dio gracias por haber quedado limpio. Los otros nueve, los judíos, también habían descubierto su curación, y aunque también estaban agradecidos por haber quedado limpios, siguieron su camino para presentarse a los sacerdotes.

166:2.5Mientras el samaritano seguía arrodillado a los pies de Jesús, el Maestro, mirando a los doce, especialmente a Simón Zelotes, dijo: «¿No fueron diez los limpiados? ¿Dónde están, pues, los otros nueve, los judíos? Solo uno, este extranjero, ha vuelto para dar gloria a Dios». Y luego le dijo al samaritano: «Levántate y sigue tu camino; tu fe te ha sanado».

166:2.6Jesús volvió a mirar a sus apóstoles mientras el extranjero se marchaba. Y todos los apóstoles miraron a Jesús, excepto Simón Zelotes, que tenía los ojos bajos. Los doce no dijeron ni una palabra. Tampoco habló Jesús; no era necesario que lo hiciera.

166:2.7Aunque los diez hombres creían de verdad que tenían lepra, solo cuatro padecían esta aflicción. Los otros seis fueron curados de una enfermedad de la piel que se había confundido con la lepra. Pero el samaritano sí tenía lepra de verdad.

166:2.8Jesús encargó a los doce que no dijeran nada sobre la limpieza de los leprosos, y mientras seguían hacia Amatus, comentó: «Ya ven cómo los hijos de la casa, aun cuando son insumisos a la voluntad de su Padre, dan por sentadas sus bendiciones. Piensan que es poca cosa dejar de dar gracias cuando el Padre les otorga la curación, pero los extraños, cuando reciben regalos del jefe de la casa, se llenan de asombro y se sienten movidos a dar gracias en reconocimiento de las cosas buenas que se les otorgan». Y los apóstoles seguían sin decir nada en respuesta a las palabras del Maestro.

3. El sermón en Gerasa

166:3.1Mientras Jesús y los doce visitaban a los mensajeros del reino en Gerasa, uno de los fariseos que creían en él hizo esta pregunta: «Señor, ¿serán pocos o muchos los que realmente se salven?». Y Jesús, respondiendo, dijo:

166:3.2«Se les ha enseñado que solo los hijos de Abraham serán salvos; que solo los gentiles de adopción pueden esperar la salvación. Algunos de ustedes han razonado que, puesto que las Escrituras registran que solo Caleb y Josué, de entre todas las huestes que salieron de Egipto, vivieron para entrar en la tierra prometida, solo relativamente pocos de los que buscan el reino de los cielos hallarán la entrada en él.

166:3.3»Ustedes tienen también otro dicho, uno que contiene mucha verdad: que el camino que lleva a la vida eterna es recto y estrecho, que la puerta que conduce a él es igualmente estrecha, de modo que, de los que buscan la salvación, pocos pueden hallar la entrada por esta puerta. Tienen también una enseñanza según la cual el camino que lleva a la destrucción es ancho, su entrada es amplia, y son muchos los que eligen ir por este camino. Y este proverbio no carece de sentido. Pero yo declaro que la salvación es ante todo una cuestión de su elección personal. Aunque la puerta al camino de la vida sea estrecha, es lo bastante ancha para admitir a todos los que sinceramente buscan entrar, porque yo soy esa puerta. Y el Hijo nunca negará la entrada a ningún hijo del universo que, por la fe, busque hallar al Padre por medio del Hijo.

166:3.4»Pero aquí está el peligro para todos los que quieren aplazar su entrada en el reino mientras siguen persiguiendo los placeres de la inmadurez y se entregan a las satisfacciones del egoísmo: después de negarse a entrar en el reino como una experiencia espiritual, pueden buscar más tarde la entrada en él cuando la gloria del camino mejor llegue a revelarse en la era venidera. Y cuando, por tanto, los que desdeñaron el reino cuando vine a semejanza de la humanidad busquen hallar una entrada cuando se revele a semejanza de la divinidad, entonces diré a todos esos egoístas: No sé de dónde son ustedes. Tuvieron su oportunidad de prepararse para esta ciudadanía celestial, pero rechazaron todos esos ofrecimientos de misericordia; rechazaron todas las invitaciones a venir mientras la puerta estaba abierta. Ahora, para ustedes, que han rechazado la salvación, la puerta está cerrada. Esta puerta no está abierta para los que quieren entrar en el reino por gloria egoísta. La salvación no es para los que no están dispuestos a pagar el precio de una dedicación de todo corazón a hacer la voluntad de mi Padre. Cuando en espíritu y en alma le han dado la espalda al reino del Padre, de nada sirve que en mente y en cuerpo se presenten ante esta puerta y llamen, diciendo: “Señor, ábrenos; nosotros también queremos ser grandes en el reino”. Entonces declararé que ustedes no son de mi redil. No los recibiré para que estén entre los que han peleado el buen combate de la fe y han ganado la recompensa del servicio desinteresado en el reino en la tierra. Y cuando digan: “¿No comimos y bebimos contigo, y no enseñaste en nuestras calles?”, entonces volveré a declarar que ustedes son extraños espirituales; que no fuimos consiervos en el ministerio de misericordia del Padre en la tierra; que no los conozco; y entonces el Juez de toda la tierra les dirá: “Apártense de nosotros, todos ustedes que se han deleitado en las obras de la iniquidad”.

166:3.5»Pero no teman; todo el que desee sinceramente hallar la vida eterna mediante la entrada en el reino de Dios hallará ciertamente esa salvación sempiterna. Pero ustedes, que rechazan esta salvación, verán algún día a los profetas de la descendencia de Abraham sentarse con los creyentes de las naciones gentiles en este reino glorificado para participar del pan de vida y refrescarse con su agua. Y los que así tomen el reino con poder espiritual y mediante los asaltos persistentes de la fe viva vendrán del norte y del sur, y del este y del oeste. Y miren, muchos que son primeros serán últimos, y los que son últimos serán muchas veces primeros».

166:3.6Esta era en verdad una versión nueva y extraña del antiguo y conocido proverbio del camino recto y estrecho.

166:3.7Poco a poco los apóstoles y muchos de los discípulos aprendían el significado de la declaración temprana de Jesús: «A menos que nazcan de nuevo, nacidos del espíritu, no pueden entrar en el reino de Dios». Sin embargo, para todos los que son honestos de corazón y sinceros en la fe, sigue siendo eternamente verdad: «Miren, yo estoy a las puertas del corazón de los hombres y llamo, y si alguno me abre, entraré y cenaré con él y lo alimentaré con el pan de vida; seremos uno en espíritu y en propósito, y así seremos siempre hermanos en el largo y fructífero servicio de la búsqueda del Padre del Paraíso». Y así, que sean pocos o muchos los que se salven depende por completo de que sean pocos o muchos los que atiendan la invitación: «Yo soy la puerta, yo soy el camino nuevo y vivo, y todo el que quiera puede entrar para emprender la interminable búsqueda de la verdad para la vida eterna».

166:3.8Ni siquiera los apóstoles pudieron comprender plenamente su enseñanza sobre la necesidad de usar la fuerza espiritual con el fin de abrirse paso a través de toda resistencia material y de superar todo obstáculo terrenal que pudiera interponerse en el camino de captar los valores espirituales de suma importancia de la nueva vida en el espíritu como hijos liberados de Dios.

4. Enseñanza sobre los accidentes

166:4.1Aunque la mayoría de los habitantes de Palestina comían solo dos veces al día, Jesús y los apóstoles acostumbraban, cuando estaban de viaje, detenerse a mediodía para descansar y tomar alimento. Y fue en una de esas paradas de mediodía, camino de Filadelfia, cuando Tomás le preguntó a Jesús: «Maestro, por lo que te he oído comentar mientras viajábamos esta mañana, quisiera preguntar si los seres espirituales intervienen en la producción de sucesos extraños y extraordinarios en el mundo material y, además, preguntar si los ángeles y otros seres de espíritu pueden impedir los accidentes».

166:4.2En respuesta a la pregunta de Tomás, Jesús dijo: «¿Tanto tiempo he estado con ustedes, y todavía siguen haciéndome tales preguntas? ¿No han observado cómo el Hijo del Hombre vive como uno con ustedes y se niega constantemente a emplear las fuerzas del cielo para su sustento personal? ¿No vivimos todos por los mismos medios por los que existen todos los hombres? ¿Ven ustedes el poder del mundo espiritual manifestado en la vida material de este mundo, salvo para la revelación del Padre y la curación ocasional de sus hijos afligidos?

166:4.3»Durante demasiado tiempo han creído sus padres que la prosperidad era la señal de la aprobación divina; que la adversidad era la prueba del desagrado de Dios. Yo declaro que tales creencias son supersticiones. ¿No observan que un número mucho mayor de pobres recibe con alegría el evangelio y entra de inmediato en el reino? Si las riquezas son prueba del favor divino, ¿por qué los ricos se niegan tantas veces a creer esta buena nueva del cielo?

166:4.4»El Padre hace caer su lluvia sobre justos e injustos; el sol brilla igualmente sobre los rectos y sobre los que no lo son. Ustedes saben de aquellos galileos cuya sangre mezcló Pilato con los sacrificios, pero les digo que estos galileos no eran en modo alguno más pecadores que todos sus semejantes solo porque les ocurrió esto. También saben de los dieciocho hombres sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató. No piensen que estos hombres que perecieron así eran más culpables que todos sus hermanos de Jerusalén. Esas personas fueron simplemente víctimas inocentes de uno de los accidentes del tiempo.

166:4.5»Hay tres grupos de sucesos que pueden ocurrir en sus vidas:

166:4.6»1. Pueden participar en aquellos acontecimientos normales que forman parte de la vida que ustedes y sus semejantes viven sobre la faz de la tierra.

166:4.7»2. Pueden llegar por azar a ser víctimas de uno de los accidentes de la naturaleza, de uno de los percances de los hombres, sabiendo muy bien que tales sucesos no están en modo alguno dispuestos de antemano ni producidos de otra manera por las fuerzas espirituales del reino.

166:4.8»3. Pueden cosechar el fruto de sus esfuerzos directos por cumplir las leyes naturales que gobiernan el mundo.

166:4.9»Había un hombre que plantó una higuera en su huerto, y después de buscar muchas veces fruto en ella sin encontrarlo, llamó ante sí a los viñadores y les dijo: “Hace ya tres temporadas que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo he encontrado. Corten este árbol estéril; ¿por qué ha de ocupar inútilmente la tierra?”. Pero el jardinero principal respondió a su amo: “Déjala un año más para que yo pueda cavar a su alrededor y echarle abono, y luego, el año que viene, si no da fruto, será cortada”. Y cuando así cumplieron las leyes de la fecundidad, como el árbol estaba vivo y era bueno, fueron recompensados con una cosecha abundante.

166:4.10»En cuanto a la enfermedad y la salud, deben saber que estos estados corporales son el resultado de causas materiales; la salud no es la sonrisa del cielo, ni la aflicción es el ceño fruncido de Dios.

166:4.11»Los hijos humanos del Padre tienen la misma capacidad para recibir bendiciones materiales; por eso él otorga las cosas físicas a los hijos de los hombres sin discriminación. Cuando se trata del otorgamiento de dones espirituales, el Padre está limitado por la capacidad del hombre para recibir estas dotaciones divinas. Aunque el Padre no hace acepción de personas, en el otorgamiento de dones espirituales está limitado por la fe del hombre y por su disposición a atenerse siempre a la voluntad del Padre».

166:4.12Mientras seguían camino hacia Filadelfia, Jesús continuó enseñándoles y respondiendo a sus preguntas relacionadas con los accidentes, la enfermedad y los milagros, pero no lograron comprender plenamente esta instrucción. Una hora de enseñanza no cambia del todo las creencias de toda una vida, y por eso Jesús consideró necesario reiterar su mensaje, decir una y otra vez lo que deseaba que entendieran; y aun así no captaron el significado de su misión en la tierra hasta después de su muerte y resurrección.

5. La congregación de Filadelfia

166:5.1Jesús y los doce iban a visitar a Abner y a sus asociados, que predicaban y enseñaban en Filadelfia. De todas las ciudades de Perea, fue en Filadelfia donde el grupo más numeroso de judíos y gentiles, ricos y pobres, instruidos e incultos, abrazó las enseñanzas de los setenta, y entró así en el reino de los cielos. La sinagoga de Filadelfia nunca había estado sujeta a la supervisión del Sanedrín de Jerusalén y, por lo tanto, nunca se había cerrado a las enseñanzas de Jesús y de sus asociados. En ese mismo tiempo, Abner enseñaba tres veces al día en la sinagoga de Filadelfia.

166:5.2Esta misma sinagoga se convirtió más tarde en una iglesia cristiana y fue la sede misionera para la difusión del evangelio por las regiones del este. Fue durante mucho tiempo un baluarte de las enseñanzas del Maestro y se mantuvo sola en esta región como centro de saber cristiano durante siglos.

166:5.3Los judíos de Jerusalén siempre habían tenido problemas con los judíos de Filadelfia. Y después de la muerte y la resurrección de Jesús, la iglesia de Jerusalén, de la cual era cabeza Santiago, el hermano del Señor, comenzó a tener serias dificultades con la congregación de creyentes de Filadelfia. Abner llegó a ser la cabeza de la iglesia de Filadelfia, y siguió como tal hasta su muerte. Y este distanciamiento con Jerusalén explica por qué no se oye nada de Abner y de su obra en los relatos de los Evangelios del Nuevo Testamento. Esta disputa entre Jerusalén y Filadelfia duró toda la vida de Santiago y de Abner y continuó durante algún tiempo después de la destrucción de Jerusalén. Filadelfia fue en realidad la sede de la iglesia primitiva en el sur y el este, como lo fue Antioquía en el norte y el oeste.

166:5.4Fue la aparente desgracia de Abner estar en desacuerdo con todos los dirigentes de la iglesia cristiana primitiva. Se enemistó con Pedro y con Santiago (el hermano de Jesús) por cuestiones de administración y de jurisdicción de la iglesia de Jerusalén; se separó de Pablo por diferencias de filosofía y de teología. Abner era más babilónico que helénico en su filosofía, y resistió con obstinación todos los intentos de Pablo de rehacer las enseñanzas de Jesús para presentar menos cosas objetables, primero a los judíos, y luego a los creyentes grecorromanos en los misterios.

166:5.5Así se vio obligado Abner a vivir una vida de aislamiento. Era cabeza de una iglesia que no tenía reconocimiento en Jerusalén. Se había atrevido a desafiar a Santiago, el hermano del Señor, a quien más tarde apoyó Pedro. Tal conducta lo separó en la práctica de todos sus antiguos asociados. Luego se atrevió a hacer frente a Pablo. Aunque simpatizaba plenamente con Pablo en su misión entre los gentiles, y aunque lo apoyó en sus disputas con la iglesia de Jerusalén, se opuso amargamente a la versión de las enseñanzas de Jesús que Pablo eligió predicar. En sus últimos años Abner denunció a Pablo como el «hábil corruptor de las enseñanzas de la vida de Jesús de Nazaret, el Hijo del Dios vivo».

166:5.6Durante los últimos años de Abner y durante algún tiempo después, los creyentes de Filadelfia se atuvieron más estrictamente a la religión de Jesús, tal como él vivió y enseñó, que ningún otro grupo en la tierra.

166:5.7Abner vivió hasta los 89 años y murió en Filadelfia el día 21 de noviembre del año 74 d. C. Y hasta el final mismo fue un fiel creyente en el evangelio del reino celestial, y maestro de ese evangelio.

Documento 166

Última visita al norte de Perea