Parte IV · Documento 150
La tercera gira de predicación
150:0.1EL DOMINGO por la noche, 16 de enero del año 29 d. C., Abner, con los apóstoles de Juan, llegó a Betsaida y al día siguiente entró en conferencia conjunta con Andrés y los apóstoles de Jesús. Abner y sus asociados tenían su cuartel general en Hebrón y acostumbraban subir periódicamente a Betsaida para estas conferencias.
150:0.2Entre los muchos asuntos que trató esta conferencia conjunta estuvo la práctica de ungir a los enfermos con ciertas clases de aceite junto con oraciones por la curación. Una vez más, Jesús se negó a participar en sus discusiones o a expresar su opinión sobre sus conclusiones. Los apóstoles de Juan siempre habían usado el aceite de unción en su ministerio a los enfermos y afligidos, y procuraron establecerlo como práctica uniforme para ambos grupos, pero los apóstoles de Jesús se negaron a atarse a semejante reglamento.
150:0.3El martes 18 de enero, a los veinticuatro se unieron los evangelistas probados, unos setenta y cinco en número, en la casa de Zebedeo en Betsaida, como preparación para ser enviados a la tercera gira de predicación por Galilea. Esta tercera misión se prolongó durante un período de siete semanas.
150:0.4Los evangelistas fueron enviados en grupos de cinco, mientras que Jesús y los doce viajaron juntos la mayor parte del tiempo, y los apóstoles salían de dos en dos para bautizar a los creyentes según la ocasión lo requería. Durante casi tres semanas, Abner y sus asociados también trabajaron con los grupos de evangelistas, aconsejándolos y bautizando a los creyentes. Visitaron Magdala, Tiberíades, Nazaret y todas las principales ciudades y aldeas de Galilea central y meridional, todos los lugares visitados antes y muchos otros. Este fue su último mensaje a Galilea, salvo a las partes del norte.
1. El cuerpo de mujeres evangelistas
150:1.1De todas las cosas audaces que Jesús hizo en relación con su carrera en la tierra, la más asombrosa fue su repentino anuncio en la noche del 16 de enero: «Mañana apartaremos a diez mujeres para la obra de ministerio del reino». Al comienzo del período de dos semanas durante el cual los apóstoles y los evangelistas iban a estar ausentes de Betsaida en su licencia, Jesús pidió a David que hiciera volver a sus padres a su casa y que despachara mensajeros para llamar a Betsaida a diez mujeres devotas que habían servido en la administración del antiguo campamento y de la enfermería de tiendas. Todas estas mujeres habían escuchado la instrucción dada a los jóvenes evangelistas, pero nunca se les había ocurrido ni a ellas ni a sus maestros que Jesús se atrevería a comisionar a mujeres para enseñar el evangelio del reino y ministrar a los enfermos. Estas diez mujeres elegidas y comisionadas por Jesús fueron: Susana, la hija del antiguo jazán de la sinagoga de Nazaret; Juana, la esposa de Cusa, el mayordomo de Herodes Antipas; Isabel, la hija de un judío rico de Tiberíades y Séforis; Marta, la hermana mayor de Andrés y Pedro; Raquel, la cuñada de Judas, el hermano del Maestro en la carne; Nasanta, la hija de Elman, el médico sirio; Milca, una prima del apóstol Tomás; Rut, la hija mayor de Mateo Leví; Celta, la hija de un centurión romano; y Agaman, una viuda de Damasco. Más tarde, Jesús añadió otras dos mujeres a este grupo —María Magdalena y Rebeca, la hija de José de Arimatea.
150:1.2Jesús autorizó a estas mujeres a organizarse por sí mismas y encargó a Judas que proporcionara fondos para su equipo y para animales de carga. Las diez eligieron a Susana como su jefa y a Juana como su tesorera. Desde entonces aportaron sus propios fondos; nunca más recurrieron a Judas para su sostenimiento.
150:1.3Era muy asombroso en aquella época, cuando a las mujeres ni siquiera se les permitía estar en la planta principal de la sinagoga (pues se las confinaba a la galería de las mujeres), verlas reconocidas como maestras autorizadas del nuevo evangelio del reino. El encargo que Jesús dio a estas diez mujeres al apartarlas para la enseñanza del evangelio y el ministerio fue la proclamación de emancipación que liberó a todas las mujeres y para siempre; el hombre ya no debía considerar a la mujer como su inferior espiritual. Esto fue un fuerte golpe incluso para los doce apóstoles. Aunque muchas veces habían oído decir al Maestro que «en el reino de los cielos no hay ni rico ni pobre, ni libre ni esclavo, ni varón ni mujer, todos son por igual hijos e hijas de Dios», quedaron literalmente atónitos cuando él propuso comisionar formalmente a estas diez mujeres como maestras religiosas e incluso permitirles viajar con ellos. Todo el país se agitó por este proceder, y los enemigos de Jesús sacaron gran provecho de esta medida, pero en todas partes las mujeres creyentes en la buena nueva apoyaron con firmeza a sus hermanas elegidas y expresaron su aprobación inequívoca de este tardío reconocimiento del lugar de la mujer en la obra religiosa. Y esta liberación de las mujeres, que les daba el reconocimiento debido, la practicaron los apóstoles inmediatamente después de la partida del Maestro, aunque volvieron a las antiguas costumbres en las generaciones siguientes. Durante todos los primeros tiempos de la iglesia cristiana, a las mujeres maestras y ministras se las llamaba diaconisas y se les concedía un reconocimiento general. Pero Pablo, a pesar de que admitía todo esto en teoría, nunca lo incorporó de verdad a su propia actitud y personalmente le resultó difícil llevarlo a la práctica.
2. La parada en Magdala
150:2.1Cuando el grupo apostólico viajaba desde Betsaida, las mujeres iban en la retaguardia. Durante las conferencias, siempre se sentaban en grupo delante y a la derecha del orador. Cada vez más mujeres se habían hecho creyentes en el evangelio del reino, y había sido fuente de mucha dificultad y de incomodidad sin fin cuando deseaban conversar personalmente con Jesús o con alguno de los apóstoles. Ahora todo esto cambió. Cuando las mujeres creyentes deseaban ver al Maestro o consultar con los apóstoles, acudían a Susana y, en compañía de una de las doce mujeres evangelistas, iban de inmediato a la presencia del Maestro o de uno de sus apóstoles.
150:2.2Fue en Magdala donde las mujeres demostraron por primera vez su utilidad y justificaron la sabiduría de haberlas elegido. Andrés había impuesto a sus asociados reglas bastante estrictas sobre el trabajo personal con mujeres, en especial con las de carácter dudoso. Cuando el grupo entró en Magdala, estas diez mujeres evangelistas tuvieron libertad para entrar en los lugares de mala fama y predicar las buenas nuevas directamente a todas las que vivían allí. Y al visitar a los enfermos, estas mujeres pudieron acercarse mucho en su ministerio a sus hermanas afligidas. Como resultado del ministerio de estas diez mujeres (conocidas después como las doce mujeres) en este lugar, María Magdalena fue ganada para el reino. Por una sucesión de desgracias y a consecuencia de la actitud de la sociedad respetable hacia las mujeres que cometen tales errores de juicio, esta mujer se había encontrado en uno de los lugares infames de Magdala. Fueron Marta y Raquel quienes le hicieron ver claramente a María que las puertas del reino estaban abiertas incluso para alguien como ella. María creyó la buena nueva y fue bautizada por Pedro al día siguiente.
150:2.3María Magdalena llegó a ser la maestra más eficaz del evangelio entre este grupo de doce mujeres evangelistas. Fue apartada para ese servicio, junto con Rebeca, en Jotapata, unas cuatro semanas después de su conversión. María y Rebeca, con las demás de este grupo, continuaron durante el resto de la vida de Jesús en la tierra, trabajando con fidelidad y eficacia por la iluminación y la elevación de sus hermanas oprimidas; y cuando se representaba el último y trágico episodio del drama de la vida de Jesús, a pesar de que todos los apóstoles huyeron menos uno, estas mujeres estaban todas presentes, y ninguna de ellas lo negó ni lo traicionó.
3. El sábado en Tiberíades
150:3.1Andrés había puesto los servicios del sábado del grupo apostólico en manos de las mujeres, siguiendo instrucciones de Jesús. Esto significaba, por supuesto, que no podían celebrarse en la nueva sinagoga. Las mujeres eligieron a Juana para que se encargara de esta ocasión, y la reunión se celebró en la sala de banquetes del nuevo palacio de Herodes, pues Herodes estaba ausente, residiendo en Julias, en Perea. Juana leyó de las Escrituras sobre la obra de la mujer en la vida religiosa de Israel, y mencionó a Miriam, Débora, Ester y otras.
150:3.2Esa noche, ya tarde, Jesús dio al grupo reunido una charla memorable sobre «Magia y superstición». En aquellos días, la aparición de una estrella brillante y supuestamente nueva se consideraba una señal que indicaba que un gran hombre había nacido en la tierra. Como se acababa de observar una estrella así, Andrés preguntó a Jesús si estas creencias tenían fundamento. En la larga respuesta a la pregunta de Andrés, el Maestro emprendió un examen a fondo de todo el tema de la superstición humana. Lo que Jesús dijo en esa ocasión puede resumirse en lenguaje moderno como sigue:
150:3.31. Los cursos de las estrellas en los cielos no tienen absolutamente nada que ver con los acontecimientos de la vida humana en la tierra. La astronomía es una ocupación legítima de la ciencia, pero la astrología es una masa de error supersticioso que no tiene lugar en el evangelio del reino.
150:3.42. Nada sobre el estado del tiempo, los sucesos futuros o el desenlace de los asuntos humanos puede revelarse al examinar las vísceras de un animal muerto hace poco.
150:3.53. Los espíritus de los muertos no vuelven para comunicarse con sus familias ni con sus antiguos amigos entre los vivos.
150:3.64. Los amuletos y las reliquias son impotentes para curar enfermedades, evitar desastres o influir en los espíritus malignos; la creencia en todos esos medios materiales de influir en el mundo espiritual no es más que una burda superstición.
150:3.75. Echar suertes, aunque puede ser una forma cómoda de resolver muchas dificultades menores, no es un método destinado a revelar la voluntad divina. Tales resultados son puramente cuestiones de azar material. El único medio de comunión con el mundo espiritual está comprendido en la dotación espiritual de la humanidad: el espíritu del Padre que mora en el interior, junto con el espíritu derramado del Hijo y la influencia omnipresente del Espíritu Infinito.
150:3.86. La adivinación, la hechicería y la brujería son supersticiones de mentes ignorantes, como lo son también las ilusiones de la magia. La creencia en números mágicos, en presagios de buena suerte y en anuncios de mala suerte es una superstición pura y sin fundamento.
150:3.97. En gran parte, interpretar los sueños es un sistema supersticioso y sin fundamento, hecho de especulaciones ignorantes y fantasiosas. Con los sacerdotes adivinos de la religión primitiva, el evangelio del reino no debe tener nada en común.
150:3.108. Los espíritus del bien o del mal no pueden morar dentro de símbolos materiales de barro, madera o metal; los ídolos no son más que el material del que están hechos.
150:3.119. Las prácticas de los encantadores, los brujos, los magos y los hechiceros se derivaron de las supersticiones de los egipcios, los asirios, los babilonios y los antiguos cananeos. Los amuletos y toda clase de conjuros son inútiles, ya sea para ganar la protección de los espíritus buenos o para alejar a los supuestos espíritus malignos.
150:3.1210. Él desenmascaró y denunció su creencia en hechizos, ordalías, embrujos, maldiciones, señales, mandrágoras, cuerdas anudadas y todas las demás formas de superstición ignorante y esclavizante.
4. Los apóstoles son enviados de dos en dos
150:4.1A la noche siguiente, después de reunir a los doce apóstoles, a los apóstoles de Juan y al grupo de mujeres recién comisionado, Jesús dijo: «Ustedes ven por sí mismos que la cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Oremos todos, por lo tanto, al Señor de la cosecha para que envíe todavía más obreros a sus campos. Mientras yo me quedo para consolar e instruir a los maestros más jóvenes, quisiera enviar a los mayores de dos en dos para que recorran rápidamente toda Galilea predicando el evangelio del reino mientras aún es oportuno y hay paz». Luego designó las parejas de apóstoles tal como deseaba que salieran, y fueron: Andrés y Pedro, Santiago y Juan Zebedeo, Felipe y Natanael, Tomás y Mateo, Santiago y Judas Alfeo, Simón Zelotes y Judas Iscariote.
150:4.2Jesús fijó la fecha para reunirse con los doce en Nazaret y, al despedirse, dijo: «En esta misión no vayan a ninguna ciudad de los gentiles, ni entren en Samaria, sino vayan más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Prediquen el evangelio del reino y proclamen la verdad salvadora de que el hombre es un hijo de Dios. Recuerden que el discípulo apenas está por encima de su maestro, ni el siervo es mayor que su señor. Al discípulo le basta ser igual a su maestro, y al siervo llegar a ser como su señor. Si algunos se han atrevido a llamar al dueño de la casa asociado de Belcebú, ¡cuánto más considerarán así a los de su casa! Pero no deben temer a estos enemigos incrédulos. Les declaro que no hay nada encubierto que no vaya a ser revelado; no hay nada oculto que no llegue a saberse. Lo que les he enseñado en privado, predíquenlo con sabiduría abiertamente. Lo que les he revelado en la cámara interior, deben proclamarlo a su debido tiempo desde las azoteas. Y les digo, amigos míos y discípulos, no tengan miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden destruir el alma; pongan más bien su confianza en Aquel que puede sostener el cuerpo y salvar el alma.
150:4.3«¿No se venden dos gorriones por un centavo? Y sin embargo, les declaro que ninguno de ellos es olvidado a los ojos de Dios. ¿No saben que hasta los cabellos de su cabeza están todos contados? No teman, por lo tanto; ustedes valen más que muchísimos gorriones. No se avergüencen de mi enseñanza; salgan a proclamar paz y buena voluntad, pero no se engañen —la paz no siempre acompañará su predicación. Vine a traer paz a la tierra, pero cuando los hombres rechazan mi don, el resultado es división y desorden. Cuando todos los de una familia reciben el evangelio del reino, en verdad la paz permanece en esa casa; pero cuando algunos de la familia entran en el reino y otros rechazan el evangelio, esa división solo puede producir pena y tristeza. Trabajen con empeño para salvar a toda la familia, no sea que los enemigos de un hombre lleguen a ser los de su propia casa. Pero, cuando hayan hecho todo lo posible por todos los de cada familia, les declaro que el que ama a su padre o a su madre más que a este evangelio no es digno del reino».
150:4.4Cuando los doce oyeron estas palabras, se prepararon para partir. Y no volvieron a reunirse hasta el momento de congregarse en Nazaret para encontrarse con Jesús y los demás discípulos, como el Maestro había dispuesto.
5. ¿Qué debo hacer para ser salvo?
150:5.1Una noche en Sunem, después de que los apóstoles de Juan regresaron a Hebrón, y después de que los apóstoles de Jesús fueron enviados de dos en dos, mientras el Maestro enseñaba a un grupo de doce de los evangelistas más jóvenes que trabajaban bajo la dirección de Jacob, junto con las doce mujeres, Raquel le hizo a Jesús esta pregunta: «Maestro, ¿qué responderemos cuando las mujeres nos pregunten: ¿Qué debo hacer para ser salva?». Cuando Jesús oyó esta pregunta, respondió:
150:5.2«Cuando los hombres y las mujeres pregunten qué debemos hacer para ser salvos, ustedes responderán: Crean este evangelio del reino; acepten el perdón divino. Reconozcan por la fe al espíritu de Dios que mora en ustedes, cuya aceptación hace de ustedes hijos de Dios. ¿No han leído en las Escrituras donde dice: “En el Señor tengo rectitud y fuerza”? También donde el Padre dice: “Mi rectitud está cerca; mi salvación ha salido, y mis brazos rodearán a mi pueblo”. “Mi alma se alegrará en el amor de mi Dios, porque él me ha vestido con las vestiduras de la salvación y me ha cubierto con el manto de su rectitud”. ¿No han leído también acerca del Padre que su nombre “será llamado el Señor nuestra rectitud”? “Quiten los trapos sucios de la rectitud propia y vistan a mi hijo con el manto de la rectitud divina y de la salvación eterna”. Es eternamente cierto que “el justo vivirá por la fe”. La entrada en el reino del Padre es totalmente gratuita, pero el progreso —el crecimiento en la gracia— es esencial para permanecer en él.
150:5.3«La salvación es el don del Padre y es revelada por sus Hijos. La aceptación por la fe de parte de ustedes hace de cada uno partícipe de la naturaleza divina, un hijo o una hija de Dios. Por la fe son justificados; por la fe son salvos; y por esta misma fe avanzan eternamente en el camino de la perfección progresiva y divina. Por la fe fue Abraham justificado y hecho consciente de la salvación mediante las enseñanzas de Melquisedec. A lo largo de todas las edades, esta misma fe ha salvado a los hijos de los hombres, pero ahora un Hijo ha salido del Padre para hacer la salvación más real y aceptable».
150:5.4Cuando Jesús terminó de hablar, hubo gran regocijo entre los que habían oído estas palabras llenas de gracia, y en los días siguientes todos siguieron proclamando el evangelio del reino con nuevo poder y con energía y entusiasmo renovados. Y las mujeres se regocijaron aún más al saber que estaban incluidas en estos planes para el establecimiento del reino en la tierra.
150:5.5Al resumir su declaración final, Jesús dijo: «No pueden comprar la salvación; no pueden ganarse la rectitud. La salvación es el don de Dios, y la rectitud es el fruto natural de la vida de filiación nacida del espíritu en el reino. No serán salvos porque vivan una vida recta; más bien ocurre que viven una vida recta porque ya han sido salvados, han reconocido la filiación como el don de Dios y el servicio en el reino como el supremo deleite de la vida en la tierra. Cuando los hombres crean este evangelio, que es una revelación de la bondad de Dios, serán llevados al arrepentimiento voluntario de todo pecado conocido. Darse cuenta de la filiación es incompatible con el deseo de pecar. Los creyentes del reino tienen hambre de rectitud y sed de perfección divina».
6. Las lecciones de la noche
150:6.1En las conversaciones de la noche, Jesús habló sobre muchos temas. Durante el resto de esta gira —antes de que todos se reunieran de nuevo en Nazaret— trató «El amor de Dios», «Sueños y visiones», «Malicia», «Humildad y mansedumbre», «Valor y lealtad», «Música y adoración», «Servicio y obediencia», «Orgullo y presunción», «El perdón en relación con el arrepentimiento», «Paz y perfección», «Maledicencia y envidia», «El mal, el pecado y la tentación», «Dudas e incredulidad», «Sabiduría y adoración». Con los apóstoles mayores ausentes, estos grupos más jóvenes de hombres y mujeres participaron con más libertad en estas conversaciones con el Maestro.
150:6.2Después de pasar dos o tres días con un grupo de doce evangelistas, Jesús se trasladaba para unirse a otro grupo, informado del paradero y los movimientos de todos estos obreros por los mensajeros de David. Como era su primera gira, las mujeres permanecieron gran parte del tiempo con Jesús. Por medio del servicio de mensajeros, cada uno de estos grupos se mantenía plenamente informado sobre el avance de la gira, y la llegada de noticias de otros grupos era siempre una fuente de aliento para estos obreros dispersos y separados.
150:6.3Antes de separarse, se había acordado que los doce apóstoles, junto con los evangelistas y el cuerpo de mujeres, se reunirían en Nazaret para encontrarse con el Maestro el viernes 4 de marzo. En consecuencia, hacia esa fecha, desde todas partes de Galilea central y meridional, estos diversos grupos de apóstoles y evangelistas empezaron a dirigirse hacia Nazaret. A media tarde, Andrés y Pedro, los últimos en llegar, habían alcanzado el campamento preparado por los primeros en llegar y situado en las tierras altas al norte de la ciudad. Y esta fue la primera vez que Jesús visitó Nazaret desde el comienzo de su ministerio público.
7. La estancia en Nazaret
150:7.1Esa tarde de viernes, Jesús recorrió Nazaret sin que nadie lo notara y sin que nadie lo reconociera. Pasó por delante del hogar de su niñez y del taller de carpintería, y pasó media hora en la colina que tanto disfrutaba cuando era muchacho. Desde el día de su bautismo por Juan en el Jordán, el Hijo del Hombre no había sentido agitarse dentro de su alma semejante oleada de emoción humana. Mientras bajaba del monte, oyó los sonidos familiares del toque de trompeta que anunciaba la puesta del sol, tal como lo había oído tantísimas veces cuando era un niño que crecía en Nazaret. Antes de volver al campamento, bajó caminando junto a la sinagoga donde había ido a la escuela y dejó que su mente se entregara a muchos recuerdos de los días de su niñez. Más temprano ese día, Jesús había enviado a Tomás a acordar con el jefe de la sinagoga que él predicara en el servicio del sábado por la mañana.
150:7.2La gente de Nazaret nunca tuvo fama de piedad ni de vida recta. Con el paso de los años, esta aldea se fue contaminando cada vez más por las bajas normas morales de la cercana Séforis. Durante toda la juventud y la primera edad adulta de Jesús había existido en Nazaret una división de opiniones respecto a él; hubo mucho resentimiento cuando se trasladó a Cafarnaúm. Aunque los habitantes de Nazaret habían oído mucho sobre los hechos de su antiguo carpintero, se sentían ofendidos porque nunca había incluido a su aldea natal en ninguna de sus giras de predicación anteriores. Ciertamente habían oído hablar de la fama de Jesús, pero la mayoría de los ciudadanos estaban enojados porque no había hecho ninguna de sus grandes obras en la ciudad de su juventud. Durante meses, la gente de Nazaret había hablado mucho de Jesús, pero sus opiniones eran, en general, desfavorables a él.
150:7.3Así, el Maestro se encontró en medio no de un regreso acogedor al hogar, sino de un ambiente decididamente hostil e hipercrítico. Pero eso no era todo. Sus enemigos, sabiendo que iba a pasar este día de sábado en Nazaret y suponiendo que hablaría en la sinagoga, habían contratado a numerosos hombres rudos y groseros para acosarlo y causarle problemas de todas las maneras posibles.
150:7.4La mayoría de los amigos más antiguos de Jesús, incluido el jazán que había sido su maestro en la juventud y que tanto lo quería, habían muerto o se habían ido de Nazaret, y la generación más joven tendía a resentir su fama con fuertes celos. No recordaban su temprana dedicación a la familia de su padre, y criticaban con amargura que descuidara visitar a su hermano y a sus hermanas casadas que vivían en Nazaret. La actitud de la familia de Jesús hacia él también había contribuido a aumentar este sentimiento poco amable de los ciudadanos. Los ortodoxos entre los judíos incluso se atrevieron a criticar a Jesús porque caminó demasiado rápido de camino a la sinagoga aquel sábado por la mañana.
8. El servicio del sábado
150:8.1Este sábado fue un día hermoso, y todo Nazaret, amigos y enemigos, acudió a oír a este antiguo vecino de su pueblo hablar en la sinagoga. Muchos del séquito apostólico tuvieron que quedarse fuera de la sinagoga; no había lugar para todos los que habían venido a oírlo. De joven, Jesús había hablado a menudo en este lugar de adoración, y esa mañana, cuando el jefe de la sinagoga le entregó el rollo de escritos sagrados del cual debía leer la lección de las Escrituras, ninguno de los presentes pareció recordar que era el mismo manuscrito que él había regalado a esta sinagoga.
150:8.2Los servicios de ese día se celebraron tal como cuando Jesús había asistido a ellos de niño. Subió a la plataforma del orador con el jefe de la sinagoga, y el servicio comenzó con la recitación de dos oraciones: «Bendito es el Señor, Rey del mundo, que forma la luz y crea las tinieblas, que hace la paz y crea todas las cosas; que, en misericordia, da luz a la tierra y a los que habitan en ella y, en bondad, día tras día y cada día, renueva las obras de la creación. Bendito es el Señor nuestro Dios por la gloria de las obras de sus manos y por las luminarias que dan luz que él ha hecho para su alabanza. Selah. Bendito es el Señor nuestro Dios, que ha formado las luminarias».
150:8.3Tras una breve pausa, oraron de nuevo: «Con gran amor nos ha amado el Señor nuestro Dios, y con mucha y desbordante compasión se ha compadecido de nosotros, Padre nuestro y Rey nuestro, por amor de nuestros padres que confiaron en él. Tú les enseñaste los estatutos de la vida; ten misericordia de nosotros y enséñanos. Ilumina nuestros ojos en la ley; haz que nuestros corazones se adhieran a tus mandamientos; une nuestros corazones para amar y temer tu nombre, y no seremos avergonzados, por los siglos de los siglos. Porque tú eres un Dios que prepara la salvación, y a nosotros nos has escogido de entre todas las naciones y lenguas, y en verdad nos has acercado a tu gran nombre —selah— para que alabemos con amor tu unidad. Bendito es el Señor, que en amor escogió a su pueblo Israel».
150:8.4Luego la congregación recitó el Shemá, el credo de fe judío. Este ritual consistía en repetir numerosos pasajes de la ley e indicaba que los fieles tomaban sobre sí el yugo del reino de los cielos, y también el yugo de los mandamientos aplicados al día y a la noche.
150:8.5Y luego siguió la tercera oración: «Es verdad que tú eres Yahvé, nuestro Dios y el Dios de nuestros padres; nuestro Rey y el Rey de nuestros padres; nuestro Salvador y el Salvador de nuestros padres; nuestro Creador y la roca de nuestra salvación; nuestra ayuda y nuestro libertador. Tu nombre es desde la eternidad, y no hay Dios fuera de ti. Un cántico nuevo cantaron a tu nombre los que fueron liberados, a la orilla del mar; juntos te alabaron todos, te reconocieron como Rey y dijeron: Yahvé reinará por los siglos de los siglos. Bendito es el Señor que salva a Israel».
150:8.6El jefe de la sinagoga ocupó entonces su lugar ante el arca, o cofre, que contenía los escritos sagrados y comenzó la recitación de las diecinueve eulogias de oración, o bendiciones. Pero en esta ocasión convenía abreviar el servicio para que el distinguido invitado tuviera más tiempo para su discurso; por eso solo se recitaron la primera y la última de las bendiciones. La primera fue: «Bendito es el Señor nuestro Dios, y el Dios de nuestros padres, el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob; el Dios grande, poderoso y temible, que muestra misericordia y bondad, que crea todas las cosas, que recuerda las promesas llenas de gracia hechas a los padres y trae un salvador a los hijos de sus hijos por amor de su propio nombre, en amor. ¡Oh Rey, ayudador, salvador y escudo! Bendito eres tú, oh Yahvé, el escudo de Abraham».
150:8.7Luego siguió la última bendición: «Oh, concede a tu pueblo Israel gran paz para siempre, porque tú eres Rey y el Señor de toda paz. Y es bueno a tus ojos bendecir a Israel en todo tiempo y a toda hora con la paz. Bendito eres tú, Yahvé, que bendices a tu pueblo Israel con la paz». La congregación no miraba al jefe mientras recitaba las bendiciones. Después de las bendiciones, él ofreció una oración informal apropiada para la ocasión, y cuando esta terminó, toda la congregación se unió para decir amén.
150:8.8Entonces el jazán fue al arca y sacó un rollo, que presentó a Jesús para que leyera la lección de las Escrituras. Era costumbre llamar a siete personas para que leyeran no menos de tres versículos de la ley, pero en esta ocasión se omitió esa práctica para que el visitante pudiera leer la lección que él mismo eligiera. Jesús tomó el rollo, se puso de pie y comenzó a leer del Deuteronomio: «Porque este mandamiento que hoy te doy no está oculto para ti, ni está lejos. No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo y nos lo traerá para que lo oigamos y lo cumplamos? Tampoco está más allá del mar, para que digas: ¿Quién cruzará el mar por nosotros para traernos el mandamiento a fin de que lo oigamos y lo cumplamos? No, la palabra de vida está muy cerca de ti, en tu presencia misma y en tu corazón, para que la conozcas y la obedezcas».
150:8.9Y cuando terminó de leer de la ley, pasó a Isaías y comenzó a leer: «El espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para predicar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar liberación a los cautivos y recuperación de la vista a los ciegos, a poner en libertad a los que están quebrantados y a proclamar el año aceptable del Señor».
150:8.10Jesús cerró el libro y, después de devolverlo al jefe de la sinagoga, se sentó y comenzó a hablar al pueblo. Empezó diciendo: «Hoy se cumplen estas Escrituras». Y luego Jesús habló durante casi quince minutos sobre «Los hijos y las hijas de Dios». A muchos de los presentes les agradó el discurso, y se maravillaron de su gracia y sabiduría.
150:8.11En la sinagoga era costumbre, después de terminar el servicio formal, que el orador se quedara para que los que estuvieran interesados pudieran hacerle preguntas. Así, en esta mañana de sábado, Jesús bajó entre la multitud, que se apretujaba hacia adelante para hacer preguntas. En este grupo había muchos individuos turbulentos cuyas mentes estaban decididas a hacer daño, mientras que por los bordes de esta multitud circulaban aquellos hombres degradados que habían sido contratados para causarle problemas a Jesús. Muchos de los discípulos y evangelistas que se habían quedado fuera entraron ahora a empujones en la sinagoga y no tardaron en darse cuenta de que se avecinaban problemas. Intentaron llevarse al Maestro, pero él no quiso ir con ellos.
9. El rechazo de Nazaret
150:9.1Jesús se encontró rodeado en la sinagoga por una gran multitud de sus enemigos y unos pocos de sus propios seguidores, y en respuesta a sus preguntas groseras y sus siniestras burlas comentó medio en broma: «Sí, soy el hijo de José; soy el carpintero, y no me sorprende que me recuerden el proverbio: “Médico, cúrate a ti mismo”, y que me desafíen a hacer en Nazaret lo que han oído que hice en Cafarnaúm; pero los pongo por testigos de que incluso las Escrituras declaran que “un profeta no carece de honra sino en su propia tierra y entre su propio pueblo”».
150:9.2Pero lo empujaron y, señalándolo con dedos acusadores, dijeron: «Te crees mejor que la gente de Nazaret; te alejaste de nosotros, pero tu hermano es un trabajador común, y tus hermanas todavía viven entre nosotros. Conocemos a tu madre, María. ¿Dónde están hoy? Oímos grandes cosas de ti, pero notamos que no haces maravillas cuando vuelves». Jesús les respondió: «Amo a la gente que vive en la ciudad donde crecí, y me alegraría ver a todos ustedes entrar en el reino de los cielos, pero no me corresponde a mí determinar la realización de las obras de Dios. Las transformaciones de la gracia se obran en respuesta a la fe viva de los que son sus beneficiarios».
150:9.3Jesús habría manejado a la multitud con buen humor y habría desarmado eficazmente incluso a sus enemigos violentos de no haber sido por el error táctico de uno de sus propios apóstoles, Simón Zelotes, quien, con la ayuda de Nacor, uno de los evangelistas más jóvenes, había reunido entretanto a un grupo de amigos de Jesús de entre la multitud y, adoptando una actitud beligerante, había advertido a los enemigos del Maestro que se marcharan. Jesús había enseñado durante mucho tiempo a los apóstoles que la respuesta suave aparta la ira, pero sus seguidores no estaban acostumbrados a ver a su amado maestro, a quien con tanto gusto llamaban Maestro, tratado con tanta descortesía y desdén. Fue demasiado para ellos, y se encontraron dando expresión a un resentimiento apasionado y vehemente, todo lo cual solo sirvió para despertar el espíritu de turba en esta asamblea impía y grosera. Y así, bajo el liderazgo de hombres a sueldo, estos matones se apoderaron de Jesús y lo sacaron precipitadamente de la sinagoga hasta la cima de una colina escarpada cercana, donde tenían la intención de empujarlo por el borde hacia la muerte abajo. Pero justo cuando estaban a punto de empujarlo por el borde del precipicio, Jesús se volvió de repente hacia sus captores y, de frente a ellos, cruzó tranquilamente los brazos. No dijo nada, pero sus amigos se quedaron más que asombrados cuando, al empezar él a caminar hacia adelante, la turba se apartó y le permitió pasar sin ser molestado.
150:9.4Jesús, seguido por sus discípulos, se dirigió a su campamento, donde se contó todo esto. Y aquella noche se prepararon para regresar a Cafarnaúm temprano al día siguiente, como Jesús había indicado. Este turbulento final de la tercera gira pública de predicación tuvo un efecto aleccionador en todos los seguidores de Jesús. Empezaban a comprender el significado de algunas de las enseñanzas del Maestro; estaban despertando al hecho de que el reino vendría solo a través de mucho dolor y amarga decepción.
150:9.5Partieron de Nazaret ese domingo por la mañana y, viajando por distintas rutas, finalmente se reunieron todos en Betsaida hacia el mediodía del jueves 10 de marzo. Se reunieron como un grupo sobrio y serio de predicadores desilusionados del evangelio de la verdad, y no como una banda entusiasta e invencible de cruzados triunfantes.