Parte IV · Documento 125
Jesús en Jerusalén
125:0.1NINGÚN INCIDENTE en toda la agitada carrera terrenal de Jesús fue más cautivador, más emocionante en lo humano, que este, su primera visita a Jerusalén de la que conservó recuerdo. Lo estimuló especialmente la experiencia de asistir solo a las discusiones del templo, y durante mucho tiempo esto se destacó en su memoria como el gran acontecimiento del final de su niñez y del comienzo de su juventud. Fue su primera oportunidad de disfrutar de unos días de vida independiente, de la euforia de ir y venir sin trabas ni restricciones. Este breve período de vida sin dirección ajena, durante la semana que siguió a la Pascua, fue la primera libertad completa de responsabilidades que había disfrutado jamás. Y pasaron muchos años después de esto antes de que volviera a tener un período semejante de libertad de todo sentido de responsabilidad, aunque fuera por poco tiempo.
125:0.2Las mujeres rara vez iban a la fiesta de la Pascua en Jerusalén; no se les exigía estar presentes. Jesús, sin embargo, prácticamente se negó a ir si su madre no los acompañaba. Y cuando su madre decidió ir, muchas otras mujeres de Nazaret se animaron a hacer el viaje, de modo que el grupo de la Pascua tuvo el mayor número de mujeres, en proporción a los hombres, que jamás subió a la Pascua desde Nazaret. De vez en cuando, en el camino a Jerusalén, cantaban el salmo ciento treinta.
125:0.3Desde que salieron de Nazaret hasta que llegaron a la cima del monte de los Olivos, Jesús vivió una larga tensión de expectación. A lo largo de una niñez alegre había oído hablar con reverencia de Jerusalén y de su templo; ahora pronto los iba a contemplar en la realidad. Desde el monte de los Olivos y desde fuera, al examinarlo más de cerca, el templo había sido todo lo que Jesús había esperado, y más; pero en cuanto cruzó sus sagrados portales, comenzó la gran desilusión.
125:0.4En compañía de sus padres, Jesús atravesó los recintos del templo para unirse al grupo de nuevos hijos de la ley que estaban a punto de ser consagrados como ciudadanos de Israel. Lo decepcionó un poco el comportamiento general de las multitudes del templo, pero la primera gran conmoción del día llegó cuando su madre se despidió de ellos para ir a la galería de las mujeres. A Jesús nunca se le había ocurrido que su madre no lo fuera a acompañar a las ceremonias de consagración, y se indignó profundamente de que la hicieran sufrir una discriminación tan injusta. Aunque esto le molestó mucho, aparte de unos pocos comentarios de protesta a su padre, no dijo nada. Pero pensó, y pensó a fondo, como lo revelaron sus preguntas a los escribas y maestros una semana después.
125:0.5Pasó por los ritos de consagración, pero lo decepcionó su carácter rutinario y de mero trámite. Echó de menos aquel interés personal que caracterizaba las ceremonias de la sinagoga de Nazaret. Luego volvió para saludar a su madre y se preparó para acompañar a su padre en su primer recorrido por el templo y sus diversos atrios, galerías y corredores. Los recintos del templo podían acoger a más de doscientos mil adoradores a la vez, y aunque la inmensidad de estos edificios —en comparación con cualquiera que hubiera visto antes— impresionó mucho su mente, lo intrigaba más contemplar el significado espiritual de las ceremonias del templo y de la adoración asociada a ellas.
125:0.6Aunque muchos de los rituales del templo impresionaron de manera muy conmovedora su sentido de lo bello y de lo simbólico, siempre lo decepcionaba la explicación de los significados reales de estas ceremonias que sus padres le daban en respuesta a sus muchas preguntas penetrantes. Jesús sencillamente no aceptaba explicaciones de la adoración y de la devoción religiosa que implicaran creer en la ira de Dios o en el enojo del Todopoderoso. Al seguir discutiendo estas cuestiones, después de terminar la visita al templo, cuando su padre insistió con suavidad en que reconociera que aceptaba las creencias judías ortodoxas, Jesús se volvió de pronto hacia sus padres y, mirando a su padre a los ojos con expresión suplicante, dijo: «Padre mío, eso no puede ser verdad —el Padre que está en el cielo no puede mirar así a sus hijos que yerran en la tierra. El Padre celestial no puede amar a sus hijos menos de lo que tú me amas a mí. Y bien sé que, por muy imprudente que sea lo que yo haga, tú nunca derramarías tu ira sobre mí ni descargarías tu enojo contra mí. Si tú, mi padre terrenal, posees tales reflejos humanos de lo Divino, cuánto más debe el Padre celestial estar lleno de bondad y rebosar de misericordia. Me niego a creer que mi Padre que está en el cielo me ame menos que mi padre en la tierra».
125:0.7Cuando José y María oyeron estas palabras de su hijo primogénito, guardaron silencio. Y nunca más intentaron cambiar su forma de pensar acerca del amor de Dios y de la misericordia del Padre que está en el cielo.
1. Jesús contempla el templo
125:1.1Por dondequiera que Jesús iba en los atrios del templo, lo escandalizaba y le repugnaba el espíritu de irreverencia que observaba. Consideraba que la conducta de las multitudes del templo no era coherente con su presencia en «la casa de su Padre». Pero sufrió la mayor conmoción de su joven vida cuando su padre lo llevó al atrio de los gentiles, con su ruidosa jerga, sus voces fuertes y sus maldiciones, mezcladas sin orden con el balido de las ovejas y el barullo de ruidos que delataban la presencia de los cambistas y de los vendedores de animales para el sacrificio y de otras diversas mercancías.
125:1.2Pero, sobre todo, su sentido del decoro se sintió ultrajado al ver a las frívolas cortesanas que se paseaban dentro de este recinto del templo, mujeres pintadas iguales a las que había visto hacía tan poco en una visita a Séforis. Esta profanación del templo despertó por completo toda su indignación juvenil, y no dudó en expresarse libremente ante José.
125:1.3Jesús admiraba el sentimiento y el servicio del templo, pero lo escandalizó la fealdad espiritual que veía en los rostros de tantos adoradores irreflexivos.
125:1.4Bajaron entonces al atrio de los sacerdotes, debajo del saliente de roca que está frente al templo, donde se alzaba el altar, para observar la matanza de los rebaños de animales y el lavado de la sangre de las manos de los sacerdotes matarifes oficiantes en la fuente de bronce. El pavimento manchado de sangre, las manos ensangrentadas de los sacerdotes y los sonidos de los animales moribundos fueron más de lo que este muchacho amante de la naturaleza podía soportar. El terrible espectáculo le produjo náuseas a este niño de Nazaret; se aferró al brazo de su padre y le rogó que lo sacara de allí. Volvieron a cruzar el atrio de los gentiles, y hasta las risas groseras y las bromas profanas que allí oyó fueron un alivio frente a las escenas que acababa de presenciar.
125:1.5José vio cuánto le habían repugnado a su hijo los ritos del templo y, con sabiduría, lo llevó a ver la «puerta Hermosa», la artística puerta hecha de bronce corintio. Pero Jesús ya había tenido bastante para su primera visita al templo. Volvieron al atrio superior a buscar a María y pasearon al aire libre, lejos de las multitudes, durante una hora, mirando el palacio asmoneo, la majestuosa residencia de Herodes, y la torre de los guardias romanos. Durante este paseo José le explicó a Jesús que solo a los habitantes de Jerusalén se les permitía presenciar los sacrificios diarios en el templo, y que los que vivían en Galilea subían solo tres veces al año para participar en la adoración del templo: en la Pascua, en la fiesta de Pentecostés (siete semanas después de la Pascua) y en la fiesta de los tabernáculos, en octubre. Estas fiestas las había establecido Moisés. Luego hablaron de las dos fiestas establecidas más tarde, la de la dedicación y la de Purim. Después fueron a su alojamiento y se prepararon para la celebración de la Pascua.
2. Jesús y la Pascua
125:2.1Cinco familias de Nazaret fueron huéspedes de la familia de Simón de Betania, o se asociaron con ella, para la celebración de la Pascua; Simón había comprado el cordero pascual para el grupo. Fue la matanza de estos corderos en cantidades tan enormes lo que tanto había afectado a Jesús en su visita al templo. Se había pensado comer la Pascua con los parientes de María, pero Jesús convenció a sus padres de que aceptaran la invitación de ir a Betania.
125:2.2Esa noche se reunieron para los ritos de la Pascua y comieron la carne asada con pan sin levadura y hierbas amargas. A Jesús, como nuevo hijo del pacto, le pidieron que relatara el origen de la Pascua, y lo hizo bien, pero desconcertó un poco a sus padres al incluir numerosos comentarios que reflejaban con suavidad las impresiones que habían dejado en su mente joven, pero reflexiva, las cosas que hacía tan poco había visto y oído. Este fue el comienzo de las ceremonias de siete días de la fiesta de la Pascua.
125:2.3Ya en esta fecha temprana, aunque no decía nada a sus padres sobre tales asuntos, Jesús había comenzado a darle vueltas en su mente a la conveniencia de celebrar la Pascua sin el cordero sacrificado. Se sentía seguro en su interior de que al Padre que está en el cielo no le agradaba este espectáculo de ofrendas sacrificiales, y con el paso de los años se fue decidiendo cada vez más a establecer algún día la celebración de una Pascua sin sangre.
125:2.4Jesús durmió muy poco esa noche. Sueños repugnantes de matanza y de sufrimiento perturbaron mucho su descanso. Su mente estaba angustiada y su corazón desgarrado por las incoherencias y los absurdos de la teología de todo el sistema ceremonial judío. Sus padres tampoco durmieron mucho. Los habían desconcertado mucho los sucesos del día que acababa de terminar. Estaban completamente trastornados en su corazón por la actitud del muchacho, para ellos extraña y decidida. María se puso nerviosa y agitada durante la primera parte de la noche, pero José se mantuvo tranquilo, aunque estaba igual de perplejo. Ambos temían hablar con franqueza con el muchacho sobre estos problemas, aunque Jesús habría hablado con gusto con sus padres si ellos se hubieran atrevido a animarlo.
125:2.5Los oficios del día siguiente en el templo le resultaron más aceptables a Jesús e hicieron mucho por aliviar los recuerdos desagradables del día anterior. A la mañana siguiente el joven Lázaro tomó a Jesús a su cargo, y comenzaron una exploración sistemática de Jerusalén y sus alrededores. Antes de que terminara el día, Jesús descubrió los diversos lugares del templo donde se desarrollaban conferencias de enseñanza y de preguntas; y aparte de unas pocas visitas al lugar santísimo para contemplar con asombro y preguntarse qué había realmente detrás del velo de separación, pasó la mayor parte de su tiempo en el templo, en estas conferencias de enseñanza.
125:2.6Durante toda la semana de la Pascua, Jesús ocupó su lugar entre los nuevos hijos del mandamiento, y esto significaba que debía sentarse fuera de la baranda que separaba a todas las personas que no eran ciudadanos plenos de Israel. Al hacerse así consciente de su juventud, se abstuvo de hacer las muchas preguntas que iban y venían en su mente; al menos se abstuvo hasta que terminó la celebración de la Pascua y se levantaron estas restricciones para los jóvenes recién consagrados.
125:2.7El miércoles de la semana de la Pascua, a Jesús se le permitió ir a casa con Lázaro para pasar la noche en Betania. Esa noche, Lázaro, Marta y María oyeron a Jesús hablar de las cosas temporales y eternas, humanas y divinas, y desde esa noche los tres lo amaron como si hubiera sido su propio hermano.
125:2.8Hacia el final de la semana, Jesús vio menos a Lázaro, puesto que él no reunía las condiciones para ser admitido ni siquiera en el círculo exterior de las discusiones del templo, aunque asistió a algunas de las charlas públicas que se daban en los atrios exteriores. Lázaro tenía la misma edad que Jesús, pero en Jerusalén rara vez se admitía a los jóvenes a la consagración de los hijos de la ley antes de que tuvieran trece años cumplidos.
125:2.9Una y otra vez, durante la semana de la Pascua, sus padres encontraban a Jesús sentado aparte, solo, con su joven cabeza entre las manos, pensando profundamente. Nunca lo habían visto comportarse así, y como no sabían cuánto estaba confundido en su mente y turbado en su espíritu por la experiencia que estaba atravesando, se sentían muy perplejos; no sabían qué hacer. Recibieron con alivio el paso de los días de la semana de la Pascua y anhelaban tener a su hijo, de conducta tan extraña, otra vez a salvo en Nazaret.
125:2.10Día tras día Jesús iba pensando a fondo sus problemas. Al final de la semana había hecho muchos ajustes; pero cuando llegó el momento de volver a Nazaret, su joven mente seguía llena de perplejidades y acosada por una multitud de preguntas sin respuesta y de problemas sin resolver.
125:2.11Antes de que José y María salieran de Jerusalén, junto con el maestro que Jesús tenía en Nazaret hicieron arreglos definitivos para que Jesús volviera cuando cumpliera quince años, a fin de comenzar su largo curso de estudios en una de las academias de los rabinos más conocidas. Jesús acompañó a sus padres y a su maestro en sus visitas a la escuela, pero a todos les afligió observar lo indiferente que parecía a todo lo que decían y hacían. A María le dolieron profundamente sus reacciones a la visita a Jerusalén, y José estaba muy perplejo ante los extraños comentarios y la conducta inusual del muchacho.
125:2.12Después de todo, la semana de la Pascua había sido un gran acontecimiento en la vida de Jesús. Había disfrutado de la oportunidad de conocer a decenas de muchachos de su edad, compañeros candidatos a la consagración, y utilizó esos contactos como un medio para aprender cómo vivía la gente en Mesopotamia, Turquestán y Partia, así como en las provincias del extremo occidental de Roma. Ya conocía bastante bien la manera en que crecían los jóvenes de Egipto y de otras regiones cercanas a Palestina. En ese tiempo había miles de jóvenes en Jerusalén, y el muchacho de Nazaret conoció en persona, y entrevistó con mayor o menor amplitud, a más de ciento cincuenta. Le interesaban en particular los que procedían de los países del Lejano Oriente y del remoto Occidente. Como resultado de estos contactos, el muchacho comenzó a abrigar el deseo de viajar por el mundo con el fin de aprender cómo los diversos grupos de sus semejantes trabajaban para ganarse la vida.
3. La partida de José y María
125:3.1Se había acordado que el grupo de Nazaret se reuniera en las inmediaciones del templo a media mañana del primer día de la semana después de que terminara la fiesta de la Pascua. Así lo hicieron, y emprendieron el viaje de regreso a Nazaret. Jesús había entrado en el templo para escuchar las discusiones mientras sus padres esperaban que se reunieran sus compañeros de viaje. Al poco rato el grupo se preparó para partir, los hombres en un grupo y las mujeres en otro, como era su costumbre al ir y volver de las fiestas de Jerusalén. Jesús había subido a Jerusalén en compañía de su madre y de las mujeres. Como ahora era un joven de la consagración, se suponía que debía volver a Nazaret en compañía de su padre y de los hombres. Pero mientras el grupo de Nazaret avanzaba hacia Betania, Jesús estaba completamente absorto en la discusión sobre los ángeles, en el templo, sin darse cuenta en absoluto de que pasaba la hora de la partida de sus padres. Y no se dio cuenta de que lo habían dejado atrás hasta que las conferencias del templo hicieron su pausa del mediodía.
125:3.2Los viajeros de Nazaret no echaron de menos a Jesús porque María supuso que viajaba con los hombres, mientras que José pensó que viajaba con las mujeres, puesto que había subido a Jerusalén con las mujeres, guiando el asno de María. No descubrieron su ausencia hasta que llegaron a Jericó y se dispusieron a quedarse allí a pasar la noche. Después de preguntar a los últimos del grupo en llegar a Jericó y saber que ninguno de ellos había visto a su hijo, pasaron una noche en vela, dándole vueltas en su mente a lo que podía haberle ocurrido, recordando muchas de sus reacciones inusuales a los sucesos de la semana de la Pascua y reprochándose con suavidad el uno al otro no haberse asegurado de que estuviera en el grupo antes de salir de Jerusalén.
4. Los días primero y segundo en el templo
125:4.1Mientras tanto, Jesús se había quedado en el templo toda la tarde, escuchando las discusiones y disfrutando del ambiente más tranquilo y decoroso, pues las grandes multitudes de la semana de la Pascua casi habían desaparecido. Al terminar las discusiones de la tarde, en ninguna de las cuales participó Jesús, se dirigió a Betania, adonde llegó justo cuando la familia de Simón se preparaba para tomar la cena. Los tres jóvenes se llenaron de alegría al recibir a Jesús, y él se quedó a pasar la noche en la casa de Simón. Conversó muy poco durante la velada y pasó gran parte del tiempo a solas en el jardín, meditando.
125:4.2Temprano al día siguiente Jesús ya estaba levantado y de camino al templo. En lo alto del monte de los Olivos se detuvo y lloró ante lo que veían sus ojos: un pueblo espiritualmente empobrecido, atado a la tradición y que vivía bajo la vigilancia de las legiones romanas. A primera hora de la mañana ya estaba en el templo, decidido a tomar parte en las discusiones. Mientras tanto, José y María también se habían levantado al despuntar el alba con la intención de volver sobre sus pasos hasta Jerusalén. Primero fueron a toda prisa a la casa de sus parientes, donde se habían alojado como familia durante la semana de la Pascua, pero al preguntar supieron que nadie había visto a Jesús. Después de buscar todo el día sin encontrar rastro de él, volvieron a casa de sus parientes para pasar la noche.
125:4.3En la segunda conferencia Jesús se había atrevido a hacer preguntas, y participó de una manera muy asombrosa en las discusiones del templo, pero siempre de un modo acorde con su juventud. A veces sus preguntas incisivas resultaban algo embarazosas para los doctos maestros de la ley judía, pero mostraba tal espíritu de franca equidad, unido a un hambre evidente de conocimiento, que la mayoría de los maestros del templo estaban dispuestos a tratarlo con toda consideración. Pero cuando se atrevió a cuestionar la justicia de dar muerte a un gentil borracho que se había salido del atrio de los gentiles y sin saberlo había entrado en los recintos prohibidos y considerados sagrados del templo, uno de los maestros más intolerantes perdió la paciencia con las críticas implícitas del muchacho y, mirándolo ceñudo desde arriba, le preguntó cuántos años tenía. Jesús respondió: «Trece años, menos poco más de cuatro meses». «Entonces», replicó el maestro, ya airado, «¿por qué estás aquí, si no tienes la edad de un hijo de la ley?». Y cuando Jesús explicó que había recibido la consagración durante la Pascua, y que había terminado sus estudios en las escuelas de Nazaret, los maestros respondieron todos a una, con burla: «Lo podíamos haber sabido; es de Nazaret». Pero el dirigente insistió en que no se debía culpar a Jesús si los jefes de la sinagoga de Nazaret lo habían graduado, técnicamente, a los doce años en lugar de a los trece; y aunque varios de sus detractores se levantaron y se fueron, se dictaminó que el muchacho podía continuar sin que lo molestaran como alumno de las discusiones del templo.
125:4.4Cuando terminó este, su segundo día en el templo, fue otra vez a Betania a pasar la noche. Y de nuevo salió al jardín a meditar y a orar. Era evidente que su mente estaba ocupada en la contemplación de problemas de peso.
5. El tercer día en el templo
125:5.1El tercer día de Jesús con los escribas y los maestros en el templo vio reunirse a muchos espectadores que, al haber oído hablar de este joven de Galilea, venían a disfrutar de la experiencia de ver a un muchacho confundir a los sabios de la ley. Simón también vino desde Betania para ver qué estaba haciendo el muchacho. Durante todo este día José y María continuaron su búsqueda ansiosa de Jesús, e incluso entraron varias veces en el templo, pero nunca se les ocurrió examinar con atención los diversos grupos de discusión, aunque una vez llegaron casi a distancia de oír su voz fascinante.
125:5.2Antes de que terminara el día, toda la atención del grupo de discusión principal del templo se había centrado en las preguntas que hacía Jesús. Entre sus muchas preguntas estaban estas:
125:5.31. ¿Qué existe realmente en el lugar santísimo, detrás del velo?
125:5.42. ¿Por qué se debe separar a las madres de Israel de los adoradores varones del templo?
125:5.53. Si Dios es un padre que ama a sus hijos, ¿por qué toda esta matanza de animales para obtener el favor divino?, ¿se ha entendido mal la enseñanza de Moisés?
125:5.64. Puesto que el templo está dedicado a la adoración del Padre que está en el cielo, ¿es coherente permitir la presencia de quienes se dedican al trueque y al comercio seculares?
125:5.75. ¿Ha de convertirse el Mesías esperado en un príncipe temporal que se siente en el trono de David, o ha de actuar como la luz de la vida en el establecimiento de un reino espiritual?
125:5.8Y durante todo el día, los que escuchaban se maravillaron de estas preguntas, y nadie estaba más asombrado que Simón. Durante más de cuatro horas este joven de Nazaret acosó a estos maestros judíos con preguntas que hacían pensar y que escudriñaban el corazón. Hizo pocos comentarios sobre las observaciones de sus mayores. Transmitía su enseñanza mediante las preguntas que hacía. Con la formulación hábil y sutil de una pregunta, a la vez desafiaba la enseñanza de ellos y sugería la suya propia. En su manera de hacer una pregunta había una atrayente combinación de sagacidad y de humor que le ganaba el afecto incluso de los que se resentían más o menos de su juventud. Siempre era sumamente justo y considerado al hacer estas preguntas penetrantes. En esta tarde memorable en el templo mostró esa misma renuencia a sacar una ventaja injusta de un oponente que caracterizó todo su posterior ministerio público. Como joven, y más tarde como hombre, parecía estar totalmente libre de todo deseo egoísta de ganar una discusión solo por experimentar un triunfo lógico sobre sus semejantes, pues le interesaba de manera suprema una sola cosa: proclamar la verdad sempiterna y llevar así a cabo una revelación más plena del Dios eterno.
125:5.9Cuando terminó el día, Simón y Jesús emprendieron el camino de vuelta a Betania. Durante la mayor parte del trayecto tanto el hombre como el muchacho guardaron silencio. De nuevo Jesús se detuvo en lo alto del monte de los Olivos, pero al contemplar la ciudad y su templo, no lloró; solo inclinó la cabeza en silenciosa devoción.
125:5.10Después de la cena en Betania, de nuevo declinó unirse al alegre círculo y, en lugar de eso, fue al jardín, donde se quedó hasta muy entrada la noche, intentando en vano idear algún plan definido para abordar el problema de la obra de su vida y decidir cuál sería la mejor manera de trabajar para revelar a sus compatriotas, espiritualmente ciegos, un concepto más hermoso del Padre celestial y liberarlos así de su terrible esclavitud a la ley, al ritual, al ceremonial y a la tradición rancia. Pero la luz clara no llegó al muchacho que buscaba la verdad.
6. El cuarto día en el templo
125:6.1Jesús estaba extrañamente desatento a sus padres terrenales; incluso en el desayuno, cuando la madre de Lázaro comentó que sus padres ya debían de estar casi en casa a esas horas, Jesús no pareció comprender que estarían algo preocupados porque él se había quedado atrás.
125:6.2De nuevo se dirigió al templo, pero no se detuvo a meditar en lo alto del monte de los Olivos. En el curso de las discusiones de la mañana se dedicó mucho tiempo a la ley y los profetas, y los maestros se asombraron de que Jesús conociera tan bien las Escrituras, tanto en hebreo como en griego. Pero no los asombraba tanto su conocimiento de la verdad como su juventud.
125:6.3En la conferencia de la tarde apenas habían comenzado a responder a su pregunta sobre el propósito de la oración cuando el dirigente invitó al muchacho a pasar adelante y, sentado a su lado, le pidió que expusiera sus propias opiniones sobre la oración y la adoración.
125:6.4La noche anterior, los padres de Jesús habían oído hablar de este extraño joven que discutía con tanta habilidad con los intérpretes de la ley, pero no se les había ocurrido que este muchacho fuera su hijo. Casi habían decidido ir a la casa de Zacarías, pues pensaban que Jesús podía haber ido allí para ver a Isabel y a Juan. Pensando que quizás Zacarías estuviera en el templo, se detuvieron allí de camino a la Ciudad de Judá. Mientras paseaban por los atrios del templo, imaginen su sorpresa y su asombro cuando reconocieron la voz del muchacho perdido y lo vieron sentado entre los maestros del templo.
125:6.5José se quedó sin habla, pero María dio rienda suelta al miedo y la angustia que había contenido tanto tiempo cuando, corriendo hacia el muchacho, que ahora estaba de pie para saludar a sus asombrados padres, dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has tratado así? Hace ya más de tres días que tu padre y yo te buscamos con dolor. ¿Qué te llevó a abandonarnos?». Fue un momento tenso. Todos los ojos se volvieron hacia Jesús para oír lo que diría. Su padre lo miró con reproche, pero no dijo nada.
125:6.6Hay que recordar que se suponía que Jesús era un hombre joven. Había terminado la escolaridad regular de un niño, había sido reconocido como hijo de la ley y había recibido la consagración como ciudadano de Israel. Y sin embargo, su madre lo reprendió con algo más que suavidad delante de toda la gente reunida, justo en medio del esfuerzo más serio y sublime de su joven vida, poniendo así un final sin gloria a una de las mayores oportunidades que jamás se le concederían de actuar como maestro de la verdad, predicador de la rectitud, revelador del carácter amoroso de su Padre que está en el cielo.
125:6.7Pero el muchacho estuvo a la altura de las circunstancias. Cuando ustedes consideren con equidad todos los factores que se combinaron para formar esta situación, estarán mejor preparados para comprender a fondo la sabiduría de la respuesta del muchacho al reproche involuntario de su madre. Tras un momento de reflexión, Jesús respondió a su madre: «¿Por qué me han buscado tanto tiempo? ¿No esperaban encontrarme en la casa de mi Padre, puesto que ha llegado el momento en que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?».
125:6.8Todos se asombraron de la manera de hablar del muchacho. En silencio se retiraron todos y lo dejaron solo con sus padres. Al poco rato el joven alivió la incomodidad de los tres cuando dijo con calma: «Vengan, padres míos, nadie ha hecho nada sino lo que creyó mejor. Nuestro Padre que está en el cielo ha dispuesto estas cosas; partamos hacia casa».
125:6.9Partieron en silencio y llegaron a Jericó para pasar la noche. Solo se detuvieron una vez, y fue en lo alto del monte de los Olivos, cuando el muchacho levantó su bastón en alto y, temblando de pies a cabeza bajo el ímpetu de una intensa emoción, dijo: «¡Oh Jerusalén, Jerusalén, y el pueblo que hay en ti, qué esclavos son ustedes —sometidos al yugo romano y víctimas de sus propias tradiciones—, pero yo volveré para purificar aquel templo y liberar a mi pueblo de esta esclavitud!».
125:6.10En el viaje de tres días a Nazaret Jesús dijo poco; tampoco sus padres dijeron mucho en su presencia. Realmente no sabían cómo entender la conducta de su hijo primogénito, pero guardaban en su corazón sus palabras, aunque no podían comprender del todo sus significados.
125:6.11Al llegar a casa, Jesús hizo una breve declaración a sus padres, en la que les aseguró su afecto y dio a entender que no tenían que temer que volviera a darles motivo de sufrir ansiedad por su conducta. Concluyó esta trascendental declaración diciendo: «Aunque debo hacer la voluntad de mi Padre que está en el cielo, también seré obediente a mi padre en la tierra. Esperaré mi hora».
125:6.12Aunque Jesús, en su mente, muchas veces se negaría a consentir los esfuerzos bien intencionados pero equivocados de sus padres por dictar el curso de su pensamiento o por establecer el plan de su obra en la tierra, aun así, de toda manera compatible con su dedicación a hacer la voluntad de su Padre del Paraíso, se conformaba con suma gentileza a los deseos de su padre terrenal y a las costumbres de su familia en la carne. Incluso cuando no podía consentir, hacía todo lo posible por conformarse. Era un artista en cuanto a ajustar su dedicación al deber a sus obligaciones de lealtad familiar y de servicio social.
125:6.13José estaba perplejo, pero María, al reflexionar sobre estas experiencias, encontró consuelo y con el tiempo llegó a ver sus palabras en el monte de los Olivos como una profecía de la misión mesiánica de su hijo como libertador de Israel. Se puso a trabajar con renovada energía para moldear los pensamientos de él en cauces patrióticos y nacionalistas, y consiguió la colaboración de su hermano, el tío favorito de Jesús; y de todas las demás maneras la madre de Jesús se dedicó a la tarea de preparar a su hijo primogénito para asumir el liderazgo de los que restaurarían el trono de David y se librarían para siempre del yugo gentil de la esclavitud política.