Parte IV · Documento 135

Juan el Bautista

135:0.1JUAN el Bautista nació el 25 de marzo del año 7 a. C., conforme a la promesa que Gabriel había hecho a Isabel en junio del año anterior. Durante cinco meses Isabel mantuvo en secreto la visita de Gabriel; y cuando se lo contó a su esposo, Zacarías, este se turbó mucho y solo creyó plenamente el relato de ella después de tener un sueño inusual unas seis semanas antes del nacimiento de Juan. Aparte de la visita de Gabriel a Isabel y del sueño de Zacarías, no hubo nada inusual ni sobrenatural en relación con el nacimiento de Juan el Bautista.

135:0.2Al octavo día Juan fue circuncidado según la costumbre judía. Creció como un niño común, día tras día y año tras año, en la pequeña aldea conocida en aquellos días como la Ciudad de Judá, a unas cuatro millas al oeste de Jerusalén.

135:0.3De la primera infancia de Juan, el acontecimiento más destacado fue la visita que, acompañado de sus padres, hizo a Jesús y a la familia de Nazaret. Juan tenía poco más de seis años cuando tuvo lugar esta visita, en el mes de junio del año 1 a. C.

135:0.4Después de volver de Nazaret, los padres de Juan empezaron la educación sistemática del muchacho. No había escuela de sinagoga en esta pequeña aldea; sin embargo, como era sacerdote, Zacarías tenía una educación bastante buena, e Isabel tenía una educación muy superior a la de la mujer judea común; ella también era del sacerdocio, pues descendía de las «hijas de Aarón». Puesto que Juan era hijo único, dedicaron mucho tiempo a su formación mental y espiritual. Zacarías solo tenía breves períodos de servicio en el templo de Jerusalén, de modo que dedicaba gran parte de su tiempo a enseñar a su hijo.

135:0.5Zacarías e Isabel tenían una pequeña granja en la que criaban ovejas. Apenas se ganaban la vida con esta tierra, pero Zacarías recibía una asignación regular de los fondos del templo destinados al sacerdocio.

1. Juan se hace nazareo

135:1.1Juan no tenía una escuela de la que graduarse a los catorce años, pero sus padres habían elegido este año como el apropiado para que hiciera el voto formal de nazareo. En consecuencia, Zacarías e Isabel llevaron a su hijo a Engadi, junto al mar Muerto. Esta era la sede meridional de la fraternidad nazarea, y allí el muchacho fue admitido debida y solemnemente en esta orden de por vida. Después de estas ceremonias y de hacer los votos de abstenerse de toda bebida embriagante, de dejarse crecer el cabello y de no tocar a los muertos, la familia siguió hacia Jerusalén, donde, ante el templo, Juan completó las ofrendas que se exigían a quienes hacían los votos de nazareo.

135:1.2Juan hizo los mismos votos de por vida que se habían impuesto a sus ilustres predecesores, Sansón y el profeta Samuel. Un nazareo de por vida era considerado una personalidad santificada y santa. Los judíos miraban a un nazareo casi con el mismo respeto y la misma veneración que concedían al sumo sacerdote, y esto no era extraño, puesto que los nazareos de consagración vitalicia eran las únicas personas, aparte de los sumos sacerdotes, a quienes alguna vez se permitía entrar en el lugar santísimo del templo.

135:1.3Juan volvió de Jerusalén a su casa para cuidar las ovejas de su padre, y llegó a ser un hombre fuerte de carácter noble.

135:1.4A los dieciséis años, como resultado de leer acerca de Elías, Juan quedó muy impresionado por el profeta del monte Carmelo y decidió adoptar su manera de vestir. Desde ese día Juan siempre llevó una prenda de pelo con un cinturón de cuero. A los dieciséis años medía más de seis pies de estatura y casi había alcanzado su pleno desarrollo. Con su cabello largo y suelto y su peculiar manera de vestir, era en verdad un joven pintoresco. Y sus padres esperaban grandes cosas de este, su único hijo, un hijo de la promesa y un nazareo de por vida.

2. La muerte de Zacarías

135:2.1Después de una enfermedad de varios meses, Zacarías murió en julio del año 12 d. C., cuando Juan acababa de cumplir dieciocho años. Este fue un momento de gran apuro para Juan, ya que el voto de nazareo prohibía el contacto con los muertos, incluso en la propia familia. Aunque Juan se había esforzado por cumplir las restricciones de su voto respecto a la contaminación por los muertos, dudaba de haber obedecido por completo los requisitos de la orden nazarea; por eso, después del entierro de su padre fue a Jerusalén, donde, en el rincón de los nazareos del atrio de las mujeres, ofreció los sacrificios que se exigían para su purificación.

135:2.2En septiembre de ese año Isabel y Juan hicieron un viaje a Nazaret para visitar a María y a Jesús. Juan casi había decidido lanzarse a la obra de su vida, pero fue exhortado, no solo por las palabras de Jesús sino también por su ejemplo, a volver a casa, cuidar de su madre y esperar «la llegada de la hora del Padre». Después de despedirse de Jesús y de María al final de esta grata visita, Juan no volvió a ver a Jesús hasta el momento de su bautismo en el Jordán.

135:2.3Juan e Isabel volvieron a su casa y empezaron a hacer planes para el futuro. Como Juan se negó a aceptar la asignación de sacerdote que le correspondía de los fondos del templo, al cabo de dos años casi habían perdido su casa; así que decidieron ir al sur con el rebaño de ovejas. En consecuencia, el verano en que Juan cumplió veinte años los vio mudarse a Hebrón. En el llamado «desierto de Judea», Juan cuidaba sus ovejas a lo largo de un arroyo que era afluente de una corriente mayor que desembocaba en el mar Muerto en Engadi. La colonia de Engadi incluía no solo a nazareos de consagración vitalicia y de consagración temporal, sino también a muchos otros pastores ascetas que se reunían en esta región con sus rebaños y se hermanaban con la fraternidad nazarea. Se mantenían con la cría de ovejas y con las donaciones que los judíos ricos hacían a la orden.

135:2.4Con el paso del tiempo, Juan volvía con menos frecuencia a Hebrón, mientras que visitaba Engadi más a menudo. Era tan completamente distinto de la mayoría de los nazareos que le resultaba muy difícil hermanarse del todo con la fraternidad. Pero apreciaba mucho a Abner, el líder reconocido y jefe de la colonia de Engadi.

3. La vida de pastor

135:3.1A lo largo del valle de este pequeño arroyo, Juan construyó no menos de una docena de refugios de piedra y corrales nocturnos, hechos de piedras amontonadas, donde podía vigilar y proteger sus rebaños de ovejas y cabras. La vida de pastor le daba a Juan mucho tiempo para pensar. Hablaba mucho con Ezda, un muchacho huérfano de Bet-sur, a quien en cierto modo había adoptado y que cuidaba los rebaños cuando él viajaba a Hebrón para ver a su madre y vender ovejas, así como cuando bajaba a Engadi para los servicios del sábado. Juan y el muchacho vivían con mucha sencillez y se alimentaban de carne de oveja, leche de cabra, miel silvestre y las langostas comestibles de esa región. Esta dieta habitual se complementaba de vez en cuando con provisiones traídas de Hebrón y de Engadi.

135:3.2Isabel mantenía a Juan informado de los asuntos de Palestina y del mundo, y en él se hacía cada vez más profunda la convicción de que se acercaba rápidamente el momento en que el viejo orden terminaría; de que él debía convertirse en el heraldo de la llegada de una nueva era, «el reino de los cielos». Este rudo pastor tenía gran preferencia por los escritos del profeta Daniel. Leyó mil veces la descripción que hace Daniel de la gran imagen, que, según le había dicho Zacarías, representaba la historia de los grandes reinos del mundo, empezando por Babilonia, luego Persia, Grecia y finalmente Roma. Juan percibía que Roma ya estaba compuesta de pueblos y razas tan políglotas que nunca podría llegar a ser un imperio sólidamente unido y firmemente consolidado. Creía que Roma ya estaba entonces dividida en Siria, Egipto, Palestina y otras provincias; y luego seguía leyendo: «en los días de estos reyes el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será destruido. Y este reino no será dejado a otro pueblo, sino que desmenuzará y consumirá todos estos reinos, y permanecerá para siempre». «Y le fue dado dominio y gloria y un reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino nunca será destruido». «Y el reino y el dominio y la grandeza del reino bajo todo el cielo serán dados al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es un reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán».

135:3.3Juan nunca logró elevarse por completo por encima de la confusión que le producían lo que había oído de sus padres acerca de Jesús y estos pasajes que leía en las Escrituras. En Daniel leía: «Miraba yo en las visiones de la noche, y vi que con las nubes del cielo venía uno como el Hijo del Hombre, y le fue dado dominio y gloria y un reino». Pero estas palabras del profeta no armonizaban con lo que sus padres le habían enseñado. Tampoco su conversación con Jesús, en el momento de su visita cuando tenía dieciocho años, concordaba con estas declaraciones de las Escrituras. A pesar de esta confusión, a lo largo de toda su perplejidad su madre le aseguraba que su primo lejano, Jesús de Nazaret, era el verdadero Mesías, que había venido a sentarse en el trono de David, y que él (Juan) debía convertirse en su heraldo precursor y su principal apoyo.

135:3.4Por todo lo que Juan oía del vicio y la maldad de Roma y de la disolución y la esterilidad moral del imperio, y por lo que sabía de las malas acciones de Herodes Antipas y de los gobernadores de Judea, se inclinaba a creer que el fin de la era era inminente. A este rudo y noble hijo de la naturaleza le parecía que el mundo estaba maduro para el fin de la era del hombre y el amanecer de la nueva era divina: el reino de los cielos. Crecía en el corazón de Juan el sentimiento de que él debía ser el último de los antiguos profetas y el primero de los nuevos. Y casi vibraba con el impulso creciente de salir y proclamar a todos los hombres: «¡Arrepiéntanse! ¡Pónganse a bien con Dios! Prepárense para el fin; prepárense para la aparición del nuevo y eterno orden de los asuntos de la tierra, el reino de los cielos».

4. La muerte de Isabel

135:4.1El 17 de agosto del año 22 d. C., cuando Juan tenía veintiocho años, su madre falleció de repente. Los amigos de Isabel, que conocían las restricciones de los nazareos sobre el contacto con los muertos, incluso en la propia familia, hicieron todos los preparativos para el entierro de Isabel antes de mandar llamar a Juan. Cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, ordenó a Ezda que llevara sus rebaños a Engadi y partió hacia Hebrón.

135:4.2Al volver a Engadi del funeral de su madre, entregó sus rebaños a la fraternidad y durante un tiempo se apartó del mundo exterior mientras ayunaba y oraba. Juan solo conocía los antiguos métodos de acercamiento a la divinidad; solo conocía los relatos de hombres como Elías, Samuel y Daniel. Elías era su ideal de profeta. Elías fue el primero de los maestros de Israel en ser considerado profeta, y Juan creía sinceramente que él sería el último de esta larga e ilustre línea de mensajeros del cielo.

135:4.3Durante dos años y medio Juan vivió en Engadi, y persuadió a la mayor parte de la fraternidad de que «el fin de la era estaba cerca»; de que «el reino de los cielos estaba a punto de aparecer». Y toda su enseñanza inicial se basaba en la idea y el concepto judíos corrientes del Mesías como el libertador prometido de la nación judía frente al dominio de sus gobernantes gentiles.

135:4.4Durante todo este período Juan leyó mucho en los escritos sagrados que encontró en la casa de los nazareos en Engadi. Le impresionaron especialmente Isaías y Malaquías, el último de los profetas hasta ese momento. Leyó y releyó los cinco últimos capítulos de Isaías, y creyó en estas profecías. Luego leía en Malaquías: «Miren, yo les enviaré al profeta Elías antes de que venga el día grande y terrible del Señor; y él volverá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición». Y fue solo esta promesa de Malaquías de que Elías volvería lo que impidió a Juan salir a predicar sobre el reino venidero y exhortar a sus compatriotas judíos a huir de la ira venidera. Juan estaba maduro para la proclamación del mensaje del reino venidero, pero esta expectativa de la venida de Elías lo detuvo durante más de dos años. Sabía que él no era Elías. ¿Qué quería decir Malaquías? ¿Era la profecía literal o figurada? ¿Cómo podría conocer la verdad? Al fin se atrevió a pensar que, puesto que el primero de los profetas se llamó Elías, así el último debería ser conocido, con el tiempo, por el mismo nombre. Sin embargo, tenía dudas, dudas suficientes para impedir que se llamara alguna vez a sí mismo Elías.

135:4.5Fue la influencia de Elías la que llevó a Juan a adoptar sus métodos de ataque directo y franco contra los pecados y los vicios de sus contemporáneos. Procuraba vestirse como Elías y se esforzaba por hablar como Elías; en todo aspecto exterior era como el antiguo profeta. Era un hijo de la naturaleza igual de robusto y pintoresco, un predicador de la rectitud igual de intrépido y audaz. Juan no era iletrado, conocía bien los escritos sagrados judíos, pero apenas era culto. Era un pensador claro, un orador poderoso y un denunciador ardiente. Apenas era un ejemplo para su época, pero era un reproche elocuente.

135:4.6Por fin ideó el método para proclamar la nueva era, el reino de Dios; decidió que él debía ser el heraldo del Mesías; apartó todas las dudas y partió de Engadi un día de marzo del año 25 d. C. para empezar su breve pero brillante carrera de predicador público.

5. El reino de Dios

135:5.1Para entender el mensaje de Juan, hay que tener en cuenta la situación del pueblo judío en el momento en que él apareció en el escenario de la acción. Durante casi cien años todo Israel había estado en un dilema; no sabían cómo explicar su continuo sometimiento a señores gentiles. ¿No había enseñado Moisés que la rectitud siempre se recompensaba con prosperidad y poder? ¿No eran ellos el pueblo elegido de Dios? ¿Por qué estaba desolado y vacío el trono de David? A la luz de las doctrinas mosaicas y de los preceptos de los profetas, a los judíos les resultaba difícil explicar su larga desolación nacional.

135:5.2Unos cien años antes de los días de Jesús y Juan surgió en Palestina una nueva escuela de maestros religiosos, los apocalípticos. Estos nuevos maestros elaboraron un sistema de creencias que explicaba los sufrimientos y la humillación de los judíos con el argumento de que estaban pagando la pena por los pecados de la nación. Recurrieron a las conocidas razones que se habían dado para explicar el cautiverio babilónico y otros cautiverios de tiempos anteriores. Pero, así enseñaban los apocalípticos, Israel debía cobrar ánimo; los días de su aflicción casi habían terminado; la disciplina del pueblo elegido de Dios estaba a punto de concluir; la paciencia de Dios con los extranjeros gentiles casi se había agotado. El fin del dominio romano era sinónimo del fin de la era y, en cierto sentido, del fin del mundo. Estos nuevos maestros se apoyaban mucho en las predicciones de Daniel, y enseñaban de manera constante que la creación estaba a punto de pasar a su etapa final; los reinos de este mundo estaban a punto de convertirse en el reino de Dios. Para la mente judía de aquel tiempo, este era el significado de esa expresión —el reino de los cielos— que recorre todas las enseñanzas tanto de Juan como de Jesús. Para los judíos de Palestina la expresión «reino de los cielos» tenía un solo significado: un estado absolutamente recto en el que Dios (el Mesías) gobernaría las naciones de la tierra con perfección de poder, tal como gobernaba en el cielo: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo».

135:5.3En los días de Juan todos los judíos se preguntaban con expectación: «¿Cuánto falta para que venga el reino?». Había un sentimiento general de que se acercaba el fin del dominio de las naciones gentiles. En todo el mundo judío existía una viva esperanza y una aguda expectativa de que la consumación del deseo de los siglos ocurriría durante la vida de aquella generación.

135:5.4Aunque los judíos diferían mucho en sus estimaciones sobre la naturaleza del reino venidero, coincidían en creer que el acontecimiento era inminente, que estaba cerca, incluso a las puertas. Muchos que leían el Antiguo Testamento al pie de la letra esperaban con expectación a un nuevo rey en Palestina, una nación judía regenerada, liberada de sus enemigos y presidida por el sucesor del rey David, el Mesías, que pronto sería reconocido como el gobernante legítimo y justo de todo el mundo. Otro grupo de judíos devotos, aunque más pequeño, tenía una visión muy diferente de este reino de Dios. Enseñaban que el reino venidero no era de este mundo, que el mundo se acercaba a su fin seguro, y que «un cielo nuevo y una tierra nueva» darían paso al establecimiento del reino de Dios; que este reino sería un dominio eterno, que el pecado llegaría a su fin, y que los ciudadanos del nuevo reino se volverían inmortales en el goce de esta dicha sin fin.

135:5.5Todos estaban de acuerdo en que alguna purga drástica o disciplina purificadora precedería necesariamente al establecimiento del nuevo reino en la tierra. Los literalistas enseñaban que sobrevendría una guerra mundial que destruiría a todos los incrédulos, mientras que los fieles avanzarían hacia una victoria universal y eterna. Los espiritualistas enseñaban que el reino sería inaugurado por el gran juicio de Dios, que relegaría a los injustos a su merecido juicio de castigo y destrucción final, y que al mismo tiempo elevaría a los santos creyentes del pueblo elegido a altos puestos de honor y autoridad junto al Hijo del Hombre, quien gobernaría sobre las naciones redimidas en nombre de Dios. Y este último grupo creía incluso que muchos gentiles devotos podrían ser admitidos en la comunidad del nuevo reino.

135:5.6Algunos judíos sostenían la opinión de que Dios tal vez podría establecer este nuevo reino mediante una intervención directa y divina, pero la gran mayoría creía que él interpondría a algún intermediario representativo, el Mesías. Y ese era el único significado posible que el término Mesías podía haber tenido en la mente de los judíos de la generación de Juan y Jesús. Mesías no podía referirse de ninguna manera a alguien que simplemente enseñara la voluntad de Dios o proclamara la necesidad de vivir con rectitud. A todas esas personas santas los judíos les daban el título de profeta. El Mesías debía ser más que un profeta; el Mesías debía traer el establecimiento del nuevo reino, el reino de Dios. Nadie que no lograra hacer esto podía ser el Mesías en el sentido judío tradicional.

135:5.7¿Quién sería este Mesías? Una vez más los maestros judíos diferían. Los más antiguos se aferraban a la doctrina del hijo de David. Los más recientes enseñaban que, puesto que el nuevo reino era un reino celestial, el nuevo gobernante también podría ser una personalidad divina, alguien que se había sentado durante mucho tiempo a la diestra de Dios en el cielo. Y, por extraño que parezca, quienes concebían así al gobernante del nuevo reino no lo veían como un Mesías humano, no como un simple hombre, sino como «el Hijo del Hombre» —un Hijo de Dios—, un Príncipe celestial, mantenido largo tiempo en espera para asumir así el gobierno de la tierra renovada. Tal era el trasfondo religioso del mundo judío cuando Juan salió a proclamar: «¡Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca!».

135:5.8Resulta evidente, por tanto, que el anuncio de Juan del reino venidero tenía no menos de media docena de significados diferentes en la mente de quienes escuchaban su apasionada predicación. Pero, sin importar qué sentido dieran a las expresiones que Juan empleaba, cada uno de estos diversos grupos de judíos que esperaban el reino se sentía intrigado por las proclamas de este predicador sincero, entusiasta, tosco y directo de la rectitud y el arrepentimiento, que tan solemnemente exhortaba a sus oyentes a «huir de la ira venidera».

6. Juan empieza a predicar

135:6.1A principios del mes de marzo del año 25 d. C., Juan bordeó la costa occidental del mar Muerto y remontó el río Jordán hasta frente a Jericó, el antiguo vado por el que Josué y los hijos de Israel pasaron cuando entraron por primera vez en la tierra prometida; y, tras cruzar al otro lado del río, se estableció cerca de la entrada del vado y empezó a predicar a la gente que pasaba en su ir y venir a través del río. Este era el más frecuentado de todos los pasos del Jordán.

135:6.2Era evidente para todos los que oían a Juan que él era más que un predicador. La gran mayoría de quienes escuchaban a este extraño hombre que había subido del desierto de Judea se iban creyendo que habían oído la voz de un profeta. No es de extrañar que las almas de estos judíos cansados y expectantes se conmovieran profundamente ante semejante fenómeno. Nunca en toda la historia judía los devotos hijos de Abraham habían anhelado tanto la «consolación de Israel» ni habían esperado con más ardor «la restauración del reino». Nunca en toda la historia judía habría podido el mensaje de Juan, «el reino de los cielos está cerca», causar una atracción tan profunda y universal como en el preciso momento en que él apareció de manera tan misteriosa en la orilla de este paso meridional del Jordán.

135:6.3Venía de los pastores, como Amós. Vestía como el antiguo Elías, y tronaba sus amonestaciones y derramaba sus advertencias con el «espíritu y el poder de Elías». No es sorprendente que este extraño predicador causara una gran agitación en toda Palestina, a medida que los viajeros difundían por todas partes la noticia de su predicación a lo largo del Jordán.

135:6.4Había todavía otro rasgo, y un rasgo nuevo, en la obra de este predicador nazareo: bautizaba a cada uno de sus creyentes en el Jordán «para la remisión de los pecados». Aunque el bautismo no era una ceremonia nueva entre los judíos, nunca lo habían visto empleado como Juan lo usaba ahora. Desde hacía mucho tiempo existía la práctica de bautizar así a los prosélitos gentiles para admitirlos en la comunidad del atrio exterior del templo, pero nunca se había pedido a los propios judíos que se sometieran al bautismo de arrepentimiento. Solo transcurrieron quince meses entre el momento en que Juan empezó a predicar y a bautizar y su arresto y encarcelamiento por instigación de Herodes Antipas, pero en este corto tiempo bautizó a bastante más de cien mil penitentes.

135:6.5Juan predicó cuatro meses en el vado de Betania antes de partir hacia el norte remontando el Jordán. Decenas de miles de oyentes, algunos curiosos pero muchos sinceros y serios, venían a escucharlo de todas partes de Judea, Perea y Samaria. Incluso unos pocos vinieron de Galilea.

135:6.6En mayo de ese año, mientras todavía se quedaba en el vado de Betania, los sacerdotes y los levitas enviaron una delegación para preguntar a Juan si afirmaba ser el Mesías, y con qué autoridad predicaba. Juan respondió a estos interrogadores diciendo: «Vayan a decir a sus amos que han oído “la voz de uno que clama en el desierto”, como dijo el profeta: “preparen el camino del Señor, enderecen una calzada para nuestro Dios. Todo valle será rellenado, y todo monte y colina será rebajado; el terreno desigual se convertirá en llanura, mientras que los lugares escabrosos se convertirán en un valle liso; y toda carne verá la salvación de Dios”».

135:6.7Juan era un predicador heroico pero falto de tacto. Un día en que predicaba y bautizaba en la orilla occidental del Jordán, un grupo de fariseos y varios saduceos se adelantaron y se presentaron para ser bautizados. Antes de llevarlos al agua, Juan, dirigiéndose a ellos como grupo, dijo: «¿Quién les advirtió que huyeran, como víboras ante el fuego, de la ira venidera? Yo los bautizaré, pero les advierto que den fruto digno de un arrepentimiento sincero si quieren recibir la remisión de sus pecados. No me digan que Abraham es su padre. Yo les declaro que Dios puede levantar de estas doce piedras que están aquí delante de ustedes hijos dignos para Abraham. Y ya ahora el hacha está puesta a la raíz misma de los árboles. Todo árbol que no da buen fruto está destinado a ser cortado y echado al fuego». (Las doce piedras a las que se refería eran las supuestas piedras memoriales que Josué había levantado para conmemorar el paso de las «doce tribus» en este mismo punto cuando entraron por primera vez en la tierra prometida).

135:6.8Juan daba clases a sus discípulos, en el curso de las cuales los instruía en los detalles de su nueva vida y procuraba responder a sus muchas preguntas. Aconsejaba a los maestros que enseñaran tanto el espíritu como la letra de la ley. Instruía a los ricos a que alimentaran a los pobres; a los recaudadores de impuestos les decía: «No exijan más de lo que se les ha asignado». A los soldados les decía: «No hagan violencia a nadie ni exijan nada injustamente; conténtense con su paga». Y a todos aconsejaba: «Prepárense para el fin de la era: el reino de los cielos está cerca».

7. Juan viaja hacia el norte

135:7.1Juan todavía tenía ideas confusas acerca del reino venidero y de su rey. Cuanto más predicaba, más se confundía, pero esta incertidumbre intelectual sobre la naturaleza del reino venidero nunca disminuyó en lo más mínimo su convicción de que el reino aparecería de inmediato con certeza. En la mente Juan podía estar confundido, pero en el espíritu nunca. No tenía ninguna duda sobre el reino venidero, pero estaba lejos de saber con certeza si Jesús iba a ser o no el gobernante de ese reino. Mientras Juan se aferró a la idea de la restauración del trono de David, las enseñanzas de sus padres de que Jesús, nacido en la Ciudad de David, iba a ser el libertador largamente esperado parecían coherentes; pero en los momentos en que se inclinaba más hacia la doctrina de un reino espiritual y del fin de la era temporal en la tierra, dudaba seriamente del papel que Jesús desempeñaría en tales acontecimientos. A veces lo cuestionaba todo, pero no por mucho tiempo. Deseaba de verdad poder hablarlo todo con su primo, pero eso era contrario al acuerdo expreso entre ellos.

135:7.2Mientras viajaba hacia el norte, Juan pensaba mucho en Jesús. Se detuvo en más de una docena de lugares mientras remontaba el Jordán. Fue en Adam donde se refirió por primera vez a «otro que ha de venir después de mí», en respuesta a la pregunta directa que le hicieron sus discípulos: «¿Eres tú el Mesías?». Y siguió diciendo: «Vendrá después de mí uno que es más grande que yo, a quien no soy digno de agacharme a desatarle las correas de las sandalias. Yo los bautizo con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo. Y tiene la pala en la mano para limpiar a fondo su trilladero; recogerá el trigo en su granero, pero la paja la quemará con el fuego del juicio».

135:7.3En respuesta a las preguntas de sus discípulos, Juan siguió ampliando sus enseñanzas, y día tras día añadía más cosas que ayudaban y consolaban, en comparación con su mensaje inicial y enigmático: «Arrepiéntanse y sean bautizados». Para entonces llegaban multitudes de Galilea y de la Decápolis. Decenas de creyentes sinceros se quedaban día tras día con su adorado maestro.

8. El encuentro de Jesús y Juan

135:8.1Para diciembre del año 25 d. C., cuando Juan llegó a las cercanías de Pella en su viaje Jordán arriba, su fama se había extendido por toda Palestina, y su obra se había convertido en el principal tema de conversación en todas las poblaciones alrededor del lago de Galilea. Jesús había hablado favorablemente del mensaje de Juan, y esto había llevado a muchos de Cafarnaúm a unirse al culto de arrepentimiento y bautismo de Juan. Santiago y Juan, los hijos pescadores de Zebedeo, habían bajado en diciembre, poco después de que Juan ocupara su puesto de predicación cerca de Pella, y se habían ofrecido para el bautismo. Iban a ver a Juan una vez por semana y le traían a Jesús informes recientes y de primera mano sobre la obra del evangelista.

135:8.2Los hermanos de Jesús, Santiago y Judas, habían hablado de bajar a donde estaba Juan para bautizarse; y ahora que Judas había venido a Cafarnaúm para los servicios del sábado, tanto él como Santiago, después de escuchar el discurso de Jesús en la sinagoga, decidieron consultarle acerca de sus planes. Esto fue el sábado por la noche, 12 de enero del año 26 d. C. Jesús les pidió que aplazaran la conversación hasta el día siguiente, cuando les daría su respuesta. Durmió muy poco esa noche, pues estuvo en estrecha comunión con el Padre que está en el cielo. Había quedado en almorzar al mediodía con sus hermanos y en aconsejarlos acerca del bautismo de Juan. Ese domingo por la mañana Jesús trabajaba como de costumbre en el taller de barcas. Santiago y Judas habían llegado con el almuerzo y lo esperaban en el cuarto de la madera, ya que aún no era la hora del descanso del mediodía, y sabían que Jesús era muy puntual en tales asuntos.

135:8.3Justo antes del descanso del mediodía, Jesús dejó sus herramientas, se quitó el delantal de trabajo y simplemente anunció a los tres trabajadores que estaban en la sala con él: «Ha llegado mi hora». Salió hacia sus hermanos Santiago y Judas, y repitió: «Ha llegado mi hora; vayamos a donde está Juan». Y partieron de inmediato hacia Pella, comiendo su almuerzo mientras viajaban. Esto fue el domingo 13 de enero. Pasaron la noche en el valle del Jordán y llegaron al lugar donde Juan bautizaba hacia el mediodía del día siguiente.

135:8.4Juan acababa de empezar a bautizar a los candidatos del día. Decenas de arrepentidos esperaban en fila su turno cuando Jesús y sus dos hermanos ocuparon su lugar en esta fila de hombres y mujeres sinceros que habían llegado a creer en la predicación de Juan sobre el reino venidero. Juan había estado preguntando por Jesús a los hijos de Zebedeo. Había oído los comentarios de Jesús acerca de su predicación, y esperaba día tras día verlo llegar al lugar, pero no esperaba saludarlo en la fila de los candidatos al bautismo.

135:8.5Absorto en los detalles de bautizar rápidamente a un número tan grande de conversos, Juan no levantó la vista para ver a Jesús hasta que el Hijo del Hombre estuvo justo delante de él. Cuando Juan reconoció a Jesús, las ceremonias se detuvieron un momento mientras saludaba a su primo en la carne y le preguntaba: «Pero ¿por qué bajas al agua a saludarme?». Y Jesús respondió: «Para someterme a tu bautismo». Juan replicó: «Pero soy yo quien necesita ser bautizado por ti. ¿Por qué vienes a mí?». Y Jesús le susurró a Juan: «Ten paciencia conmigo ahora, porque nos conviene dar este ejemplo a mis hermanos que están aquí conmigo, y para que el pueblo sepa que ha llegado mi hora».

135:8.6Había un tono de finalidad y autoridad en la voz de Jesús. Juan temblaba de emoción mientras se preparaba para bautizar a Jesús de Nazaret en el Jordán al mediodía del lunes 14 de enero del año 26 d. C. Así bautizó Juan a Jesús y a sus dos hermanos, Santiago y Judas. Y después de bautizar a estos tres, Juan despidió a los demás por ese día, anunciando que reanudaría los bautismos al mediodía del día siguiente. Mientras la gente se marchaba, los cuatro hombres que aún estaban en el agua oyeron un sonido extraño, y enseguida se vio por un momento una aparición justo encima de la cabeza de Jesús, y oyeron una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Un gran cambio se produjo en el semblante de Jesús, y, saliendo del agua en silencio, se despidió de ellos y se dirigió hacia las colinas del este. Y nadie volvió a ver a Jesús durante cuarenta días.

135:8.7Juan fue tras Jesús el trecho necesario para contarle la historia de la visita de Gabriel a su madre antes de que naciera ninguno de los dos, historia que tantas veces había oído de labios de su madre. Después de decir: «Ahora sé con certeza que tú eres el Libertador», dejó que Jesús siguiera su camino. Jesús, sin embargo, no dio ninguna respuesta.

9. Cuarenta días de predicación

135:9.1Cuando Juan volvió a sus discípulos (ahora tenía unos veinticinco o treinta que permanecían con él constantemente), los encontró en una seria deliberación, discutiendo lo que acababa de suceder en relación con el bautismo de Jesús. Se asombraron aún más cuando Juan les dio a conocer entonces la historia de la visita de Gabriel a María antes de que Jesús naciera, y también que Jesús no le dijo ni una palabra aun después de que él le contara esto. No llovió esa noche, y este grupo de treinta o más conversó hasta muy entrada la noche estrellada. Se preguntaban adónde había ido Jesús y cuándo volverían a verlo.

135:9.2Después de la experiencia de este día, la predicación de Juan adquirió notas nuevas y seguras de proclamación acerca del reino venidero y del Mesías esperado. Fue un tiempo de tensión, estos cuarenta días de espera, aguardando el regreso de Jesús. Pero Juan siguió predicando con gran poder, y sus discípulos empezaron por esta época a predicar a las multitudes desbordantes que se reunían en torno a Juan en el Jordán.

135:9.3En el curso de estos cuarenta días de espera, se difundieron muchos rumores por la comarca, e incluso hasta Tiberíades y Jerusalén. Miles vinieron a ver la nueva atracción del campamento de Juan, el supuesto Mesías, pero a Jesús no se le podía ver. Cuando los discípulos de Juan afirmaron que el extraño hombre de Dios se había ido a las colinas, muchos dudaron de toda la historia.

135:9.4Unas tres semanas después de que Jesús los dejara, llegó a Pella una nueva delegación de los sacerdotes y fariseos de Jerusalén. Preguntaron directamente a Juan si él era Elías o el profeta que Moisés había prometido; y cuando Juan dijo: «No lo soy», se atrevieron a preguntar: «¿Eres tú el Mesías?», y Juan respondió: «No lo soy». Entonces dijeron estos hombres de Jerusalén: «Si no eres Elías, ni el profeta, ni el Mesías, ¿por qué bautizas a la gente y causas todo este alboroto?». Y Juan replicó: «Corresponde a quienes me han oído y han recibido mi bautismo decir quién soy yo, pero les declaro que, mientras yo bautizo con agua, ha estado entre nosotros uno que volverá para bautizarlos con el Espíritu Santo».

135:9.5Estos cuarenta días fueron un período difícil para Juan y sus discípulos. ¿Cuál iba a ser la relación de Juan con Jesús? Surgieron cien preguntas para discutir. La política y la búsqueda egoísta de ascensos empezaron a aparecer. Se suscitaron discusiones intensas en torno a las diversas ideas y conceptos del Mesías. ¿Se convertiría en un caudillo militar y en un rey davídico? ¿Derrotaría a los ejércitos romanos como Josué había derrotado a los cananeos? ¿O vendría a establecer un reino espiritual? Juan más bien se decidió, con la minoría, por la idea de que Jesús había venido a establecer el reino de los cielos, aunque no tenía del todo claro en su propia mente qué debía abarcar exactamente esta misión del establecimiento del reino de los cielos.

135:9.6Fueron días intensos en la experiencia de Juan, y él oraba por el regreso de Jesús. Algunos de los discípulos de Juan organizaron grupos de exploración para ir en busca de Jesús, pero Juan lo prohibió, diciendo: «Nuestros tiempos están en las manos del Dios del cielo; él dirigirá a su Hijo elegido».

135:9.7Fue temprano en la mañana del sábado 23 de febrero cuando el grupo de Juan, que estaba tomando su comida de la mañana, miró hacia el norte y vio a Jesús que venía hacia ellos. Cuando se acercaba, Juan se subió a una gran roca y, alzando su voz sonora, dijo: «¡Miren al Hijo de Dios, el libertador del mundo! Este es aquel de quien dije: “Después de mí vendrá uno que es preferido antes que yo, porque era antes que yo”. Por esta causa salí yo del desierto para predicar el arrepentimiento y bautizar con agua, proclamando que el reino de los cielos está cerca. Y ahora viene uno que los bautizará con el Espíritu Santo. Y yo vi al espíritu divino descender sobre este hombre, y oí la voz de Dios declarar: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”».

135:9.8Jesús les pidió que volvieran a su comida mientras él se sentaba a comer con Juan, pues sus hermanos Santiago y Judas habían vuelto a Cafarnaúm.

135:9.9Temprano en la mañana del día siguiente se despidió de Juan y de sus discípulos y regresó a Galilea. No les dijo nada sobre cuándo volverían a verlo. A las preguntas de Juan acerca de su propia predicación y misión, Jesús solo dijo: «Mi Padre te guiará ahora y en el futuro como lo ha hecho en el pasado». Y estos dos grandes hombres se separaron aquella mañana en las orillas del Jordán, para no volver a saludarse nunca más en la carne.

10. Juan viaja hacia el sur

135:10.1Puesto que Jesús se había ido al norte, a Galilea, Juan se sintió guiado a volver sobre sus pasos hacia el sur. En consecuencia, el domingo 3 de marzo por la mañana, Juan y el resto de sus discípulos emprendieron su viaje hacia el sur. Mientras tanto, alrededor de una cuarta parte de los seguidores inmediatos de Juan se habían marchado a Galilea en busca de Jesús. Había en Juan una tristeza hecha de confusión. Nunca volvió a predicar como lo había hecho antes de bautizar a Jesús. De algún modo sentía que la responsabilidad del reino venidero ya no estaba sobre sus hombros. Sentía que su obra casi había terminado; estaba desconsolado y solo. Pero predicaba, bautizaba y seguía viajando hacia el sur.

135:10.2Cerca de la aldea de Adam, Juan se quedó varias semanas, y fue aquí donde hizo el memorable ataque contra Herodes Antipas por haber tomado ilegítimamente a la esposa de otro hombre. Para junio de ese año (año 26 d. C.) Juan estaba de nuevo en el vado de Betania del Jordán, donde había empezado su predicación del reino venidero más de un año antes. En las semanas que siguieron al bautismo de Jesús, el carácter de la predicación de Juan se transformó poco a poco en una proclamación de misericordia para la gente común, mientras denunciaba con renovada vehemencia a los gobernantes políticos y religiosos corruptos.

135:10.3Herodes Antipas, en cuyo territorio Juan había estado predicando, se alarmó por temor a que él y sus discípulos iniciaran una rebelión. A Herodes también le molestaban las críticas públicas de Juan sobre sus asuntos domésticos. En vista de todo esto, Herodes decidió encarcelar a Juan. En consecuencia, muy temprano en la mañana del 12 de junio, antes de que llegara la multitud para oír la predicación y presenciar los bautismos, los agentes de Herodes arrestaron a Juan. Como pasaban las semanas y no lo liberaban, sus discípulos se dispersaron por toda Palestina, y muchos de ellos fueron a Galilea para unirse a los seguidores de Jesús.

11. Juan en la prisión

135:11.1Juan tuvo una experiencia solitaria y algo amarga en la prisión. A pocos de sus seguidores se les permitió verlo. Anhelaba ver a Jesús, pero tuvo que contentarse con oír hablar de su obra a través de aquellos de sus seguidores que habían llegado a creer en el Hijo del Hombre. A menudo sintió la tentación de dudar de Jesús y de su misión divina. Si Jesús era el Mesías, ¿por qué no hacía nada para librarlo de este encarcelamiento insoportable? Durante más de un año y medio, este rudo hombre del aire libre de Dios languideció en aquella despreciable prisión. Y esta experiencia fue una gran prueba de su fe en Jesús y de su lealtad hacia él. En efecto, toda esta experiencia fue una gran prueba de la fe de Juan incluso en Dios. Muchas veces sintió la tentación de dudar incluso de la autenticidad de su propia misión y experiencia.

135:11.2Cuando llevaba varios meses en la prisión, un grupo de sus discípulos vino a verlo y, tras informarle acerca de las actividades públicas de Jesús, le dijo: «Ya ves, Maestro, que aquel que estaba contigo en el alto Jordán prospera y recibe a todos los que acuden a él. Incluso celebra banquetes con publicanos y pecadores. Tú diste un valiente testimonio de él, y sin embargo él no hace nada para conseguir tu liberación». Pero Juan respondió a sus amigos: «Este hombre no puede hacer nada a menos que se lo haya dado su Padre que está en el cielo. Ustedes recuerdan bien que dije: “Yo no soy el Mesías, sino uno enviado delante para prepararle el camino”. Y eso hice. El que tiene a la novia es el novio, pero el amigo del novio, que está cerca y lo oye, se alegra mucho por la voz del novio. Por eso esta alegría mía se ha cumplido. Él debe crecer, pero yo debo menguar. Yo soy de esta tierra y he proclamado mi mensaje. Jesús de Nazaret desciende del cielo a la tierra y está por encima de todos nosotros. El Hijo del Hombre ha descendido de Dios, y él les declarará las palabras de Dios. Porque el Padre que está en el cielo no da el espíritu con medida a su propio Hijo. El Padre ama a su Hijo y pronto pondrá todas las cosas en las manos de este Hijo. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Y estas palabras que digo son verdaderas y permanentes».

135:11.3Estos discípulos quedaron asombrados por la declaración de Juan, tanto que se marcharon en silencio. Juan también estaba muy agitado, porque percibía que había pronunciado una profecía. Nunca más volvió a dudar por completo de la misión y la divinidad de Jesús. Pero fue una amarga decepción para Juan que Jesús no le enviara ningún mensaje, que no viniera a verlo y que no ejerciera nada de su gran poder para librarlo de la prisión. Pero Jesús sabía todo esto. Tenía un gran amor por Juan, pero, como ahora era consciente de su naturaleza divina y sabía plenamente las grandes cosas que se preparaban para Juan cuando partiera de este mundo, y como sabía también que la obra de Juan en la tierra había terminado, se contuvo para no interferir en el desenlace natural de la carrera del gran predicador-profeta.

135:11.4Esta larga incertidumbre en la prisión era humanamente insoportable. Pocos días antes de su muerte, Juan envió de nuevo a Jesús mensajeros de confianza para preguntarle: «¿Está terminada mi obra? ¿Por qué languidezco en la prisión? ¿Eres tú verdaderamente el Mesías, o debemos esperar a otro?». Y cuando estos dos discípulos dieron este mensaje a Jesús, el Hijo del Hombre respondió: «Vuelvan a Juan y díganle que no lo he olvidado, pero que me permita también esto, porque nos conviene cumplir toda rectitud. Díganle a Juan lo que han visto y oído: que a los pobres se les anuncian las buenas nuevas; y, finalmente, díganle al amado heraldo de mi misión en la tierra que será abundantemente bendecido en la era venidera si no encuentra motivo para dudar de mí y tropezar por causa de mí». Y esta fue la última palabra que Juan recibió de Jesús. Este mensaje lo consoló mucho y contribuyó en gran medida a estabilizar su fe y a prepararlo para el trágico fin de su vida en la carne, que siguió tan pronto a esta ocasión memorable.

12. La muerte de Juan el Bautista

135:12.1Como Juan trabajaba en el sur de Perea cuando lo arrestaron, fue llevado inmediatamente a la prisión de la fortaleza de Maqueronte, donde estuvo encarcelado hasta su ejecución. Herodes gobernaba sobre Perea así como sobre Galilea, y en esa época mantenía residencia tanto en Julias como en Maqueronte, en Perea. En Galilea, la residencia oficial se había trasladado de Séforis a la nueva capital en Tiberíades.

135:12.2Herodes temía liberar a Juan, no fuera que instigara una rebelión. Temía darle muerte, no fuera que la multitud se amotinara en la capital, porque miles de pereos creían que Juan era un hombre santo, un profeta. Por eso Herodes mantenía al predicador nazareo en prisión, sin saber qué otra cosa hacer con él. Varias veces Juan había estado ante Herodes, pero nunca quiso comprometerse ni a abandonar los dominios de Herodes ni a abstenerse de toda actividad pública si lo liberaban. Y esta nueva agitación en torno a Jesús de Nazaret, que crecía sin cesar, advertía a Herodes de que no era momento de soltar a Juan. Además, Juan era también víctima del odio intenso y amargo de Herodías, la esposa ilegítima de Herodes.

135:12.3En numerosas ocasiones Herodes habló con Juan acerca del reino de los cielos, y aunque a veces quedaba seriamente impresionado por su mensaje, tenía miedo de liberarlo de la prisión.

135:12.4Como en Tiberíades todavía se construía mucho, Herodes pasaba bastante tiempo en sus residencias de Perea, y tenía preferencia por la fortaleza de Maqueronte. Pasaron varios años antes de que todos los edificios públicos y la residencia oficial de Tiberíades quedaran del todo terminados.

135:12.5Para celebrar su cumpleaños, Herodes ofreció un gran banquete en el palacio de Maqueronte para sus oficiales principales y otros hombres de alto rango en los consejos del gobierno de Galilea y Perea. Como Herodías no había logrado provocar la muerte de Juan pidiéndosela directamente a Herodes, ahora se propuso conseguir que mataran a Juan mediante un plan astuto.

135:12.6En el curso de las fiestas y la diversión de la noche, Herodías presentó a su hija para que bailara ante los comensales. Herodes quedó muy complacido con la actuación de la muchacha y, llamándola ante sí, le dijo: «Eres encantadora. Estoy muy complacido contigo. Pídeme en este día de mi cumpleaños lo que desees, y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino». Y Herodes hizo todo esto bajo los efectos de sus muchos vinos. La joven se apartó y preguntó a su madre qué debía pedirle a Herodes. Herodías dijo: «Ve a Herodes y pide la cabeza de Juan el Bautista». Y la joven, volviendo a la mesa del banquete, dijo a Herodes: «Le pido que me dé ahora mismo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja».

135:12.7Herodes se llenó de temor y de tristeza, pero a causa de su juramento y a causa de todos los que estaban a la mesa con él, no quiso negar la petición. Y Herodes Antipas envió a un soldado con la orden de traer la cabeza de Juan. Así fue decapitado Juan aquella noche en la prisión, y el soldado llevó la cabeza del profeta en una bandeja y se la presentó a la joven al fondo de la sala del banquete. Y la muchacha le dio la bandeja a su madre. Cuando los discípulos de Juan se enteraron de esto, vinieron a la prisión por el cuerpo de Juan, y después de ponerlo en un sepulcro, fueron y se lo contaron a Jesús.

Documento 135

Juan el Bautista