Parte IV · Documento 145

Cuatro días memorables en Cafarnaúm

145:0.1JESÚS y los apóstoles llegaron a Cafarnaúm al anochecer del martes 13 de enero. Como de costumbre, establecieron su cuartel general en la casa de Zebedeo en Betsaida. Ahora que Juan el Bautista había sido llevado a la muerte, Jesús se preparó para emprender la primera gira de predicación abierta y pública por Galilea. La noticia de que Jesús había vuelto se difundió rápidamente por toda la ciudad, y temprano al día siguiente, María, la madre de Jesús, partió de prisa hacia Nazaret para visitar a su hijo José.

145:0.2El miércoles, el jueves y el viernes, Jesús los pasó en la casa de Zebedeo instruyendo a sus apóstoles como preparación para su primera gira extensa de predicación pública. También recibió y enseñó a muchos indagadores sinceros, tanto de uno en uno como en grupos. Por medio de Andrés, dispuso hablar en la sinagoga el sábado siguiente.

145:0.3Avanzada la noche del viernes, la hermana menor de Jesús, Rut, le hizo una visita en secreto. Pasaron casi una hora juntos en una barca anclada a poca distancia de la orilla. Ningún ser humano, salvo Juan Zebedeo, supo nunca de esta visita, y a él se le advirtió que no se lo dijera a nadie. Rut fue el único miembro de la familia de Jesús que creyó de forma constante e inquebrantable en la divinidad de su misión en la tierra, desde los tiempos de su más temprana conciencia espiritual hasta el final de su memorable ministerio, su muerte, su resurrección y su ascensión; y finalmente pasó a los mundos del más allá sin haber dudado nunca del carácter sobrenatural de la misión en la carne de su padre-hermano. La pequeña Rut fue el principal consuelo de Jesús, en lo que respecta a su familia terrenal, durante toda la penosa prueba de su juicio, su rechazo y su crucifixión.

1. La captura de peces

145:1.1El viernes por la mañana de esa misma semana, mientras Jesús enseñaba junto al mar, la gente lo apretujó tanto hacia la orilla del agua que hizo señas a unos pescadores que estaban en una barca cercana para que acudieran en su ayuda. Subió a la barca y continuó enseñando a la multitud reunida durante más de dos horas. Esta barca se llamaba «Simón»; era la antigua barca de pesca de Simón Pedro y la había construido Jesús con sus propias manos. Aquella mañana en particular usaban la barca David Zebedeo y dos asociados, que acababan de llegar cerca de la orilla tras una noche de pesca infructuosa en el lago. Estaban limpiando y remendando sus redes cuando Jesús les pidió que acudieran en su ayuda.

145:1.2Cuando Jesús terminó de enseñar a la gente, le dijo a David: «Ya que te retrasaste por venir a ayudarme, déjame ahora trabajar contigo. Vamos a pescar; salgan hacia aquellas aguas profundas y echen sus redes para pescar». Pero Simón, uno de los asistentes de David, respondió: «Maestro, es inútil. Nos esforzamos toda la noche y no sacamos nada; sin embargo, ya que tú lo ordenas, saldremos y echaremos las redes». Y Simón consintió en seguir las indicaciones de Jesús por un gesto que le hizo su patrón, David. Cuando llegaron al lugar que Jesús había indicado, echaron sus redes y encerraron tal cantidad de peces que temieron que las redes se rompieran, tanto que hicieron señas a sus asociados de la orilla para que vinieran a ayudarlos. Cuando hubieron llenado de peces las tres barcas, casi hasta hundirlas, este Simón cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Apártate de mí, Maestro, porque soy un hombre pecador». Simón y todos los que participaron en este episodio quedaron asombrados por la captura de peces. Desde ese día, David Zebedeo, este Simón y sus asociados dejaron sus redes y siguieron a Jesús.

145:1.3Pero esto no fue en ningún sentido una captura milagrosa de peces. Jesús era un atento estudioso de la naturaleza; era un pescador experimentado y conocía las costumbres de los peces del mar de Galilea. En esta ocasión se limitó a dirigir a estos hombres al lugar donde solían encontrarse los peces a esa hora del día. Pero los seguidores de Jesús siempre consideraron esto un milagro.

2. Una tarde en la sinagoga

145:2.1El sábado siguiente, en el servicio de la tarde en la sinagoga, Jesús predicó su sermón sobre «La voluntad del Padre que está en el cielo». Por la mañana, Simón Pedro había predicado sobre «El reino». En la reunión del jueves por la noche en la sinagoga había enseñado Andrés, y su tema fue «El nuevo camino». En esa época concreta, en Cafarnaúm creían en Jesús más personas que en ninguna otra ciudad de la tierra.

145:2.2Mientras Jesús enseñaba en la sinagoga esa tarde de sábado, según la costumbre tomó el primer texto de la ley, leyendo del libro del Éxodo: «Y servirán al Señor, su Dios, y él bendecirá su pan y su agua, y toda enfermedad les será quitada». Eligió el segundo texto de los Profetas, leyendo de Isaías: «Levántate y brilla, porque tu luz ha llegado, y la gloria del Señor se ha levantado sobre ti. Las tinieblas pueden cubrir la tierra y una densa oscuridad al pueblo, pero el espíritu del Señor se levantará sobre ti, y la gloria divina se verá contigo. Aun los gentiles vendrán a esta luz, y muchas grandes mentes se rendirán al resplandor de esta luz».

145:2.3Este sermón fue un esfuerzo de Jesús por dejar en claro el hecho de que la religión es una experiencia personal. Entre otras cosas, el Maestro dijo:

145:2.4«Bien saben ustedes que, aunque un padre bondadoso ama a su familia como un todo, la considera así, como grupo, debido a su fuerte afecto por cada miembro individual de esa familia. Ya no deben acercarse al Padre que está en el cielo como un hijo de Israel, sino como un hijo de Dios. Como grupo, ustedes son en verdad los hijos de Israel, pero como individuos, cada uno de ustedes es un hijo de Dios. No he venido a revelar al Padre a los hijos de Israel, sino más bien a llevar este conocimiento de Dios y la revelación de su amor y su misericordia al creyente individual como una auténtica experiencia personal. Todos los profetas les han enseñado que Yahvé cuida de su pueblo, que Dios ama a Israel. Pero yo he venido entre ustedes para proclamar una verdad mayor, una que también captaron muchos de los profetas posteriores: que Dios los ama a ustedes—a cada uno de ustedes—como individuos. Durante todas estas generaciones han tenido una religión nacional o racial; ahora he venido a darles una religión personal.

145:2.5«Pero ni siquiera esta es una idea nueva. Muchos de los que entre ustedes tienen una mente espiritual han conocido esta verdad, puesto que algunos de los profetas así se lo han enseñado. ¿No han leído en las Escrituras donde el profeta Jeremías dice: “En aquellos días ya no dirán: los padres comieron uvas agrias y los hijos tienen dentera. Cada hombre morirá por su propia iniquidad; todo hombre que coma uvas agrias tendrá dentera. Miren, vendrán días en que haré un nuevo pacto con mi pueblo, no conforme al pacto que hice con sus padres cuando los saqué de la tierra de Egipto, sino según el nuevo camino. Incluso escribiré mi ley en sus corazones. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. En aquel día no dirán, el uno a su prójimo: ¿conoces al Señor? ¡No! Porque todos me conocerán personalmente, desde el menor hasta el mayor”.

145:2.6«¿No han leído estas promesas? ¿No creen en las Escrituras? ¿No comprenden que las palabras del profeta se cumplen en lo que ustedes contemplan este mismo día? ¿Y no los exhortó Jeremías a hacer de la religión un asunto del corazón, a relacionarse con Dios como individuos? ¿No les dijo el profeta que el Dios del cielo examinaría el corazón de cada uno de ustedes? ¿Y no se les advirtió que el corazón humano natural es engañoso por encima de todo y a menudo desesperadamente malvado?

145:2.7«¿No han leído también donde Ezequiel enseñó incluso a sus padres que la religión debe convertirse en una realidad en sus experiencias individuales? Ya no usarán el proverbio que dice: “Los padres comieron uvas agrias y los hijos tienen dentera”. “Tan cierto como que yo vivo”, dice el Señor Dios, “miren que todas las almas son mías; como el alma del padre, así también el alma del hijo. Solo el alma que peque morirá”. Y luego Ezequiel previó incluso este día cuando habló en nombre de Dios, diciendo: “También les daré un corazón nuevo, y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo”.

145:2.8«Ya no deberían temer que Dios castigue a una nación por el pecado de un individuo; tampoco el Padre que está en el cielo castigará a uno de sus hijos creyentes por los pecados de una nación, aunque el miembro individual de cualquier familia a menudo tenga que sufrir las consecuencias materiales de los errores familiares y de las transgresiones del grupo. ¿No se dan cuenta de que la esperanza de una nación mejor —o de un mundo mejor— está ligada al progreso y a la iluminación del individuo?».

145:2.9Luego el Maestro expuso que el Padre que está en el cielo, después de que el hombre discierne esta libertad espiritual, quiere que sus hijos en la tierra comiencen ese ascenso eterno de la carrera del Paraíso que consiste en la respuesta consciente de la criatura al impulso divino del espíritu que mora en ella de encontrar al Creador, de conocer a Dios y de procurar llegar a ser como él.

145:2.10Los apóstoles recibieron una gran ayuda de este sermón. Todos ellos se dieron cuenta más plenamente de que el evangelio del reino es un mensaje dirigido al individuo, no a la nación.

145:2.11Aunque la gente de Cafarnaúm conocía bien la enseñanza de Jesús, se asombró de su sermón de ese sábado. Enseñaba, en verdad, como quien tiene autoridad y no como los escribas.

145:2.12Justo cuando Jesús terminó de hablar, un joven de la congregación, a quien sus palabras habían agitado mucho, sufrió un violento ataque epiléptico y gritó con fuerza. Al terminar la crisis, al recobrar el conocimiento, habló como en un sueño, diciendo: «¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? Tú eres el santo de Dios; ¿has venido a destruirnos?». Jesús mandó a la gente que guardara silencio y, tomando al joven de la mano, dijo: «Sal de eso»—y él despertó inmediatamente.

145:2.13Este joven no estaba poseído por un espíritu impuro ni por un demonio; era víctima de una epilepsia común. Pero le habían enseñado que su aflicción se debía a la posesión por un espíritu maligno. Él creía esta enseñanza y se comportaba en consecuencia en todo lo que pensaba o decía acerca de su dolencia. Toda la gente creía que tales fenómenos eran causados directamente por la presencia de espíritus impuros. Por consiguiente, creyeron que Jesús había expulsado un demonio de este hombre. Pero Jesús no curó en ese momento su epilepsia. Solo más tarde ese día, después de la puesta del sol, quedó este hombre realmente sanado. Mucho después del día de Pentecostés, el apóstol Juan, que fue el último en escribir sobre los hechos de Jesús, evitó toda referencia a estos llamados actos de «expulsar diablos», y lo hizo en vista de que tales casos de posesión demoníaca nunca ocurrieron después de Pentecostés.

145:2.14Como resultado de este incidente común, la noticia se difundió rápidamente por Cafarnaúm de que Jesús había expulsado un demonio de un hombre y lo había sanado milagrosamente en la sinagoga al concluir su sermón de la tarde. El sábado era justamente el momento para la difusión rápida y eficaz de un rumor tan sorprendente. Esta noticia se llevó también a todos los poblados más pequeños de los alrededores de Cafarnaúm, y mucha de la gente la creyó.

145:2.15La cocina y las tareas de la casa en el gran hogar de Zebedeo, donde Jesús y los doce tenían su cuartel general, las hacían en su mayor parte la esposa de Simón Pedro y su madre. La casa de Pedro estaba cerca de la de Zebedeo; y Jesús y sus amigos se detuvieron allí en el camino de vuelta de la sinagoga porque la madre de la esposa de Pedro llevaba varios días enferma con escalofríos y fiebre. Ahora bien, sucedió que, más o menos en el momento en que Jesús estaba de pie junto a esta mujer enferma, sosteniéndole la mano, alisándole la frente y diciéndole palabras de consuelo y de ánimo, la fiebre la dejó. Jesús aún no había tenido tiempo de explicar a sus apóstoles que no se había obrado ningún milagro en la sinagoga; y con este incidente tan fresco y vivo en su mente, y recordando el agua y el vino de Caná, se aferraron a esta coincidencia como a otro milagro, y algunos de ellos salieron corriendo para difundir la noticia por toda la ciudad.

145:2.16Amatha, la suegra de Pedro, sufría de fiebre palúdica. Jesús no la sanó milagrosamente en ese momento. Solo varias horas después, tras la puesta del sol, se produjo su curación en relación con el extraordinario acontecimiento que ocurrió en el patio delantero de la casa de Zebedeo.

145:2.17Y estos casos son típicos de la manera en que una generación ávida de prodigios y un pueblo inclinado a los milagros se aferraban infaliblemente a todas esas coincidencias como pretexto para proclamar que Jesús había obrado otro milagro.

3. La curación al atardecer

145:3.1Para cuando Jesús y sus apóstoles se habían preparado para tomar la cena, cerca del final de este memorable día de sábado, todo Cafarnaúm y sus alrededores estaban alborotados por estos supuestos milagros de curación; y todos los que estaban enfermos o afligidos comenzaron los preparativos para ir a Jesús o para hacerse llevar allí por sus amigos tan pronto como se pusiera el sol. Según la enseñanza judía, no estaba permitido ni siquiera ir en busca de la salud durante las horas sagradas del sábado.

145:3.2Por eso, tan pronto como el sol se hundió bajo el horizonte, decenas de hombres, mujeres y niños afligidos comenzaron a dirigirse hacia la casa de Zebedeo en Betsaida. Un hombre salió con su hija paralítica en cuanto el sol se ocultó detrás de la casa de su vecino.

145:3.3Los acontecimientos de todo el día habían preparado el escenario para esta extraordinaria escena al atardecer. Incluso el texto que Jesús había usado para su sermón de la tarde había insinuado que la enfermedad sería desterrada; ¡y él había hablado con un poder y una autoridad tan inauditos! ¡Su mensaje era tan convincente! Aunque no apeló a ninguna autoridad humana, sí habló directamente a la conciencia moral y al alma de los hombres. Aunque no recurrió a la lógica, a sutilezas legales ni a dichos ingeniosos, sí hizo un llamado poderoso, directo, claro y personal al corazón de sus oyentes.

145:3.4Aquel sábado fue un gran día en la vida terrenal de Jesús, sí, en la vida de un universo. A todos los efectos del universo local, la pequeña ciudad judía de Cafarnaúm fue la verdadera capital de Nebadon. El puñado de judíos de la sinagoga de Cafarnaúm no fueron los únicos seres que oyeron aquella trascendental declaración final del sermón de Jesús: «El odio es la sombra del miedo; la venganza, la máscara de la cobardía». Tampoco podían sus oyentes olvidar sus benditas palabras, que declaraban: «El hombre es hijo de Dios, no un hijo del diablo».

145:3.5Poco después de la puesta del sol, mientras Jesús y los apóstoles todavía se demoraban en torno a la mesa de la cena, la esposa de Pedro oyó voces en el patio delantero y, al ir a la puerta, vio que se reunía una gran multitud de enfermos, y que el camino desde Cafarnaúm estaba lleno de gente que se dirigía allí para buscar la curación de manos de Jesús. Al ver esto, fue en seguida a informar a su esposo, quien se lo dijo a Jesús.

145:3.6Cuando el Maestro salió por la entrada principal de la casa de Zebedeo, sus ojos encontraron una muchedumbre de humanidad abatida y afligida. Contempló a casi mil seres humanos enfermos y dolientes; al menos ese era el número de personas reunidas ante él. No todos los presentes estaban afligidos; algunos habían venido a ayudar a sus seres queridos en este esfuerzo por obtener la curación.

145:3.7La vista de estos mortales afligidos, hombres, mujeres y niños, que sufrían en gran medida como resultado de los errores y las malas acciones de sus propios Hijos de confianza de la administración del universo, conmovió de manera especial el corazón humano de Jesús e interpeló a la misericordia divina de este benévolo Hijo Creador. Pero Jesús sabía bien que nunca podría construir un movimiento espiritual duradero sobre el fundamento de prodigios puramente materiales. Su política constante había sido abstenerse de exhibir sus prerrogativas de creador. Desde Caná, lo sobrenatural o milagroso no había acompañado su enseñanza; aun así, esta multitud afligida tocó su corazón compasivo y apeló poderosamente a su comprensivo afecto.

145:3.8Una voz desde el patio delantero exclamó: «Maestro, di la palabra, devuélvenos la salud, cura nuestras enfermedades y salva nuestras almas». Apenas se pronunciaron estas palabras, un vasto séquito de serafines, controladores físicos, Portadores de Vida y seres intermedios, como los que siempre acompañaban a este Creador encarnado de un universo, se dispuso a actuar con poder creador si su Soberano daba la señal. Este fue uno de esos momentos de la carrera terrenal de Jesús en que la sabiduría divina y la compasión humana estaban tan entrelazadas en el juicio del Hijo del Hombre que buscó refugio en apelar a la voluntad de su Padre.

145:3.9Cuando Pedro imploró al Maestro que atendiera su clamor de ayuda, Jesús, mirando a la multitud afligida, respondió: «He venido al mundo para revelar al Padre y establecer su reino. Para este propósito he vivido mi vida hasta esta hora. Por eso, si fuera la voluntad de Aquel que me envió y no fuera incompatible con mi dedicación a la proclamación del evangelio del reino de los cielos, desearía ver a mis hijos restablecidos —y—» pero las demás palabras de Jesús se perdieron en el tumulto.

145:3.10Jesús había trasladado la responsabilidad de esta decisión de curar al dictamen de su Padre. Evidentemente la voluntad del Padre no interpuso ninguna objeción, porque apenas se habían pronunciado las palabras del Maestro cuando la asamblea de personalidades celestiales que servían bajo el mando del Ajustador del Pensamiento Personalizado de Jesús se agitó poderosamente. El vasto séquito descendió en medio de esta abigarrada multitud de mortales afligidos, y en un instante 683 hombres, mujeres y niños fueron restablecidos, fueron perfectamente sanados de todas sus enfermedades físicas y otros trastornos materiales. Una escena así nunca se había presenciado en la tierra antes de aquel día, ni se ha presenciado desde entonces. Y para aquellos de nosotros que estuvimos presentes para contemplar esta ola creadora de curación, fue en verdad un espectáculo emocionante.

145:3.11Pero de todos los seres que se asombraron ante este súbito e inesperado estallido de curación sobrenatural, Jesús fue el más sorprendido. En un momento en que sus intereses y sus sentimientos humanos estaban concentrados en la escena de sufrimiento y aflicción que se extendía ante él, descuidó tener presentes en su mente humana las advertencias amonestadoras de su Ajustador Personalizado acerca de la imposibilidad de limitar el elemento tiempo de las prerrogativas de creador de un Hijo Creador en ciertas condiciones y en ciertas circunstancias. Jesús deseaba ver restablecidos a estos mortales que sufrían si con ello no se violaba la voluntad de su Padre. El Ajustador Personalizado de Jesús dictaminó al instante que tal acto de energía creadora en ese momento no transgrediría la voluntad del Padre del Paraíso, y por tal decisión —en vista de la expresión anterior del deseo de curar de Jesús— el acto creador fue. Lo que un Hijo Creador desea y su Padre quiere ES. En toda la vida terrenal posterior de Jesús no volvió a tener lugar otra curación física de mortales en masa como esta.

145:3.12Como era de esperar, la fama de esta curación al atardecer en Betsaida, en Cafarnaúm, se difundió por toda Galilea y Judea y hasta las regiones de más allá. Una vez más se despertaron los temores de Herodes, y envió observadores para que informaran sobre la obra y las enseñanzas de Jesús y averiguaran si era el antiguo carpintero de Nazaret o Juan el Bautista resucitado de entre los muertos.

145:3.13Principalmente a causa de esta demostración no intencionada de curación física, de allí en adelante, durante todo el resto de su carrera terrenal, Jesús llegó a ser tanto médico como predicador. Es cierto que continuó con su enseñanza, pero su obra personal consistió sobre todo en ministrar a los enfermos y a los angustiados, mientras sus apóstoles hacían la obra de la predicación pública y del bautismo de los creyentes.

145:3.14Pero la mayoría de los que recibieron una curación física sobrenatural o creadora en esta demostración al atardecer de energía divina no obtuvieron un beneficio espiritual permanente de esta extraordinaria manifestación de misericordia. Un pequeño número fueron verdaderamente edificados por este ministerio físico, pero el reino espiritual no avanzó en el corazón de los hombres por esta asombrosa erupción de curación creadora intemporal.

145:3.15Los prodigios de curación que de vez en cuando acompañaban la misión de Jesús en la tierra no formaban parte de su plan de proclamar el reino. Eran incidentalmente inherentes al hecho de tener en la tierra a un ser divino con prerrogativas de creador casi ilimitadas, en asociación con una combinación sin precedentes de misericordia divina y compasión humana. Pero tales supuestos milagros causaron a Jesús muchas dificultades, pues le dieron una publicidad que despertaba prejuicios y le procuraron mucha notoriedad no buscada.

4. La noche siguiente

145:4.1Durante toda la noche que siguió a este gran estallido de curación, la multitud gozosa y feliz invadió la casa de Zebedeo, y los apóstoles de Jesús estaban exaltados hasta el más alto grado de entusiasmo emocional. Desde un punto de vista humano, este fue probablemente el día más grande de todos los grandes días de su asociación con Jesús. En ningún momento, antes ni después, se elevaron sus esperanzas a tales alturas de expectativa confiada. Jesús les había dicho solo unos días antes, y cuando todavía estaban dentro de las fronteras de Samaria, que había llegado la hora en que el reino sería proclamado con poder, y ahora sus ojos habían visto lo que suponían que era el cumplimiento de esa promesa. Estaban emocionados por la visión de lo que vendría si esta asombrosa manifestación de poder curativo era solo el comienzo. Sus dudas persistentes sobre la divinidad de Jesús quedaron desterradas. Estaban literalmente embriagados por el éxtasis de su desconcertado encantamiento.

145:4.2Pero cuando buscaron a Jesús, no pudieron encontrarlo. El Maestro estaba muy perturbado por lo que había sucedido. Estos hombres, mujeres y niños que habían sido sanados de diversas enfermedades se quedaron hasta tarde en la noche, con la esperanza de que Jesús volviera para poder darle las gracias. Los apóstoles no podían entender la conducta del Maestro a medida que pasaban las horas y él permanecía apartado; su alegría habría sido completa y perfecta de no ser por su prolongada ausencia. Cuando Jesús por fin volvió entre ellos, era tarde, y prácticamente todos los beneficiarios del episodio de curación se habían ido a sus casas. Jesús rechazó las felicitaciones y la veneración de los doce y de los demás que se habían quedado para saludarlo, y solo dijo: «No se alegren de que mi Padre tenga poder para sanar el cuerpo, sino más bien de que es poderoso para salvar el alma. Vamos a descansar, porque mañana debemos ocuparnos de los asuntos del Padre».

145:4.3Y de nuevo doce hombres decepcionados, perplejos y con el corazón apesadumbrado se fueron a descansar; pocos de ellos, excepto los gemelos, durmieron mucho aquella noche. Apenas hacía el Maestro algo para animar el alma y alegrar el corazón de sus apóstoles, cuando parecía de inmediato hacer añicos sus esperanzas y demoler por completo los cimientos de su valor y de su entusiasmo. Cuando estos pescadores desconcertados se miraron a los ojos, solo había un pensamiento: «No podemos entenderlo. ¿Qué significa todo esto?».

5. El domingo de madrugada

145:5.1Tampoco Jesús durmió mucho aquella noche de sábado. Se daba cuenta de que el mundo estaba lleno de aflicción física e invadido de dificultades materiales, y consideró el gran peligro de verse obligado a dedicar tanto de su tiempo al cuidado de los enfermos y afligidos que su misión de establecer el reino espiritual en el corazón de los hombres se vería obstaculizada o, al menos, subordinada al ministerio de las cosas físicas. A causa de estos pensamientos y otros parecidos que ocuparon la mente mortal de Jesús durante la noche, se levantó aquel domingo por la mañana mucho antes del amanecer y se fue completamente solo a uno de sus lugares preferidos para estar en comunión con el Padre. El tema de la oración de Jesús en esta madrugada fue pedir sabiduría y juicio para no permitir que su compasión humana, unida a su misericordia divina, apelara a él de tal manera ante el sufrimiento mortal que todo su tiempo quedara ocupado en el ministerio físico, con descuido del espiritual. Aunque no deseaba evitar del todo el ministerio a los enfermos, sabía que también debía hacer la obra más importante de la enseñanza espiritual y la formación religiosa.

145:5.2Jesús salía tantas veces a las colinas a orar porque no había habitaciones privadas adecuadas para sus devociones personales.

145:5.3Pedro no pudo dormir aquella noche; así que, muy temprano, poco después de que Jesús saliera a orar, despertó a Santiago y a Juan, y los tres fueron a buscar a su Maestro. Después de buscar durante más de una hora, encontraron a Jesús y le rogaron que les dijera la razón de su extraña conducta. Deseaban saber por qué parecía estar preocupado por el poderoso derramamiento del espíritu de curación cuando toda la gente estaba llena de júbilo y sus apóstoles tan regocijados.

145:5.4Durante más de cuatro horas, Jesús se esforzó por explicar a estos tres apóstoles lo que había sucedido. Les enseñó acerca de lo que había ocurrido y les explicó los peligros de tales manifestaciones. Jesús les confió la razón por la que había salido a orar. Procuró dejar claras a sus asociados personales las verdaderas razones por las que el reino del Padre no podía construirse sobre la obra de prodigios y la curación física. Pero ellos no pudieron comprender su enseñanza.

145:5.5Mientras tanto, temprano aquel domingo por la mañana, otras multitudes de almas afligidas y muchos curiosos comenzaron a reunirse alrededor de la casa de Zebedeo. Clamaban por ver a Jesús. Andrés y los apóstoles estaban tan perplejos que, mientras Simón Zelotes hablaba a la asamblea, Andrés, con varios de sus asociados, fue a buscar a Jesús. Cuando Andrés hubo encontrado a Jesús en compañía de los tres, dijo: «Maestro, ¿por qué nos dejas solos con la multitud? Mira, todos los hombres te buscan; nunca antes tantos habían buscado tu enseñanza. Incluso ahora la casa está rodeada por los que han venido de cerca y de lejos a causa de tus obras poderosas. ¿No volverás con nosotros para ministrarles?».

145:5.6Cuando Jesús oyó esto, respondió: «Andrés, ¿no te he enseñado a ti y a estos otros que mi misión en la tierra es la revelación del Padre, y mi mensaje, la proclamación del reino de los cielos? ¿Cómo es, entonces, que quieres que me aparte de mi obra para complacer a los curiosos y para satisfacer a los que buscan señales y prodigios? ¿No hemos estado entre esta gente todos estos meses, y han acudido en multitudes a oír la buena nueva del reino? ¿Por qué han venido ahora a asediarnos? ¿No es a causa de la curación de sus cuerpos físicos más que como resultado de la recepción de la verdad espiritual para la salvación de sus almas? Cuando los hombres se sienten atraídos hacia nosotros por manifestaciones extraordinarias, muchos de ellos vienen buscando no la verdad y la salvación, sino más bien la curación de sus dolencias físicas y la liberación de sus dificultades materiales.

145:5.7«Todo este tiempo he estado en Cafarnaúm, y tanto en la sinagoga como junto al mar he proclamado la buena nueva del reino a todos los que tenían oídos para oír y corazones para recibir la verdad. No es la voluntad de mi Padre que yo vuelva con ustedes para atender a estos curiosos y quedar ocupado en el ministerio de las cosas físicas con exclusión de lo espiritual. Los he ordenado a ustedes para predicar el evangelio y ministrar a los enfermos, pero yo no debo quedar absorbido por la curación con exclusión de mi enseñanza. No, Andrés, no volveré contigo. Ve y di a la gente que crea en lo que les hemos enseñado y que se regocije en la libertad de los hijos de Dios, y prepara nuestra partida hacia las otras ciudades de Galilea, donde ya se ha preparado el camino para la predicación de las buenas nuevas del reino. Para este propósito salí del Padre. Ve, pues, y prepárate para nuestra partida inmediata mientras yo espero aquí tu regreso».

145:5.8Cuando Jesús terminó de hablar, Andrés y sus compañeros apóstoles regresaron con tristeza a la casa de Zebedeo, despidieron a la multitud reunida y se prepararon rápidamente para el viaje, como Jesús había indicado. Y así, en la tarde del domingo 18 de enero del año 28 d. C., Jesús y los apóstoles emprendieron su primera gira de predicación verdaderamente pública y abierta por las ciudades de Galilea. En esta primera gira predicaron el evangelio del reino en muchas ciudades, pero no visitaron Nazaret.

145:5.9Aquel domingo por la tarde, poco después de que Jesús y sus apóstoles hubieran partido hacia Rimón, sus hermanos Santiago y Judas vinieron a verlo y pasaron por la casa de Zebedeo. Hacia el mediodía de ese día, Judas había buscado a su hermano Santiago e insistido en que fueran a ver a Jesús. Para cuando Santiago consintió en ir con Judas, Jesús ya había partido.

145:5.10Los apóstoles se resistían a dejar el gran interés que se había despertado en Cafarnaúm. Pedro calculó que no menos de mil creyentes podrían haber sido bautizados en el reino. Jesús los escuchó con paciencia, pero no quiso consentir en volver. Reinó el silencio durante un rato, y luego Tomás se dirigió a sus compañeros apóstoles, diciendo: «¡Vamos! El Maestro ha hablado. Aunque no podamos comprender plenamente los misterios del reino de los cielos, de una cosa estamos seguros: seguimos a un maestro que no busca gloria para sí mismo». Y de mala gana partieron para predicar las buenas nuevas en las ciudades de Galilea.

Documento 145

Cuatro días memorables en Cafarnaúm